Descubre la Fascinante Historia y Éxito Empresarial de los Hermanos Díaz Rubín en Hacienda San Mateopost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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El presente artículo analiza la trayectoria empresarial de los hermanos Díaz Rubín en Puebla entre 1878 y 1914. Se trata de una familia de asturianos llegados a la región durante el último tercio del siglo XIX.

Considero su presencia a partir de la historia de la inmigración extranjera y capitalista a México en el tránsito de los siglos XIX y XX. Al mismo tiempo, los estudio como parte de la historia de las industrias a las que dedicaron mayor capital: la azucarera y la textil.

Analizo, en fin, su participación en otros tres aspectos de la vida económica de la región: la compraventa de tierras y haciendas, la inversión en bancos y el comercio. Me limitaré a presentar su actividad comercial y empresarial en Puebla, lugar donde consolidaron sus actividades comerciales y productivas a partir de 1878.

La hipótesis de la que parto es que los hermanos Díaz Rubín consiguieron reunir un gran capital gracias a la diversificación de sus inversiones en diferentes actividades productivas en el estado de Puebla. Tal capital estaba fincado en los bienes que José Díaz Rubín había logrado reunir hasta su muerte, el 9 de noviembre de 1903, y las fábricas textiles de Atlixco, propiedad de Ángel Díaz Rubín.

En 1907, cuando se conformó la sociedad, los bienes de los hermanos sumaban 3 millones 82 mil 990 pesos. Hay evidencias de que la riqueza de los Díaz Rubín no menguó mayormente en 1914, pero sí hay un cambio importante aquel año, cuando algunas de sus propiedades fueron afectadas por la Revolución. A partir de aquel año, la familia no volvió a ocupar, por lo menos en Puebla, la preponderancia industrial y económica que alcanzó hasta entonces.

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El trabajo está dividido en seis apartados. En el primero comento el origen de la familia y su establecimiento en Puebla, caracterizándolos a partir de su pertenencia a la inmigración asturiana. En segundo lugar me ocupo de sus compras de tierra y agua en las regiones de Puebla e Izúcar, bases para la inversión que realizaron después en la industrialización de la región. El tercer apartado se ocupa de la participación de los Díaz Rubín en la industrialización de los ingenios azucareros del suroeste del estado, y el siguiente de su labor como industriales textiles en Puebla y Atlixco. Por último, dedico un apartado a las otras inversiones realizadas por los hermanos.

Hermanos asturianos

De los cinco hermanos Díaz Rubín, sólo dos tuvieron un papel preponderante en Puebla: José y Ángel. En ellos me enfocaré. En un testamento público otorgado por José en 1888, declaró ser originario de Cuenco, Oviedo, donde nació en 1846, y estar avecindado en Puebla. Ángel se había establecido en la misma ciudad desde, por lo menos, 1894, y ahí permanecerá hasta su muerte, en 1913. De este último sabemos que nació en 1865 en Margolles, también en Asturias. Por su parte, Enrique habría estado en Puebla entre 1892 y 1894, donde reportó un capital de 130 mil pesos, sin especificar bienes ni inversiones. Él, con Francisco y León, vivían en Oviedo para 1906.

Según el mismo testamento de José Díaz Rubín, llegó a México en 1860. Apunta la escritura notarial: "el día diez y siete de septiembre del año de mil ochocientos sesenta, se embarcó el otorgante [José] en el pueblo de Rivadesella, del mencionado distrito de Cangas de Onís, en España, con dirección a esta ciudad, y llegó a ella el veintiséis de noviembre del mismo año de mil ochocientos sesenta, a la edad de catorce años". Desde su llegada se instaló en la ciudad de Puebla, donde se dedicó de inmediato a "servir como dependiente en la negociación que tenía establecida el señor su tío, don León Rubín".

El testimonio de José Díaz Rubín en 1888 nos permite ubicarlo como uno de los casos típicos del emigrante español, y particularmente asturiano, a América Latina en la segunda mitad del siglo XIX. Jesús Jerónimo Rodríguez ha considerado que si bien este éxodo no tenía un carácter sistemático en el principado, sí era por lo menos considerable. A partir de 1877 empieza una importante ola de expulsión de asturianos a América, específicamente a Cuba y Puerto Rico.

Cuando llegaban a México, solían salir de La Coruña o de Vigo, con escala en La Habana, para de ahí llegar al Puerto de Veracruz. Hubo dos motivos de expulsión: en primer lugar, la estructura agraria de la zona, basada en la explotación minifundista, que generaba malas condiciones de vida para los labradores, y en segundo lugar, la industrialización que vivió el principado con mayor intensidad desde 1856.

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La inmigración asturiana a México durante nuestro periodo de estudio es la más importante considerada en relación con la de las otras provincias españolas. Oviedo aportaba 21.8% de los recién llegados -entre los que se inserta el caso de estudio-, mientras Santander aportaba 17.76%, muy por detrás estaban Vizcaya, Barcelona y Burgos, que aportaban aproximadamente 5% cada una.

Clara E. Lida ha apuntado que los españoles llegados a todo México durante el Porfiriato apenas son unos 30 mil, que si bien son porcentualmente escasos, por su carácter cualitativo jugaron un papel significativo en la sociedad. Si bien tuvieron múltiples intereses y una gran variedad de actividades, durante el siglo XIX los españoles en México "aparecían como una burguesía asentada en las ciudades más activas del país", contribuyendo a la expansión económica del Porfiriato.

Puebla era la segunda ciudad receptora de españoles en la república: contaba con unos 300 ibéricos. A fines del siglo XIX y principios del XX, éstos consiguieron establecer "un verdadero puente hacia Puebla" entre 1880 y 1930. Entre los recién llegados estaban no sólo la familia que aquí estudiamos, sino los Gavito, los Rivero Collada y los Artasánchez. Al hacer esto, establecieron una red que se basó en la unidad del grupo y en la jerarquía, siguiendo el patrón familiar, como ha mostrado Carlos Herrero.

Una vez establecidos en el país, los Díaz Rubín siguieron este modelo, por lo que puede considerarse como un caso típico y muy exitoso de la inmigración asturiana establecida en México, y particularmente en Puebla. Según Leticia Gamboa, la mayoría de los asturianos recién llegados a la Angelópolis en la segunda mitad del siglo XIX -unos 19- tenían entre 14 y 18 años. Como José Díaz Rubín, salieron de villas campesinas pequeñas, solteros, y beneficiados de un "movimiento en cadena", que les permitía aprovechar las redes establecidas por los familiares o amigos de la familia en los lugares de llegada.

Los jóvenes recién llegados se ocupaban de inmediato como empleados o dependientes en negocios familiares, sujetos a la más severa disciplina pero con buenos salarios. Este dinero no lo recibían de inmediato, sino que el empleador lo conservaba y utilizaba en beneficio propio por años, y lo entregaba con un pequeño rédito al joven cuando éste, con su trabajo, había reunido lo suficiente para instalar su propio negocio.

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El capital, por tanto, era obtenido del trabajo duro y subordinado en México, gracias a las redes familiares que lo habían acogido desde su llegada al país. En 1888, José Díaz Rubín testificó que todo su capital había surgido a raíz de su trabajo desde 1860 en la tienda de su tío, León Rubín. Esa tienda en el centro de la Angelópolis es la misma que adquirió después, a partir de 1896, punto sobre el que volveré después. En 1888, de cualquier forma, ya como empresa familiar, Díaz Rubín la consideró "la matriz de todas sus operaciones".

De nueva cuenta, la trayectoria que ahora analizo confirma la importancia del comercio y el trabajo de los inmigrantes españoles como dependientes para la conformación inicial de un capital que se destinó después a otras actividades productivas. En Puebla, como ha observado Leticia Gamboa, la inversión agroindustrial y textil desplazó el comercio como el eje de la inversión de los asturianos. El inicio de la actividad de Díaz Rubín, por ejemplo, lo alejó del comercio, si bien volvió a él años más tarde.

Una vez acumulada cierta cantidad, tras 18 años de trabajo, José Díaz Rubín abandonó su trabajo. Así, en 1878 inició la que a la postre sería una exitosa trayectoria empresarial, con la compra de tierras y agua en Izúcar de Matamoros y en la ciudad de Puebla.

Tierra y agua, las bases del capital familiar

Un primer periodo de la actividad de José Díaz Rubín en Puebla es la adquisición y venta de tierras y agua en Izúcar y Puebla, entre 1878 y 1894. En Izúcar, en estos años el empresario asturiano consiguió hacerse no sólo de propiedades hasta entonces comunales, sino que aprovechó para revender las haciendas azucareras de que pudo hacerse, con el valor agregado del agua y, poco más tarde, de la comunicación ferroviaria con la capital del estado. Del mismo modo, en un primer paso de su incursión en la ciudad de Puebla, también adquirió y vendió tierras y agua.

Las primeras noticias que poseemos de él proceden de Izúcar de Matamoros, población situada al suroeste del estado de Puebla, colindante con Morelos, y destacada desde el siglo XVI por su producción cañera, merced a su clima cálido. Si bien la hacienda había formado parte de la vida de Izúcar durante todo el periodo virreinal, fue gracias a las reformas liberales de mediados del siglo XIX que se hizo posible una mayor concentración de tierra en manos de particulares. Esta "individualización de la tierra", como la ha llamado Antonio Escobar Ohmstede, dio lugar a la conformación del emporio que conformó José Díaz Rubín en aquella región.

La noticia más temprana de su inversión en la región data del 10 de mayo de 1878, cuando adquirió la hacienda de San Félix Rijo, la primera de sus grandes propiedades. A decir de Francisco Javier Gómez Carpinteiro, entre 1882 y 1892 compró tierras en los pueblos de Tilapa y Tlapanalá. Para 1890, Díaz Rubín siguió adquiriendo propiedades en Izúcar. Aquel año Vicente de la Hidalga, otro hacendado de la región, le vendió unos ojos de agua para su hacienda de Rijo.

Antes de vender la hacienda a Agustín de la Hidalga en 1894, José había conseguido anexarle otra propiedad, El Espinal, con lo cual impulsó el ingenio ya existente con el nombre de Rijo. Para incrementar los sembradíos de caña, adquirió otros 171 terrenos junto al ingenio, y creó con todos ellos un solo fundo. La propiedad ampliada de Rijo alcanzó un valor de 600 mil pesos.

En suma, con la consumación de la guerra San Mateo Atenco consiguió mayores terrenos ejidales y la disminución de 13 a 9 horas en la jornada laboral. De acuerdo a los testimonios bibliográficos, quienes laboraban en las haciendas Doña Rosa, San Antonio, La Asunción, Buena Vista y San Mateo Atenco, recibían salarios de entre 15 y 18 centavos por jornadas de sol a sol.

En 1899 los hermanos don Antonio y don Julián Llaguno fundaron esta ganadería en la Hacienda de San Mateo, municipio de Valparaíso, Zacatecas, con 30 vacas criollas y un semental de El Barranco. En 1907 agregaron un semental de Palha. Lidia por vez primera en la Plaza San Marcos de Aguascalientes el 25 de diciembre de 1906: cinco toros para Ricardo Torres Bombita y Fermín Muñoz Corchaíto. Por su gran amistad con Bombita, se animan a traer ganado español para mejorar la vacada, en un momento trascendental que cambia definitivamente la historia taurina de México.

En 1908 importaron 6 vacas y 2 sementales de don Antonio Rueda Quintanilla, Marqués del Saltillo, y en 1911 llega otro lote de 10 vacas, seleccionadas personalmente por don Antonio. Sufren los embates de la Revolución donde prácticamente se pierde la vacada, pero con su genio y sapiencia don Antonio logra salvarla y rehacerla y presentan su primer corrida en El Toreo el 16 de mayo de 1920 para Juan Silveti y José Corzo Corcito.

Muchos son los triunfos de esta dehesa, uno de los pilares más importantes de la ganadería brava mexicana. El 15 de enero de 1953 fallece don Antonio y deja la ganadería en manos de su hijo, don José Antonio Llaguno García, quien la traslada en 1959 a Michoacán, al rancho El Cuatro. En 1965 vende el 50% a don Ignacio García Aceves; éste la adquiere en su totalidad en 1980 y, en 1981, traslada todo el ganado al rancho El Cuadrado, municipio de Valle de Guadalupe, Jalisco.

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