Impactante Análisis de la Inflación en México durante el Sexenio de Vicente Fox: Revelaciones que No Conocíaspost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Este artículo examina los objetivos, instrumentos y resultados de la estrategia macroeconómica aplicada en México durante el gobierno del presidente Fox. En particular, se analizan los mecanismos de transmisión y los efectos de una política monetaria cuyo objetivo exclusivo (por mandato de ley) es el control de la inflación, así como la política fiscal que -por decisión gubernamental- se ha orientado primordialmente a apoyar a la autoridad monetaria en su tarea desinflacionaria mediante objetivos de balance fiscal, actuando de manera procíclica en el crecimiento del producto nacional y del empleo.

Se muestra cómo el gobierno del presidente Fox recibió una economía en recesión que carecía del instrumental de política macroeconómica para enfrentarla. Finalmente, se concluye que la brecha entre las promesas de crecimiento económico y el desempeño real de la economía mexicana durante el periodo 2001-2005 es una consecuencia natural y predecible de la estrategia macroeconómica aplicada.

Antecedentes

Durante el periodo preelectoral de la pasada sucesión presidencial, 76% de la ciudadanía pensaba que "la situación económica del país estaba marchando en una dirección incorrecta", según la encuesta Pulso sociopolítico de la población, levantada en mayo de 2000 (Banamex, 2000). De manera específica, a la pregunta: "¿el próximo presidente de la República debe continuar con la misma política económica del presidente Zedillo o debe buscar una alternativa?", de acuerdo con un cuestionario previo, 88% de la población señaló que "se debe buscar una política económica alternativa" (De las Heras, 1999).

No es casual que las expectativas de cambio generadas por la coalición de partidos (Acción Nacional y Verde Ecologista de México), registrada precisamente como Alianza para el Cambio, cuyo candidato presidencial fue Vicente Fox, hayan prendido entre amplios segmentos del electorado. Entonces, nuestro país estaba por completar tres sexenios de experimentación neoliberal, es decir, de perseverante aplicación del decálogo de "reformas estructurales" y "disciplinas macroeconómicas" recomendadas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial a los países en desarrollo, que John Williamson (1990) sintetizó en el Consenso de Washington.

Se esperaba que este decálogo de políticas económicas conduciría a nuestro país hacia la tierra prometida de las elevadas tasas de crecimiento económico. Esta visión de la economía representó un viraje radical respecto de la estrategia económica sobre la cual se había fincado el desarrollo económico de México durante los cincuenta años previos.

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Desde los años treinta, y sobre todo a partir del gobierno del presidente Cárdenas, el desarrollo mexicano se había sustentado en una economía de mercado con un relevante (pero prudente, excepto a partir de los años setenta) intervencionismo del Estado como rector y promotor activo del desarrollo, como regulador del comercio exterior y de los mercados internos de bienes y servicios básicos, como inversionista en áreas estratégicas y como promotor del bienestar social mediante leyes laborales y agrarias e instituciones sociales de educación, salud y servicios básicos.

La ideología económica y social de la revolución mexicana, plasmada en el contrato social de 1917, había asignado al Estado estas funciones, desechando la ideología liberal del laissez-faire, laissez-passer. A partir de 1983, la estrategia económica neoliberal -apegada a la ideología ortodoxa que atribuye al Estado la causa de los males económicos- se orientó a transferir a los agentes privados y al mercado, gradual pero sostenidamente, las funciones económicas anteriormente asignadas al Estado, desde la "visión moderna", según la cual la liberalización y reducción del intervencionismo gubernamental permitirían aprovechar plenamente las oportunidades que ofrecía la globalización y favorecería la asignación más eficiente de los recursos productivos y el logro de mayores tasas de crecimiento de la economía y el bienestar.

Sin embargo, después de tres sexenios de experimentación, con más mercado y menos Estado, la prosperidad ofrecida por los reformadores neoliberales brillaba por su ausencia. Más aun: los resultados del modelo en la economía real de las mayorías nacionales contrastaban negativamente con los observados durante el modelo económico precedente.

En el modelo keynesiano-cepalino -el cual puede denominarse sin abuso modelo económico de la revolución mexicana, basado en la regulación del comercio exterior y en un relevante intervencionismo gubernamental en el fomento económico-, el producto interno bruto se incrementó 15.9 veces (1 592.7%) durante el periodo 1935-1982, al crecer a una tasa media de 6.1% anual, lo cual implicó un aumento de 348% en el PIB per capita, que creció a una tasa media de 3.2% anual (véase Cuadro 1). En el modelo neoliberal -basado en la apertura comercial unilateral y abrupta, así como en la reducción de la participación del Estado en el desarrollo económico-, el producto interno bruto sólo se incrementó 0.57 veces (57%) en el periodo 1983-2000, al crecer a una tasa media de 2.5% anual, lo cual implicó un aumento de apenas 11.7% en el PIB per capita, a una tasa media de 0.6% anual.

En consecuencia, la acumulación de capital invertido en la actividad productiva resultó dramáticamente inferior en el modelo neoliberal. En los años de vigencia de la estrategia económica de la revolución mexicana, la inversión fija bruta por habitante (en maquinaria, equipo y construcciones) se incrementó 1 067.5% durante el periodo 1941-1982, al crecer a una tasa de 6% anual (véase Cuadro 1). En contraste, después de tres sexenios de experimentación neoliberal, la inversión fija bruta por habitante en 2000 resultó apenas 12.2% mayor que la observada en 1982, al crecer a una tasa media de 0.6% anual.

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En el ámbito del bienestar social, ambos modelos económicos arrojaban también resultados diametralmente opuestos. En el modelo de la revolución mexicana, el poder adquisitivo de los salarios mínimos se incrementó 96.9% durante el periodo 1935-1982 (véase Cuadro 1); en cambio, después de tres sexenios de neoliberalismo, los salarios mínimos habían perdido 70.1% de su poder de compra, es decir, se habían reducido a menos de la tercera parte. En general, la evolución de la pobreza en ambos modelos también resultaba opuesta.

Durante los años de operación del modelo keynesiano-cepalino o el de la revolución mexicana, la pobreza -que en la época porfiriana afectaba a cerca de 95% de la población- se redujo significativamente. De acuerdo con el más destacado especialista en la materia, Julio Boltvinik (1995), la proporción de mexicanos pobres disminuyó de 77% en 1963 a 48.5% en 1981, magnitudes grosso modo coincidentes con las estimadas por el Programa Nacional de Solidaridad (1990), según el cual la proporción de mexicanos en la línea de la pobreza, que en 1960 era de 76.9%, descendió hasta 45% en 1981.

Pero los logros alcanzados durante dos décadas de reducción de la pobreza en el modelo económico precedente fueron completamente revertidos en el neoliberal. De acuerdo con Boltvinik y Damián (2002), la población pobre de México brincó a 69.8% de la población total en 1984, y según Damián (2004), representó 75.3% de la población total en 2000. Frente a esos resultados del modelo neoliberal, es natural que el discurso del cambio haya generado expectativas halagüeñas en importantes segmentos de la población.

Expectativas y realidades del gobierno de Fox

En septiembre de 2000, el desaparecido profesor Rudiger Dornbusch, del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT, por sus siglas en inglés), pronosticó: "La expectativa de cambio que ha generado entre los mexicanos el triunfo del presidente electo Vicente Fox, terminará en una gran decepción" (La Jornada, 24 de septiembre de 2000). El polémico profesor del MIT dio en el clavo. Al parecer, la brecha entre las promesas y las realizaciones marca la dimensión del desencanto.

"proponemos -señaló el candidato presidencial de la Alianza para el Cambio- un cambio en el modelo económico. Un modelo distinto a los que hemos visto en México: ni las políticas populistas, ni el dogmatismo del neoliberalismo. Nuestra propuesta es un modelo económico donde el ser humano y el desarrollo de sus cualidades esenciales sean el objetivo: una economía humana y moderna" (Fox, 2000a).

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De manera específica, el candidato presidencial del PAN-PVEM ofreció:

  • Crear las condiciones para que la economía crezca a tasas de 7% y genere, cuando menos, 1 300 000 empleos anuales.
  • Combatir el rezago laboral y el subempleo en el que viven millones de personas.
  • Aumentar el poder adquisitivo de todos los mexicanos.
  • Democratizar la economía, distribuyendo las oportunidades para todos y en todas las regiones del país.

Después de tres sexenios perdidos para el desarrollo y de una tremenda regresión en los niveles de bienestar, era natural que este discurso del cambio motivara el entusiasmo de amplios segmentos de la población, ansiosos de una economía más dinámica e incluyente. Hoy día prevalece la gran decepción.

De acuerdo con la XVI Encuesta Nacional de Evaluación Presidencial, levantada en abril de 2005, 55% de la ciudadanía desaprobó el manejo de la economía por el gobierno del presidente Fox; 68% desaprobó su manejo del problema del desempleo y, en suma, no hubo un sólo rubro de evaluación en el manejo de políticas específicas en las cuales el presidente Fox haya logrado una mayoría de opiniones aprobatorias (El Universal, 26 de abril de 2005). De hecho, 75% de la ciudadanía consideró que el país está estancado o en retroceso y sólo 23% estimó que México está progresando.

En materia económica, la gran decepción que pronosticó el profesor Dornbusch tiene dos componentes: en primer lugar, la enorme brecha entre las promesas de crecimiento del PIB y los resultados efectivos de la administración de Fox; en segundo lugar, la continuidad, sin cambio, del modelo económico heredado de sus antecesores. Son dos caras de la misma moneda.

Por una parte, la oferta de un crecimiento económico sostenido a una tasa de 7% anual y de generar 1.3 millones de empleos por año contrasta con un crecimiento de apenas 1.6% anual, así como con la pérdida de 137 598 empleos formales (registrados en el IMSS) durante el primer cuatrienio del gobierno del cambio (vid infra). Por otra parte, la causa de este miserable desempeño económico consiste, precisamente, en que dicho gobierno continúa tercamente aferrado al modelo neoliberal -basado en la drástica reducción del papel del Estado en el desarrollo económico- y, en particular, al fundamentalismo macroeconómico heredado acríticamente de sus predecesores, el cual erige la estabilidad de precios y el equilibrio fiscal en objetivos prioritarios a ultranza.

La ortodoxia macroeconómica del gobierno de Fox

Examinemos las aristas de este fundamentalismo macroeconómico. Al presentar su propuesta económica ante los directivos de Banamex, el candidato presidencial del PAN-PVEM en la elección de 2000, señaló: "¿Cómo generar la plataforma para que México crezca al 7% [anual] y que crezca con calidad? [...] Mi propuesta en materia económica está sosteni...

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