El Valle de Ojos Negros, también conocido como Valle de San Rafael, se encuentra en Baja California, México, a unos 40 km al este de Ensenada. Es una depresión natural de 113 km² formada por el arroyo de San Rafael, rodeada de montañas y caracterizada por un terreno inclinado de este a oeste.
El área incluye tres localidades históricas: Valle de San Rafael (hoy Ojos Negros), Real del Castillo y Real del Castillo Viejo, fundadas durante la fiebre del oro. Real del Castillo, ahora una delegación de aproximadamente 4017 km², fue el centro de esta actividad minera.
Orígenes y Auge Minero de Real del Castillo
Fue en 1870 cuando Ambrosio del Castillo, un gambusino, descubrió en el Valle de San Rafael, hoy Valle de Ojos Negros, una pequeña veta de oro. Pronto la denunció y casi de inmediato se dejaron venir cientos de gambusinos y mineros, dando origen a una fiebre de oro que duraría unos 10 años. Esa fiebre dio origen, en octubre de ese mismo año, a la fundación formal de Real del Castillo.
El poblado creció rápidamente, de tal manera que para 1872 se cambió la capital del norte peninsular de Santo Tomás al nuevo real, al que se llamó Real del Castillo, en honor a quien descubriera sus vetas. En esos 10 años en “el Real” se fundaron escuelas, la primera imprenta del estado, periódicos, oficinas públicas, teatros y cantinas, muchas cantinas, que fueron las verdaderas beneficiarias de la fiebre.
Pero como lo decía, la fiebre se acabó a la década, simplemente porque se agotaron las vetas, y la riqueza dejó de fluir. Así como rápidamente se pobló, se despobló, y para 1882, casi todos sus habitantes se trasladaron a Ensenada, a donde fue trasladada la capital de la región, un 15 de mayo del mencionado año.
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El Declive y el Renacimiento de Ojos Negros
A Real del Castillo le pasó lo que a San Juan Bautista con relación a Jesucristo, tuvo que morir para que naciera y creciera Ensenada. Pero “el Real” ahí sigue, como un fantasma, como algo que fue, pero que ya no es.
Después de la desbandada de gente, sólo se quedaron unos cuantos, viviendo del ganado, de las chivas, de las vaquitas, del queso, de un poco de agricultura, además de uno que otro gambusino aferrado a encontrar las “sobras” de lo que dejó la fiebre. Hoy muy pocos viven ahí. Están los ranchos, los vaqueros y agricultores, los escasos gambusinos, y como algo nuevo, algunas personas que han comprado terrenos y hecho casas para descansar.
Y es que el sitio tiene sus encantos, comenzando con el de su dorada soledad. Cuando fue la capital abundaban los pleitos de cantina, los litigios, el ruido, el crecimiento desordenado. Junto con la gente todo eso se fue y llegó la tranquilidad. No se formó una gran ciudad como muchos hubieran querido (ésta se formó en Ensenada), pero sí se conservó un lugar natural que aún continúa para deleite de quienes amamos ese tipo de sitios.
El Arroyo El Barbón
Sólo unos cuantos vestigios quedan del tiempo en que era capital, un par de casas de adobe, la antigua escuela, cimientos, restos de muros... y ya. Pero los cerros que rodean ahí siguen, floreciendo cada año.
El arroyo del Barbón sigue llenándose de agua en cada invierno y primavera, y todo el valle se aprecia amplio y hermoso. El arroyo El Barbón nace en la Sierra Juárez, en la mismísima Laguna Hanson. Después de atravesar todo el Valle de Ojos Negros se mete a un cañón y sale hacia la región del Valle de Guadalupe, también atraviesa este valle y luego desemboca al valle de Santa Rosa, en donde da un hermoso salto para finalmente llegar a la misión, en donde tiene su cita con el Pacífico.
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Alguna vez hice este recorrido, que en realidad es recorrer buena parte de la historia de nuestra región, ya que en tiempos de los siglos XVIII, XIX y principios del XX, este arroyo tuvo su gran importancia. En su cauce se fundó Real del Castillo, en 1870, como vimos. Pero ya antes en su cauce se fundaron las misiones de San Miguel, en 1787, y Guadalupe, en 1834.
El cauce fue extensamente explorado a fines del siglo XVIII por varios soldados, entre los que destacó Juan Manuel Ruiz, el primer propietario de la Ensenada de Todos Santos. Hubo minería, agricultura y ganadería, y hoy gracias al mismo cauce se ha desarrollado toda industria vitivinícola del Valle de Guadalupe.
La Hacienda Ojos Negros Hoy
Pensar en los vinos de Baja California implica viajar mentalmente al Valle de Guadalupe. Y con toda la razón del mundo. Pero existe otra zona vinícola incluso más grande, con más agua y un poco más inhóspita, de donde salen bebidas impresionantes y lácteos de primera calidad, que figura poco a nivel nacional: el Valle Ojos Negros. El lugar, a 38 kilómetros al este de Ensenada, pareciera un erial completo. Pero en realidad tiene dos ciénagas con mucha agua, que desde el aire semejan ojos negros. De ahí su nombre. Su clima puede oscilar entre 10 y 15 grados durante todo el día. No obstante, en ese clima las uvas la pasan muy bien y, por consiguiente, sus vinos son totalmente equiparables a los del conocido Valle de Guadalupe.
Cuando uno pregunta a quienes conocen el lugar la razón por la que creen que Ojos Negros no es tan popular, enseguida aseguran que se debe a que llegar es un poco más complejo, y que aún no tiene tanta infraestructura. Para quienes se animan a ir, se despliegan varias posibilidades. Por una parte, pueden ir a los viñedos y bodegas San Rafael, que fueron las primeras en erigirse ahí, de la mano de la familia Hussong, así como a la Casa Righetti, la Cava de Marcelo o la Vinícola Infinito. También se pueden hacer caminatas, ciclismo, observación de aves y paseos en la Ruta del Queso, dentro de la Hacienda Ojos Negros.
Si tienes oportunidad de ir, recuerda entregarte a todas las posibilidades de este sitio no tan explorado por el turismo, para que la experiencia sea aún más completa. Prueba todos los vinos y los productos hechos ahí que puedas. La vida es solo una.
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Después de 4 horas de haber salido de Ensenada llegamos al valle de Ojos Negros. Con la luz del atardecer el valle parecía estar cubierto con una delgada capa dorada. Ingresamos al pueblito, la gente nos miró con curiosidad. Llegamos a la jefatura de policía y nos dirigieron hacia un rancho que ofrecía lugar para acampar a 50 pesos por persona. Antes del atardecer montamos nuestra casa de acampar y justo cuando se fue el sol, también cayeron mis pestañas.
Datos Adicionales
Para 1910, el propietario era Juan Oteyza Larralde y la hacienda fue importante en el inicio de la Revolución Mexicana por su impacto en la economía de la región. A pesar de ello, en 1913 la hacienda está reconocida como una finca importante en el distrito de Nochixtlán y, en 1925, María Manuela Antuñado Ortíz, viuda de Oteyza, aparece como propietaria hasta 1927, cuando aún tenía una extensión de 98 hectáreas. Para 1960 aparece como dueño Ramón R.
