Enclavada en un valle junto al río "Piedras Verdes", la Hacienda San Diego se erige majestuosa frente al pequeño poblado del mismo nombre, ubicado a poco más de diez kilómetros al sur de Casas Grandes, entre Colonia Benito Juárez y Mata Ortiz. San Diego se encuentra en el Municipio de Casas Grandes. A pesar de todo, el hierro y la cantera se sostienen, llevando sobre la superficie retazos de historia que incluye nombres ilustres como el de Francisco I. Madero o el propio Francisco Villa.
Orígenes y Prosperidad
La construcción de la casa grande de la hacienda fue iniciada por Luis Ruiz de Guadiana, prominente minero, después de 1722. La construcción empezó en 1902 y terminó en 1904 con 250 trabajadores. La abundancia y prosperidad del lugar se conocieron a través de las palabras de los ancestros, quienes aseguraban que en su momento, era tal la cantidad de ganado que había, que ya no pudieron tener la cuenta exacta.
Según los relatos, "Decía mi abuela que al millón de cabezas de ganado se les perdió la cuenta pero algunos libros manejan que eran 750 mil vacas, 250 mil borregas, 25 mil caballos, 5 mil mulas, fábricas de jabón, de hilos, lana, carnicerías, cervecera y producción de hielo lo que el señor Terrazas tenía. Era el hombre más rico de México en los años de 1900”.
Guillermo Genaro Acosta Gutiérrez, nacido en una de las habitaciones de la hacienda, ha pasado toda su vida allí. Guillermo toma la historia en sus manos y la sostiene en una esfera imaginaria para que no se pierda. Sus abuelos estuvieron al servicio de Luis Terrazas, quien les invitaba a tomar café en las pocas ocasiones que visitaba la casa. “Mi abuela contaba que sólo venía dos o tres veces al año, pero cuando lo hacía, los invitaba a tomar café y les decía que después de la Quinta Carolina, esta era la hacienda que más quería. Le gustaba mucho el lugar”, recuerda.
La Revolución y el Exilio de Terrazas
Sin embargo, la abundancia y la belleza de la Hacienda San Diego, Terrazas sólo pudo disfrutarla durante seis años ya que, el inmueble se terminó de construir en 1904 y en 1910 empezó la revolución y él tuvo que huir. Nunca tuvo menos de 2 mil trabajadores a su servicio y la disfrutó solo 6 años. En 1910, cuando la revolución estalló, él llenó furgones del tren con dinero, papeles y joyas y se fue a El Paso, Texas, donde murió su esposa y un hijo. Terrazas se marchó a Los Ángeles y regresó a finales de 1920. Llegó a El Paso, sacó los restos de su esposa y los trajo a sepultar a Chihuahua.
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Luego de la partida de Terrazas hacia el extranjero, un tío abuelo de Guillermo se quedó a cargo del lugar y el puesto fue pasando a otros familiares hasta llegar a su padre. Primero estuvo a cargo de Genaro Andazola, luego de Ricardo Chávez y finalmente mi papá quedó al mando. Aquí nacimos sus 14 hijos. Mis hermanos se fueron y yo me quedé. Tengo 60 años viviendo en este sitio que ha pasado a mis manos por derecho de antigüedad”.
Papel en la Revolución Mexicana
Guillermo hace una pausa y abre el viejo baúl que permanece en la entrada de la casa como evidencia de los años de antes; extrae fotografías en blanco y negro que muestran a Francisco I. Madero de pie en la escalinata de entrada de la Hacienda flanqueado por Abraham González y Manuel Gutiérrez Sáenz, su abuelo, quien posteriormente participaría en la lucha revolucionaria. “Aquí fue la presidencia de la República el 11 de marzo de 1911”, asegura.
Fue en marzo de 1911 cuando las tropas insurgentes se reunieron en la Hacienda de San Diego, en Casas Grandes para reorganizarse y nombrar a Francisco I. De este lugar, Madero parte a la hacienda de Bustillos, ubicada en lo que hoy es la región de Cuauhtémoc, dónde se reúne con Francisco Villa y Pascual Orozco a quienes entrega nombramientos de mando en el ejército insurrecto, el primero de coronel y el segundo de general.
Terrazas murió el 16 de junio de 1923 de un derrame cerebral, el mes siguiente murió Francisco Villa y el 11 de diciembre del mismo año, mataron a mi abuelo”. Cierra el baúl y pasea la mirada por las paredes donde aún penden algunos objetos propios de la época e incluso unas chaparreras que dice “fueron del señor Terrazas”.La mirada cambia de rumbo y se dirige hacia el patio central donde la estatua de un caballo emerge desde una fuente, “no es la original, sino una réplica que hicimos porque la otra se la llevaron”.
Deterioro y Vandalismo
La Hacienda San Diego presenta evidentes daños ocasionados por el paso del tiempo y por los vándalos que, de acuerdo con sus moradores, más de una vez han intentado saquearla. Hubo un tiempo en que estuvo sola y la saquearon. Luego, estando mi papá aquí, se peleaba mucho con los delincuentes que venían a veces solo a tratar de destruir pero en otras, sí buscaban llevarse canteras o pilares pero no lo permitimos.
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Puntos de Interés Cercanos
Además de la Hacienda, la región de Casas Grandes ofrece otros atractivos turísticos:
- Paquimé: Zona arqueológica declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad.
- Cueva de la Olla: Sitio arqueológico en la Sierra Madre.
- Capilla del Señor de la Misericordia: Decorada por la artista Grisel Ortiz.
- Laguna “Rodolfo Fierro”: Lugar recreativo con la leyenda del general Rodolfo Fierro.
- Arroyo de los monos: Localizado 35 Km.
- Temazcales: Para desintoxicación y rituales prehispánicos.
El Camino Real de Tierra Adentro
Otros de los puntos importantes del itinerario del Camino Real de Tierra Adentro localizado en el actual estado de Durango es la Hacienda de San Diego de Navacoyán, a orillas del río Tunal, el cual era necesario cruzar para seguir la ruta rumbo a Chihuahua y Nuevo México. Transitar por dicho lugar era difícil, mucho más en época de temporales cuando la corriente arrastraba todo lo que encontraba a su paso. El registro histórico nos dice que en 1782 Pedro Minjares, su entonces propietario, ordenó la construcción de un sólido puente que resistiera y posibilitara el tránsito constante aun en las peores temporadas de lluvias.
No obstante, la tradición popular ha hecho perdurar una versión fantástica en la que se dice que varias veces se intentó la construcción del puente, sin lograr tener éxito, en algunas ocasiones por inexperiencia de los encargados y en algunas otras por la acción de la naturaleza. Ante tal situación el dueño de la hacienda decidió mandar traer desde Zacatecas a un maestro constructor que tenía fama de ser el mejor del todo el norte. Como estaba cansado de perder dinero, puso como condición en el contrato que la obra debería entregarse en determinado plazo; en caso contrario, no pagaría ni un centavo. Confiado en su experiencia, el maestro constructor contrató al mejor equipo de peones que pudo hallar en la zona.
Todo parecía marchar de acuerdo con lo planeado, pero cuando la obra tenía un poco más de la mitad de avance, se soltó una fuerte tormenta fuera de temporada. Cuando hizo la obligada inspección para determinar el alcance de los daños, con angustia indescriptible comprobó que un buen porcentaje de la obra se había perdido, por lo cual le sería imposible cumplir en tiempo y forma. Esa noche y las siguientes no pudo pegar ojo tratando de encontrar una salida. La tarde de la víspera de la fecha fatal, su desesperación lo llevó a gritar que estaba dispuesto a vender su alma al diablo con tal de finalizar el puente en el plazo acordado.
De pronto de en medio de un remolino que se formó sin que soplara ni la más débil brisa, apareció la figura de un hombre vestido completamente de negro, quien le dijo que le tomaba la palabra y que aceptaba su alma a cambio de terminar el puente antes de que alumbrara el primer rayo del nuevo día. El maestro aceptó y durante toda la noche se escuchó el ruido de un extraño grupo que movía piedras y cuchicheaban ininteligiblemente. Al amanecer algunos campesinos que se dirigían a realizar sus labores vieron el puente que cruzaba airoso de lado a lado del río. Uno de ellos corrió a avisarle al dueño de la hacienda.
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El maestro de obra paseaba por arriba del puente, cuando detectó que faltaba una piedra en uno de los extremos. Rápidamente, con un poco de barro, colocó la pieza faltante. En ese momento, llegó el hacendado, revisó el puente de arriba abajo, quedando sumamente satisfecho, por lo que pagó el monto acordado. Cuando el maestro se retiraba volvió a pasar por el puente viendo que nuevamente hacía falta la piedra que había colocado minutos antes, cuando de pronto se le apareció la tenebrosa figura del hombre de negro quien exigió su pago. Hábilmente el maestro se negó a cumplir, alegando que el puente estaba incompleto, pues le faltaba una piedra.
