El nombre de la rosa es la primera novela publicada por el célebre escritor y semiólogo Umberto Eco. Es una historia que cuenta las peripecias de fray Guillermo de Baskerville y de su acompañante Adso de Melk, en una abadía del siglo XIV. La trama del libro consiste en averiguar las causas de una serie de asesinatos o muertes ocurridas en la abadía, así como su relación con unos misteriosos textos. No obstante, los personajes de la novela se enfrentan a diferentes problemas de corte filosófico y político.
Ambientada en la primera mitad del siglo XIV, concretamente en la Italia de 1327, su argumento nos propone un viaje a través del tiempo y la ficción. En este apartado, entró a escena otro personaje fundamental dentro del engranaje dramático de la novela, fray Jorge de Burgos. En esta reflexión se problematiza la postura que Jorge de Burgos tiene respecto al conocimiento y se contrasta con la perspectiva más democrática del conocimiento libre. Desde la llegada a la Abadía, se observa que Adso se centra en la dificultad de interpretar los signos. Como monje, está acostumbrado a leer los signos por sus referencias bíblicas, por eso encuentra en la construcción del Edificio de la abadía un significado simbólico.
Guillermo de Baskerville: La Razón como Herramienta del Conocimiento
Guillermo de Baskerville, cuyo personaje se inspira en el filósofo Guillermo de Ockham, y su discípulo Adso de Melk llegan a un monasterio benedictino del norte de Italia. El incidente con el caballo es la primera demostración de los notables poderes de deducción de Guillermo: es capaz de localizar el caballo perdido utilizando solo la evidencia física de las ramitas rotas y las huellas en la nieve. A partir de esas pruebas, formula las hipótesis que le parecen más probables, explicando que él simplemente interpreta los signos que ve en el mundo. Esas señales pueden decir cosas, como las palabras en un libro, si uno sabe leerlas correctamente. Esta habilidad, que aquí se introduce, anticipa lo que vendrá y será muy útil cuando Guillermo se vea inmerso en un misterio con muchas pistas difíciles de interpretar.
Guillermo no solo interpreta las pruebas físicas, sino que también usa su conocimiento de la naturaleza humana -por ejemplo, que la gente valora más ciertos rasgos en los caballos- para hacer conjeturas inteligentes. Una vez en la abadía, Abbone revela que Guillermo ha sido un oficial de la Inquisición, el implacable tribunal de la Iglesia católica medieval que perseguía a los "herejes". Guillermo explica que dejó de trabajar para la Inquisición porque no se sentía cómodo condenando a muerte a personas basándose en dudosas pruebas de que habían obrado en colaboración con el diablo.
Guillermo alaba la capacidad de la ciencia para mejorar la vida humana, un contraste directo con la visión de que las nuevas tecnologías podrían ser brujería. Guillermo de Ockham ingresó muy joven en la orden franciscana y cursó estudios en Oxford. En el siglo XIV, hay un conflicto cada vez más acusado: la vinculación entre el poder político y el religioso (Emperador y Papa) se deteriora para siempre. En este contexto, una serie de pensadores, entre ellos Ockham, someten a crítica los supuestos y afirmaciones fundamentales que sostenían la filosofía y teología medievales.
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La relación entre fe y razón es un punto clave. Ockham dio un paso más allá de Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, afirmando que hay verdades de la razón que no son verdades de la fe; no se excluyen, pero tampoco se limitan. Como dice Adso en una ocasión, “Mi maestro creía en Aristóteles y en los filósofos y en la lógica”. Este enfoque racionalista se complementa con el principio de economía, también conocido como “la navaja de Ockham”, que sostiene que no hay que multiplicar los entes sin necesidad, es decir, que no hay que suponer más que lo estrictamente necesario para la explicación de cualquier realidad. Este principio servirá para eliminar toda adherencia metafísica, digresión inútil o palabrería hueca para quedarnos con lo estrictamente necesario.
Jorge de Burgos: El Guardián del Dogma y el Miedo a la Razón
Fray Jorge de Burgos es un bibliotecario ciego, un rasgo irónico para quien custodia el conocimiento. Él piensa que no todas las personas deben enfrentarse a toda clase de conocimientos, porque los pueden usar para el mal. Jorge de Burgos argumenta que el trabajo de su monasterio, conocido por su valiosa biblioteca, es exclusivamente el estudio y el custodio de sus saberes. En su discurso, no se menciona nada respecto a la producción de nuevos conocimientos, ya que él asume que la sabiduría es divina y, por esto, es ya completa. Si los saberes son completos en sí mismos, no se puede buscar más de los que ya hay.
El bibliotecario asume la custodia del conocimiento como un deber divino, por lo que hace lo que está en sus manos para cumplir con su labor. El hecho de sentirse elegido para proteger la biblioteca parece darle libertad en lo que toca a los medios que puede utilizar para satisfacer su oficio. El viejo se convence de que los medios que elige están justificados por su fin celestial. Está seguro de que Dios lo absolverá por haber actuado conforme a su mandato, a su gloria, a su destino.
Aunque Jorge de Burgos protege la biblioteca en general, su interés se centra en la no lectura de ciertas obras que podrían trastocar la imagen de Dios. En consecuencia, la biblioteca no únicamente resguarda los saberes contenidos en los libros para que se conserven en el tiempo, sino que también sirve como un lugar para ocultarlos. Bajo la premisa de que el conocimiento debe protegerse, porque de lo contrario se puede usar para el mal, el anciano ciego comete una serie de actos criminales. Desde envenenar las páginas de un libro, hasta engañar al Abad para que caiga en una trampa en la que ha de morir ahogado. El anciano incluso se sacrifica a sí mismo con tal de mantener saberes ocultos, devorando las páginas envenenadas del texto que se esconde en la biblioteca.
La ausencia de límites éticos en lo que toca al resguardo y protección del conocimiento es lo que le permite a Jorge de Burgos llevar a cabo tales acciones sin que aparentemente existan consecuencias sobre él.
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El Conflicto Central: La Risa y el Conocimiento Prohibido
Jorge de Burgos acusa a Guillermo de “idolatrar la razón”. Según él, le impide ver lo que es obvio. Ubertino da Casale, un franciscano amigo de Guillermo, le reprocha estar demasiado entregado a idolatrar la razón, en tiempos que él considera oscuros y cercanos al Juicio Final. En este contexto, la discusión sobre la risa se convierte en un punto central de la confrontación entre ambos.
En un diálogo crucial, Guillermo le dice a Jorge que «Los monos no ríen». Guillermo señala que, en realidad, las escrituras no dicen nada sobre si Cristo rio o no; simplemente no lo mencionan y, de hecho, no hay razón para que no lo hiciera, ya que la risa es propia del hombre. Guillermo también da varios ejemplos de bromas en la tradición escrita cristiana, como la de San Lorenzo. Jorge, por su parte, afirma que Cristo nunca se rio, por lo que tampoco debería hacerlo nadie. Considera que las ilustraciones de Adelmo, que provocaban risa, son aberrantes y convierten la “obra maestra de la creación" en objeto de risa. Para el venerable Jorge, la risa debe estar proscrita porque no puedes temer a aquello de lo que te puedes burlar. Él cree que «Al aldeano que ríe, mientras ríe, no le importa morir, pero después, concluida su licencia, la liturgia vuelve a imponerle, según el designio divino, el miedo a la muerte».
La clave del misterio y del debate parece hallarse en un libro perdido parcialmente de Aristóteles, “La Poética”. Guillermo le recuerda que Aristóteles dedicó su libro Poética al análisis de la comedia y la risa, donde se entienden la risa y la burla como herramientas de debate. Jorge, sin embargo, corta bruscamente a Venancio cuando menciona a Aristóteles, diciendo que no recuerda esta conversación. Adelmo había argumentado que las representaciones extravagantes y fantásticas podían servir como instrumento para contar la verdad de Dios.
La Biblioteca: Un Santuario y un Laberinto de Saberes
La biblioteca de la abadía es claramente importante en el misterio de la muerte de Adelmo. El abad Abbone le explica a Guillermo que la biblioteca de la abadía es diferente a cualquier otra, ya que tiene una de las mayores colecciones de libros de la cristiandad, y los monjes vienen de todo el mundo para estudiar y copiar sus manuscritos. Debido a que tiene miles de libros de muchas culturas y tradiciones diferentes, algunos de ellos contienen falsedades, por lo que solo el bibliotecario está autorizado a entrar en ese laberinto que es la biblioteca y sacar los libros solicitados.
La biblioteca es secreta e impenetrable porque el conocimiento que contiene podría ser peligroso para sus lectores. El abad reconoce la importancia de esa biblioteca como reservorio de la memoria escrita de la cristiandad, pero justamente, es esa misma importancia la que la hace tan peligrosa. Señala que algunos de los libros que allí se guardan contienen falsedades, razón por la cual la abadía regula estrictamente quién tiene acceso a los libros y cuándo. Cuanto más secreto e inaccesible sea el libro, más peligroso puede ser. Por eso Malaquías, el bibliotecario, actúa como guardián del conocimiento contenido en ella.
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No es fortuito que, en la novela, la biblioteca sea descrita como un laberinto. El abad parece tener sus razones para querer mantener a la gente fuera de la biblioteca, incluso a los propios monjes. Esto demuestra que oculta algo, y que la biblioteca guarda secretos que él no quiere que salgan a la luz. La explicación de Abbone respecto de la condición secreta de la biblioteca introduce otro de los temas fundamentales de la novela: el poder del saber y de los libros. Él afirma que "no todas las verdades son para todos los oídos ni todas las mentiras pueden ser reconocidas".
El Debate sobre el Acceso al Conocimiento
La premisa de Jorge de Burgos es que el conocimiento debe protegerse porque, de lo contrario, se puede usar para el mal. Su interés se centra en la no lectura de ciertas obras que podrían trastocar la imagen de Dios. Si bien es plausible la idea de que no todas las verdades son para todos los oídos, ella misma no conlleva necesariamente la ejecución de las acciones del anciano.
El bien de un libro consiste en ser leído. Un libro está hecho de signos que hablan de otros signos que, a su vez, hablan de las cosas. Sin unos ojos que lo lean, un libro contiene signos que no producen conceptos. Los conocimientos de corte hermético son los menos accesibles al vulgo. La sabiduría obtenida a través de la revelación es un ejemplo de estos, pues solo el iniciado accede a esta especie de conocimiento. Por otro lado, los saberes más democráticos suelen ser accesibles a una gran cantidad de personas.
Con el tiempo, las mismas universidades han impulsado con mayor intensidad la idea de que el acceso al conocimiento es una necesidad para crear mejores sociedades. Esto es lógico, teniendo en cuenta que los conocimientos guían el actuar de las personas. El fenómeno de abogar por el acceso amplio y democrático a los conocimientos se ha llamado acceso abierto. La Declaración de Berlín sobre el libre acceso entiende que su misión es poner a disposición de la sociedad los diferentes conocimientos aprobados por la comunidad científica. Así, se garantiza una suerte de derecho gratuito para acceder a los trabajos académicos, lo que supone un beneficio para las ciencias y para la sociedad.
La postura del acceso abierto resulta más benéfica para la sociedad que la defendida de forma extremista por Jorge de Burgos. El conocimiento es un bien universal, por lo que debe estar a disposición de quienes aspiren a acceder a él; eso sí, a través del camino de la humildad y la duda.
