La democracia, si no se salvaguarda, tiene la tendencia a convertirse en una dictadura. Muchos de los autoritarismos del siglo XXI no llegan por golpes de Estado, sino que son más sofisticados en sus métodos y se disfrazan de mil maneras para parecer democráticos. Ahora es frecuente transitar a un régimen autoritario por un camino gradual y sinuoso, que puede comenzar cuando un líder carismático gana unas elecciones competitivas y justas.
Y, ya dentro del sistema democrático, practica un ejercicio del poder populista y/o iliberal, que, sin prisa ni pausa, va erosionando principios, valores e instituciones de esa democracia. También los autoritarismos del siglo XXI se apoyan en un contexto internacional marcado por el declive de la democracia liberal y un creciente apoyo popular a formas autocráticas de liderazgo y gobierno. Como dijo Abraham Lincoln, “la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”. Hoy podríamos añadir, ¿para qué pueblo?
Los Siete Pasos para Perder un País según Ece Temelkuran
La escritora y columnista política turca Ece Temelkuran ha identificado a la perfección en su último libro, Cómo perder un país, los siete pasos necesarios para convertir una democracia en una dictadura, ofreciendo al lector un riguroso manual de instrucciones del populismo de derechas. Para ello toma como referencia lo ocurrido en Turquía desde 2002, cuando irrumpe en la escena política el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), que poco después convertiría en presidente a Recep Tayyip Erdogan. El manual arranca el 15 de julio de 2016, con el intento de golpe de Estado en Turquía, que para muchos analistas no fue más que un acto orquestado para legitimar el sistema presidencial y dar más poder a un Erdogan que ya ejercía de sultán.
Estos son los siete pasos que según Temelkuran llevan directamente de la democracia a la dictadura:
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Crear un movimiento
El primer paso para acabar con la democracia es crear un movimiento, en este caso nacido en las poblaciones pequeñas, donde la nueva orientación política se alimenta de las percepciones provincianas de la vida y del mundo. Es lo que los populistas de derechas llaman el pueblo real, cuyas ideas merecen respeto al representar la verdadera voz de las masas. En este contexto también resultan clave la palabra tolerancia y la idea de victimismo fabricado. En el caso turco, ese victimismo consistió en afirmar que las personas religiosas eran oprimidas y humilladas por la élite laica del sistema.
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Trastocar la lógica y atentar contra el lenguaje
Trastocar la lógica y atentar contra el lenguaje es el segundo paso de este método. Cómo perder un país recuerda que en cualquier nación que experimente el auge del populismo es frecuente que se califique al líder populista de pueril, como una forma reconfortante de minimizar el problema. Ha ocurrido así con Erdogan, pero también con Trump, a quien muchos comparan con un niño. Nos encontramos así ante un lenguaje político infantilizado que recibe el altavoz de las redes sociales y los medios de comunicación.
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Apostar por la posverdad
Como tercer paso, se hace imprescindible eliminar la vergüenza y apostar por la posverdad, desechando cualquier respeto por el sentido común o por los conocimientos acumulados durante siglos.
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Desmantelar los mecanismos judiciales y políticos
El cuarto punto en el manual de Temelkuran propone desmantelar los mecanismos judiciales y políticos. Según la autora, resulta imposible detener la marea del populismo de derechas haciendo uso de un comportamiento político habitual, ya que cuando este toma el poder y penetra el aparato estatal desencadena un extraño tipo de politización: la política del pánico. En esta realidad, la misoginia aparece como un compinche inseparable.
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Diseñar tu propio modelo de ciudadano
Aquí entramos de lleno en el quinto paso: diseña tu propio ciudadano. “Empiezan por las mujeres, por los ‘débiles’, luego continúan con el resto”, asegura la escritora, y pone como ejemplo cómo en los círculos sociales y políticos, maestras, académicas, parlamentarias, cargos públicos y funcionarias fueron reemplazadas por miembros del AKP, o por esposas o hijas de miembros del partido, la mayoría de ellas vistiendo velo.
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Permitir la risa ante el horror
Permitir la risa ante el horror es el sexto paso de la democracia a la dictadura. La autora turca sostiene que en su país han reaccionado frente al populismo de derechas con humor y sarcasmo, tratando de reírse de sus propios miedos. A su juicio, esta es solo la primera etapa, pero las siguientes no tienen nada de divertidas. “Tengan cuidado con esas risas.”
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Construir un país a tu medida
El séptimo y último paso en el manual de Temelkuran invita a construir tu propio país, hasta tal punto que muchos de sus ciudadanos no lo reconozcan. Esto es lo que ha ocurrido en Turquía en las últimas décadas, dando lugar a un país que excluye a cualquiera que no cumple con la norma y se aferra a su religión y a sus rencores. “¡Este no es mi país!”, repiten muchos al observar su realidad.
“Resulta lamentable que la herencia más evidente que nuestra generación ha transmitido a partir de los escombros del siglo XX esté representada por Vladímir Putin, Marine Le Pen y Erdogan como modelos de liderazgo”, recalca la escritora turca.
El Caso Venezolano: Una Erosión Gradual de la Democracia
Venezuela es hoy un régimen autoritario. Lo que aquí presentaremos es una reflexión en torno a los interrogantes: ¿Por qué un país como Venezuela, con una democracia en el siglo XX que fue estable y con una economía y sociedad que parecieron estar en una posición cómoda para adaptarse a la transición globalizadora que venía desenvolviéndose en el mundo, se derrumbó hasta lo inimaginable?
El desencanto con la democracia
Desde finales de los años setenta se fueron acumulando en la sociedad un conjunto de desajustes a todos los niveles y en todas las esferas, que no fueron satisfactoriamente atendidos por las elites políticas del sistema democrático. Los indicadores socioeconómicos revelaban un estancamiento de la actividad económica, que se combinó con un retardo en el pago de las deudas del Estado, lo que desembocó el 18 de febrero de 1983 en la primera devaluación del bolívar luego de varios lustros de sobrevaluación. Ese día pasó a la historia con el nombre de Viernes Negro.
Se le considera como la primera visibilización clara de una crisis en la economía, que pareció constatar lo que economistas venían alertando: que estaba agotado el modelo de desarrollo por sustitución de importaciones dinamizado por la renta petrolera. Tal transformación era imprescindible, pero debió hacerse con cautela y tacto político, lo que no fue el caso. Las encuestas mostraban que las venezolanas y los venezolanos tenían altas expectativas sobre su futuro, pues habían socializado que eran -éramos- un caso exitoso de democracia, crecimiento económico y bienestar social. Sin embargo, lo que mostró el Viernes Negro fue que esto podría no ser cierto, pues había una crisis económica que algunos señalaban como estructural, que tendía a ahondarse.
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Los gobiernos de turno empezaron a ejecutar programas de ajuste de naturaleza neoliberal, diseñados desde las multilaterales, sin ningún miramiento con respecto al país donde se estaban aplicando. La aplicación, en el segundo gobierno de Pérez, de un ajuste ortodoxo mediante lo que entonces se llamaba una terapia de shock, produjo una enconada resistencia en todas las capas de la sociedad, que dio lugar a fines de siglo a una fatiga de ajustes y a su fracaso. El pobre diseño de estos paquetes para una economía y sociedad petroleras muy particulares, junto con la falta de consulta y consenso entre el gobierno y la sociedad política y civil organizada, hicieron fallar estas políticas en Venezuela. Como resultado, en los años noventa el país comenzó a padecer niveles históricos de inflación, pobreza, desigualdad y violencia social.
Por el contrario, en Venezuela la última dictadura militar había terminado en enero de 1958, y la población sentía esa experiencia como superada y lejana. Así, la democracia cargó con la responsabilidad de aplicar estas políticas de ajuste y asumir sus costos.
El ascenso del populismo y el liderazgo carismático
Inmerso el país en una crisis económica que llevaba ya una década, a fines de los años ochenta vino un segundo evento dramático, cuando el segundo gobierno de Pérez, en 1989, optó por el programa neoliberal formal, ortodoxo y de shock con el FMI. El solo anuncio de esta decisión y la implementación del aumento del precio de la gasolina como una de las primeras medidas del paquete desencadenaron la masiva explosión social conocida en la historiografía como el Caracazo. Multitudes en todas las ciudades del país salieron a protestar. El gobierno, sorprendido por la virulencia del estallido, reaccionó con una represión desproporcionada, que hizo añicos la imagen de una Venezuela estable y democrática. Cientos de muertos fue el saldo en Caracas.
En los años noventa, sin resolverse la crisis económica y ahora también social, llegó la crisis política, al emerger grupos militares aliados con civiles de extrema izquierda para producir dos intentos de golpe de Estado, con el objetivo de desplazar del poder al gobierno de Pérez. Estos militares, si bien fallaron en su objetivo, dejaron al gobierno en una situación vulnerable, pues mucha gente justificó la acción insurreccional al ver la incapacidad, la corrupción, la insensibilidad y/o poca voluntad del gobierno para superar la crítica situación sin cargar todo el costo sobre la población. Quien fuera el líder del primer golpe de Estado ocurrido en febrero de 1992, el teniente coronel Hugo Chávez Frías, comenzó su ascenso como una figura joven, no vinculada a la política de los partidos, capaz de interpretar el disgusto nacional hacia la clase política. El escenario estaba listo para una seducción populista.
Desde que Chávez apareció por cadena nacional comandando el golpe de Estado, el 4 de febrero de 1992, cautivó a las venezolanas y a los venezolanos. Su semblante de joven militar de extracción humilde, no contaminado por la política, y sus breves palabras asumiendo su responsabilidad en el fracaso del golpe, mientras reconocía que sus compañeros de armas lo habían hecho “muy bien” en el interior del país, conmovieron al público. Nació entonces el líder carismático que seis años después ganaría las elecciones presidenciales de la mano de un movimiento electoral coordinado bajo la plataforma de partidos llamado el Polo Patriótico (pp).
El discurso de la polarización política utilizado desde el inicio por Chávez fue un instrumento eficaz para esta meta pues, por una parte, le permitió cohesionar y movilizar a las masas dispersas para acumular fuerza social y ganar las elecciones presidenciales de 1998. Durante la campaña electoral de 1998, Chávez tildó de oligarca y vendepatrias al establishment político, particularmente al ad, el principal del sistema de partidos. A sus dirigentes les amenazó con “freír sus cabezas en aceite”. Consideró que las ciudadanas y los ciudadanos eran víctimas de estas élites corruptas y construyó, como contraparte de estos poderosos, la narrativa de un sufrido y sabio pueblo que votando por él iniciaría su liberación y daría comienzo a una nueva historia para el país.
Chávez dio una explicación creíble de la polarización social ocurrida en las últimas décadas, puso una cara concreta a los responsables, simplificó la complejidad sociopolítica ocurrida y despertó la esperanza, con lo que logró unir en torno a su liderazgo a una sociedad debilitada, indignada y fragmentada. Ese año, Chávez ganó las elecciones con holgura. Con una participación de 63.45% del registro electoral, triunfó con 56% de los votos. Los resultados por municipios y parroquias revelaron que la ciudadanía había votado siguiendo un criterio de clase: la mayoría de pobres y empobrecidos votaron por Chávez, mientras la clase alta y parte de las capas medias, por la oposición.
Erosión institucional y polarización política
La polarización política se convirtió en la línea central del discurso oficial, sustituyendo al discurso de paz y armonía social característico de la era democrática y estigmatizando hasta hoy a quienes no comparten el proyecto bolivariano/chavista. El oficialismo ha recurrido a esta polarización en todas las contiendas electorales, que se transformaron en cuasi plebiscitarias. La propaganda electoral del gobierno es sencilla: votar por cualquier candidato del gobierno a cargos de elección popular o a sus propuestas públicas es votar por Chávez/Maduro o en contra de ellos. Es todo lo que hay que saber. No importan méritos o experiencia de los candidatos o contenidos de las propuestas. Es un juego suma cero.
Otro instrumento ha sido el desprecio de los gobiernos de Chávez y Maduro, junto con las nuevas élites políticas, a la democracia representativa. Entre las primeras acciones del gobierno de Chávez estuvieron la convocatoria y la instalación de una Asamblea Nacional Constituyente para redactar una nueva Carta Magna. La nueva Constitución que emergió del proceso constituyente en 1999, por insistencia de Chávez, cambió el nombre de la república, que pasó a llamarse República Bolivariana de Venezuela, y el régimen representativo venezolano pasó a caracterizarse como una democracia participativa y protagónica.
Con este término, las nuevas élites persiguieron dotar al régimen político emergente de una denominación que lo distanciara del representativo previo. Sin embargo, mientras el gobierno avanzaba en estas iniciativas que producían mejoras y esperanzas, Chávez al mismo tiempo descalificaba y socavaba aspectos clave de la democracia representativa, como la independencia de las ramas del poder público, particularmente la rama judicial, que comenzó a controlar tempranamente. La tolerancia política a las opiniones diferentes y los derechos civiles y políticos de la ciudadanía, así como la libertad de expresión, se debilitaban crecientemente.
El presidente descalificaba a sus oponentes con gran agresividad verbal, y recibía como respuesta posiciones y acciones también altamente polarizadas por parte de fuerzas sociales y políticas, que veían sus posiciones hegemónicas debilitadas y sus intereses en ascuas. De esta manera, para 2005 Chávez había triunfado en todas las confrontaciones, se había quedado con el 100% de las curules para el periodo parlamentario de 2006-2010 y prácticamente había debilitado hasta su casi extinción toda oposición política y social. El líder bolivariano había logrado concentrar un poder inmenso y se encontraba casi sin ningún contrapeso institucional ni político. Otro proceso clave en la comprensión del descalabro de la democracia venezolana fue el control que obtuvo Chávez sobre PDVSA luego del paro petrolero finalizado a inicios de 2003. El gobierno superó la insurrección de su gerencia despidiendo alrededor de 60% del personal.
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