Descubre las Haciendas de Izúcar de Matamoros: Historia, Misterios y Secretos Reveladospost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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La historia de México se encuentra plasmada en su arquitectura a lo largo del país. Las Haciendas del país no son la excepción, demuestran el crecimiento económico del país, además de los hechos trascendentales de revolución e Independencia, son la estructura de las comunidades en las cuales fueron edificadas y su urbanización.

Es de gran interés recuperar el pasado de Izúcar, ya que nos otorga identidad cultural, enraizamiento, orgullo por lo propio, por lo que ofrece nuestra tierra. En este sentido, Izúcar de Matamoros ha sido protagonista de tres momentos claves que han construido este país, la Independencia, la Reforma, y la Revolución; todas ellas transformaciones violentas y bélicas.

Así entonces presentamos un grupo de abstractos escritos, tomado de la publicación “PUEBLA EN LA MIRADA DE SUS CRONISTAS MUNICIPALES, MONOGRAFÍA TOMO II” editado en el año 2016 proporcionado por el Arqueólogo Raúl Martínez Vázquez que da cuenta de nuestra historia local y que a continuación presentamos en cuatro apartados.

Toponimia de Izúcar

Izúcar es una deformación de la palabra náhuatl Itzocan, teniendo varias interpretaciones para lo que significa; la referencia más antigua es la propuesta en la obra de Antonio Peñafiel, “Nombres geográficos de México” salida a la luz en 1885; de acuerdo a ésta deriva de la palabra Itzoca que significa “tener sucia la cara”, la n, significa lugar, la acción del verbo se expresa por las huellas presentes en el glifo del Códice Mendocino; al unir ambos signos se obtendrá “lugar en que se pintaban o embijaban la cara” (Peñafiel, 1885:129).

Las otras propuestas acerca del significado de Itzocan tienen como común denominador la raíz Iztli, obsidiana, por lo cual la variación del significado es mínima; para Jiménez Moreno significa “Lugar lleno de obsidiana”; en la Relación Geográfica de Zoyatitlanapa, se menciona que significa “navaja dos”, porque Iztli es “navaja” y ocan “de dos partes”. Francisco del Paso y Troncoso anota que Itzo es “lleno de obsidiana” o “vidrioso”, y can, ”lugar”, por lo cual Itzocan se traduciría como “lugar donde abunda la obsidiana” o “lugar lleno de obsidiana” o “vidrioso”; por su parte Rene Acuña propone la traducción “lugar del camino de obsidiana”, pues viene de Iztli “obsidiana” y o´ctli “camino” o simplemente “lugar donde hay obsidiana” (Herrera, 2000:51).

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La interpretación relacionada con la obsidiana es la más aceptada dentro de los estudios que se han realizado, esto por su presencia en las representaciones gráficas del topónimo; si bien no existen yacimientos de este vidrio volcánico en Izúcar y su entorno, la asociación del nombre puede tener que ver con la destreza para trabajar este material por parte de los antiguos habitantes de Izúcar como se consigna en algunas fuentes históricas o bien por el carácter de guarnición militar en una área de frontera.

Glifo de Izúcar

El glifo que se utiliza como elemento representativo para Izúcar es uno de varios que constan en diferentes documentos pictográficos con tradición prehispánica, se trata del que aparece en la lámina 42 del Códice Mendocino, la cual presenta los tributos al imperio azteca que daban una serie de pueblos, cuya cabecera era Tepeaca.

Se trata de un cuchillo de obsidiana negra con cuatro dientes blancos sobre una encía de color rojo, bajo este instrumento aparecen tres huellas humanas cuyo sentido es de izquierda a derecha; una versión un poco diferente de este glifo es la que aparece en la llamada Matrícula de Tributos, códice del que se copió el listado de tributos que aparece en el Mendocino y en donde las huellas van en sentido contrario y prácticamente no quedan restos de color rojo en la encía del cuchillo.

Estos dos topónimos y todos los demás que se conocen tienen como común denominador la presencia de la obsidiana, algo de destacar pues como ya se comentó no es un elemento presente en la naturaleza del municipio ni de la región; en los casos ya mencionados la obsidiana se hace imagen como un cuchillo, misma situación que en Lienzo de la Fundación Heye o bien como navajillas, ya sea una sola como en el caso del Códice Xólotl y el Lienzo de Tlaxcala, o bien con dos de estos artefactos tal como se muestra en la Historia Tolteca-Chichimeca.

Escudo de Armas

Si bien aún no se ha podido documentar la oficialización de este escudo por parte del Cabildo izucarense, desde hace ya algunos años ha venido en desuso en la documentación oficial; el escudo en cuestión fue diseñado en 1955 por el profesor de pintura del entonces recién inaugurado Centro Escolar Presidente Lázaro Cárdenas, Rodolfo Domínguez Munive, a petición del entonces presidente municipal Manuel Sánchez Espinosa, toda vez que Izúcar no contaba con un escudo (Sánchez, 2000:13).

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Su descripción heráldica es la siguiente: en cuanto a la forma corresponde al tipo español semicircular o de medio punto, en cuanto a las particiones es un escudo cortado y medio partido; en la parte superior sobre fondo rojo aparece una corona de olivo; en el cuartel de la izquierda sobre fondo amarillo una versión modificada del glifo de Itzocan del Códice Mendocino y en el cuartel de la derecha el rostro de un indígena con la pintura facial, sobre fondo blanco; la presencia de este último elemento se debe a que se retomó de la propuesta de significado de Antonio Peñafiel, aunque dicha propuesta es la menos fidedigna como ya se ha dejado notar en los párrafos anteriores.

Historia de Izúcar de Matamoros

Las raíces históricas de la actual ciudad de Izúcar de Matamoros se remontan a la época prehispánica, existiendo evidencia material tanto por hallazgos arqueológicos fortuitos así como por algunas investigaciones formales. Es el sitio arqueológico de Las Bocas, ubicado bajo la población actual del mismo nombre a unos cuantos kilómetros al oriente de Izúcar, el que más información ha proporcionado sobre los habitantes más antiguos de la región; si bien este lugar ha sido sumamente saqueado, encontrándose piezas provenientes de aquí en museos y colecciones privadas tanto nacionales como extranjeros, la investigación arqueológica ha sido fecunda en datos.

Izúcar, la antigua Itzocan, era el asentamiento de mayor jerarquía de la región conocida en el Posclásico Tardío y principios del periodo colonial como la Coatlalpan; el elemento geográfico en torno al cual se ha asociado en términos físicos e históricos es el río Nexapa, en torno al cual nacieron y crecieron los pueblos considerados coatlapanecas. No se tiene la certeza de cuando se fundó el asentamiento de Itzocan, si bien es probable que con las oleadas de grupos chichimecas posteriores a la caída de Tula, hayan llegado estos grupos a la región izucarense.

La palabra Coatlalpan es de origen náhuatl, traduciéndose como “en la tierra de las serpientes o “tierra de serpientes” o posiblemente “en la tierra de Coatepec”, en referencia a la antiquísima población del mismo nombre (Paredes, 1991:93). Cronistas coloniales como Diego Durán y Hernando de Alvarado Tezozómoc hacen mención en sus obras de la región de la Coatlalpan (Herrera, 2000:45-46) y también existe testimonio del nombre en una fuente cartográfica de 1570 y en una fuente primaria de la segunda mitad del siglo XVI.

No se tiene una fecha precisa de la conquista de la Coatlalpan por parte de la Triple Alianza, pero al parecer sucedió entre 1458 y 1466, periodo en el cual las campañas de esta confederación militar alcanzaron su máximo esplendor. De acuerdo al cronista colonial texcocano Ixtlixóchitl fue Nezahualcóyotl quien encabezó las campañas que conquistaron entre otros lugares, Itzocan, el principal asentamiento de la Coatlalpan (Paredes, 1991:13).

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Se desconoce si existe alguna relación entre la conquista de Izúcar y la del señorío de Tepeaca, que se caracterizó por ser un lugar en donde se opuso mucha resistencia a los mexicas, pero que cuando cae se convierte en el centro recaudador del tributo para la Triple Alianza; testimonio de lo anterior es el códice conocido como la Matrícula de Tributos, donde aparecen los pueblos que tributaban al imperio mexica así como los productos que aportaban.

Con el dominio de la Triple Alianza consolidado en la región, los coatlapanecas contribuyeron a las posteriores campañas militares tanto como soldados como con bienes materiales. La participación de los señoríos coatlapanecas de Itzocan y Chietlan se menciona cuando en 1518 se produce la guerra final entre los mexicas y los tlaxcaltecas, cuya batalla terminal se da en el valle de Atlixco, siendo derrotados los primeros junto con sus aliados (Torquemada en Herrera, 2000:101).

Cuando los conquistadores españoles se hacen presentes en tierras mesoamericanas, tanto Izúcar como toda la Coatlalpan se encontraban bajo el yugo del imperio azteca. Es así que tras la derrota conocida como la Noche Triste, el conquistador Hernán Cortes y sus huestes huyen hacia Tlaxcala, donde convalecen varios días, precisamente con la ayuda de los tlaxcaltecas así como de los huejotzincas y de los cholultecas ataca otras poblaciones como Tepeaca, la cual logra dominar; en ese contexto el tlatoani azteca Cuauhtémoc envió guarniciones a varios lugares entre ellos Guaquechula (la actual Huaquechula) e Izúcar; Cortés envía a un contingente de 300 hombres, entre españoles y tlaxcaltecas, al mando de Cristóbal de Olid, quienes lograr tomar Guaquechula para después ir sobre Izúcar, la cual, de acuerdo a Bernal Díaz del Castillo, fue muy difícil tomar (Herrera,2000: 101-102); la lámina 39 del códice conocido como Lienzo de Tlaxcala da testimonio gráfico del este hecho bélico.

El triunfo español y de sus aliados indígenas, sobre los guerreros itzocanos abrió las puertas para el dominio de la región, interesándose los conquistadores en el potencial agrícola y la ubicación estratégica. En 1520, Izúcar fue asignado en encomienda a Pedro de Alvarado junto con otras poblaciones coatlapanecas como Tepapayeca y Chietla, quien además apadrinó al joven heredero de Itzocan; la encomienda la compartió junto con su hermano Jorge (Paredes, 1991:57); en 1529 la Primera Audiencia le confisca los tributos, aunque la corona no reclamó la encomienda hasta la muerte de Pedro de Alvarado y su esposa en 1541 (Gerhard, 2000:164); para 1548 únicamente se registran trece españoles en Izúcar, aunque con el paso del tiempo fueron llegando más para establecer haciendas, básicamente de producción azucarera, quienes además trajeron esclavos negros (Ibídem, 166).

Los cambios que implicaron el establecimiento del poder español se vinieron a acrecentar más con la llegada de una nueva religión, la católica. La evangelización de Izúcar y de la mayor parte de la Coatlalpan estuvo a cargo de los dominicos.

Infraestructura Hidráulica

En el Valle de Izúcar de Matamoros existen vestigios importantes de dos sistemas de infraestructura hidráulica, el uno es de origen prehispánico y consiste en una serie de “apantles” o “acequias”, como lo denominaron los conquistadores ibéricos, para regar los campos cañeros. El otro es de origen europeo, integrado por un conjunto de acueductos que proveían de agua a las haciendas azucareras para mover los trapiches y moler la caña. Ambos sistemas utilizaban el agua del río Nexapa.

El sistema de acequias sigue en uso y es prueba fehaciente de que en Mesoamérica existió la agricultura de riego. En la región de Izúcar de Matamoros Puebla hay ejemplos de dos tecnologías hidráulicas diferentes, la prehispánica y la hispana. La prehispánica está representada por el sistema de acequias y la hispana por los numerosos acueductos construidos por los invasores hispanos a partir del siglo XVI. Tanto las acequias como los acueductos sirven para transportar agua y utilizarla tanto en la agricultura como en la industrialización de la caña.

La zona referida se caracteriza por sus sistemas hidráulicos originarios de México, el primero de ellos, en tiempos anteriores a la entrada de los hispanos en el Valle, permitió a los naturales irrigar sus huertas y sembradíos y levantar dos cosechas por año de jitomate, tomate verde, chile, calabaza, maíz y frijol, entre otros.

Antaño se consideró que la agricultura en Mesoamérica era de milpa o roza, esta hipótesis fue defendida por Kroeber y se imaginó a las sociedades mesoamericanas como rurales y primitivas. A principios de la década de los años cuarenta del siglo XX Pedro Armillas presentó las primeras evidencias sólidas sobre la existencia de una agricultura de riego prehispánica, consistentes en materiales etnológicos, arqueológicos y etnográficos.

Una vez realizada la Conquista de México, los conquistadores pasaron a ser colonos; rehabilitaron y continuaron usando estos sistemas hidráulicos, los que complementaron la edificación de haciendas y acueductos europeos, al mismo tiempo que introdujeron nuevos cultivos como el trigo, el arroz y la caña de azúcar; esta última Hernán Cortés la sembró en la región veracruzana de Los Tuxtlas, primero, en Tlaltenango, Morelos, después y, más tarde en Tepeojuma, Puebla.

Hernán Cortés destaca dos cosas notables de Itzocan: su centenar de templos (teocalli) y su sistema de acequias, que aún subsiste. Dado que la caña es un cultivo tropical, en la región de Izúcar hallaron los españoles las condiciones propicias para su cultivo, desarrollo, cosecha e industrialización. De tal modo que muy pronto, en el fértil valle izucarense proliferaron las haciendas cañeras, sustituyendo la caña al nativo algodón; los bosques fueron talados para sembrar la dulce gramínea y los árboles se quemaron en el proceso extractivo del azúcar; las acequias prehispánicas irrigaron los cañaverales; cada hacendado construyó su propio acueducto para mover las ruedas hidráulicas de sus trapiches con agua proveniente de la cuenca del río Nexapa y sus afluentes y estableció así su propia zona de abasto cañera y su trapiche para moler caña.

Para zanjar los problemas que surgieron en torno al uso y posesión del agua, en 1635 la Corona española envió a la región al fiscal González de Peñafiel a investigar los fuertes conflictos entre naturales e hispanos. Su sentencia estuvo encaminada a frenar las prácticas de los españoles en detrimento de las comunidades indias, consistentes en tomar más agua de la requerida y almacenarla en jagüeyes, para el cultivo de siembras y crianza de animales.

Estableció los surcos de agua, medida antigua del líquido, que correspondería a cada propietario español y a cada comunidad indígena. Esta medida generó “usos y costumbres” entre la población y favoreció la privatización del agua.

Haciendas Azucareras

A lo largo del siglo XIX, el valle de Matamoros se convirtió en una de las regiones productoras de azúcar más importantes de México. Numerosas haciendas cañeras se fundaron, a saber, San Nicolás Tolentino, Espíritu Santo Tatetla (La Galarza), San Juan Colón, San Félix Rijo, San Lucas Matlala, San José Teruel, San Juan Bautista Raboso, San Guillermo Jaltepec, La Magdalena Tepeojuma, Amatitlanes, San José Atencingo, San Cosme y San Damián, San Pedro Mártir Ballinas y San Andrés.

Pocas han sido restauradas por sus nuevos propietarios, tal es el caso de La Galarza, propiedad de Bacardí y compañía; la de San José Teruel, la de Rijo y la de San José Atencingo que alberga el complejo agroindustrial del mismo nombre. Para procesar la caña dentro de su propiedad, casi todos los hacendados construyeron su propio trapiche. El más grande de todo el valle estaba en Atencingo.

Estos rudimentarios ingenios, durante la dictadura porfiriana se modernizaron rápidamente ya que los hacendados introdujeron energía hidráulica, electricidad y nueva maquinaria. De las antiguas haciendas azucareras quedan en pie los acueductos, los llamados "cascos de hacienda" en cuyo perímetro se edificaron "la casa grande "o de los patrones, la casa de máquinas, la capílla, el cárcamo, las bodegas de y otras construcciones, que son parte del patrimonio cultural tangible de la industria azucarera en Izúcar de Matamoros.

De acuerdo con Nickel, la hacienda se define como la institución social y económica cuya actividad productora se realiza en el sector agrario, la cual se caracteriza por el dominio ejercido en varios aspectos: los recursos naturales, la fuerza de trabajo y los mercados regionales. La hacienda se puede considerar un complejo agroindustrial autosuficiente y autónomo. Fue la unidad productiva fundamental y la base de la configuración social y económica en un México eminentemente rural.

En la tercera década del siglo XX, al término de la Revolución Mexicana, entre 1921 y 1938, las haciendas azucareras del valle de Izúcar pasaron a conformar el Sistema Atencingo, propiedad de William O.

Algunas Haciendas Notables:

  • Hacienda de La Magdalena Tepeojuma: Fundada a mediados del siglo XVI, es una de las más antiguas haciendas azucareras del Valle de Matamoros.
  • Hacienda del Espíritu Santo Tatetla: Una de las tres más antiguas del valle, ubicada en el poblado de Santa María Tatetla.
  • Hacienda de San Juan Colón: En 1613 mencionada como la Hacienda de Los Padres.
  • Hacienda de San Félix Rijo: Se registra la fecha de 30 de mayo de 1684 como la de su fundación.
  • Hacienda de San Lucas Matlala: En 1600 era propiedad del Convento Jesuita de Nuestra Señora de los Ángeles de la ciudad de Puebla.
  • Hacienda de San Pedro Mártir Ballinas: Esta hacienda se encuentra completamente en ruinas.
  • Hacienda de San Guillermo Xaltepec: Se localiza en las inmediaciones de la ciudad de Chietla.
  • Hacienda de San Cosme y San Damián: Las ruinas de ésta se encuentran en el poblado de Don Roque, situado entre Ahuehuetzingo y Chietla.
  • Hacienda de San Nicolás Tolentino: Situada entre los pueblos de Matzaco y Ayutla, sus tierras han sido reconocidas desde sus inicios como de las más productivas de la región.
  • Hacienda de San Juan Raboso: Se localiza al sur de Izúcar de Matamoros, y era famosa por la fertilidad de sus campos.
  • Hacienda de San José Atencingo: Data de 1705 la primera información de este antiguo trapiche.

Desde su fundación a la fecha, Atencingo ha sido y es el ingenio más productivo y moderno, no sólo de México, también de América Latina, reconocido como el mejor indiscutiblemente por su capacidad instalada de molienda-9,500 toneladas diarias-y sus instalaciones fabriles; por las condiciones geográficas de su región, la tecnología agrícola implementada en su zona de abasto, por el rendimiento de mate...

En diciembre de 1857, como parte de la décima exposición de la Academia de San Carlos, Eugenio Landesio expuso dos cuadros que representaban la hacienda de Matlala, situada en tierra caliente, entre Izúcar de Matamoros y Atlixco: uno de ellos era una vista panorámica del casco de la misma y el otro tenía por asunto la gran arquería que la surtía de agua.

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