Históricamente, la minería ha desempeñado un papel muy importante en la economía de Sonora y del noroeste de México en general.
Los primeros reales de minas en Sonora
Los primeros reales de minas en Sonora fueron establecidos en 1640. Los yacimientos descubiertos durante este periodo eran principalmente de plata.
En las décadas siguientes hubo otros hallazgos argentíferos, como los de San Juan Bautista (1657), Nacozari (1660), San Ildefonso de Ostimuri (1673) y Álamos (1683), que llegaron a convertirse en los centros más productivos de la región.
Para finales del siglo XVII ya se habían establecido varios reales de minas, junto con un buen número de "ranchos" o "rancherías", o minerales más pequeños.
En muchos casos, los yacimientos de éstos se agotaban o eran insuficientes para emprender una explotación de mayor escala. En general, estos descubrimientos estaban concentrados en el sur, oriente y noreste de Sonora.
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El descubrimiento de plata en la Pimería Alta
Sin embargo, en octubre de 1736, en la región conocida como la Pimería Alta, un yaqui llamado Tubutama encontró plata en forma de bolas mientras buscaba metales preciosos en la serranía.
Se las mostró a Antonio Sirumea, otro indígena, quien le dijo que no valían nada. Luego, Sirumea, junto con otros miembros de su familia se dirigió al sitio, donde hallaron otras muestras de plata en forma de bolas y planchas, que pesaban varias arrobas.
La noticia se difundió con rapidez y numerosas personas acudieron desde los minerales aledaños, como el de Arizona (fundado en 1730), cerca de la ranchería indígena de Agua Caliente; también, varios gambusinos llegaron desde otros más lejanos, como los del noreste de Sonora o, en algunos casos, de Chihuahua y Guadalajara.
La fiebre de la plata, generada por el descubrimiento del mineral de San Antonio de Padua -nombre asignado por las autoridades- fue muy significativo para el desarrollo posterior de la minería en el norte de Sonora y el noroeste en particular.
Se engendró en la imaginación popular la idea - que duraría a lo largo del siglo y medio siguiente- de que se podría encontrar una riqueza mineral de grandes proporciones en aquella zona.
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Es posible que en este sitio se haya descubierto "plata córnea" o cloruro de plata, que, bajo ciertas condiciones, puede acumularse en grandes masas.
La plata córnea se produce cuando una cantidad de agua caliente, con una concentración de plata en forma soluble, se mezcla con el agua salada en una hondanada en un mar poco profundo.
En los casos en que la plata córnea esté sujeta al color proveniente de un volcán, se endurece y se forman planchas.
Aunque después se descubrieron varios de este tipo en Colorado y Nuevo México, es probable que hasta entonces no se hubiera hallado algo parecido en la Nueva España (Merrill 1906, 1111; Feather 1964, 96).
El capitán Juan Bautista de Anza y la investigación sobre el origen de la plata
Debido a su carácter -es decir, piezas de plata en forma de bolas y planchas- el capitán Juan Bautista de Anza (1694-173 7), alcalde mayor de la provincia de Sonora, sospechó que el mineral más bien formaba parte de un "tesoro", que supuestamente los mexicas habián escondido allí al huir hacia el norte durante los años posteriores a la conquista.
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En el caso de que así fuera, la Corona podría reclamar la mitad de la plata encontrada. El descubridor -en este caso el indígena Sirumea- conservaría la mitad restante, menos el acostumbrado "diezmo" que tendría que pagar a las autoridades en forma de impuesto.
Sin embargo, si se demostraba que la plata era producto de un verdadero yacimiento natural, estaría sujeta sólo a los impuestos normales.
Después de entrevistarse con algunos de los misioneros jesuitas y otros residentes de la región, se inclinó a creer que se trataba de un tesoro y que, por lo tanto, pertenecía por derecho a la Corona.
El 22 de noviembre de 1736, el capitán De Anza ordenó la confiscación de toda la plata que los gambusinos habían sacado del sitio.
Los comerciantes del noreste de Sonora protestaron contra la orden, al informarle que la habían intercambiado con los gambusinos por bienes, a su vez la habían utilizado para pagar productos importados del sur de México.
Ante esta situación, De Anza envió su informe a las autoridades virreinales de la capital, junto con los testimonios recabados y algunas muestras extraidas de las bolas y planchas.
Aunque Ambrosio Malgarejo, fiscal de la Audiencia Real, durante mucho tiempo sospechó que los mineros y comerciantes de Sonora habían intentado evitar el pago de los impuestos sobre la minería y, por lo tanto, se inclinaba a creer que la plata era parte de este botín, los miembros del Real Acuerdo, o gabinete de consejeros del virrey, se sintieron porque no pudieron tomar una decisión al respecto debido al carácter contradictorio de las evidencias.
Por lo tanto, el virrey Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta ordenó que De Anza realizara otro viaje de investigación.
Después de terminar su tarea, el 14 de agosto de 173 7, De Anza anunció que la plata procedía de un yacimiento natural, y que Sirumea era el verdadero "descubridor" del sitio.
Unos días más tarde, el 21 de agosto, ordenó la devolución de la plata a sus dueños. También envió una porción de una de las planchas a la capital para que los plateros y otros expertos realizaran un examen más detallado del mineral.
El 5 de julio de 1738, después de dicho análisis, el virrey Vizarrón, junto con sus consejeros, confirmó el origen de la plata, y dijo que no era producto de algún intento de fundición.
Después envió una muestra al rey de España para que sus expertos pudieran examinarla.
El fiscal real Villegas coincidió con la opinión de Melgarejo, su contraparte de la Nueva España, de que la plata era parte de un tesoro escondido y pidió que el Consejo de las Indias anulara las órdenes anteriores de De Anza y del virrey Vizarrón.
Sin embargo, el consejo recomendó enviar a un partido de mineros expertos a San Antonio de Padua para hacer nuevas pesquisas.
Para diciembre de 1736, la fiebre de la plata en ese lugar había terminado, en gran parte por el regreso de la mayoría de los gambusinos a sus lugares de origen, que continuó durante los años siguientes.
Como sería el caso en los otros minerales del noroeste de la provincia, los ataques de los apaches dificultaban la permanencia en la zona.
Por lo tanto, para el 28 de mayo de 1741, cuando el rey ordenó que se cumpliera con la tercera investigación, ésta no pudo realizarse porque el sitio había quedado abandonado.
Como acto de "generosidad" por parte de la Corona, a Sirumea, reconocido como el "descubridor" original del sitio, se le permitió conservar una pequeña porción de la plata confiscada.
En las décadas siguientes se emprendieron varias expediciones con el objetivo de restablecer operaciones en San Antonio de Padua.
En 1817, Dionisio Robles, del pueblo de Nacameri (Rayón), dirigió una integrada por unos 200 hombres para defenderse de los apaches; no obstante, lograron sacar del sitio únicamente algunas piezas de plata, la más grande pesaba cinco marcos y siete onzas.
Algunos años después, Teodoro Salazar encabezó otra cuyos resultados no fueron mejores.
En octubre de 1825, el general José Figueroa, comandante general de Sonora y Sinaloa, partió de Arizpe (la cabecera de la provincia) con una fuerza de 400 hombres para localizar la mina, pero tuvo que regresar al sur al estallar una revuelta de los yaquis.
Una década después, en 1834, el gobernador de Sonora Manuel Escalante y Arvizu exploró la misma zona con un grupo de hombres armados, pero se vio obligado a regresar a Arizpe debido a la hostilidad de los apaches (Almada 1990, 66).
A pesar del fracaso de estas expediciones, la fama de las bolas y planchas de plata continuaría sirviendo como un imán para los buscadores de oro y plata, incluso, como se verá más adelante, hasta el periodo de la fiebre del oro californiana, cuando se lanzarían otras en busca de este antiguo yacimiento y de otras fuentes de riqueza mineral en la región.
La fiebre del oro de la región de La Cieneguilla
A pesar del descubrimiento espectacular del yacimiento de las bolas y planchas de plata y la euforia que desató, a la minería de plata en Sonora le perjudicaron varios problemas durante la primera mitad del siglo XVIII.
Después de un viaje de inspección a las provincias de Sinaloa y Sonora en 1750, el visitador José Rafael Rodríguez Gallardo opinó que una de las dificultades era los costos elevados del transporte terrestre, que incrementaron los precios de los bienes importados de las provincias del centro, sobre todo el azogue, ingrediente esencial para el beneficio de patio, también la gran distancia entre Sonora y Guadalajara.
Para remediar estas deficiencias, Rodríguez Gallardo recomendó estimular la explotación de azogue en las provincias del noroeste, así como el establecimiento de rutas marítimas a lo largo de la costa (Rodríguez Gallardo 1975, 4-21, 52-53).
Otro problema consistía en la obtención de una fuente de mano de obra estable, la mayor parte estaba integrada por los indígenas.
Aunque su trabajo en las minas les servía como un complemento para su sustento, acostumbraban dejar de prestar sus servicios en el verano y regresar en el otoño, después de las cosechas.
Para los dueños, este sistema de trabajo, por temporadas, era más adecuado para las minas de tipo placer que para las de profundidad, que exigían una fuerza laboral mucho más estable.
Además, existía la amenaza de los ataques de los apaches, sobre todo en el norte de la provincia.
Por lo tanto, varios de los mineros empezaban a considerar la minería de placeres de oro, que requería menos inversión de capital y equipo, como una opción más viable (Ortega Soto 1993, 222-230; Escandón 1993, 365-374).
Entre 1758 y 1770 se descubrieron varios yacimientos de este tipo en la serranía del este de Sonora: en Saracachi (1757), en la cuenca superior del río San Miguel; Bacoachi (1758); Bacanuchi, sobre uno de los tributarios del norte del río Sonora, explotado por su plata desde 1680; Alamillo (1770) y Ventanas, a finales del siglo XVIII.
La fiebre del oro más grande ocurrió en 1759, cuando se descubrieron algunos placeres de oro cerca de San Antonio de la Huerta, sobre el río Yaqui en el sur de Sonora.
Durante su primera década de operaciones, miles de indígenas de varias tribus, incluso unos tres mil yaquis, trabajaron en el sitio.
La explotación duró hasta finales de 1780, cuando finalmente fue abandonado (Ocaranza 1939, II: 48, 90, 178-179; Pfefferkorn 1949, 92; Nentuig 1977, 106).
