Hotel Hacienda del Indio: Descubre la Historia y Tradición que Te Sorprenderá en Méxicopost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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La Antigua Hacienda El Perote, ubicada en Parras de la Fuente, Coahuila, es un emblema de la historia vitivinícola de México, con más de 400 años de existencia.

Su nombre honra al indio Irritila don Pedrote, rebautizado como Perote por el dueño de la hacienda en 1865, don Fernando Chapman, quien tenía dificultades para pronunciar la letra “d”.

Desde su fundación, la hacienda ha sido testigo de la evolución agrícola y cultural de la región, pasando por las manos de destacados propietarios como Francisco I. Madero y el Dr. Joaquín L. Cuéllar, quien modernizó las bodegas e intensificó la producción de vinos y aguardientes.

La hacienda, rodeada de viñedos, nogales y paisajes montañosos, destaca no solo por su arquitectura colonial, sino también por su importancia histórica.

Desde 1992, bajo la propiedad de Ignacio Chacón Cuéllar, de Perote ha integrado un hotel con restaurante, alberca y salón para eventos sociales, complementando su función como bodega de vinos.

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En más de cuatro siglos de vida, años de vida, llamado “encomiendas”, populares y temidas leyendas abrazan el casco.

El emparentamiento de los Cuadra con la prestigiosa familia Borda hizo posible que el hotel fuera inaugurado hasta 1951.

Allá, afuera, el hombre ha conquistado Marte y se ha convertido en un lugar de remanso espiritual.

Pero, ¿cuál es la historia de aquí?

Esta pregunta sintetiza un proyecto de exploración etnográfica sobre la categoría "historia" y, de paso, sobre otras categorías más, en particular la de "ciudadanía".

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Es una exploración etnográfica porque la investigación se hizo en diversas fases entre los noventa y la primera década del 2000 en el pueblo de Tapalpa, en otro cercano llamado Atacco, ubicados en Jalisco, además de varios otros pueblos de la Sierra de Tapalpa y los alrededores y del área cercana de Michoacán.

El autor, formado primero como historiador, tenía el proyecto original de escribir sobre la historia de la Cristiada en esta región.

Sin embargo, al buscar la historia de la guerra cristera encontraba otro tipo de relatos y, sobre todo, una forma de entender lo que es la "historia".

Al volver a Oxford, Inglaterra, un profesor de historia le sugirió mejor estudiar antropología, porque no se estaba dedicando a la historia -a documentos y a saber lo que sucedió- sino a lo que la gente pensaba que era la historia.

Siguiendo ese consejo realizó estudios de maestría en antropología en Oxford, Inglaterra, y después un doctorado en antropología en Pennsylvania, Estados Unidos.

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Sin embargo, estudiando antropología y revisando algunos estudios sobre la idea de "memoria" histórica, el autor encontró que tampoco era lo que estaba registrando en campo.

La historia no era una memoria de lo ocurrido, ni una especie de "tradición oral" única que se transmite verbalmente; tampoco algo puramente oral, puesto que había un paso entre lo escrito y lo verbal.

Al contrario, era un conocimiento inconsistente, con diferentes versiones; los que la hacían muchas veces decían una cosa y escribían otra; además, parecía poco interesante para la misma gente.

Así surgió la pregunta, que implicaba que no estaba adelantando una forma de entender "historia" ni "aquí".

El producto fue un conjunto de conversaciones, narraciones y escritos que giraban en torno a una versión mínima de una historia; pero también hacía aparecer una forma de entender la "historia", quienes son los que la producen y la forma en que adquieren reconocimiento y respeto.

Surgieron también paseos por sitios con restos de construcciones, así como conversaciones sobre documentos, libros de texto escolares, bibliotecas locales, clases de historia en la escuela, la edición y lectura de la Monografía de Tapalpa, y encuentros de historiadores locales y cronistas.

Todo eso hizo regresar al autor a otros escenarios (directamente o a través de documentos), donde aparecían también los historiadores y escritores profesionales, como los fallecidos Luis González y González o Juan Rulfo.

Lo interesante es que tanto allí como en Oxford, Inglaterra o en Pennsylvania la idea de historia (con variaciones significativas) parecía contener ciertos aspectos comunes.

Uno de ellos era la relación entre historia y pasado.

En la sierra de Tapalpa, la gente parecía hablar de la historia como un tipo de conocimiento sobre aspectos relativamente inocuos, que "ya pasaron"; y es un saber que tiene cierto halo de verdad.

La historia es diferente de la leyenda, que pudo haber pasado pero no se puede saber con certeza; también difiere del chisme (o de la política) porque es algo vivo -y por lo mismo despierta más pasión e interés-.

Por esta razón ciertos temas no eran considerados historia: disputas agrarias o conflictos recientes que aún están vivos y responden a intereses particulares.

En cambio, la historia es aquello que puede ser traído al debate público, discutido, sin que despierte sospecha de esconder intereses inmediatos.

Se identifica con otros aspectos que son valorados porque se realizan por el "bien común", como organizar festivales o levantar muros o parques en espacios públicos.

La historia como género es para el espacio público; pero también surge del espacio público, no sólo porque el referente, el "aquí", es el pueblo, sino porque no cualquier agrupamiento de casas es pueblo: se trata de un lugar donde hay una arena pública y un bien común que promover.

Un pueblo es así un lugar con historia en dos sentidos: es un espacio donde la historia puede ser conocida y valorada, y donde puede ser producida.

Es allí donde aparecen los letrados que en algún momento van a hacer historia y tendrán así de qué conversar con los que vienen de otros lugares (una forma de cultura y cosmopolitismo).

La "ranchería", en cambio, es pensada como ese lugar en que no hay historia, no hay arena pública, ni esfuerzos por el bien común desinteresado; lo que hay es "atraso cultural".

La historia se vuelve una muestra de cultura (en el sentido de cultivar ciertas virtudes), de desinterés y dedicación al bien común en la arena pública; y dedicarse a la historia es una manera de ser buen ciudadano.

La historia en general no es un asunto fácil, ni un buen negocio decía alguno; por el contrario es complicado hacer una verdad final sobre el pasado.

Requiere de mucho esfuerzo, tiempo, habilidades y recursos, sobre todo, para ir a los archivos y encontrar documentos (un criterio de valor bien importante en la historia).

Eso produce la idea de que la historia está "sesgada".

El sesgo de la historia no se produce sólo por los intereses de individuos o grupos por dar una versión.

El sesgo al que refiere la gente es del género, de la forma de hablar y escribir historia, puesto que depende de la posición de quien la hace como conocimiento para el debate público (desinteresado) y basándose en documentos.

El autor tenía en ese sentido una posición privilegiada, pues estudiaba historia y podía viajar y consultar documentos (habilidades vinculadas a la cultura y el cosmopolitismo).

En cambio, el pequeño grupo de Atacco que quería hacer historia para mostrar que éste no es una simple ranchería sino un pueblo (tiene cultura, historia) tenía otra posición.

Los miembros del grupo hicieron esfuerzos de grabar a los ancianos que sabían algo y acumulaban copias de documentos (incluido uno que se supone habla de la fundación, casi ilegible, además de los que el autor les llevó).

Buscaban así llegar al recuento final de la historia de Atacco; pero no podían.

Impulsaba otros proyectos culturales (desinteresados, sin retribución, por el bien común) como el "rescate" de una pastorela o la reconstrucción de una antigua alberca y un kiosko.

Otras personas, en otro nivel, eran más exitosas en hacer historia.

Un hombre de Tapalpa, don Lupe, era muy reconocido y había colaborado con el personal de la biblioteca en la elaboración de la "Monografía de Tapalpa"; tenía además acceso a documentos por haber sido presidente municipal.

Igualmente estaban otros nativos de Tapalpa que vivían en Guadalajara, la capital estatal, y tenían acceso a otros archivos y medios para escribir historia, como un abogado y dueño de un hotel céntrico en Tapalpa, o un cura originario del pueblo y que había fallecido recientemente y que también tenía acceso a documentos.

A ellos remitía la gente al autor cuando peguntaba por la "historia de aquí".

Así aparecieron también los cronistas que escribían "historia de aquí" en la región.

El más reconocido cronista y fundador de un diario era uno de la ciudad cercana de Sayula, pues había escrito sobre historia y sobre política "sin mancharse las manos"; era por eso reconocido como "buen ciudadano".

Los historiadores profesionales (cosmopolitas por su formación y sus vínculos) casi siempre se presentaban como contrarios a los cronistas, a quienes veían como anticuados y escritores que no van más allá de sus parroquias.

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