Descubre la Fascinante Historia y Legado de Hacienda Los Abolengos en Zacatecaspost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Desde las primeras décadas del siglo XIX, el dominio elitario se asentó sobre una durable articulación de las dimensiones de clase, estatus y partido en torno al tipo ideal de la sociedad señorial. La hacienda también tuvo un papel decisivo en otras sociedades latinoamericanas, pero en Chile fue la verdadera base de las conexiones familiares con el Estado y con la vida política, y el soporte de la riqueza de las élites.

La perspectiva desarrollada se ciñe a los principios de una sociología histórica interpretativa de inspiración weberiana, sirviéndose de la noción de tipo ideal. Considerando esta perspectiva metodológica, la argumentación se expone en tres etapas. Primero se presenta el tipo ideal de la sociedad señorial y sus fundamentos sociales, más en su calidad de modelo extraído del material histórico que como una categoría de análisis propiamente dicha.

El Dominio Elitario y la Hacienda

En este dominio de clase la hacienda tuvo un papel preponderante. Se forjó un imaginario que aunó formas patriarcales en torno a la casa de campo patronal y distintas actividades colectivas, públicas, privadas, religiosas o festivas. En el imaginario jerárquico de la sociedad señorial, el ejercicio de la autoridad fue inseparable del mantenimiento y respeto del orden estatutario.

Por supuesto, hubo divergencias de intereses económicos entre sus miembros (la dimensión clase) y varias discrepancias políticas (la dimensión partido -algo bien reflejado en la oposición entre conservadores y liberales-). En lo económico, durante la vigencia del tipo ideal de la sociedad señorial, comenzando por el régimen oligárquico propiamente dicho, hubo una durable concentración de la riqueza en una clase propietaria que a pesar de sus diferencias y de sus mutaciones logró mantener y renovar su poder de clase, desde mediados del siglo XIX.

La capacidad de la élite para preservar su contubernio de clase sin dividirse sobresale con respecto a otros países latinoamericanos. Los intereses económicos de las distintas fracciones elitarias lograron articularse entre sí, haciendo que los mineros se convirtieran en terratenientes y que los propietarios de tierras invirtieran en la minería, procesos cimentados por redes sociales y alianzas matrimoniales.

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Cohesión y Articulación de la Élite

La cohesión elitaria de clase se hizo patente en varios momentos históricos y siguió siendo muy activa durante el periodo 1930-1970. En lo político, la articulación de los intereses de la élite (la dimensión partido en la acepción weberiana del término), también fue durable y se asentó, desde la década de 1830, sobre la consolidación de un poder ejecutivo fuerte, a diferencia de otros países latinoamericanos.

En su fase propiamente oligárquica, la sociedad señorial, asociada con una aristocracia vasco-castellana conservadora, supo incorporar, incluso con tensiones, a actores liberales. Esto no impidió importantes divisiones entre conservadores y liberales, así como diversas revueltas, pero nunca se quebró el dominio de la élite. Las rivalidades intraelitarias siempre respetaron los intereses de partido, comunes al dominio de la élite, y coincidieron en la durable preocupación por excluir a los sectores medios y populares de la gestión del poder político.

En lo estatutario la élite asentó su cohesión sobre un sistema jerárquico cuyo epicentro fue la hacienda, la cual gozó de un fuerte reconocimiento social. El prestigio del señorío-hacendario, la impronta simbólica del modo de ser aristocrático y la preeminencia de valores conservadores de fuerte tonalidad católica hicieron que la sociedad chilena se organizara durablemente en torno a un sólido sistema de respetos y deferencias.

Estrategias de la Élite

La élite chilena supo gestionar con éxito una controlada y parsimoniosa cooptación de nuevos miembros a través de alianzas matrimoniales, la homosociabilidad (colegios, clubes) y la diversificación de actividades en distintos sectores económicos. Varias novelas chilenas desde el siglo XIX hasta la actualidad están dedicadas justamente a dar cuenta del contubernio elitario y del papel de las estrategias familiares a la hora de amainar y canalizar los conflictos de intereses entre las diversas fracciones.

Esto no eliminó las rivalidades, pero hizo que los miembros de la clase superior fueran “adversarios en el Congreso, amigos en el club”. La tensión entre las élites económicas, políticas y culturales permaneció subordinada a la connivencia colectiva del grupo dominante. El dominio estatutario de la sociedad señorial se construyó a través de idas y venidas regulares entre el campo y la ciudad, formándose una modalidad de vida que fue “rural en las ciudades y urbana en el campo”. Esto engendró un ethos señorial particular de raigambre hacendario.

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El Orden Estatutario y sus Implicaciones

En la sociedad señorial la negociación y el conflicto fueron bicéfalos: la capacidad de compromiso y contubernio entre los miembros de la élite contrastó fuertemente con la dificultad para admitir cuestionamientos de parte de otros grupos sociales, lo que se materializó en una relación particular con el orden asociado al paternalismo, al tradicionalismo y al autoritarismo. Incluso la larga tradición centralista del Estado y su imaginario de estar en lucha durable contra los peligros de la “fronda parlamentaria”, siempre presta a renacer, puede interpretarse como una expresión ideológica de este particular imaginario del orden.

En el tipo ideal de la sociedad señorial no solo los tres componentes se articularon estrechamente, sino que los ejes de clase (élites económicas) y partido (poder político) reposaron sobre los prestigios estatutarios. En todos los ámbitos, los respetos y obediencias se derivaban de las jerarquías naturalizadas del orden señorial. El tipo ideal articuló un orden oligárquico (en torno a las haciendas), un contubernio de partidos (más allá de las tensiones entre conservadores y liberales) y un sólido sistema estatutario (el modo de ser aristocrático).

Crisis y Reestructuración del Dominio Elitario

La continuidad del dominio elitario y la articulación de sus dimensiones de clase, partido y estatus conoció diversas fases críticas, pero vivió sobre todo una crisis bajo el gobierno de Allende (1970-1973). Si en los gobiernos de Frei (1964-1970), y sobre todo de la Unidad Popular (1970-1973), el cuestionamiento del dominio de la élite se centró en las dimensiones de clase y partido, lo que terminó resquebrajándose fue el orden estatutario de la sociedad señorial: las reformas agrarias de 1967 y 1973 socavaron las bases hacendarias y el modo de ser aristocrático.

Frente al gobierno de la UP, la élite sintió, con más intensidad que en cualquier otro periodo histórico anterior, que su dominio había sido cuestionado y tras una fase represiva recompuso las bases de su dominación. Esta crisis fue particularmente activa tanto a nivel de la dimensión de clase (reforma agraria, requisición de empresas, sector de propiedad social, nacionalizaciones, tomas) como en la dimensión partido (una coalición de izquierda ajena y opuesta al poder político de la élite).

El éxito económico (clase) y político (partido) de la dictadura militar en la recomposición del dominio elitario hizo que la crisis estatutaria pasara relativamente desapercibida. Todo pareció volver al cauce histórico habitual. Sin embargo, el dominio recompuesto de la élite fue desigual. Se impuso un conjunto dispar de restructuraciones en un continuum que va de lo sólido a lo frágil.

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Análisis de la Reestructuración

Lo más sólido es sin duda el control que la élite ejerce sobre la economía y sobre el sistema de desigualdades estructurales en torno al capital. Ya menos compacto es lo que se advierte en la dimensión partido y en la capacidad de la élite de defender sus intereses a través del sistema político y de los medios de comunicación. Por último, infinitamente más frágil es lo que se advierte a nivel estatutario.

La restructuración fracturada del dominio elitario no siempre es advertida. La dimensión estatutaria del sistema es desconsiderada, subrayándose unilateralmente la solidez de las nuevas articulaciones entre el capital económico y los agentes políticos. Las reformas neoliberales restauraron el dominio de clase y a pesar de las reorientaciones económicas introducidas desde la década de los 90, no se cuestionaron desde entonces los principales lineamientos del sistema de acumulación.

La solidez de este dominio de clase solo fue muy tangencialmente cuestionada durante el estallido de octubre de 2019. Si bien se expresaron muchos malestares laborales, no hubo tomas de los centros de trabajo, y el accidentado incremento o descenso de huelgas legales o extralegales de la última década no permite afirmar que se produjera ningún severo cuestionamiento del dominio de clase. Esta dimensión tampoco fue cuestionada en el proyecto elaborado por la convención constituyente, rechazado en septiembre de 2022.

Las discusiones se centran más en el “modelo”. Ahora bien, el cuestionamiento del neoliberalismo, o sea, de esta modalidad particular de regulación del capitalismo, no es lo mismo que el cuestionamiento del poder de clase de la élite. La cohesión elitaria sigue siendo sólida.

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