Descubre la Fascinante Transformación de la Hacienda de San Nicolás de la Torre en Amealcopost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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El presente estudio es un primer intento de compaginación de la información disponible en dos archivos históricos para tratar de entender el proceso de conformación de la Hacienda de San Nicolás de la Torre ubicada al suroeste de Amealco, Querétaro, en los límites entre el Estado de México y Michoacán.

Aunque los peninsulares pronto se dieron cuenta de que las tierras ocupadas en la región otomí de Amealco no eran propicias para las actividades agrícolas, sabían que sí lo eran para el establecimiento de estancias de ganado.

Esto lo supo aprovechar, por ejemplo, el adelantado Juan de Burgos al obtener 13 estancias de ganado mayor y tres caballerías, así como tres leguas y media de tierra con dos mil pasos de ancho que fueron otorgadas, inicialmente, al influyente Gonzalo de Salazar, y que en 1590 fueron reagrupadas por Alonso de la Torre, conformando así la Hacienda de San Nicolás de la Torre.

Orígenes y Desarrollo de la Hacienda

Para Bishko [1952], Chevalier [1970] y Keith [1971] las mercedes de estancias de ganado mayor otorgadas a adelantados, influyentes funcionarios y ricos comerciantes al norte de la Nueva España son el origen de las haciendas y ranchos, los cuales surgieron a partir de la desintegración de la encomienda a mediados del siglo XVI. Es decir, que mientras la encomienda se debilitaba por la sobreexplotación y el servicio personal que los indios prestaban a los encomenderos, la hacienda se fortalecía con la adquisición de mercedes, mismas que eran factibles de ser heredadas.

Chevalier [1970] señala el paralelismo en la evolución de la hacienda en México con la propiedad rural en algunas zonas del Mediterráneo: primero, con una etapa pastoral (las estancias ganaderas en Nueva España), después, con la construcción de la villa romana (el casco de la hacienda), más adelante, con el surgimiento de la aristocracia feudal (aristocracia virreinal), seguido del acaparamiento de grandes extensiones de tierra (recurriendo a diferentes métodos) y, por último, con la constitución de centros de población alrededor de la casa del hacendado. Destaca que la hacienda en la Nueva España era un instrumento de colonización que desembocaba en el establecimiento del peonaje o una nueva forma de servidumbre.

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Florescano [1971] subraya la relación entre la abundancia de la tierra y la necesidad de hacendados y mineros por el control de la fuerza de trabajo conocido como repartimiento, esto les garantizaba la suficiente mano de obra indígena para la construcción de obras públicas, la explotación minera y la agricultura.

Los indios, antes forzados por la encomienda, al igual que los mestizos y los criollos empobrecidos -advierte-, recibieron el nombre de peones acasillados, esto significa "de casa" porque vivían en la hacienda. Esta etapa marca el inicio del sistema de peonaje en México, y tiene como peculiaridad la sujeción mediante deudas contraídas en forma de adelantos, en especie o en efectivo, de los que difícilmente pueden librarse.

Gibson [1967] agrega que el peonaje es un sobreviviente de la encomienda, que sería más exacto describir como una nueva forma medieval de señores y siervos.

El Señorío de Jilotepec y su Influencia

El Señorío de Jilotepec se ubicaba en el actual Estado de México (Cuauhtitlán, Tlalnepantla e Ixtlahuaca), al norte del estado de Querétaro, al noreste del estado de Hidalgo (en la zona de Tula y Tepeji del Río) y al sureste del estado de Michoacán, el cual estableció relaciones con zonas colindantes, geográfica y culturalmente, como la Huasteca (Hidalgo y Veracruz), Michoacán y Guanajuato [Castillo, 2000].

Por su localización geográfica fue paso obligado de migraciones en dirección norte-sur y este-oeste; su frontera norte colinda con los grupos nómadas y seminómadas chichimecas; en la porción noroccidental y suroccidental con el imperio tarasco, además de que "por el sureste tiene fronteras con la provincia de Atotonilco, por la del este con la Acoxpan[...] y por el noroeste con el señorío independiente de Meztitlán" [Brambila 1994:223].

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Entre los pueblos sujetos al Señorío de Jilotepec estaban "Acaxochitla, Michmaloayan, Tecocauhtla, Tepetitlan, Soyaniquilpan, Xilotepec, Tlacho, Atlán, Huichapan, Nopala, Timalpan, Zimapán, Tecolutla, Techalitla y Chipantongo[...], entre otros" [Brambila, 1994:226-227].

Para la primera mitad del siglo XVI, Jilotepec representaba un territorio importante para la Triple Alianza, ya que aseguraba el control de sus fronteras al norte y noroeste, y el abasteciendo de alimentos y soldados en las guerras de expansión. Con todo, el imperio mexica no pudo delinear con claridad su posición en la frontera norte y noroeste debido al intercambio comercial pacífico entre los otomíes de Jilotepec con los chichimecas y los tarascos.

Escribe Brambila [1994]: [...]no sólo consumían la producción de los otomíes al sur de su territorio, también eran proveedores[...]. Este hecho explica cómo obtenía parte del tributo que pagaban, pero también nos lleva a pensar que los miembros del valle de México interactuaban con los grupos allende sus fronteras a través de los otomíes, y por lo tanto éstos fungían como amortiguadores de frontera dentro del sistema de la Triple Alianza [ibid.:229-230].

En suma, en la porción noroeste del Señorío de Jilotepec, colindante con la frontera chichimeca y tarasca, había guarniciones militares que provocaron la migración de pueblos y comunidades otomíes a territorio tarasco, así como su despoblamiento parcial [Carrasco, 1996]. Migraciones que fueron aprovechadas por los tarascos para ubicar aldeas en puntos estratégicos de su frontera que servían como escudos en la defensa de su territorio [Salas, 1997].

La Llegada de los Peninsulares

Para 1519, los peninsulares sabían de la existencia del señorío de Jilotepec, lo conquistaron a mediados de 1520, y en 1526 iniciaron la colonización. A su llegada, la frontera norte colindaba con un vasto territorio ocupado por los chichimecas "[...] aunque no queda claro si era la situación del momento del contacto, o si los chichimecas se desplazaron hacia el sur al derrumbarse el poderío otomí" [Salas, 1997:74].

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Jilotepec pasó del dominio mexica al castellano, los cuales establecieron una alianza con los caciques para la conquista y poblamiento del territorio, esto afectó la organización productiva, política y social de ambos sistemas. Sin embargo, las formas de asentamiento y relación con el paisaje fueron un factor de cohesión y continuidad entre estos grupos [Brambila, 2000].

La creación de las estancias ganaderas en la región y las nuevas formas de tenencia de la tierra trajeron como resultado la devastación ecológica y la ruina productiva de los pueblos indios, así como el surgimiento de nuevos usos y costumbres [ibid.]

Así, con la llegada de los castellanos, Jilotepec pasó a formar parte de la frontera norte de Nueva España desde donde se organizaban las expediciones para agrandar los dominios de la corona castellana, así como lugar en el que se ubicaba la más rica encomienda de la segunda mitad del siglo XVI, que como entidad tributaria se extendía hasta el norte de Toliman, Zimapan y Querétaro (ver fig. 1) [García, 1999].

En suma, los otomíes de Jilotepec fueron un elemento demográfico que movilizó, de acuerdo a sus políticas de población, primero a los mexicas y a los tarascos, ubicándolos en aldeas que sirvieron de barrera entre ellos y los chichimecas. Después, con los españoles, fueron reubicados para fundar ciudades y villas que eran la base económica de los reales de minas, y como lugares de tráfico entre México-Zacatecas [Mendizábal, 1930].

La Región Otomí de Amealco

La región otomí de Amealco estuvo ocupada por adelantados y otomíes reubicados en la segunda mitad del siglo XVI, con todo, es difícil saber con precisión quiénes fueron los primeros beneficiarios con la entrega de mercedes reales.

Fernando de Tapia y Nicolás de San Luis Montañés, descendiente de caciques de Jilotepec, fundaron en 1535, una villa con gente del lugar donde hoy se encuentra - San Bartolomé del Pino, que para 1599 congregaba a 50 familias tributarias de la corona española en el poblado de Santa María de los Montes, hoy Santa María Amealco [Enciclopedia de México, tomo XII, 1987].

Van de Fliert [1988] menciona que en 1535 los otomíes de la zona se "[...] replegaban hacia lugares apartados, obligados por el acoso de los españoles. Un grupo de ellos -dice- se asentó en la parte suroeste de lo que hoy es Amealco, convirtiéndose en lo primeros pobladores de la región" [ibid.:45].

Los pueblos y comunidades otomíes que se ubicaron en este espacio son: San Ildefonso Tultepec, en náhuatl "Lugar de tules", integrado por diez barrios, (El: Saucito, El Tepozán, El Bothé, El Rincón, Yospí, El Cuisillo, Xajay, Tenazdá, La Piní y Mesillas); San Miguel Tlaxcaltepec, en náhuatl "Cerro de las tortillas"; Santiago Mexquititlán, en náhuatl "lugar en el cual abundan los mezquites"; San Juan Deguedó, en otomí "en la peña grande"; San José Ithó, "Vara" o "Chivo"; San Miguel Dehedeti, "Borrega"; y Chitejé, "Lugar entre cerros" [ini, s/f.] (ver fig. 2).

Las comunidades y pueblos restantes son de origen castellano y mestizo; destacando entre ellas algunos barrios como San Pedro (La Ladera, El Apartadero, San Bartolomé del Pino (Santa Clara, El Capulín, El Atorón, La Esperanza), San Antonio, Agua Blanca, Hacienda Blanca, Galindillo, Quiotillos, El Batán, Palos Altos, San Martín, El Rincón y Laguna del Servín, entre otras [ibid.].

Las Estancias Ganaderas y el Cambio Agrario

Entre la cabecera de Jilotepec y el poblado de Amealco surgieron centros ganaderos y agrícolas que formaron parte de una red comercial regional abastecedora de trigo, maíz, cebada, carne, pieles, sebo y animales de trabajo o de silla que garantizaban el tránsito de los caminos que conducían a los centros mineros, lo que posibilitó la acumulación de grandes fortunas, que en parte eran invertidas en la compra de tierra y es el origen de una nueva aristocracia terrateniente en el territorio, que cristaliza con el surgimiento de grandes propiedades acaparadas en unas cuantas manos.

Con la colonización y establecimiento de esta red comercial la estructura agraria cambió radicalmente en la zona, y aunque las nuevas normas jurídicas conservaban el régimen comunal surgió la gran propiedad rural con posibilidades de expansión por la disponibilidad de baldíos o "tierras ociosas" y tierras realengas que marcaron el principio de las grandes propiedades conocidas como estancias y haciendas.

Esta nueva forma de distribución de la tierra, apunta Chevalier [1985], fue aprovechada por los castellanos, quienes mediante la entrega de mercedes reales no enajenables o compras ventajosas a los pueblos de indios, ocultaban el "acaparamiento legalizado" mediante pagos al fisco real e inicio de largos litigios judiciales y la obligación de proporcionar mano de obra temporal (peones y rancheros) a la hacienda.

En 1604, por ejemplo, el juez congregador informó al virrey de la visita que hizo entre la cabecera de Jilotepec y el poblado de Amealco para la congregación de indios otomíes de esta provincia recomendando que "[...] habiendo visto este pueblo de Xilotepec que es necesario congregar al de Santa María Amealco con su tribu repoblando este sitio quedan muchos y muy buenas tierras y agua y oportunidad para los ganados de vacas de un español" [AGN, Tierras, vol. 1801, exp. 3, fs. 1-8].

Para finales del siglo XVI las estancias se vinculaban cada vez más con actividades agrícolas que generaban una producción mixta, las cuales, al mismo tiempo que producían trigo, cebada y maíz para abastecer el mercado local, vendían su ganado en San Juan del Río, Querétaro, Michoacán, Guanajuato y la Ciudad de México o en rancherías de chichimecas pacificadas.

En suma, la gran cantidad de mercedes otorgadas, la ocupación ilegal de baldíos o "tierras ociosas", tierras realengas y de contratos de compra-venta ventajosos marcaron el inicio de la gran propiedad agraria en la región. Periodo que se caracterizó, además, por despojos de tierras comunales de los pueblos vecinos y sucesivas composiciones, así como por el incremento de una pequeña y mediana propiedad conocida como ranchos, que abastecían con mano de obra y productos o a través de préstamos o mediante el alquiler de tierra a las fincas, que con el tiempo reclamaban derechos legales sobre la tierra por medio de la adquisición de títulos dudosos.

Juan de Burgos y Gonzalo de Salazar

Desde la primera mitad del siglo XVI -como se sugirió antes- adelantados, funcionarios reales y ricos comerciantes se reservaron el dominio de las tierras ubicadas entre la cabecera de Jilotepec y Amealco. Este proceso de acaparamiento, menciona Florescano [1971], afectó tanto a zonas poco pobladas como a aquellas con alta densidad de población donde la inversión de capitales en la compra de tierra, como la influencia e iniciativa de estos personajes, es el origen de las grandes haciendas.

Si bien en la porción suroeste de Amealco es difícil saber cuándo llegaron los primeros adelantados o quiénes recibieron las primeras mercedes de estancias de ganado, en todo caso tres de las primeras fueron otorgadas en 1533 a Juan de Burgos, y en 1537 se otorgó otra a Gonzalo de Salazar de tre...

Tabla resumen de datos relevantes

Personaje Año de Merced Tipo de Merced
Juan de Burgos 1533 3 estancias de ganado
Gonzalo de Salazar 1537 Estancia de ganado
Alonso de la Torre 1590 Reagrupación de tierras

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