La hipótesis de trabajo de estas páginas parte del hecho de que, en la sociedad y en el estado de derecho occidental de nuestro tiempo, se da por sentado que el mejor sistema de gobierno es el de la democracia. Esta creencia está asumida de tal modo que el calificativo de antidemocrático para un pueblo, un estado o un partido político pretende tacharlo de injusto, anticuado y antimoderno. En la comprensión de término medio de nuestro tiempo ha venido a ser una especie de dogma social y político, tanto entre los entendidos como entre los ciudadanos en general, que el mejor régimen de gobierno para un pueblo es el democrático. O dicho de manera más directa: hoy se da por sobre entendido que todo pueblo, sin excepción, ha de gobernarse democráticamente; y a la exigencia de democracia se la representa conforme a unas imágenes muy determinadas, mediadas por los países cuyos gobiernos son dominantes en términos políticos y, sobre todo, económicos.
La Imperiosa Necesidad de una Crítica a la Democracia
Es esta apelación a la democracia como un ideal incuestionable la que debería arrojar claridad sobre la imperiosa necesidad actual de someter a crítica el dogma contemporáneo de la democracia: no para abandonarla, desde luego, sino para volver de continuo a sus raíces, a sus motivaciones, a sus alcances y también a sus límites. El carácter dogmático de la creencia en la democracia merece ser criticado, puesto en tela de juicio, explorado en sus límites y sus alcances. ¿Por qué precisa empezar una meditación sobre la crítica a la democracia justificando su necesidad?; ¿acaso no pertenece a la esencia de la democracia alimentar en su seno la reflexión sobre sus alcances y sus límites?
La crítica a la democracia ha caído en nuestro tiempo, no pocas veces, en mera palabrería de niveles que no rebasan las habladurías y los chismes políticos, en discusiones y diatribas que no van más allá de los lugares comunes consagrados por la costumbre. Sin embargo, las enfermedades que aquejan a la democracia actual requieren un remedio radical, un logos deliberativo que cale en las raíces mismas de las cosas. El reconocimiento de los límites y alcances del régimen democrático precisa largos rodeos; este reconocimiento no se lo puede hacer de manera directa, inmediata, como si la democracia fuera algo en sí mismo y que, en consecuencia, no tuviera respecto de nosotros la gama de mediaciones que remontan históricamente, incluso, hasta la Grecia de Pericles.
La Democracia como Medio, no como Fin
La democracia no debe ser entendida como algo abstracto, sino como un régimen político en el que decidimos vivir, el cual implica que la elección de nuestros gobernantes no es una imposición sino una decisión colectiva. Sin embargo, la democracia no es, de ninguna manera, un ideal cumplido. Y no lo será jamás, porque pertenece al ámbito de las acciones humanas, de la praxis, es decir, al ámbito de lo que no se hace de una vez y para siempre, sino de lo que ha de hacerse cada vez, en el mejor de los casos, desde las posibilidades en las que nos van instalando las experiencias anteriores. Ni la democracia ni ningún otro régimen es un fin en sí mismo, sino más bien un medio puesto al servicio de la comunidad humana. La conclusión que nos arroja este breve recorrido es que la democracia no es, en definitiva, un fin en sí mismo.
Visiones Históricas: La Crítica Aristotélica y Platónica a la Democracia
Hay un abismo de diferencia entre la democracia de la antigua ciudad griega, horizonte del pensamiento de Aristóteles, cuya filosofía política nos sirve de referencia para esta meditación, y la democracia de los estados modernos y contemporáneos, en virtud de las circunstancias históricas de las diversas épocas. Un principio que está en la base de ambos intentos es más o menos el mismo: que no sea un sólo individuo, o un grupo de individuos, el que tenga el poder de gobernar a la población de manera permanente, sino que el poder de gobernar esté en todos los ciudadanos, en el pueblo. Otro principio, que también está en la base, dice que el régimen de gobierno debe generar las condiciones para que los ciudadanos tengan una vida buena y justa de manera permanente.
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La idealización de la democracia griega es un asunto moderno; los antiguos griegos no vieron en este régimen el ideal de la vida comunitaria. Ni para el Platón de la República y las Leyes, ni para el Aristóteles de la Política y La constitución de Atenas es el régimen de la democracia el ideal a lograr en el gobierno de un pueblo. El propio Aristóteles, en la Política, sabe que el mejor sistema de gobierno es aquel que el pueblo decida darse, asunto que como pueblo habrá de discutir.
La Búsqueda de una Legislación Suficiente: Más Allá de los Mínimos
Todos los que se interesan por la buena legislación [εὐνομίας] indagan acerca de la virtud y la maldad cívicas. Lo que se presume en el texto de la Política que acabamos de citar, en el marco de la tradición donde la investigación de Aristóteles se inscribe, es que la verdadera ciudad será una comunidad [κοινονία]; que para que la ciudad sea una verdadera comunidad, el régimen debe generar condiciones de manera permanente para que sean posibles las virtudes cívicas de los ciudadanos y, en consecuencia, evitar los vicios y las maldades para la comunidad; que, en definitiva, el fin último de la ciudad es formar ciudadanos buenos y justos.
Hagamos algunas distinciones a partir del texto citado. En primer lugar, debe distinguirse entre una legislación buena [εὐνομία] y una que no lo es. La εὐνομία llega hasta el punto de indagar sobre la virtud y la maldad cívicas; la otra, la que no lo es, se detiene en el interés por alianzas y leyes. Un buen régimen político no puede tener como fin último convertir a la comunidad en una mera alianza y a la ley en un mero convenio, que no haga más que garantizar los derechos de los ciudadanos. Esto es lo que se llama una legislación insuficiente, una mala legislación. Ser alianza y ser garantía de los derechos de los ciudadanos, es lo mínimo que debe exigirse enérgicamente a quienes estén al frente de un régimen que tiene como objetivo la búsqueda del bien común, y no los intereses de un grupo. Los costes que paga la comunidad para mantener un régimen político le otorgan un amplio margen para exigir a la ley los máximos, no los mínimos. Y el máximo de la alianza y de la ley es una comunidad pacífica permanente, capaz de hacer buenos y justos a todos los ciudadanos, mediante el λόγος de la deliberación.
La Constitución Humana y la Comunidad del Sentido
¿Cuál es el recurso teórico que nos permite poner en cuestión el dogma de la democracia en sus raíces, tanto históricas como políticas, pero sobre todo ontológicas? La perspicacia de las indagaciones de Aristóteles saca a la luz que el hombre es un animal político [ζῷον πολιτικόν] porque tiene λόγος, y que esta constitución humana es esencial; no accidental, ni algo que pertenezca sólo al orden de la τέχνη. La razón por la cual el hombre es, más que la abeja o cualquier animal gregario, un animal [ζῷον] social [πολιτικόν] es evidente: el hombre es el único animal [ζῷων] que tiene palabra [λόγον].
Los animales humanos y los animales no humanos comparten lo placentero y lo doloroso de la vida en tanto ζῷον, en tanto mera animación, y mediante sonidos que, en el caso de los animales no humanos, son su voz, pueden significarse mutuamente dicho placer y dolor. Pero los animales humanos poseen no sólo la αἲσθησις que significa, la sensación del placer y el dolor, sino además la αἲσθησις que manifiesta el sentido del bien y del mal, el sentido de lo justo y de lo injusto, de lo conveniente y lo dañoso. En los seres humanos la αἲσθησις es λόγος, λόγος estético, motivo por el cual no sólo sienten que tal situación es placentera o dolorosa, sino que al mismo tiempo sienten si esa situación placentera o dolorosa es éticamente buena o mala, justa o injusta, perjudicial o provechosa. Por el λόγος, la vida compartida como ζῷον entre todos los animales, incluidos los seres humanos, llega a ser en éstos, ya no sólo ζῷον, sino βίος, es decir, relato e historia de una vida que es vida humana porque tiene algún sentido determinado que es recogido en la narración de una vida.
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El λόγος αἰσθητός [logos estético] está habitado de un carácter ya no sólo significativo sino sobre todo manifestativo. En este carácter anida la diferencia entre el carácter gregario [ἀγελαίου] de los animales y el carácter comunitario [κοινή] de los seres humanos: la comunidad del sentido de las cosas en el λόγος αἰσθητός es lo que constituye [ποιεῖ] la vida de la ciudad, del Estado, como βίος, mucho antes que lo hagan las alianzas y las leyes, que suelen llegar siempre tarde. Frente a lo que sostiene el contractualismo moderno, a la comunidad no la hace la ley, sino que lo que la constituye con absoluta radicalidad es el λόγος αἰσθητός κοινή, el logos estético común de su sentido del bien, de la justicia, de lo conveniente, lo dañino, lo perjudicial, etc. Los seres humanos sienten que las cosas son buenas o malas, justas o injustas, saludables o dañinas; y lo sienten en común, en κοινονία, no de manera individual.
La Crítica como Pilar para un Buen Gobierno
En segundo lugar, la cita de Aristóteles nos da el apoyo para distinguir a los que se interesan por la buena legislación, que se reconocen porque indagan sobre la virtud y la maldad cívicas, de los que no se interesan por la buena legislación y que se reconocen en que son vocingleros que justifican teoréticamente una determinada ideología o, en el peor de los casos, la ideología del grupo en el poder. En tercer lugar, hay que decir que precisamente estas distinciones son las que abren el espacio para la crítica, bienvenida siempre en una sociedad madura. Los buenos gobernantes nunca pueden estar seguros de ir en el camino correcto. Por eso sus intereses por una buena legislación precisan la visión de la indagación, la reflexión y la meditación sobre las virtudes cívicas; un buen gobierno precisa la crítica objetiva, honesta, valiente, no autocomplaciente. Un mal gobierno, un gobierno que no está interesado ni siquiera por alianzas para el bien común, sino por meros intereses particulares; que no está interesado ni siquiera por la protección de los derechos elementales de los ciudadanos, y mucho menos por la promoción de las virtudes cívicas para el estado, lleva muy mal las críticas a sus gestiones, pues en el mejor de los casos las asume como ataques. Criticar la democracia es ponderarla prudentemente, reconocerle sus alcances y sus límites, objetivamente señalarle sus virtudes, sus vicios y sus desviaciones. La ponderación recae sobre la democracia tal como de hecho es en este régimen en el que vivimos, tal como ha llegado a ser entre nosotros. Y la crítica no la debe dejar incólume, porque la democracia es sobre todo capacidad y posibilidad de deliberación.
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