El estudio de los empresarios no sólo permite indagar acerca del desarrollo económico de las distintas regiones del país, sino que también arroja luz sobre su papel en el proceso de transformación de la vida política. Se trata de viejos y nuevos actores que, desde los años ochenta, vienen mostrando, cada vez de manera más abierta, su deseo de intervenir más allá de la elaboración de la política económica y de hacerse presentes en la arena pública a través de la política partidaria.
Este trabajo aporta algunos elementos en torno al papel de los empresarios en el desarrollo económico y sociopolítico de un espacio altamente dinámico como es la ciudad de Tijuana, en Baja California. Para ello, hacemos un breve recorrido por la historia económica de la localidad, resaltando sus particularidades en distintos periodos. Además, identificamos la forma en que esta ciudad fronteriza ha sido considerada dentro de la política económica del gobierno federal; caracterizamos la dinámica del empresariado tijuanense y su ubicación dentro del proceso productivo local, e intentamos reconstruir las características de la relación entre el sector empresarial y el poder político en el estado.
La idea general del trabajo es que el sector empresarial de Tijuana ha desarrollado una capacidad de adaptación tanto económica como política que, en el primer caso, ha tenido como resultado favorable la garantía de sobrevivencia a pesar de las crisis económicas nacionales, mientras que en la arena política ha hecho posible su permanencia como un actor central de la negociación, incluso en el marco de la alternancia.
La estrategia de adecuación del empresariado es resultado de dos situaciones: la primera, de carácter estructural, donde la adaptación ha sido el medio de protección en el contexto de un conflicto entre los intereses económicos locales y los del centro. La otra deriva de la simple lógica de maximización de ganancia, por la cual los empresarios locales han encontrado, en la estrategia de adecuación a las demandas del mercado binacional, el mecanismo que ha representado menor riesgo para sus inversiones.
Ambos factores han contribuido en mayor o menor medida a limitar la posibilidad del empresariado tijuanense para consolidarse como un fuerte grupo económico regional y nacional. Esta situación se ha acentuado porque el dinamismo económico básicamente se genera en el sector comercio y de servicios, el cual resulta altamente sensible a situaciones coyunturales, pero en el que los empresarios locales han encontrado un nicho para no arriesgar demasiado en un proceso de competencia desventajosa con la industria nacional y estadunidense, así como para no aventurarse en la actividad financiera.
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Orígenes del Empresariado Tijuanense
Hacia los últimos años del siglo XIX ya podía distinguirse la tendencia a la formación de un mercado regional que condicionó la inserción del territorio de Baja California en la vida nacional. El desarrollo de las actividades agropecuarias, mineras, perleras y salineras vincularon a la economía de la península con los mercados cercanos en el interior del país y con el extranjero. Aunado a ello, la expansión económica de los Estados Unidos y la ideología liberal de los gobiernos de Benito Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz, marcaron la pauta del desarrollo fronterizo ligado a la economía del vecino país y, sobre todo, del estado de California.
En este sentido, una característica importante de la vida peninsular fue el otorgamiento de concesiones de tierras a extranjeros y el inicio de la extracción de algunos metales, principalmente el oro. Los orígenes del empresariado bajacaliforniano datan de los primeros años del siglo XX. Su primera generación fue de comerciantes, ganaderos, agricultores y pequeños industriales que surgieron en pequeños poblados que se formaron alrededor de las compañías deslindadoras y colonizadoras.
El enclave minero en Ensenada, así como el algodonero de la Colorado River Land Company en el Valle de Mexicali, fueron los espacios donde surgieron los primeros empresarios. Algunos de ellos eran rancheros locales que hasta la llegada de dichas compañías tuvieron grandes extensiones de tierra productiva y que, al crecer la población, se iniciaron en el comercio, la incipiente industria y la agricultura en pequeña escala.
Otros de los integrantes de este naciente conglomerado empresarial eran personas que habían llegado de estados vecinos como Sinaloa, Sonora y Baja California Sur, aunque la mayor parte de los empresarios de esa generación estuvo integrada por inmigrantes extranjeros de origen británico, alemán, norteamericano, francés, italiano y chino, y en mucho menor medida por inmigrantes españoles, como ocurrió en otros estados del interior y el norte de México.
Cabe destacar, respecto a otros mercados locales de la frontera norte, como el de Nuevo León, que cuando en 1870 y 1880 los grandes mercaderes y las casas mercantiles neolonesas se convertían en los financistas del nuevo orden económico local, en Baja California apenas iniciaba la actividad económica. Es decir, en espacios como Monterrey, el nacimiento y la consolidación del capitalismo y la burguesía pueden ubicarse desde 1850 hasta la Revolución mexicana, mientras que en áreas más alejadas del centro del país como Baja California, apenas se habían establecido algunas localidades que posteriormente llegaron a ser relevantes centros poblacionales y comerciales; tal fue el caso de Tijuana, que fue fundada el 11 de julio de 1889.
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Desde 1829 don Santiago Argüello tuvo la concesión de esa ranchería, misma que había sido reconocida por los presidentes Juárez y Díaz. Previamente a su fundación, a Tijuana le habían sido otorgadas las categorías de localidad (en 1864); de Comisaría Municipal (en 1882), y la de Cabecera de la Sección Municipal de Tijuana (en 1888), de la que dependían otras localidades como Cueros de Venado, Médanos y La Cañada.
Finalmente, fue el coronel Esteban Cantú quien elevó a Tijuana a la categoría de municipalidad, el 8 de marzo de 1917. Al igual que en otras regiones del país, la primera fase de formación de capital se sustentó en el sistema regional de poder, y aunque el poder local no alcanzó un peso relevante a nivel nacional, sí fue determinante para el desarrollo de un mercado propio.
Durante ese periodo, el gobierno del general Esteban Cantú fue importante para Baja California; su administración coincidió con el proceso revolucionario así como con la primera guerra mundial. Esteban Cantú emprendió importantes obras de construcción para la zona, entre ellas el desarrollo del Camino Nacional, inaugurado en enero de 1919, que unió a Mexicali, Tecate y Tijuana. Con esa acción en materia de infraestructura carretera, el gobierno local pretendió disminuir el efecto negativo del aislamiento que tenía Tijuana respecto de las otras localidades del distrito y del resto del país.
Si bien el ferrocarril fue un medio de transporte fundamental durante el Porfiriato, el cual tenía como fin articular los mercados regionales dispersos e impulsar el mercado nacional, en la frontera norte lo sinuoso del terreno hizo que las vías ferroviarias se desarrollaran básicamente hasta el Valle de Mexicali y hubiera una estación en Tecate, mientras que la zona costera (Tijuana y Ensenada) permaneció al margen de este medio de transporte y comunicación; no obstante, en el caso de Ensenada su condición de puerto le permitió salir del aislamiento y mantener relaciones comerciales por vía marítima.
Los primeros años de la historia económica de Tijuana muestran que esta localidad no tuvo la misma oportunidad que otros territorios fronterizos, ubicados por ejemplo en Chihuahua o Nuevo León, de beneficiarse de su participación en dos mercados con características y ritmos distintos: el mercado nacional, que comenzaba a formarse lentamente, y el de Estados Unidos, altamente dinámico y con el que mantenía vínculos históricos.
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Tijuana inició la construcción de su economía sobe la base de una relación subordinada con el mercado de California, en Estados Unidos, y con un mínimo contacto comercial con el centro de México. En pleno conflicto posrevolucionario en nuestro país, Baja California luchaba por reactivar su actividad económica, básicamente en relación con el mercado binacional. La primera etapa de este proceso se caracterizó por el crecimiento de las actividades turísticas. La visita de turistas norteamericanos hizo aflorar actividades como las carreras de caballos que, si bien en un principio se realizaban en forma esporádica, fueron cobrando importancia y propiciaron el auge del Hipódromo Agua Caliente.
En marzo de 1915, H. A. Houser y H. J. Moore habían obtenido el permiso del gobierno del distrito para establecer un hipódromo. En septiembre de 1916 traspasaron sus derechos a la empresa Hipódromo de Tijuana, S. A., que era encabezada por el señor Croffroth. Como el número de turistas se incrementó rápidamente, también fue abierto el Casino Montecarlo y posteriormente fue instalado el Casino Sunset Inn, de los mismos empresarios norteamericanos.
El auge inicial del turismo se vio limitado entre 1918 y 1919, debido a que el gobierno norteamericano implantó ciertas restricciones para que los turistas reingresaran a su país. Sólo a fines de 1919 se reinició la llegada masiva de turistas a Tijuana, quienes aprovechaban que para entonces había concluido la construcción del Ferrocarril San Diego-Arizona, por lo que algunos turistas de Arizona se trasladaban también a Tijuana, como parte de su recorrido.
Durante esa época, los negocios más pequeños que se encontraban en el centro de la ciudad resultaron poco beneficiados con la afluencia turística, debido a que los visitantes se quedaban en los hipódromos. Por esa razón, los pequeños comerciantes iniciaron algunas acciones para desprestigiar a los establecimientos de juegos de azar, en un intento por atraer a los visitantes a sus negocios. A pesar de la efervescente actividad turística, Tijuana creció muy poco.
Esta situación tenía que ver con el hecho de que los trabajadores de los casinos y de los hipódromos eran sobre todo estadunidenses, por lo que una vez terminadas sus tareas regresaban a su país. Esta era también la dinámica de los propietarios y los turistas, quienes estaban unas horas en Tijuana pero se hospedaban en San Diego. Tijuana era pues una zona en la que se generaban altos ingresos, pero que no tenía un núcleo poblacional significativo.
Consolidación de la Burguesía Local
La segunda generación de empresarios en el estado tiene su origen en los años veinte y treinta, durante la vigencia de la Ley Seca en los Estados Unidos. La época de prohibición representó para Tijuana una importante oportunidad de crecimiento económico, con negocios como licorerías, casas de juego, bares y todo tipo de establecimientos dedicados a atender las demandas del turismo norteamericano.
En los años posteriores a la prohibición, las inversiones se fueron diversificando hacia otras actividades, principalmente las comerciales, lo que contribuyó al proceso de formación de capitales locales, muchos de los cuales han permanecido vigentes en la historia económica de Tijuana. Fue en esa época que comenzaron a cobrar importancia las familias Calette, Aldrete, Romero y Hernández.
Si bien algunos de los primeros capitales tijuanenses surgieron al amparo del comercio y los servicios turísticos, actividades que crecieron sobre la base de una demanda en rápida expansión, hay que destacar que también se hizo presente cierta actividad industrial: en Tijuana, el incipiente desarrollo del proceso de producción y pasteurización de la leche; el cultivo y procesamiento de algodón en el Valle de Mexicali; la producción de cerveza en Tecate, y la comercialización de productos marinos y la industria vitivinícola en Ensenada.
Podríamos citar varios casos de aquellos empresarios, como el de Don Cesáreo Jiménez que llegó a principios de los veinte. Era marino español y llegó a Ensenada. Aquí se quedó y comenzó vendiendo leche a maquila. Después hizo una industria, la Jersey, todo un emporio de riqueza que ha alimentado a Baja California por más de sesenta años. Ese hombre que de puerta en puerta repartía en la madrugada leche hizo que Tijuana se abasteciera de una de las mejores industrias de este tipo que hay en México, reconocida en Estados Unidos.
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