Descubre Hacienda La Zarca: Un Tesoro Histórico que Revela la Esencia de Durangopost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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La hacienda de la Zarca, en el actual municipio de Hidalgo, fue en sus inicios una de las primeras y más extensas estancias ganaderas del estado de Durango. Esta hacienda fue un importante punto del itinerario del Camino Real de Tierra Adentro, pues funcionaba como punto de pernocta obligado para los viajeros que se trasladaban de las minas de Parral hacia Durango o a Fresnillo.

Ubicación y Actividad Principal

La hacienda de La Zarca se extiende sobre la planicie que fue llamada los Llanos de la Magdalena en el siglo XVI, al sur de la Sierra de Peñoles. En esta zona era común observar una gran cantidad de borregos y mulas que se criaban en sus extensos pastizales y que posteriormente eran trasladados hacia el centro del virreinato.

Por lo general, los rebaños del ganado lanar se dirigían hacia los obrajes de San Miguel, Querétaro y ciudad de México, mientras que las manadas de mulas eran conducidas hacia las minas de Zacatecas y Guanajuato principalmente.

Orígenes y Construcción

Las tierras que dieron origen a esta hacienda fueron mercedadas en 1586 a Juan Pérez de Vargas. Tiempo después, en 1890, se comenzaron a construir las edificaciones que hoy en día se observan, tal es el caso de la capilla y la casa grande. Ambos monumentos presentan un sencillo estilo neoclásico.

La Capilla de San Mateo

La capilla, dedicada a San Mateo, santo patrono de la hacienda, y a la Virgen de Lourdes, advocación mariana francesa dedicada a la curación de los enfermos. Posee una fachada sencilla con columnas adosadas y consta de un cuerpo; su cubierta está conformada por una bóveda de cañón que posee elementos como los arcos torales, poco comunes dentro de los templos de la entidad.

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Juan Nepomuceno Flores Alcalde y su Legado en Durango

Personaje controvertido por su apoyo al Segundo Imperio Mexicano, el terrateniente Juan Nepomuceno Flores Alcalde desarrolló un relevante papel en el despegue de La Laguna de Durango, al incrementar el cultivo algodonero que alcanzó cifras históricas en su producción. Hijo de José Leonardo Flores Valdés (coahuilense) y María de la Luz Alcalde Sáenz de Ontiveros (duranguense), Juan Nepomuceno Francisco Flores Alcalde (1797-1886) nació en la ciudad de Durango, fue bautizado el 11 julio de 1797 en la Iglesia del Sagrario Metropolitano (actual templo San Juanita de los Lagos) de aquella población.

Los Alcalde y los Sáenz de Ontiveros, sus parientes maternos, eran familias de alta posición económica y también fueron terratenientes; los primeros fueron dueños de la hacienda “El Saucillo”, en el municipio de Guadalupe Victoria, y los últimos tuvieron tierras en el municipio de Poanas.

Al igual que sus hermanos José Leonardo y Felipe de Jesús, le fueron proporcionados maestros particulares para acrecentar su cultura, además de la enseñanza que recibió en las aulas escolares del Seminario de Durango. Para el año de 1828, se unió en matrimonio con María de la Luz Quijar, una joven nativa de San Miguel del Mezquital (Miguel Auza), Zacatecas.

Dotado de un natural talento en el manejo de las finanzas, fungió como administrador de la hacienda de Santa Catalina del Álamo, propiedad que desde el virreinato perteneció a los Condes de San Pedro del Álamo (Familia Valdivieso). Era un vasto latifundio de 428 mil hectáreas que comprendía parte de los municipios de Cuencamé, Guadalupe Victoria, Peñón Blanco y Nazas, donde además de la agricultura se practicaba el desarrollo del ganado ovino en gran escala.

En Flores Alcalde se repetiría el proceso transfigurativo del administrador que pasó a terrateniente, como sucedió con otros hacendados de Durango. En 1836, acompañado de su hermano Felipe de Jesús, hizo la compra de sus primeras haciendas al presentarse como postores al concurso del remate de bienes de Velasco Restán, Juan José Zambrano y Fernando Díaz de la Campa.

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En la región que años después se conocería como la Comarca Lagunera, desde el virreinato, ya se practicaba el cultivo del algodón en las tierras aledañas al río Nazas sobre todo en el municipio de Nazas, Durango. Juan Nepomuceno emprendió con éxito la siembra y cosecha de la fibra blanca en las labores de su heredad “San Juan de Casta”, tarea que le reportó cuantiosas ganancias; Juan Ignacio Jiménez hizo lo mismo en su hacienda duranguense de “Santa Rosa” (Gómez Palacio).

A mediados del siglo XIX, Flores Alcalde adquirió la hacienda “Ferrería”, localizada en las inmediaciones de la ciudad de Durango. Para 1826 ahí funcionaba una fundidora de metales llamada “Ferrería de Piedras Azules”, entre sus primeros dueños figuró el famoso historiador Lucas Alamán, quien propuso la explotación de hierro en el Cerro del Mercado.

Esta heredad de beneficio metalífero, pasó por las manos de diferentes propietarios hasta que fue comprada por Juan Nepomuceno, en sociedad con el negociante británico Marcos Ison, quienes importaron maquinaria con tecnología de punta de la época de origen inglés; tal decisión repercutió en el alza de su productividad. Su horno de fundición fue pionero de la industria siderúrgica en el norte de México, apareció antes que los hornos existentes en Monclova y Monterrey; su debacle se produjo al aparecer aquellas fundiciones que trabajan a base de carbón mineral, insumo proveniente de la región carbonífera de Coahuila.

Las vetustas ruinas de este artefacto fundidor de metales aún se pueden apreciar, están situadas entre el río Tunal y la casa grande de la después denominada hacienda “San Francisco de la Ferrería de Flores”, son silentes vestigios de un rico pasado que redituó grandes ganancias a sus propietarios.

Por lo anterior, y al fundar las fábricas textiles “Guadalupe” y “La Concha”, en el municipio de Peñón Blanco, Juan Nepomuceno pasó a ocupar un sitial en la historia de Durango como un visionario precursor de su industria.

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En la esquina suroeste del crucero que forman las calles de Constitución y Aquiles Serdán, en la ciudad de Durango, se levanta un magnífico edificio virreinal de dos pisos que fue construido a mediados del siglo XVIII; fue sede de la Caja Real durante la época colonial, tuvo diversos propietarios adinerados que la ocuparon en sucesivos tiempos. Ya iniciado el México independiente, en 1825, esta casa-palacio de gallarda arquitectura y elegantes detalles barrocos fue habitada por el Congreso del Estado de Durango.

Tan admirable mansión que luce soberbias arquerías de cantera en sus dos niveles, las que dan a su bien proporcionado patio central, fue la residencia particular del acaudalado Juan Nepomuceno Flores Alcalde y su familia; el susodicho inmueble se encuentra inventariado en el catálogo de Edificios y Monumentos Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Flores Alcalde llegó a poseer haciendas en diversos municipios de la entidad, eran cientos de miles de hectáreas bajo su dominio, fue el hombre más rico de Durango en su época. De esta manera logró constituir un gran corredor agrícola, ganadero e industrial, el que atravesaba varios municipios duranguenses. Junto con sus hermanos Felipe de Jesús y José Leonardo, quienes también figuraron como importantes hacendados, formaron el clan financiero-familiar de los Flores Alcalde.

Felipe de Jesús fue propietario de las heredades “La Zarca” -ya referida- en el municipio de Villa Hidalgo, y “San Agustín, cercana a Durango; José Leonardo fue dueño de la hacienda “El Saucillo”, en el municipio de Guadalupe Victoria. Los tres tenían la genética del hombre con creativa inteligencia para los negocios, pero fue, Juan Nepomuceno Francisco, el que más descolló y quien logró acumular más riquezas.

La vida en las haciendas de Flores Alcalde discurría entre las labores del campo, la atmósfera hogareña y la tradición religiosa de sus habitantes, era un ajetreo cotidiano análogo al de otros contornos rurales del territorio nacional. El tedio rutinario se interrumpía en los días festivos -generalmente derivados del santoral católico-, donde los lugareños se recreaban con las suertes de la charrería, los juegos de mesa, la bebida, los bailes, la música vernácula y las ceremonias eclesiásticas.

Ya en la ancianidad, enfermo, inmensamente rico y rodeado de sus familiares y empleados, Juan Nepomuceno Francisco Flores Alcalde falleció al amanecer del 2 de diciembre de 1886, en una de las habitaciones de la desaparecida casona de su hacienda “San Juan de Avilés”, a la que en pretéritos tiempos también se le conoció como “La Floreña” (Ciudad Juárez, Durango).

El cadáver de Flores Alcalde fue trasladado a Peñón Blanco donde recibió sepultura en la capilla de su hacienda “Guadalupe”, pues así lo dispuso como su última voluntad y ahí duerme el sueño de los infinitos siglos, acompañado de algunos miembros de su familia. La esbelta aguja de su centenaria torre de cantera -una de las más altas de la entidad- se dispara hacia las azulosas alturas del firmamento, su vista domina la vastedad multicolor del paisaje duranguense, y muda contempla la ineluctable marcha del tiempo.

En sus costados exhibe las siguientes tres inscripciones: “J.F. Flores a la Santísima Virgen del Refugio”, “Dios de Bondad, Protégenos”, “Dirigió Fdo. Ortega, Jul. 4 de 1894”.

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