Descubre la Fascinante Historia Oculta de la Hacienda El Cuidado en Tepetongo, Zacatecaspost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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A finales de los años cincuenta, un joven salió por primera vez de su pequeño pueblo, marcando el inicio de un viaje lleno de experiencias y descubrimientos.

La Partida y el Legado

La tradición familiar dictaba que el primogénito debía abandonar su hogar para estudiar y adquirir conocimientos necesarios para la administración de propiedades y la comunicación. Por lo tanto, antes de partir, el joven regaló sus pertenencias más preciadas, incluyendo una yegua, un burro, un libro y un rifle, a sus hermanos y amigos.

A través de cartas y giros postales, los preparativos para el viaje habían empezado muy al principio del verano. En la casa había la costumbre de trasquilar las alas a la parvada de patos igual que si se tratara de los borregos, y las plumas les volvían a crecer; o se guardaba en un costal todo el plumaje de los que se sacrificaban para comer su carne. De aquí salió el mullido colchón que confeccionó mi madre. “Para que cada vez que te acuestes te acuerdes de tu madre”, me dijo.

El Viaje a la Ciudad

Llegado el día, el joven se despidió de sus seres queridos, sintiendo una mezcla de emociones al dejar atrás su pueblo natal. Muy temprano en la mañana, en el único camión que en ese entonces pasaba por el pueblo, saldría con mi padre para la ciudad de Zacatecas. De ahí tomaríamos el ferrocarril. Arriba del techo iba mi maleta y mi colchón nuevo enrollado, bien atados con lazos y cubiertos con una lona por si nos agarraba el agua en el camino.

Cruzaron campos de maíz y trigo antes de llegar a Zacatecas, donde tomarían el ferrocarril. Repentinamente el ferrocarril llegó silbando y echando gruesas nubes de humo. Se arrastraba como una larga serpiente negra entrando al túnel de la estación.

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El joven, con su sombrero que consideraba parte de sí mismo, observaba con asombro el tren, una novedad en su vida. La mitad del viaje lo hice en un pasillo y sentado sobre mi colchón de plumas.

En la tarde comenzaron a cruzar el desierto. Eran los últimos días del otoño y parecía como si el cielo azul empezara a enfriar la tierra. Nubes de pájaros negros cruzaban muy rápido y muy arriba, espectacularmente, los amplios valles. Pasaron por ciudades y pueblos, observando las luces y antenas de las radiodifusoras, símbolos de un mundo desconocido.

La Llegada al Internado

Al llegar a la ciudad de Chihuahua, se hospedaron en un hotel cercano a la estación. Mucho tiempo antes de dormirme lo pasé frente a la ventana de nuestro cuarto, a oscuras; miraba hacia una ancha avenida por donde subía y bajaba un río de coches, y todas las luces de neón de la ciudad prendían y apagaban, se escurrían sobre los anuncios o desfilaban sobre los techos, anunciando productos o lugares desconocidos para mí.

A la mañana siguiente, un taxi los llevó al internado. A través de una larga serie de cartas y giros postales, enviados desde las oficinas de correos de mi pueblo, habían hecho nacer esa amistad. Mientras mi padre y el rector hablaban, un prefecto y el que después supe que era el jardinero me llevaron a mí, a mi colchón enrollado y mi maleta, a través de una serie de pasillos de un edificio cuyas largas ventanas daban a un precipicio.

El jardinero desenrolló mi colchón sobre una de las camas de madera del centro del dormitorio y se fue. El prefecto me entregó la llave de una cómoda también de madera que estaba en la cabecera y me dijo que ahí acomodara mi ropa. Luego me dio las tres piezas del uniforme del colegio para que me lo pusiera antes de llevarme a presentar a mi grupo y a mis maestros. Cuando me dio esas ropas tan gruesas sentí que se me venía encima el invierno.

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El joven se sintió abrumado por el cambio y la hostilidad del nuevo entorno. Me sentía como un caracol o una tortuga fuera de su concha; mis miembros estaban desgastados y débiles. Me desnudé y, antes de ponerme el uniforme nuevo, me senté por algunos instantes sobre mi colchón de plumas blancas, hecho de cientos de alas que habían volado, que habían cruzado ríos y charcos hondos, alas que se habían movido en muchas dimensiones.

El Invierno en el Internado

Nuestra historia comienza con este invierno que ha sido el más frío y el más largo en el colegio. Casi con las hojas de los árboles cayó también la nieve. Después de una noche fría, en la mañana el sol ya no salió. Todos los alumnos dejamos los dormitorios y asistimos bien arropados a clases. Y como a la una de la tarde, desde nuestros salones, vimos las primeras plumas de nieve bajar rompiendo apaciblemente las capas de aire y caer sobre el pavimento negro de las canchas de basquetbol o acomodarse en todos los lugares disponibles de los edificios.

Los alumnos celebraron la llegada del invierno con entusiasmo, recorriendo las calles y compartiendo la alegría con la comunidad. Regresamos al colegio cuando el piso de las calles ya estaba cubierto por una fina capa de nieve y toda la naturaleza a nuestro alrededor ya tenía la primera mano de los brochazos del invierno. En el zaguán sacudimos nuestras gorras y nuestros abrigos para dirigirnos al comedor.

Desde esa tarde ya nadie entró ni salió del internado. Nos dedicamos en cuerpo y alma a tomar las clases en los salones entibiados por los calentadores eléctricos, a comer, a sentarnos en las tazas heladas de los baños, a leer y a hojear libros de estampas en la biblioteca; a jugar en las noches, por equipos, juegos de mesa; a esperar esas horas largas para irnos a dormir...

Todo el invierno nos viste hacer esto: nos parábamos frente a las ventanas y con un dedo escribíamos nombres sobre los cristales, jugábamos gatos, dibujábamos paisajes que al poco rato ya eran ilegibles, hasta que las superficies se cubrían de gotas nuevamente y continuaban con su constante lagrimeo.

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También ese paisaje contenía un hermoso pájaro verde, excepcional, que acurrucado en el hueco que formaban dos ramas, miraba tal vez a nuestra ventana, con sus plumas erizadas; quizá perdido, olvidado por la parvada, se dejaba morir lentamente en esos días helados sin poder hacer nada.

Tal vez la impresión, el miedo a los pensamientos que se van aclarando, las deducciones que a cada momento que pasa son más convincentes, todos los recuerdos, el dolor -el arrepentimiento no, porque no lo conoces-; todo esto hace que tú no llores, como los demás, porque nuestro amigo Gilberto está para siempre encerrado en ese ataúd blanco, y su rostro, que vemos a través del cristal, con un hilito de sangre ya negra entre la nariz y el labio superior, es transparente como la cera.

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