La hacienda, como uno de los principales sustentos de la economía colonial del siglo XVIII, se basaba en la producción extractivo-comercial y la explotación de los recursos humanos. A través de ella, pretendemos una aproximación para conocer cómo se produjeron tanto la ruptura de sus proyectos como la secuencia de los hechos posteriores, pues los motivos de la expulsión de los jesuitas han sido ya ampliamente debatidos.
Expropiación de Tierras Jesuitas
Desde agosto de 1767 se realizaron las expropiaciones de las tierras a los jesuitas, con lo que se trazó invariablemente el rumbo de muchas de las organizaciones manejadas por la Compañía después de la expansión máxima que tuvieron durante el siglo XVII y donde su dominio territorial les pertenecía por entero.
Las grandes haciendas, la mayoría en poder de la Compañía, eran también las más grandes productoras vitivinícolas.
Ica y su Identidad Vitivinícola
En la costa, específicamente en el actual departamento de Ica, al sur de la ciudad de Lima, los jesuitas supieron aprovechar la política adquisitiva de heredad compartida y de censos para reunir en un promedio de 80 años las mayores haciendas vitivinícolas que, desde sus inicios -aunque no todas-, empezaron a extraer y procesar aguardiente de sus cepas, primero artesanalmente y luego bajo una organización rigurosa. Esta producción pasó a la administración civil de Temporalidades y fue decreciendo hasta entrar al siglo XIX bajo propiedades privadas. Las haciendas y su posterior historia han conformado, de alguna manera, el actual departamento de Ica y le han dado su impronta: el aguardiente de uva peruano.
Ica, conocida desde la fundación del virreinato como la Villa de Valverde, perteneció hasta entrado el siglo XIX a la organización geopolítica de Lima, cuya administración dependía de la metrópoli.
Lea también: CP Ex Hacienda San Juan De Dios CDMX
En 1780 figura como corregimiento, instancia bajo la cual los Borbones administraron severamente sus ingresos. De acuerdo con la tradición prehispánica, Ica estaba compuesta por pagos (Chunchanga, San Jerónimo, Humay, Macacona, San Martín, entre los principales) dominados por la escasa, cuando no estacional, cuenca de los ríos Macacona, Nazca, Pisco y la acequia de origen prehispánico La Chirana, posteriormente se constituyeron en haciendas.
Frente a ellos estaban situados los villorrios de Ica, Pisco y Nazca, de carácter urbano. El antiguo centro del regimiento real tenía disposición aquí, con salida directa por tres puertos al Pacífico: Caballa, Pisco y Tambo de Mora. El manejo de las haciendas, su producción e intercambio comercial daban a este lugar un carácter importante, cerrado al principio por la política económica de la Compañía, pero distinto, a mediados del último tercio del siglo XVIII, pues su flujo mercantil supuso en gran medida estructuras administrativas que dominaron la extracción de los recursos.
Legislación Indiana y la Realidad de la Mano de Obra
La legislación indiana que regulaba el tratamiento de los indígenas en el siglo XVIII se basó en las Recopiladas de Indias, cuyo corpus tiene en el libro VI una sección que dispone el uso de la mano de obra, de la cual nos ocuparemos más adelante. Sin embargo, a pesar de ello la situación fue muy irregular: de un lado, las órdenes eclesiásticas actuaban en compromiso con sus propias reglas, mientras que los civiles se debían guiar estrictamente por las Recopiladas, aunque omitían habitualmente esta vía legal.
De las leyes Recopiladas de Indias transcribimos literalmente las que se aplican a los casos tratados, teniendo en cuenta que éstas eran la legislación activa hacia 1767 a pesar de las reformas, las cuales sólo incidieron en la limitación del poder de la Iglesia y en el desplazamiento de cargos administrativos, pero no en la situación del indígena.
La hacienda jesuita tenía como base de su organización la capacidad individual y la habilidad del trabajo en grupo, que sirvieron a la política lanzada por la Compañía y se rompieron con su expulsión; la posterior organización pretendió crear un modelo sustituto basado en la designación de administradores civiles nombrados por una real orden, sujetos a cambio de acuerdo con su desempeño y a la producción de la hacienda, según se señala en los documentos de las distintas haciendas revisadas en la sección de Temporalidades.
Lea también: Explora la Hacienda San Juan
Haciendas y Mano de Obra Indígena
En la tradición occidental el trabajo manual estaba a cargo de las clases serviles y esclavas, de tal manera que para los españoles llegados a América, la mano de obra estuvo conformada por la indígena a la que se sumó luego la esclava.
En 1601 se estableció el concertaje o concierto de los trabajadores, en el cual éstos acordaban laborar para determinado propietario a cambio de un jornal. Los productos vitales para sustentar el desarrollo de la hacienda, en lo que corresponde a los oficios bien conocidos por los indígenas, fueron la hechura de botijas, la agricultura y el arrieraje, que no siempre corría por cuenta de la población esclava, pues tanto ésta como la población indígena se destinaban a trabajos de lagaradas, vendimias y limpias, entre otros oficios.
Cada hacienda tiene un caso particular: mientras las haciendas más grandes presentan necesidad de mano de obra regular, a pesar de la esclava, las menores sólo tienen algunos casos sueltos. Seguidamente revisamos el descargo correspondiente en el periodo comprendido entre los años de 1767 a 1800, de siete haciendas seleccionadas para el presente estudio.
San José de la Nazca
Ubicada en el valle de Nazca, tenía un anexo con producción de aguardiente denominado la Ventilla. Su tasación original es de 247 729 pesos reales, con un total de 73 290 cepas utilizables en la extracción de mostos que arrojaban una producción anual promedio -en el periodo de 1767-1775- de 5 000 botijas de vinos y aguardiente, con una tendencia al declive a partir de 1786 que figura en las cuentas administrativas.
La mano de obra documentada es la de los arrieros cuyos pagos se hacen a nombre de Matías Sotil, Luis Méndez y varios otros. La suma asciende a 4 r. la carga, haciendo el total de 2 410 p. 6 r. en el proceso de arrieraje, el trabajo es entre indígenas y mestizos. En 1769 figuran pagos por conducción.
Lea también: Hacienda Don Juan: Lujo y comodidad en el corazón de Chiapas
El pago a los jornaleros se incrementa a causa de la epidemia de viruela, y respecto de los botijeros hay un total de 866 botijas labradas. En 1770, se realiza un pago por 29 p. 4 r. a Domingo Guerrero por la saca de aguardiente. En 1771, por conducción de esclavos fugitivos, se paga a Benturo Enciso y a Joseph Robles 48 p. 4 r.; los jornaleros Luis de Mesa y Josef Donayres reciben respectivamente 30 p. y 54 p. por la saca de aguardiente y por guarda.
En 1772, la producción es de 3 767 botijas de vino con descargo de 804 a la factoría en Lima; el cargo de peruleras de aguardiente es de 2 624 con descargo de 1 159 a la factoría. No se encuentran gastos por arrieraje, a pesar de que, de las cuentas se deduce un movimiento de botijas y peruleras a Caballa para su posterior embarque al Callao, es lógico especular que debe pagarse por el traslado de estos efectos de la hacienda a Caballa, pero no consta en los documentos.
En 1773 se describe un pago a Hilario Mitanta, oficial de botijeros, por 556 botijas que labró a 2 r. cada una, haciendo un total de 139 p., trabajo realizado por enfermedad de los esclavos de este oficio. En el año de 1775 se remata a don Francisco de Ángulo, la hacienda de San José de la Nazca, su anexa la Ventilla y la estancia denominada San Antonio de Loccha con sus anexas, todas pertenecientes al Colegio del Cuzco y las tierras de Guarangal y Copara propias del colegio de San Pablo.
Loccha, situada en la provincia de Lucanas (actual Ayacucho), obispado de Huamanga, fue inicialmente donada por el cacique y curaca de este pueblo a don Sancho de Córdoba, encomendero de Laramate, a la que se anexaron otras tierras que "donan los indios por muchos tributos, tiene en contorno de tres leguas" (una legua: 5 196 m), y son todas tierras de ganado atendidas por indios tributarios a los que, inclusive, cuesta conseguir por lo apartado e inhóspito del terreno y del clima. Los documentos refieren que se encuentran indios en posesión de las tierras.
En julio de 1782, don Francisco de Ángulo y Guisla propone anexar la otra mitad de Coyungo que le pertenecía a San Javier, porque le "es más fácil llegar al puerto de Caballa por Lacra que por Coyungo" (véanse mapas). No es extraño que don Francisco estuviera tratando de ahorrar gastos de transporte. Sólo se ha encontrado el libro de cuentas líquidas del año 1768. En éstas figuran los datos de venta del factor, gastos fiscales, bodegaje y transporte, todos ellos que en detalle se suman para dar el precio de venta de las botijas de vino y peruleras de aguardiente.
En el inventario de 1801, la extensión de la hacienda es de 340 fanegadas, 21 eolios, 625 varas, incluidos los anexos. Sin contar las tierras de Locchas (Tocahuasi y Casoni) que en 1775 se subastaron a don Francisco de Ángulo.
Nuestra Señora de Belén
Ubicada en Ica, tenía un solo anexo: Chavaliña. Su extensión, incluyendo el anexo, es de 59 fanegadas 1 eolio y 768 varas. Las cuentas empiezan a presentarse a fines de 1767, siendo administrador Antonio Portuondo. Este año, el maestro Laureano Toledo recibe 85 p. por 680 botijas labradas.
Los arrieros Carlos Cárdenas, José Beato, Joseph Donaires, Bartolomé Cordero y Sebastián Sendero conducen diversos efectos por 94 p. 4 r. Los jornaleros reciben por regar y por la guardianía de noches y días de fiesta, 38 p. 2 r. y por la saca de aguardiente 62 p. En 1769 se manda a labrar gran cantidad de botijas: 500 a Mario Mitante, 288 a Joseph Guarnan, 501 a Alejo Ventura, 541 a Gabriel Rejan, 418 a Baltasar Aquije, 776 a Andrés Chutu y 512 a Andrés Guarnan. Como la hechura de cada botija es a 1 r. si es en blanco, o sea sin quemar, se paga en total 442 p.
Los arrieros Carlos Cárdenas, Juan de Zegarra y Jacinto Ramos conducen diversos efectos por 228 p. 5% r. Francisco Cueto se encarga de la saca de aguardiente por 60 p. Por regado y guardianía de aguas en días de fiesta, 9 p. 6 r. y por jornales a indios en quince lagaradas (20 hombres en cada lagarada) para la pisa de uva, 150 p. A finales de año asume la administración don Juan Maurtua y Pedreros.
En 1770, los arrieros Pascual Chávez y Pedro Alcántara conducen diversos efectos por 92 p., los maestros Andrés Múñante y Francisco Guarnan labran 1 112 y 240 botijas respectivamente por 169 p. Francisco Cueto realiza la saca de aguardiente en 20 días por 20 p. y los regadores, que "conducen el agua sin desvarío a los parajes destinados", por 19 p 3 r. En este año se deja de enviar aguardiente a Huancavelica; el aguardiente de caña, de inferior calidad y precio, domina el mercado de la sierra.
En 1771 se señala con claridad que la labranza corría por manos de un maestro botijero indígena, hacia el mismo año a razón de 1 r. por cada botija labran Andrés Múñante y José Guarnan. El arrieraje corre por cuenta de Antonio Soto, indígena que, al no saber firmar, recurre al capellán Felipe Reina para sacar su cuenta, con un total de 29 cargas a razón de 12 r. cada una. Francisco Cueto vuelve a realizar la saca de aguardiente por 35 p. y a los regadores por su trabajo mensual se les da un total anual de 28 p. 2 r. Este año se producen 904 botijas de aguardiente de las cuales 628 son remitidas al puerto de Pisco.
En 1772, se paga a Andrés Múñante por la labranza de 650 botijas, 81 p. 2 r.; al arriero Joseph Uribe, entre otros, por los fletes de diversos efectos, 51 p.; en tanto que a Francisco Cueto por la saca de aguardiente, 40 p., y a los regadores, según costumbre, 25 p. 4 r. Este año se producen 902 botijas de aguardiente, de las cuales 784 se remiten al puerto de Pisco.
En 1773 el arriero Joseph Donaire por la conducción de diversos efectos recibe 91 p,; el botijero Andrés Múñante por la hechura de 450 botijas, 56 p. 2 n; Francisco Cueto otra vez realiza la saca de aguardiente por 38 p. y a los regadores, según costumbre antigua, se les paga 23 p. De las 676 botijas de aguardiente producidas, 389 fueron remitidas al puerto de Pisco y 126 botijas del botijambre de sierra se venden a razón de 8 p. en la hacienda.
En 1774 el arriero Joseph Donaires conduce cargas de diversos efectos por 33 p.; el botijero libre Joseph Guarnan realiza 635 botijas por 79 p. 3 r.; Francisco Cueto por la saca de aguardiente, 32 p., y se paga a los regadores un total de 10 p. En este año se producen 603 botijas de aguardiente, 358 de ellas se remiten al puerto de Pisco y 110 del botijambre de sierra se venden en la hacienda. Para el siguiente año, la hacienda es rematada a Francisco de Villar y Dehesa.
