Mazatlán, tierra rica en historia, cultura y hermosas playas, esconde entre sus relatos la historia de la Hacienda del Real.
Si alguien puede decir que la vida da muchas vueltas, ese es don Enrique Sandoval Gómez. Montado en una rueda de la fortuna, don Enrique nació justo cuando la Revolución le había arrebatado las haciendas a sus abuelos, salió de su pueblo para ser botones de una empresa y terminó sembrando las primeras sucursales de Fábricas de Francia en varias ciudades.
El éxito le permitió abrir sus propios negocios y, en otra vuelta de tuerca, estuvo a punto de perderlos entre los vaivenes de las crisis económicas. Hoy recuerda que sus viajes lo llevaron a un rincón de España donde encontró al amor de su vida y a otro rincón del mundo donde terminó siendo feliz: Mazatlán.
Predestinado hasta en la fecha de su nacimiento, el pequeño Enrique respiró por vez primera el aire claro de Tenamaxtlán, Jalisco, el 21 de marzo de 1935 y su primera lección de historia fue enterarse de que sus abuelos, materno y paterno, habían sido dueños de las haciendas de los alrededores, pero que habían perdido todo durante la Revolución.
"Don Crecenciano Gómez era mi abuelo materno, él era el dueño de la Hacienda de Juanacatlán... y la Hacienda de Colotitlán era de mi abuelo paterno y también la perdió en la Revolución", recuerda don Enrique. Con la riqueza de sus antepasados sepultada en los veneros de la historia, el pequeño Enrique salió al mundo a buscar su propio bienestar y terminó estudiando en la Ciudad de México, donde se apuntó para trabajar como botones en unas oficinas de Banamex.
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"Como era el mayor de nueve hermanos tenía que echar la mano allá y comencé a trabajar en Banamex", explica. Con la fortuna otra vez de su lado, don Enrique comenzó a escalar posiciones y a ganarse la confianza de sus jefes y en pocos meses ya era jefe de diferentes departamentos.
Cuando parecía que podría hacer una larga carrera dentro de la institución bancaria recibió una llamada de su padre, era el año de 1953, y la posibilidad de iniciar un negocio familiar con un socio griego lo convencieron de renunciar a Banamex.
Instalado otra vez en un carro de la "rueda de la fortuna", don Enrique llegó a Guadalajara, pero para su sorpresa la vida lo lleva esta vez cuesta abajo. Gracias a un familiar, don Enrique se enteró de que en una antigua tienda de Guadalajara estaban solicitando investigadores para otorgar créditos, así que decidió abandonar al griego y solicitó trabajo en Fábricas de Francia.
Era 1958 y en la junta de accionistas de Fábricas de Francia todavía había franceses, descendientes de los fundadores del negocio con más de 80 años en Guadalajara. Decidido a cambiar su suerte, don Enrique trabajó muy duro y un día recibió el llamado del director general, quien le pidió que viajara a Zamora, Michoacán, a investigar qué pasaba con clientes de mayoreo que se estaban retirando.
Durante el viaje descubrió que los clientes se habían retirado porque habían encontrado proveedores más cercanos que Guadalajara y entonces redactó un informe que iba a cambiar su vida y la historia de Fábricas de Francia.
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"En mi informe sugerí abrir una sucursal, cuando Fábricas de Francia no tenía sucursales". Su siguiente viaje fue a Tepic y en su informe repitió la misma sugerencia. Con un curso intensivo, que incluyó esconder a don Enrique para que pudiera escuchar cómo se pedían las tallas a una clienta que quería comprar ropa interior, Fábricas de Francia lo envió a abrir su primera sucursal, era el año de 1959 y su primer destino fue Zamora, Michoacán.
El modelo de negocios ofrecido por la empresa a don Enrique le permitió ganar importantes comisiones, así que en 1960 ya estaba abriendo la sucursal en Tepic. Establecido ya en Tepic, las visitas a Mazatlán se dieron de manera natural y el 29 de julio de 1962 rentó un local en la esquina de Leandro Valle y Guillermo Nelson, así llega Fábricas de Francia a Mazatlán.
Un comerciante con experiencia en el puerto le había vaticinado que iban a tronar como "sábado de gloria", argumentando que los mazatlecos no estaban acostumbrados a tiendas tan elegantes, pero el día de la inauguración los porteños abarrotaron la tienda a pesar de un calorón que todavía recuerda don Enrique.
Ya establecido en Mazatlán, el 24 de septiembre de 1972 se casó con una mujer que conoció en España. Después de una intensa correspondencia que se veía obligada a sortear la España del dictador Francisco Franco, don Enrique convenció a Manoly Balboa Bailén, y después a sus padres, a quienes les horrorizaba la distancia entre los dos países.
A fines de los 70, Fábricas de Francia invitó a don Enrique a abrir las ahora famosas sucursales de Plaza Patria y Plaza del Sol en Guadalajara, pero Mazatlán ya se había convertido en su hogar y decidió separarse para abrir su propia tienda: El Palacio Real de Mazatlán, en 1979.
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