Descubre la Fascinante Historia y Transformación de las Haciendas Mexicanas del Siglo XIXpost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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El propósito de este artículo es mostrar cómo se vieron afectados los bienes de esta familia, principalmente las haciendas, por la Revolución Mexicana y cuáles fueron los mecanismos que Castro Solórzano utilizó para sortear estos problemas y lograr que las haciendas siguieran produciendo en medio del movimiento armado.

El artículo analiza cómo la Revolución Mexicana afectó la vida de tres haciendas en la zona central del país -Tlaxcala y Estado de México-, y de qué manera se sortearon las dificultades para continuar la producción y la comercialización de lo producido en estas fincas.

Se examina además cómo el apoderado de las tres fincas encara las demandas de aumento salarial y mejores condiciones de trabajo por parte de los peones, así como las estrategias políticas y administrativas de los hacendados a nivel individual y colectivo.

José Solórzano Mata, propietario de la hacienda de San Nicolás del Moral y del molino del mismo nombre, en Chalco en el Estado de México, y apoderado legal de los bienes de su esposa Josefa Sanz, dueña de las haciendas de la Concepción Mazaquiahuac y Nuestra Señora del Rosario ubicadas en Tlaxco en el estado de Tlaxcala, además de diversas propiedades urbanas que se rentaban en la Ciudad de México, inversiones mineras y bancarias, así como de un capital líquido con el que se efectuaban préstamos personales, murió en los primeros meses de 1911.

Por esa razón, y ante el estallido del movimiento maderista, la viuda y sus ocho hijos decidieron hacer un viaje a Europa por unos meses que se convirtieron en diez años, debido primero al recrudecimiento de la Revolución mexicana, y después a que en Europa se vivió la Primera Guerra Mundial, por lo que las condiciones para hacer la travesía marítima y regresar a México se tornaron más difíciles.

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Con el propósito de que sus bienes estuvieran bien cuidados durante su ausencia, la viuda Josefa Sanz de Solórzano y José, su hijo mayor, decidieron nombrar como administrador general y apoderado legal de sus bienes al señor Antonio Castro Solórzano, sobrino de su difunto esposo, quien conocía el funcionamiento de las haciendas, además del manejo de sus bienes, por haber aprendido en el despacho de su tío y de su padre, un abogado, todos los aspectos legales y administrativos de los bienes de la familia Solórzano-Sanz.

El artículo está dividido en cuatro aspectos estrechamente relacionados: la situación en las haciendas ante la amenaza de las fuerzas revolucionarias, qué cambios hubo en la cuestión laboral durante estos años, las estrategias que se utilizaron para asegurar la producción y comercialización de las fincas, y por último los problemas adicionales causados por el acontecer revolucionario.

Castro Solórzano fue un testigo que perteneció a la clase alta, y desde su posición juzgó el movimiento revolucionario.

Las haciendas de Mazaquiahuac y El Rosario, ubicadas en el estado de Tlaxcala, se dedicaron principalmente a la producción de pulque, además del cultivo de la cebada y maíz, éste último en menor escala con el propósito de satisfacer las necesidades de autoabastecimiento de los trabajadores de las fincas.

Por lo que respecta a la hacienda de El Moral, localizada en el estado de México, estuvo dedicada principalmente a la producción de trigo y maíz, y marginalmente a la producción de pulque.

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La comercialización de los productos de las tres haciendas se efectuaba principalmente en la Ciudad de México y en los alrededores de Tlaxco y Chalco.

La extensión de las tres haciendas era considerable: Mazaquiahuac 4706.90 hectáreas, El Rosario 4236.21 y El Moral 1511.63; en total 10,454.76 hectáreas.

Si bien las tres unidades económicas funcionaban de forma independiente, en varias ocasiones parte de la producción de granos de El Moral fue vendida a las fincas de Tlaxcala con el propósito de tener satisfechas las necesidades de los peones de estas haciendas.

Castro Solórzano, siguiendo la costumbre de su tío, sostuvo correspondencia, al menos tres o cuatro veces a la semana, con los administradores de las tres haciendas a fin de estar al tanto de su funcionamiento y lograr el mejor aprovechamiento de sus recursos.

El apoderado se encargó de efectuar en las mejores condiciones posibles las transacciones comerciales con las personas o compañías que pagaran los mejores precios de los productos de las fincas, con excepción del pulque, ya que casi toda la producción de éste se comercializaba a través de la Compañía Expendedora de Pulques, de la cual era socia la propietaria de las fincas.

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Además, se ocupaba de revisar la contabilidad remitida por cada uno de los administradores de las fincas y de cotejarla con la que se llevaba en el despacho de la Cuidad de México, para tener un detallado y minucioso conocimiento de la marcha de los negocios a su cargo.

Por lo que se refiere a las propiedades urbanas, alrededor de veinte estaban arrendadas a diferentes personas. También se encargaba de efectuar imposiciones y de cobrar los réditos de los diferentes préstamos que se habían hecho a personajes prominentes de la sociedad, como el licenciado Pedro Lascuráin, Francisco Vázquez Gómez, Enrique Creel, Elena Brinque de León de la Barra, Eduardo Cuevas, entre otros.

El Asedio de las Fuerzas Revolucionarias

Uno de los problemas a los que el apoderado de la familia Solórzano-Sanz tuvo que enfrentarse durante todo el movimiento armado fue el de las fuerzas revolucionarias, primero las Zapatistas y luego indistintamente las villistas y carrancistas, a quienes Castro Solórzano, calificó de bandoleros o gavillas. Estas fuerzas primero merodearon las haciendas, pero finalmente entraron en ellas con el propósito de hacerse de recursos, ya fuera en efectivo o en especie, como caballos y granos, ya que las haciendas representaban una buena fuente de abastecimiento, en la mayor parte de los casos gratuito.

En 1911, el apoderado, valiéndose de diferentes estrategias, en un principio logró que el ministro de Guerra, el general José González Salas, autorizara una partida de las fuerzas de Chalco para proteger el rumbo, y que se le facilitara un contingente de diez rurales para proteger la hacienda de El Moral.

Posteriormente, algunos propietarios de las fincas aledañas se percataron de que el gobierno no siempre accedía a esta petición, por lo que los hacendados de esa zona, incluida la propietaria de la hacienda de El Moral, resolvieron formar un destacamento armado costeado por ellos mismos, es decir, una especie de guardias blancas.

Además de unirse a esa resolución, dos años más tarde, ante la llegada de los Zapatistas a Tlaxcala y Puebla, Castro Solórzano instruyó a sus administradores para que se defendieran de esos "endemoniados" en Mazaquiahuac; mientras se compraban armas y parque, se iba a hacer uso de los que hubiera, repartiéndoselos entre empleados y mozos de confianza.

En 1914, en la zona de los Llanos de Tlaxcala, los Zapatistas ya habían ocupando más de sesenta fincas. La defensa por parte del aparato gubernamental cada vez era más complicada, por lo que el gobierno expidió una circular para que todos los peones de las haciendas fueran a inscribirse a sus respectivos distritos para formar parte de la guardia nacional, y que los propietarios de las haciendas declararan claramente si estaban dispuestos o no a hacer resistencia a los bandoleros.

Los dueños de las fincas que no estuvieran en disposición de defenderse debían entregar las armas y caballos que tuvieran con el propósito de evitar que el armamento y los animales fueran confiscados y utilizados por los rebeldes.

En esas circunstancias, el apoderado dio instrucciones al administrador de El Rosario, para que declarara que en esas fincas no había ninguna existencia de armas y caballos, ya que los asaltantes se habían llevado todo y por lo tanto no estaban en condiciones de presentar ninguna resistencia.

Adicionalmente, Castro Solórzano le escribiría una carta al gobernador de Tlaxcala, Manuel Cuéllar, en la que le manifestaba que las haciendas de Mazaquiahuac y El Rosario, estaban en riesgo, ya que "había recibido una carta en la que los pillos, que se titulan los jefes del ejército Constitucionalista e IDEALISTA, amenazaban con arrasar las haciendas".

A fines de julio de 1914, tan pronto como supo que los Zapatistas se iban aproximando a la hacienda y al molino de El Moral, el apoderado resolvió junto con el administrador salvar el ganado trasladándolo a la Ciudad de México, donde primero estuvo en unos potreros de San Lázaro, pagando seis centavos por cabeza; pero con el fin de economizar gastos, decidió vender 345 cabezas de ganado caballar, mular y lanar a $3.50 cada animal y quince bueyes viejos a $60 cada uno.

Menos de quince días después, unos asaltantes, que posiblemente eran agraristas, pero a quienes Castro Solórzano calificó de: "chusmas Zapatistas se habían robado y destruido todo, robaron harina, trigos, parte de maquinaria y las milpas que iban muy bonitas casi las han destrozado".

Finalmente del 2 de agosto de 1914 al 6 de enero de 1916, la hacienda y el molino del Moral estuvieron en poder de los Zapatistas y más tarde de los carrancistas. Al recuperar la finca el apoderado encontró parcialmente destruida la casa, las oficinas y las sementeras.

En diciembre de 1914, en la región de los Llanos de Apam, los carrancistas y las partidas de distintos bandos, así como los constitucionalistas, ya se habían dividido, "cayeron ahí como langosta de aves de rapiña", arrasando las fincas y las poblaciones. "En Mazaquiahuac y Rosario han entrado varias veces llevándose cuanto han podido. En la casa de Mazaquiahuac que encontraron sola porque todos los empleados huyeron, rompieron cómodas, etcétera, llevándose cobertores y cuanta ropa encontraron".

Castro Solórzano, en septiembre de 1914, tenía otro problema igual o más grave: el general Máximo Rojas, el gobernador provisional y comandante militar de Tlaxcala nombrado por el general Pablo González, en nombre de Venustiano Carranza, había decretado préstamos forzosos de 200 cargas de maíz y 200 de cebada para cada finca, y había que entregarlas en un plazo de tres días; de no cumplirse esta disposición se confiscarían las fincas.

Pese a estas disposiciones, las haciendas en esta zona siguieron trabajando, aunque no a toda su capacidad. En ocasiones, como una estrategia del apoderado, se ordenó que las trillas y las pizcas en Mazaquiahuac y El Rosario se suspendieran para evitar que se tuviera existencia de semilla en troje y "se les antoje a los del Gobierno o [a los] antigobiernistas".

Si bien las distintas fuerzas siguieron aprovisionándose en esas fincas, hubo casos excepcionales en que las fuerzas que llegaron a las haciendas pagaron lo que consumían.

El Habitus del Hacendado

El objetivo de este artículo es reconstruir las formas de obrar, pensar y de sentir de los hacendados asociados a su posición social, es decir, su habitus, que hace que personas de un entorno social homogéneo tiendan a compartir estilos de vida parecidos.

Se trata de explicar qué distinguió a los hacendados del resto de los actores sociales y cómo fueron vistos o percibidos por los otros, cuáles fueron las representaciones sociales que los caracterizaron y los definieron en el espacio social, y cómo se adaptaron a los cambios en ese espacio.

Por habitus, Pierre Bourdieu entiende el conjunto de esquemas generativos a partir de los cuales los sujetos perciben el mundo y actúan en él. Estos esquemas generativos están socialmente estructurados, han sido conformados a lo largo de la historia de cada sujeto y suponen la interiorización de la estructura social, del campo concreto de relaciones sociales en el que el agente social se conformó como tal.

Pero al mismo tiempo son las estructuras a partir de las cuales se producen los pensamientos, percepciones y acciones del agente. El habitus se aprende mediante un proceso de familiarización práctica; a cada posición social distinta le corresponden distintos universos de experiencias, ámbitos de prácticas, categorías de percepción y de apreciación. Cada posición social tiene su propio habitus, creándose así un marco para cada posición social.

Norbert Elias afirma que para entender una sociedad es necesario verla simultáneamente desde la perspectiva de ellos y desde la del nosotros, sólo asomándonos a sus diferencias será posible comprenderlos.

Este artículo es una pequeña contribución a la nueva historia cultural que abarca la historia de la cultura material y la del mundo de las emociones, los sentimientos y lo imaginario, así como el ámbito de las representaciones e imágenes mentales, la de la cultura de la élite y la de la cultura popular, la de la mente humana como producto social e histórico y la de los sistemas de significados compartidos, el lenguaje y las formaciones discursivas creadoras de sujetos y realidades sociales.

De ahí el interés de estudiar al hacendado desde esta perspectiva. Para ello es necesario volver la mirada hacia los siglos anteriores, ya que su habitus se encuentra referido a coordenadas sociales específicas en las que cobra sentido y dirección; son constructos históricos definidos y definibles a partir del entendimiento de su inserción en contextos sociales e históricos particulares.

Cabe hacer notar que un problema que resalta al estudiar la manera de pensar, obrar y de sentir de los hacendados es el relativo a las fuentes. No son numerosas las memorias o escritos de hacendados, así como los libros de correspondencia de las haciendas que se conserva; sin embargo, nos ofrecen la posibilidad de conocer la manera de pensar y actuar del hacendado; otras fuentes, como la literatura y el cine, nos dan la oportunidad de conocer cómo eran percibidos o vistos los hacendados, pero la visión del trabajo sobre el hacendado se desconoce, por lo que se presenta sólo una dimensión del habitus del hacendado y no la totalidad de lo acontecido.

La Hacienda y Sus Dueños

Si bien el término "hacienda" fue usado por los españoles poco después de su llegada para aludir a la acumulación de tierras y bienes que poseía una persona, evidentemente no coincide con lo que se entendió después con ese nombre. Lo que definió como hacienda a una propiedad agrícola fue el sistema de producción que se llevó a cabo en ella, que tenía que ver con el número de trabajadores, su jerarquía y especialización, la finalidad de la producción y sus encadenamientos con el mercado local o regional, es decir, la compleja organización del trabajo con que contaba una unidad productiva.

Pero además de ser una unidad económica, la hacienda fue una institución social jerárquica. Si bien existieron diversos propietarios de haciendas durante los siglos XVI y hasta la primera mitad del siglo XIX, la gran mayoría de ellos se definieron como labradores, pese a que sus propiedades eran unidades productivas y sociales que reunían las características antes mencionadas.

No fue sino hasta las cuatro últimas décadas del siglo XIX, con la puesta en práctica del proyecto liberal de la individualización y desamortización de tierras, que los hacendados se definieron como tales, pese a que los labradores obtuvieron posesiones de tierras cuando la Corona Española les concedió mercedes de tierras, como premio por su acción realizada durante la conquista, o bien porque los peninsulares las adquirieron por diversos mecanismos, ya sea la compra o enajenación de tierras a otros españoles o a los indígenas, con el propósito de ampliar sus propiedades.

La mayoría de esos hacendados, en especial los del norte del reino de la Nueva España, debido a sus características geográficas e históricas (lejanía del centro, escasa población, tierras de frontera e indígenas menos civilizados), lograron hacerse de inmensas extensiones de tierra y adoptaron esa actitud tan característica del gran hacendado y que lo identificó durante mucho tiempo: dominaron y sojuzgaron en sus propiedades con rasgos patriarcales.

A fines del siglo XIX algunos hacendados de Yucatán, pertenecientes a la casta divina, tuvieron esa misma característica: señorearon en sus dominios.

Podemos adentrarnos en la manera de pensar, ser y quehacer del hacendado si consideramos, como ya se mencionó, que la hacienda fue una institución económica, pero también una institución social jerárquica. Esa jerarquía establecía el conjunto de la vida, y señalaba a cada cual su lugar, implantando deberes y derechos recíprocos: La hacienda era una forma de vida: un orden era una célula del poder social, económico, político y militar, era el núcleo de una sólida estructura de vínculos familiares, que encarnaba un modelo de autoridad y un modelo cultural.

A pesar de la gran diversidad de haciendas que hubo en nuestro país por las variantes de espacio, tiempo y tipo productivo, se puede hablar de la hacienda mexicana en general, en la medida en que todas y cada una de ellas, tenía una matriz básica, constante, pero no necesariamente imperecedera. La hacienda era un sistema económico y social, al igual que los pueblos, fundamentado en los derechos de uso de la tierra y el agua, cuyo objetivo era la explotación de los recursos naturales por medio del cultivo y/o el arrendamiento.

Esta unidad socio-económica se sustentaba en una fuerza de trabajo numerosa, cuya organización laboral era muy compleja. Si bien existían diferencias en su estructura laboral, dependiendo del tamaño, localización geográfica y producción, una jerarquía claramente definida incorporaba a la totalidad de los miembros de la fuerza de trabajo de la hacienda, que iba desde las categorías más bajas que ocupaban los "muchachos" hasta el administrador.

La Jerarquía Laboral

Estaba integrada por diferentes grupos de trabajadores que se distinguían por su función en el trabajo, las raciones recibidas, el ingreso, las prestaciones otorgadas, etcétera. Mientras más alto era el rango de una ocupación, más elevado era el ingreso, mayores eran las prestaciones, como por ejemplo los créditos, las concesiones de tierra, etcétera.

Con base en estos elementos, a grandes rasgos se pueden destacar cinco categorías de trabajadores en una escala descendente:

  1. El grupo de los "meseros"; se les llamaba así porque recibían su pago cada mes, complementado con una ración semanaria de semilla y una cantidad de dinero en efectivo. En esta categoría podemos distinguir dos subgrupos: los que se ocupaban de las labores de la administración de la hacienda, los cuales tenían cierta especialización laboral, como el administrador, el escribiente, los mayordomos y, en algunas ocasiones, un maestro de escuela y a veces hasta un médico. Todos éstos eran los trabajadores de confianza del hacendado, y como tales recibían los mayores salarios en monetario y en especie. Los meseros "no administrativos" eran los trabajadores que se ocupaban de las labores menos especializadas: artesanos, carreros, milperos, pastores, y otros.
  2. El grupo de los peones o acasillados; eran la mano de obra más numerosa que vivía en la hacienda. Al ser contratados, antes de principiar el año agrícola, se les hacía entrega de un anticipo o avío, y de la raya de la Semana Santa. Recibían un jornal diario, raciones de maíz por cada día trabajado, la concesión de un minifundio de la hacienda, el suministro de semillas para la siembra "a cuenta" y la facilidad de adquirir maíz, también "a cuenta" del ingreso acumulativo anual; estos beneficios les permitían un sustento de mínimo bienestar y seguridad. Realizaban los trabajos necesarios indispensables para la producción de los cultivos en la hacienda: como la siembra, la escarda, la cosecha, etcétera.
  3. El grupo de los semaneros, quienes generalmente vivían en los pueblos de los alrededores de las haciendas, y trabajaban en ellas por un periodo determinado para la siembra o la cosecha. Eran la mano de obra eventual, a la que se le pagaba en efectivo semanalmente. Recibían salarios más altos que los peones, pero generalmente no gozaban de las prestaciones de los mismos.
  4. El grupo de los arrendatarios o aparceros, quienes podían alquilar tierras de cultivo o de pastoreo, pequeñas o grandes, dependiendo de sus recursos y de la disponibilidad de tierra de la hacienda. Las podían trabajar con sus propias herramientas o alquilándoselas al propietario de la finca, y la paga podía ser en efectivo o en especie, es decir, entregando a la hacienda una parte del fruto de sus cosechas. No se les cobraba el lugar en donde tenían su casa, y no gozaban de las prestaciones que el hacendado otorgaba a otro tipo de trabajadores.

La Hacienda como Estructura Social y Económica

El casco de la hacienda era un espacio donde, además de trabajar y vivir, sus habitantes realizaban la mayoría de las actividades propias de la convivencia, el descanso y las diversiones; esto es, todo aquello que el tiempo de ocio les permitía hacer; por supuesto a unos mucho más que a otros: El casco era el sitio donde se concentraban numerosas actividades que daban cohesión e identidad a todas las personas que vivían en la hacienda, reproducían sus valores y costumbres, daban sustento y forma a su comunidad, un pequeño pueblo, un microcosmos rural con su propia dinámica, esporádicamente afectada por lo que se vivía a extramuros.

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