Descubre Por Qué Los Regímenes Democráticos Son Vitales Para La Sociedad Religiosapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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La democracia es considerada como una forma de gobierno justa y conveniente para vivir en armonía. El ejercicio de la democracia es el que mejor refleja los hábitos y costumbres cívicos de una sociedad; en la actualidad, esta práctica reclama la procuración de una experiencia política en la que la ciudadanía ejerza su derecho y tenga los conocimientos para tomar mejores decisiones.

La democracia es un ideal universalmente reconocido que se basa en valores comunes compartidos por personas de todo el mundo, independientemente de las diferencias culturales, políticas, sociales y económicas. Como se reconoce en la Declaración y Programa de Acción de Viena, la democracia se basa en la voluntad libremente expresada del pueblo de determinar sus propios sistemas políticos, económicos, sociales y culturales y su plena participación en todos los aspectos de su vida.

Fundamentos y Propósitos de la Democracia

La democracia, el desarrollo, el Estado de Derecho y el respeto de los derechos humanos y las libertades fundamentales son interdependientes y se refuerzan mutuamente. La democracia tiene como objetivo: preservar y promover la dignidad y los derechos fundamentales de la persona; lograr la justicia social; fomentar el desarrollo económico y social de la comunidad; reforzar la cohesión de la sociedad; mejorar la tranquilidad nacional; y crear un clima favorable a la paz internacional. La democracia como forma de gobierno es un punto de referencia universal para la protección de los derechos humanos; proporciona un entorno para la protección y la realización efectiva de los derechos humanos.

Desafíos Actuales de la Democracia y la Laicidad

En la actualidad, tras un periodo de mayor democratización en todo el mundo, muchas democracias parecen estar retrocediendo. Algunos gobiernos parecen estar debilitando deliberadamente los controles independientes de sus poderes, asfixiando las críticas, desmantelando la supervisión democrática y asegurando su dominio a largo plazo, con un impacto negativo en los derechos de las personas.

La democracia se fortalece cuando las ideas circulan, se discuten y se contrastan con cortesía y honestidad intelectual. Este diálogo tiene varias aristas que pueden resumirse en tres puntos clave: ¿qué significa la laicidad en una sociedad plural? ¿Puede la religión aportar algo más que conflicto? Filósofos como Charles Taylor, Jürgen Habermas y Hartmut Rosa han recordado que las democracias contemporáneas enfrentan una crisis de sentido. Además, un deterioro de las fuerzas que incentivan a mantener los vínculos sociales. Frente a este punto crítico, hace falta un suelo moral compartido que anime el compromiso cívico y cultive la virtud ciudadana. En esa búsqueda, los autores previamente señalados, lejos de fomentar un integrismo o querer volver a un estado confesional, han reconocido que las tradiciones religiosas pueden ofrecer recursos éticos y simbólicos que las democracias necesitan, especialmente en tiempos de fragmentación y cinismo.

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La Relación Histórica entre Religión y Democracia

Marcelo Aguiar rechaza la idea de los aportes religiosos con vehemencia recurriendo, desde mi punto de vista, a un viejo prejuicio: que la religión, en especial el catolicismo, es una amenaza para la libertad, el pensamiento crítico y el progreso. Su visión de la laicidad, entendida como la exclusión de la religión de la plaza pública, tiene resabios del laicismo del siglo XIX. Esta concepción de laicidad surgió del combate entre el catolicismo y un liberalismo racionalista y antirreligioso, que para fortalecer el pluralismo en la sociedad debe privatizar a la religión. En cambio, los consensos democráticos del siglo XXI tienen otros objetivos. El prejuicio de Aguiar no es nada original, sino que es heredero de una desconfianza estructural hacia lo religioso. Considera que las religiones, más específicamente el catolicismo, quieren imponer un estado confesional como régimen político.

John Rawls, en Liberalismo político, ofrece una distinción clave para reflexionar sobre este tema: no es lo mismo aceptar la democracia como un modus vivendi -es decir, por conveniencia, como una tregua temporal entre visiones antagónicas- que asumirla como parte de una tradición política que la concibe como un régimen justo, sustentado en razones públicas que pueden ser compartidas por ciudadanos con creencias muy diversas. El primer modo de vincularse con la democracia es precario y frágil; lo segundo, duradero y sólido. Si una tradición religiosa solo “soporta” la democracia porque no tiene otra opción, no hay garantías de que la sostenga cuando sea mayoritaria en una sociedad.

Por mucho tiempo, el catolicismo y la secular democracia constitucional caminaron por sendas opuestas. En el siglo XIX, el magisterio papal veía en la cultura política moderna, que se anclaba en la libertad religiosa y la democracia constitucional, una amenaza. El laicismo era percibido como un intento de borrar la influencia pública de la religión. Y se defendía la idea de un estado confesional como única garantía de orden moral. Sin embargo, tras un largo proceso de evolución doctrinal -y aceptado la democracia constitucional como un modus vivendi- la Iglesia Católica abandonó esta postura.

La Evolución Doctrinal y el Catolicismo como Agente Democratizador

Este cambio no fue inmediato. Fue fruto de una evolución en la tradición política católica. A finales del siglo XIX, León XIII comenzó a tender puentes con la cultura secular sin renunciar a la doctrina. Pío XII reconoció en la democracia una forma legítima de proteger la dignidad humana frente a los horrores del totalitarismos tanto de derecha e izquierda. Esta evolución, y fortalecimiento del modus vivendi, hizo que Juan XXIII, en Pacem in Terris (1963), asumiera plenamente los derechos humanos como base moral del orden político moderno, e incorporara la democracia constitucional a los valores políticos del catolicismo.

Uno de los protagonistas claves e influyentes en este desarrollo doctrinal fue el teólogo jesuita estadounidense John Courtney Murray. A partir de la experiencia estadounidense de convivencia pacífica entre laicidad y catolicismo, Murray propuso que la Iglesia podía dialogar con la cultura política secular desde la razón, a través de principios compartidos como la ley natural, la libertad religiosa y la dignidad de la persona. Para él, la democracia constitucional no debía verse como una amenaza a la fe.

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A partir de este desarrollo doctrinal, como afirma Samuel Huntington, en La tercera ola: democratización a lo largo del siglo veinte, el catolicismo, bajo el liderazgo de Juan Pablo II y su defensa de la libertad humana, se transformó en un agente democratizador en varios países que venían sufriendo regímenes totalitarios. El impulso democratizador del catolicismo consistió en ser una religión que defendía de manera firme el derecho a la libertad religiosa como fundamento de todas las libertades. Por esta razón, la tradición política católica no sostiene al estado confesional como un ideal político.

En palabras de Benedicto XVI, una sociedad bien ordenada debe estar regida por una “laicidad positiva”, que, manteniendo la separación entre el Dios y el César, sea capaz de integrar y valorar los aportes de las religiones a la vida pública, más allá de los aportes que haga al boletín parroquial. Excluir la religión de la vida pública no es una muestra de neutralidad, como afirman los laicistas, sino una forma moderna de exclusión. Y, como recuerda el teólogo John Courtney Murray, uno de los grandes impulsores del cambio conciliar, una democracia necesita que las voces religiosas puedan participar del debate público para nutrirlo de sentido, responsabilidad y horizonte moral. Hoy, esa idea es más urgente que nunca.

Frente a los nuevos autoritarismos, algunos laicistas, otros teocráticos, es tentador caer en trincheras y guerras culturales. Pero la historia reciente muestra que, cuando se margina a la religión de la vida pública, no gana la neutralidad: gana el vacío. Y los vacíos políticos se llenan rápido. A veces con ideologías que instrumentalizan la religión, otras veces con Estados que suprimen cualquier expresión de fe. El catolicismo, en su mejor versión, no es una religión del poder, sino de la conciencia. Por eso necesita espacios de libertad. Y, por eso, ha llegado a valorar la democracia no solo como una forma de sobrevivir, sino como un espacio en el que puede servir, hablar y ofrecer sentido. No busca privilegios ni volver a modelos del pasado.

Exigir que las religiones se “queden en casa” es desconocer su aporte racional, moral y comunitario. Es olvidar que muchas de las democracias modernas nacieron con el impulso ético de creyentes que tradujeron su fe en derechos, leyes y solidaridad. Hoy, más que nunca, necesitamos una laicidad bien entendida: una que no excluya, sino que garantice libertad para todos. En ese marco, el catolicismo no es una excepción incómoda: es un interlocutor dispuesto. No está afuera del pacto democrático.

Objetivos Comunes de Democracia y Religión: Justicia y Bienestar

La democracia y la religión tienen el mismo objetivo: el bienestar del pueblo. Llevar a la práctica los deseos de los ciudadanos y apoyarlos para que vivan libres y felices en su país es la esencia de la democracia. La religión, por su parte, es un catálogo de reglas que guía a las personas para que puedan vivir en armonía juntas en una sociedad. Si la democracia no logra garantizar el bienestar de los ciudadanos, ha fracasado. Lo mismo sucede con la religión: si traiciona sus principios, se convierte en una tiranía y un instrumento de destrucción.

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Cuando hablamos de justicia, nos referimos a que el Gobierno debe asegurar las necesidades básicas de los ciudadanos. Del Gobierno esperamos que haga lo correcto, que sea eficaz y eficiente. Lo mismo vale para la religión. La justicia es uno de los principios básicos de la religión: tratar a todos los seres humanos con equidad e igualdad, no favorecer ni discriminar a nadie. La religión, a partir de los individuos, forma una sociedad. Nos enseña que todos somos hijos de Dios y que nadie es mejor que otro.

El Rol de la Mujer en la Construcción Democrática

Si queremos construir una democracia, es esencial que las mujeres formen parte de ella. A veces, las instituciones religiosas o estatales ni siquiera les enseñan a escribir, algo imprescindible para que estén informadas sobre sus derechos. Sí, soy una monja católica, pero también soy ciudadana de Nigeria. Puedo elegir al Gobierno y criticarlo si no logra garantizar la igualdad. Algunas personas no entienden la relación entre religión y democracia. Dicen: hermana, eres monja, no debes hablar de política. Pero, por supuesto, tengo el derecho de reclamar que el Gobierno rinda cuentas. Veo muchas ventajas en la democracia, pero también veo debilidades. ¿Tienen otras sociedades enfoques diferentes para promover la libertad, la dignidad y la igualdad? Si así es, deberíamos aprender de ello.

La nigeriana Ogochukwu Chikelue pertenece a la Congregación Católica de las Hijas de María, Madre de la Misericordia. Con conferencias y talleres quiere llamar la atención sobre cuán importantes son las mujeres como mediadoras en los procesos de paz y qué papel pueden desempeñar en conflictos entre grupos étnicos o religiosos.

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