Pensar en los trabajadores de una hacienda henequenera yucatanense en el esplendor del porfiriato obliga a evocar a los mayas laborando arduamente bajo el temible y terrible sol de Yucatán. No es difícil imaginar tal suplicio cotidiano. Baste con caminar una hora bajo el sol en cualquier calle de Mérida a las tres de la tarde para comprobarlo. Sin embargo, es imposible creer que todo era tinieblas en su vida diaria.
Después de ciento diez años de haber ocurrido, releer el caso de la hacienda Xcumpich puede dar algunas pistas al respecto. La familia Molina Solís era una de las más poderosas en el Yucatán porfiriano. Muchos de sus integrantes eran piezas claves para la consolidación del proyecto nacional del presidente Porfirio Díaz en el estado. Destacó Olegario Molina Solís quien fue gobernador en el período 1902-1906 y fue reelecto para un período más, aunque en mayo de 1907 fue llamado por el presidente para trabajar como secretario de Fomento, Colonización e Industria.
Su carrera inició con la fundación en 1864 del Colegio de Enseñanza Primaria y Secundaria de Olegario Molina y Yanuario Manzanilla bajo el amparo del Segundo Imperio. Restaurada la República, Molina quedó al frente del Instituto Literario del Estado, antecedente de la actual Universidad Autónoma de Yucatán. Poco a poco los hermanos Molina Solís fueron ganando terreno en la sociedad yucatanense. Juan Francisco fue un prominente historiador. Augusto fue un distinguido médico y director del Hospital O'Horán; para el cual promovió la construcción de una nueva sede que fue inaugurada por el presidente Díaz en 1906. Ricardo fue administrador de la aduana de Sisal.
Audomaro y José Trinidad fueron importantes hacendados mientras que José María, presbítero, fue nombrado tesorero de la diócesis de Yucatán en 1884 por el obispo coadjutor Crescencio Carrillo y Ancona. Sin embargo no todos pensaban en hacer dinero: el sacerdote jesuita Pastor Molina Solís fue misionero en las selvas de Belice y de Icaiché donde realizó detallados estudios etnográficos. Ante tal panorama resulta evidente que la familia Molina Solís no pasaba inadvertida por la sociedad.
El Escándalo de la Hacienda Xcumpich
El 21 de noviembre de 1904, Tomás Pérez Ponce publicó un documento que tituló Carta abierta al poderoso hacendado, Sr. D. Audomaro Molina Solís, escrito a nombre del jornalero Antonio Canché quien, según el autor, no sabía firmar. El documento se convirtió en escándalo público no solo por su contenido sino por el destinatario. Frente a esto, el hacendado respondió demandando a Pérez Ponce por difamación ante el juez tercero de lo penal. Todo ello suscitó una controversia en cuyos testimonios se pueden leer luces, claroscuros y tinieblas de la vida diaria de los trabajadores de la hacienda Xcumpich de Audomaro Molina.
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El Libelo Difamatorio
El agraviado se refería a la carta abierta de Pérez Ponce como el libelo difamatorio. ¿Cuál era el contenido de tal documento? Todo el texto estaba escrito en primera persona del singular como si fuera Antonio Canché quien escribiera. No obstante, el estilo del panfleto correspondía evidentemente al de un letrado y no al de un jornalero. El punto de partida es el término de las labores de Canché en Xcumpich dos meses antes de la redacción del libelo, en septiembre de 1904.
A las cuatro de la mañana, todos los días, a toque de campana, los desventurados jornaleros de 'Cumpich' tienen que presentarse a lo que se llama la casa principal, residencia del personero, y empiezan a desempeñar el trabajo forzoso y gratuito que se les señala y se conoce con el nombre de fagina, la cual termina a las siete de la mañana. Desde esa hora comienza la tarea que para mí y otros compañeros consistía en hacer dos mecates de limpia y desyerbo de planteles.
El texto señalaba que "la finca era una verdadera prisión para nosotros y para nuestras familias" metáfora simple pero lapidaria ya que dejaba claro a los lectores que en Xcumpich se vivía en estado de esclavitud. Argumentaba que era casi imposible salir de la hacienda y mucho menos para vender una gallina aun cuando esta era legítima propiedad del jornalero. Esta esclavitud quedaba más clara al decir que, tras la "fuga" de Canché, el propio Audomaro Molina se presentó en la casa donde se había refugiado en Mérida, para ir a buscarlo como si se tratara de un bien suyo. Según la carta, tal circunstancia se repitió en otra ocasión cuando con lujo de violencia verbal el hacendado amenazó a la propietaria de la casa, Mauricia Esquivel, con las consecuencias que sufriría por abrigar a un sirviente prófugo.
Faltaban unos años para que viera a la luz Barbarous Mexico (1910) de John Kenneth Turner y ya se hablaba de la esclavitud en Yucatán, aunque sería más preciso decir que se trataba de un estado de servidumbre. Como explica Pedro Bracamonte y Sosa: "La condición de servidumbre es una creación de la sociedad colonial. La hacienda nació en la época colonial, dominada por la división estamental de la población. En una sociedad sumamente marcada por criterios de superioridad e inferioridad racial y cultural".
Pareciera que se nacía para estar sometido, obedecer y servir. Si los indios mayas desde la infancia entendían que debían servir, los blancos (los dzules) nacían con el derecho a ser servidos. De ahí la existencia de las faenas o faginas, las cuales Nickel define como "trabajos de limpieza y de reparación en el casco de la hacienda y [que] no debían sobrepasar las dos o tres horas semanales". No solo era cuestión de aprovechar su mano de obra sino la ocasión para recordar el "orden natural" de las personas: se nace para servir o para ser servido. Eran la continuación histórica del tequio que satisfacían los mayas para la factura de caminos y la realización de otras obras de infraestructura pública.
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No era raro que el amo buscara a su sirviente después de que ese desapareciera. Según Nickel, los hacendados impedían el abandono de la hacienda a peones endeudados y perseguían a los fugitivos. La práctica fue tan común que su abolición fue prioritaria en los albores de las acciones revolucionarias en Yucatán: en ese tenor se expresaron los primeros decretos de los gobiernos emanados del movimiento revolucionario.
Sin embargo, resulta dudoso que un personaje como Audomaro Molina haya procedido realmente como lo narra el libelo. No hubiera sido propio de alguien que se preciaba de tan alta posición social, abnegada piedad cristiana y elevada cultura. Audomaro Molina Solís estudió en el Seminario Conciliar de San Ildefonso y Nuestra Señora del Rosario de Yucatán, donde también fue profesor de Filosofía, Gramática castellana, Gramática latina y Gramática maya. Él mismo era oriundo de las selvas del centro de la Península de Yucatán pues nació en Hecelchakán (hoy parte del estado de Campeche) en 1852.
En el perfil biográfico que de él ofrece Camargo Sosa se apunta que "se ha dicho que es uno de los que mejor han escrito en castellano en México". Entre sus obras estuvieron el Compendio de la gramática de la lengua castellana: dispuesto en preguntas y respuestas para el uso de las escuelas (1881), Compendio de la Gramática de la Lengua Latina (1899), y parte del Catecismo de la Historia de Yucatán: compendio de Geografía de Yucatán (1887) que coordinó Crescencio Carrillo y Ancona, quien además de clérigo fue un destacado historiador de la región yucatanense.
Tomás Pérez Ponce y El Padre Clarencio
Por su parte, Tomás Pérez Ponce, el autor de la carta, nació en Mérida en 1862. Fue un político y periodista vinculado a la corriente anarquista de los hermanos Flores Magón, de quienes recibió numerosos elogios. Teniendo en cuenta que era un férreo opositor del régimen de Porfirio Díaz y de los "científicos", no es casual que el enfrentamiento se diera justo cuando estaba próxima la reelección de Olegario Molina como gobernador del estado.
El Padre Clarencio, principal periódico de oposición al gobierno, dedicó numerosos ejemplares durante la primera mitad de 1905 a recordarle a la sociedad el "Caso Xcumpich" como prueba de que "Un manto rojo se extiende sobre la tierra: es la esclavitud de una raza que vive como familia de parias, destinada a ser la víctima de la explotación, sirviendo de ludribrio (sic) a los actuales 'encomenderos' del siglo XX. Para el indio no hay ley, no hay derechos, no hay libertad, ¡no hay humanidad!".
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Para entender el tema de las condiciones de vida de los peones de las haciendas henequeneras como era señalado en El Padre Clarencio, es necesario verlo como una denuncia social con fines políticos, de manera que la postura asumida por el semanario en contra de los malos tratos a los sirvientes va de la mano con el ataque contra la reeleción del gobernador. Tampoco es fortuito que el escándalo haya recaído en el más temperamental de los hermanos Molina Solís. Sus pleitos eran famosos por el asunto de los diezmos que lo enfrentaron con el obispo Carrillo y Ancona, a pesar de ser este su íntimo amigo.
Precisamente, cuando Audomaro sintió ofendido el honor de su familia, por una disputa de índole histórica sobre el origen de la diócesis de Yucatán entre Carrillo y Ancona y Juan Francisco Molina, le escribió una provocadora carta al prelado en la que amenazaba con arruinar su reputación. Semanas después, en marzo de 1897, Carrillo cayó muerto y sus cercanos culparon a las amenazas de Audomaro Molina como la principal causa de su agonía y deceso. Pérez Ponce debía conocer la reputación del hacendado de Xcumpich, de ahí que si lo que pretendía era hacer un escándalo, logró con impresionante éxito su objetivo.
En el libelo Pérez Ponce acusó a Molina de obligar a la esposa de Canché, María Primitiva Celis, a moler un almud de maíz y elaborar tortillas en contra de su voluntad y en perjuicio de sus tareas familiares. Para colmo, el maíz que le daban era una porquería. ¿Cuáles eran esas tareas de María Primitiva? Lavar ropa ajena de habitantes de la capital y del pueblo de Chuburná. A fin de cuentas, Xcumpich estaba a menos de nueve kilómetros al norte de Mérida y a un kilómetro y medio al norte de Chuburná. Tal servicio no era inusual entre las habitantes de las haciendas periurbanas de Mérida.
Laura Machuca plantea la pregunta ¿Qué sucedía cuando la situación se volvía insostenible y todo se ponía por parte del amo? Para ella, había dos soluciones posibles para los peones: huir de la hacienda o matar al amo. En realidad, había una tercera opción: el suicido. Fue esta la que eligió José de la Rosa Kú, jornalero de Xcumpich, cuando terminó con su vida en junio de 1905. En la nota que hallaron junto a su cuerpo expresaba su deseo de separarse de su patrón.
El Padre Clarencio aprovechó la situación para denunciar las penurias que padecían los trabajadores de la hacienda de Audomaro Molina: "Era el infortunado suicida un hombre soltero que no tenía voluntad de prestar sus servicios en Xcumpich y varias veces había pedido su liquidación para separarse, pues como casi todos los sirvientes de la referida hacienda, tenía deuda pendiente". El jornalero había intentado fugarse pero, por petición de su madre, acabó por regresar a Xcumpich. Tal situación corresponde a un patrón de suicidio bastante común en Yucatán que no era exclusiva de los jornaleros de las haciendas.
Las Haciendas Henequeneras en Yucatán
Xcumpich no era la única hacienda henequenera en la península de Yucatán, sino que era parte de un gran sistema de haciendas. En 1889 había 1,235 haciendas, de las cuales 225 estaban cerca de Motul, 150 de Izamal, 132 de Acanceh, 118 de Temax, 81 de Hunucmá y 79 de Mérida. Xcumpich era una de las 79 haciendas cercanas a la capital. En 1900, 80,216 peones trabajaban en las haciendas para un par de decenas de familias de hacendados. Entre tales familias destacaron, además de los Molina, los Cantón, los Escalante, los Peón y los Casares.
El proceso contra los implicados en la presunta difamación de Audomaro Molina continuó sin sobresaltos, pues era evidente que la autoridad estaría del lado de los hermanos Molina Solís. Aun así, con el fin de averiguar lo que ocurría en Xcumpich se llevaron a cabo una serie de investigaciones, cuyos resultados integraron un voluminoso expediente. Las respuestas de los testigos que fueron interrogados nos dejan ver que no todo era terrible en la hacienda, sino que había ciertos elementos que podían hacer llevadera, incluso agradable, la vida de los trabajadores.
En los primeros interrogatorios se hicieron diversas preguntas a peones y jornaleros de la hacienda para verificar si las acusaciones atribuidas a Antonio Canché eran ciertas. El primer grupo de preguntas eran sobre si los jornaleros de Xcumpich podían abandonar libremente la hacienda para poder ir a Chuburná y a Mérida los domingos y días de fiesta. El segundo grupo giró en torno a la venta de maíz que se realizaba en la hacienda y sobre la calidad del mismo. Un tercer grupo fue sobre la vida de las mujeres en la hacienda, si ellas podían ir a Mérida o a otro sitio a vender sus animales, hortalizas u otros productos que hubieran sido cultivados en el patio de sus casas. También sobre si podían lavar la ropa de las familias meridanas sin impedimento alguno por parte del hacendado y sobre la supuesta obligación de elaborar tortillas. El cuarto grupo correspondió a todas aquellas relacionadas con el pago puntual y completo del salario de los trabajadores. Hubo un quinto grupo sobre el tipo de prestaciones médicas que recibían los empleados.
Primero declaró Gabino Vázquez Pérez, amigo de Audomaro Molina, seguido por Pastor Reyes, compadre del hacendado, que radicaba en el cercano pueblo de Chuburná. Obviamente, ambas declaraciones fueron absolutamente favorables a Molina. Continuaron los testimonios de Desiderio Dzib, comerciante de Chuburná, quien testificó que la gran mayoría de los trabajadores de Xcumpich eran clientes de su tienda. Esto deja claro que los peones y jornaleros no eran esclavos pues podrían salir de la hacienda sin problemas. Acto seguido se le tomó la declaración a un jornalero de Xcumpich, Natividad Canché. Fue necesario recurrir a la ayuda de un intérprete pues Canché no hablaba español.
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