Las haciendas de Porfirio Díaz representan un capítulo significativo en la historia de México, marcando una era de transformación económica y social. Estos vastos territorios, que florecieron durante su régimen, no solo fueron centros de producción agrícola, sino también símbolos de un sistema social y económico particular.
La Antigua Hacienda de Tlalpan: Un Ejemplo Emblemático
La Antigua Hacienda de Tlalpan, ubicada en la esquina de la Calzada de Tlalpan y la calle Allende, es un sitio cargado de historia y un reflejo de la evolución cultural y arquitectónica de la alcaldía. Construida en 1837, esta majestuosa hacienda fue propiedad de Manuel del Refugio González Flores, conocido como Manuel “El Manco” González, un influyente político y militar, amigo cercano de Porfirio Díaz y presidente de México de 1880 a 1884.
Manuel González: Un Personaje Clave
Manuel González fue un personaje fundamental en la historia de México del siglo XIX. Militar destacado, participó en la Guerra de Intervención Norteamericana y en la Guerra de Reforma, donde forjó una relación duradera con Porfirio Díaz. En la Batalla de Tecoac en 1876, González fue herido gravemente en el brazo derecho, que tuvo que ser amputado. Este evento lo convirtió en una figura aún más admirada por su tenacidad y valentía, y fortaleció su relación con Díaz, quien lo nombró Ministro de Guerra.
Tras finalizar la presidencia de Manuel González en 1884 y entregar el poder a Díaz, González se mudó a Guanajuato, pero la hacienda permaneció como un símbolo de su legado en Tlalpan.
Más tarde, en 1904, la hacienda fue escenario de un evento notable: el Círculo Nacional Porfirista se reunió allí para postular a Porfirio Díaz para la presidencia por quinta ocasión consecutiva.
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Las transformaciones que ha tenido permitieron su integración a la vida social y gastronómica de la ciudad, convirtiéndose en un sitio visitado tanto por locales como por turistas. La hacienda también ha servido como set de filmación para varias películas mexicanas emblemáticas, como *La Muñeca Perversa*, un drama de suspenso filmado íntegramente en el interior de la hacienda, y *Pero sigo siendo el rey*, una película biográfica sobre el cantante José Alfredo Jiménez, filmada en 1988.
La Alcaldía de Tlalpan reconoce la importancia de este sitio no solo como un atractivo histórico, sino también como un recurso cultural que conecta a los habitantes y visitantes con el legado histórico de la región. Al permitir que la hacienda funcione como restaurante y centro de eventos, se ha revitalizado su propósito y se ha asegurado la conservación de un patrimonio invaluable para Tlalpan.
Las Tiendas de Raya: Un Sistema de Abastecimiento Obligatorio
Las tiendas de raya fueron establecimientos de abastecimiento que existían en la época de la Revolución Mexicana. Dichas tiendas se encontraban dentro de las haciendas o fábricas, y era el lugar donde por obligación los obreros y campesinos debían hacer sus compras. Las tiendas de raya surgieron durante el siglo XIX y tuvieron su época de plenitud con el gobierno de Porfirio Díaz, cuando los sectores empresariales fueron favorecidos para explotar los yacimientos naturales y para tener mano de obra barata.
Entonces, los obreros y campesinos eran pagados a través de fichas y vales, mismos que intercambiaban en las tiendas de raya por todo tipo de productos como semillas, ropa, comida, etcétera. Los vales y fichas eran acuñados por la compañía patronal por lo que un trabajador no podía comprar en otro lugar, con lo que se limitaba la libertad de consumo del empleado y se generaba un negocio circular. Al final, el patrón recuperaba gran parte de los sueldos, pues aseguraba que los mismos fueran gastados en su propio negocio, donde vendía productos que le generaban plusvalía.
Las tiendas de raya imitaban el sistema implementado en Estados Unidos, Inglaterra y Francia. La estrategia de negocio no terminaba ahí, ya que debido a los sueldos precarios, los obreros y campesinos no siempre podían comprar los productos de contado, por lo que adquiría una deuda con intereses que podía ser heredada. Un trabajador no podía renunciar a una fábrica o hacienda donde tuviera deuda, lo que en muchos casos ató a los trabajadores y a sus familias de por vida. Si alguien escapaba era perseguido por las fuerzas del orden, lo que generaba una situación de semiesclavitud.
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A lo anterior se sumaban robos y abusos por parte de las tiendas de raya, pues la mayoría de los trabajadores no sabían leer ni escribir. El anhelo de justicia contra las tiendas de raya hizo que se volvieran uno de los primeros objetivos de los revolucionarios, quienes contaron con el apoyo del Partido Liberal Mexicano. Al coraje contra los usureros, se le sumaba el resentimiento por las largas jornadas laborales (12 horas como mínimo) a cambio de salarios míseros. Al no tener instituciones que protegieran sus derechos, los trabajadores eran constantemente maltratados y vivían en condiciones de precariedad, siendo víctimas de enfermedades, mala alimentación, accidentes y muerte.
Fue entonces cuando comenzaron a surgir los primeros levantamientos obreros, como la huelga de Cananea y Río Blanco, que abrirían paso a la revolución de 1910.
El Habitus del Hacendado: Formas de Obrar, Pensar y Sentir
El artículo tiene como objetivo reconstruir las formas de obrar, pensar y de sentir de los hacendados asociados a su posición social, es decir, su habitus. Se trata de explicar qué distinguió a los hacendados del resto de los actores sociales y cómo fueron vistos o percibidos por los otros.
Básicamente el artículo se centra en la parte final del siglo XIX y primeras décadas del XX, sus fuentes son libros de correspondencia de las haciendas y materiales literarios, por lo que predomina la visión de los hacendados acerca de cómo se percibieron a sí mismos.
Por habitus, Pierre Bourdieu entiende el conjunto de esquemas generativos a partir de los cuales los sujetos perciben el mundo y actúan en él. Estos esquemas generativos están socialmente estructurados, han sido conformados a lo largo de la historia de cada sujeto y suponen la interiorización de la estructura social, del campo concreto de relaciones sociales en el que el agente social se conformó como tal.
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Pero al mismo tiempo son las estructuras a partir de las cuales se producen los pensamientos, percepciones y acciones del agente. El habitus se aprende mediante un proceso de familiarización práctica; a cada posición social distinta le corresponden distintos universos de experiencias, ámbitos de prácticas, categorías de percepción y de apreciación. Cada posición social tiene su propio habitus, creándose así un marco para cada posición social.
No son numerosas las memorias o escritos de hacendados, así como los libros de correspondencia de las haciendas que se conserva; sin embargo, nos ofrecen la posibilidad de conocer la manera de pensar y actuar del hacendado; otras fuentes, como la literatura y el cine, nos dan la oportunidad de conocer cómo eran percibidos o vistos los hacendados, pero la visión del trabajo sobre el hacendado se desconoce, por lo que se presenta sólo una dimensión del habitus del hacendado y no la totalidad de lo acontecido.
La Hacienda y Sus Dueños
Si bien el término "hacienda" fue usado por los españoles poco después de su llegada para aludir a la acumulación de tierras y bienes que poseía una persona, evidentemente no coincide con lo que se entendió después con ese nombre. Lo que definió como hacienda a una propiedad agrícola fue el sistema de producción que se llevó a cabo en ella, que tenía que ver con el número de trabajadores, su jerarquía y especialización, la finalidad de la producción y sus encadenamientos con el mercado local o regional, es decir, la compleja organización del trabajo con que contaba una unidad productiva.
Pero además de ser una unidad económica, la hacienda fue una institución social jerárquica. Si bien existieron diversos propietarios de haciendas durante los siglos XVI y hasta la primera mitad del siglo XIX, la gran mayoría de ellos se definieron como labradores, pese a que sus propiedades eran unidades productivas y sociales que reunían las características antes mencionadas. No fue sino hasta las cuatro últimas décadas del siglo XIX, con la puesta en práctica del proyecto liberal de la individualización y desamortización de tierras, que los hacendados se definieron como tales, pese a que los labradores obtuvieron posesiones de tierras cuando la Corona Española les concedió mercedes de tierras, como premio por su acción realizada durante la conquista, o bien porque los peninsulares las adquirieron por diversos mecanismos, ya sea la compra o enajenación de tierras a otros españoles o a los indígenas, con el propósito de ampliar sus propiedades.
La mayoría de esos hacendados, en especial los del norte del reino de la Nueva España, debido a sus características geográficas e históricas (lejanía del centro, escasa población, tierras de frontera e indígenas menos civilizados), lograron hacerse de inmensas extensiones de tierra y adoptaron esa actitud tan característica del gran hacendado y que lo identificó durante mucho tiempo: dominaron y sojuzgaron en sus propiedades con rasgos patriarcales. A fines del siglo XIX algunos hacendados de Yucatán, pertenecientes a la casta divina, tuvieron esa misma característica: señorearon en sus dominios.
Si tenemos presente que el habitus sufre transformaciones con el tiempo y el espacio, que no representa permanencias inamovibles sino procesos cambiantes, podemos comprender que hubo hacendados que combinaron su actividad económica con la minería, las finanzas y el comercio; tales fueron los casos de Miguel del Berrio en el siglo XVIII y Planearte en Zamora durante el XIX. Además, los hacendados no fueron de un solo tipo. A lo largo de más de tres siglos hubo entre ellos nobles y plebeyos, aristócratas y burgueses, clérigos y laicos, mineros y comerciantes, esclavistas y empresarios, hombres de campo y advenedizos, modernos y tradicionales, exploradores y filántropos, extranjeros y mexicanos, hombres y mujeres.
La Jerarquía Laboral en las Haciendas
La jerarquía laboral estaba integrada por diferentes grupos de trabajadores que se distinguían por su función en el trabajo, las raciones recibidas, el ingreso, las prestaciones otorgadas, etcétera. Mientras más alto era el rango de una ocupación, más elevado era el ingreso, mayores eran las prestaciones, como por ejemplo los créditos, las concesiones de tierra, etcétera. Con base en estos elementos, a grandes rasgos se pueden destacar cinco categorías de trabajadores en una escala descendente.
- El grupo de los "meseros": Se les llamaba así porque recibían su pago cada mes, complementado con una ración semanaria de semilla y una cantidad de dinero en efectivo.
- El grupo de los peones o acasillados: Eran la mano de obra más numerosa que vivía en la hacienda.
- El grupo de los semaneros: Generalmente vivían en los pueblos de los alrededores de las haciendas, y trabajaban en ellas por un periodo determinado para la siembra o la cosecha.
- El grupo de los arrendatarios o aparceros: Podían alquilar tierras de cultivo o de pastoreo, pequeñas o grandes, dependiendo de sus recursos y de la disponibilidad de tierra de la hacienda.
La Hacienda Como Estructura Social y Económica
El casco de la hacienda era un espacio donde, además de trabajar y vivir, sus habitantes realizaban la mayoría de las actividades propias de la convivencia, el descanso y las diversiones; esto es, todo aquello que el tiempo de ocio les permitía hacer; por supuesto a unos mucho más que a otros: El casco era el sitio donde se concentraban numerosas actividades que daban cohesión e identidad a todas las personas que vivían en la hacienda, reproducían sus valores y costumbres, daban sustento y forma a su comunidad, un pequeño pueblo, un microcosmos rural con su propia dinámica, esporádicamente afectada por lo que se vivía a extramuros.
La Administración de Tres Haciendas Durante la Revolución
El artículo analiza cómo la Revolución Mexicana afectó la vida de tres haciendas en la zona central del país -Tlaxcala y Estado de México-, y de qué manera se sortearon las dificultades para continuar la producción y la comercialización de lo producido en estas fincas. Asedio, requisa de bienes e invasión a las haciendas -por parte de las fuerzas revolucionarias- son algunos de los problemas que se viven durante los años de 1911 a 1918; pero también nuevos gravámenes y préstamos forzosos impuestos por las diversas autoridades a nivel estatal y federal con el propósito de hacerse de recursos para sostener su lucha. Se examina además cómo el apoderado de las tres fincas encara las demandas de aumento salarial y mejores condiciones de trabajo por parte de los peones, así como las estrategias políticas y administrativas de los hacendados a nivel individual y colectivo.
José Solórzano Mata, propietario de la hacienda de San Nicolás del Moral y del molino del mismo nombre, en Chalco en el Estado de México, y apoderado legal de los bienes de su esposa Josefa Sanz, dueña de las haciendas de la Concepción Mazaquiahuac y Nuestra Señora del Rosario ubicadas en Tlaxco en el estado de Tlaxcala, además de diversas propiedades urbanas que se rentaban en la Ciudad de México, inversiones mineras y bancarias, así como de un capital líquido con el que se efectuaban préstamos personales, murió en los primeros meses de 1911.
Con el propósito de que sus bienes estuvieran bien cuidados durante su ausencia, la viuda Josefa Sanz de Solórzano y José, su hijo mayor, decidieron nombrar como administrador general y apoderado legal de sus bienes al señor Antonio Castro Solórzano, sobrino de su difunto esposo, quien conocía el funcionamiento de las haciendas, además del manejo de sus bienes, por haber aprendido en el despacho de su tío y de su padre, un abogado, todos los aspectos legales y administrativos de los bienes de la familia Solórzano-Sanz.
El Asedio de las Fuerzas Revolucionarias
Uno de los problemas a los que el apoderado de la familia Solórzano-Sanz tuvo que enfrentarse durante todo el movimiento armado fue el de las fuerzas revolucionarias, primero las Zapatistas y luego indistintamente las villistas y carrancistas, a quienes Castro Solórzano, calificó de bandoleros o gavillas. Estas fuerzas primero merodearon las haciendas, pero finalmente entraron en ellas con el propósito de hacerse de recursos, ya fuera en efectivo o en especie, como caballos y granos, ya que las haciendas representaban una buena fuente de abastecimiento, en la mayor parte de los casos gratuito.
En 1911, el apoderado, valiéndose de diferentes estrategias, en un principio logró que el ministro de Guerra, el general José González Salas, autorizara una partida de las fuerzas de Chalco para proteger el rumbo, y que se le facilitara un contingente de diez rurales para proteger la hacienda de El Moral. Posteriormente, algunos propietarios de las fincas aledañas se percataron de que el gobierno no siempre accedía a esta petición, por lo que los hacendados de esa zona, incluida la propietaria de la hacienda de El Moral, resolvieron formar un destacamento armado costeado por ellos mismos, es decir, una especie de guardias blancas.
En 1914, en la zona de los Llanos de Tlaxcala, los Zapatistas ya habían ocupando más de sesenta fincas. La defensa por parte del aparato gubernamental cada vez era más complicada, por lo que el gobierno expidió una circular para que todos los peones de las haciendas fueran a inscribirse a sus respectivos distritos para formar parte de la guardia nacional, y que los propietarios de las haciendas declararan claramente si estaban dispuestos o no a hacer resistencia a los bandoleros.
A fines de julio de 1914, tan pronto como supo que los Zapatistas se iban aproximando a la hacienda y al molino de El Moral, el apoderado resolvió junto con el administrador salvar el ganado trasladándolo a la Ciudad de México, donde primero estuvo en unos potreros de San Lázaro, pagando seis centavos por cabeza; pero con el fin de economizar gastos, decidió vender 345 cabezas de ganado caballar, mular y lanar a $3.50 cada animal y quince bueyes viejos a $60 cada uno.
Finalmente del 2 de agosto de 1914 al 6 de enero de 1916, la hacienda y el molino del Moral estuvieron en poder de los Zapatistas y más tarde de los carrancistas. Al recuperar la finca el apoderado encontró parcialmente destruida la casa, las oficinas y las sementeras.
Castro Solórzano, en septiembre de 1914, tenía otro problema igual o más grave: el general Máximo Rojas, el gobernador provisional y comandante militar de Tlaxcala nombrado por el general Pablo González, en nombre de Venustiano Carranza, había decretado préstamos forzosos de 200 cargas de maíz y 200 de cebada para cada finca, y había que entregarlas en un plazo de tres días; de no cumplirse esta disposición se confiscarían las fincas.
Si bien las distintas fuerzas siguieron aprovisionándose en esas fincas, hubo casos excepcionales en que las fuerzas que llegaron a las haciendas pagaron lo que consumían. Castro Solórzano le informó a su primo que en El Rosario había entrado una partida como de cien hombres bien montados y armados, que permanecieron unas horas sin causar el menor problema: "todo lo que consumieron y compraron lo pagar...
