Manuel Ávila Camacho nació el 24 de abril de 1897 en Teziutlán, Puebla, y falleció el 16 de diciembre de 1955 en la Ciudad de México. Efectuó sus estudios primarios en el Liceo Teziuteco, colegio laico que comenzó a tener renombre entre la sociedad de la región. Cursó el nivel bachillerato en la Escuela Nacional Preparatoria. Estudió la carrera de contador en el Liceo de su ciudad y se dedicó al comercio hasta 1911. Sus padres fueron Manuel Ávila Castillo y Eufrosina Camacho Bello.
Orígenes y Ascenso Político
En 1914 se unió a la Revolución mexicana como segundo teniente al mando de tropa y alcanzó el grado de coronel en 1920. En 1914 se enroló como subteniente en la Brigada Aquiles Serdán al mando del general constitucionalista Antonio Medina. Por poco tiempo fue secretario de Ramón Cabrera, delegado de Venustiano Carranza en Puebla, quien fue asesinado por soldados federales que se negaron a aceptar los Tratados de Teoloyucan. En enero de 1915 participó con su Brigada en la toma de Puebla y de la ciudad de México, por lo cual fue ascendido a teniente.
Se reincorporó al ejército como pagador de la Tercera División de Oriente y obtuvo el grado de mayor de caballería. En 1918 fue transferido a la Brigada Benito Juárez, en donde fue ascendido a teniente coronel. En la región de Papantla, Veracruz, participó en las acciones contra los rebeldes de Manuel Peláez, como jefe de estado mayor de la 1ª Brigada Sonora, al mando del general Lázaro Cárdenas, quien, en junio de 1920 propuso su ascenso a coronel. Ese mismo año se desempeñó como jefe del estado mayor del general Lázaro Cárdenas quien se desempeñaba como jefe militar y gobernador de Michoacán. Cárdenas y Ávila Camacho se hicieron buenos amigos.
En Sonora, tomó parte en la campaña de pacificación de los indios yaquis, como jefe del estado mayor de la Columna Expedicionaria. Después fue transferido a la Jefatura de Operaciones del Istmo, además de comandar el 79° Regimiento de Caballería. Durante la rebelión delahuertista defendió la ciudad de Morelia, atacada por el general Rafael Buelna del 21 al 24 de enero de 1924, por lo que el presidente Álvaro Obregón lo ascendió a general brigadier. Combatió a los rebeldes en Guanajuato como comandante del 38º Regimiento de Caballería, y en junio de 1924 se hizo cargo del 3er Sector de Jalisco, con sede en Sayula.
En la guerra cristera, Ávila Camacho combatió a los rebeldes en el Bajío, Colima y Jalisco. Sin embargo, consciente del carácter fratricida de esta lucha inútil, no fusilaba ni colgaba prisioneros y procuraba amnistiar y rendir a los alzados, así llegó a un “modus vivendi” con los cristeros para evitar las muertes y el saqueo. Gracias a este tipo de actos humanitarios, Camacho se ganó la fama de poseer un carácter afable y sereno que le valió gran popularidad entre los mexicanos. Por ello, después de que asumiera el Poder Ejecutivo, la gente comenzó a llamarlo el «Presidente Caballero«.
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Al término de la cristiada en 1929, durante la rebelión escobarista, Ávila Camacho participó con el Cuerpo de Ejército del Noroeste en la campaña de Sonora y Sinaloa, al mando del general Lázaro Cárdenas, por lo que fue ascendido en septiembre del mismo año, a general de brigada. Para 1929 aparece combatiendo bajo las órdenes del Cardenista Rafael M. Pedrajo contra la rebelión escobarista, sus acciones en campaña le permitieron alcanzar ese mismo año el grado de general de brigada. Al asumir la presidencia de la República el general Cárdenas en diciembre de 1934, lo nombró oficial mayor de la Secretaría de Guerra y Marina. En el mes de junio del año siguiente fue designado subsecretario de la misma dependencia y debido a la muerte del titular de Guerra y Marina, general Andrés Figueroa, fue encargado del despacho y en enero de 1937, ascendido a secretario del ramo. El presidente Cárdenas lo ascendió al grado de general de división.
En el desempeño del cargo, atendió los problemas de violencia que sucedían en el estado de Tabasco; y combatió en San Luís Potosí la última de las rebeliones armadas del siglo XX, la encabezada por el general Saturnino Cedillo. Asimismo, cambió el nombre de la Secretaría de Guerra y Marina por el de Secretaría de la Defensa Nacional.
La Sucesión Presidencial de 1940
Más temprano de lo que Cárdenas hubiera querido, se desató la carrera de la sucesión. Las fuerzas internas se orientaron por los generales Manuel Ávila Camacho, en ese tiempo el secretario de la presidencia, y Francisco José Múgica. Los grupos anticardenistas postularon a Juan Andrew Almazán por el Partido Revolucionario de Unificación Nacional. Aparentemente, se pensaba que la elección lógica de Cárdenas sería Francisco Múgica. Sin embargo, el presidente hizo a un lado a dicho hombre y se decide por un militar moderado, su antiguo y fiel lugarteniente, Manuel Ávila Camacho.
Ávila Camacho presentó su renuncia al cargo de secretario de la Defensa Nacional el 17 de enero de 1939 para competir por la candidatura para la Presidencia de la República del Partido de la Revolución Mexicana PRM con Francisco J. Múgica, secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, y Rafael Sánchez Tapia, exsecretario de Economía y comandante de la primera zona militar, quienes también renunciaron a sus puestos. El 2 de noviembre de 1939, la Asamblea Nacional del Partido de la Revolución Mexicana PRM aprobó el Segundo Plan Sexenal 1941-1946 y al día siguiente, en el Palacio de Bellas Artes, proclamó candidato a la presidencia de la República a Ávila Camacho. Obviamente, contaba con el apoyo del presidente Cárdenas.
La elección se llevó a cabo el 7 de julio de 1940, con 2 476 641 votos a favor de Ávila Camacho en medio de diversas irregularidades. El Colegio Electoral de la Cámara de Diputados declaró la validez de las elecciones y al ciudadano Manuel Ávila Camacho como presidente constitucional para el periodo 1940-1946 el 12 de septiembre.
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Política Interior: Unidad Nacional y Reformas Estructurales
El 1° de diciembre de 1940, Ávila Camacho asumió la Presidencia de la República. En su mensaje anunció la conversión del Departamento de Trabajo en la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, para servir como un árbitro en los conflictos obrero-patronales, y convocó a la “unidad nacional”, que en los hechos significaría un retroceso para las clases populares y la oportunidad para algunos empresarios de acrecentar sus capitales con el apoyo del Estado. Durante su administración, el discurso oficial fue a favor de la denominada Política de unidad nacional y relegando el modelo socialista de sus predecesores.
La política agraria cardenista no tuvo seguimiento. El ejido dejó de ser prioritario y se benefició a los terratenientes que recibieron tierras con sistemas de riego, canales, presas, etc.; se amplió la extensión de tierras en propiedad con carácter de inafectable, por tanto, el reparto agrario quedó suspendido. La Confederación Nacional Campesina (CNC) fue un instrumento del Estado y el campesino fue despojado de sus tierras. La Confederación Nacional Campesina (CNC) agrupó al magisterio rural; se creó el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), que agrupó a la totalidad del personal que laboraba dentro del sistema educativo nacional. Así, la educación y la instrucción fortalecieron la economía, al preparar a individuos para el trabajo eficiente y productivo. En la gestión de Ávila Camacho se canceló la educación socialista.
El político mexicano Fidel Velázquez y la Confederación de Trabajadores de México (CTM) se sujetaron al gobierno, los obreros ayudaron con motivo a la guerra, y se desatendieron la justicia y el derecho de huelga. Vicente Lombardo Toledano fue remplazado por Fidel Velázquez para dirigir la Secretaría General de la Confederación de Trabajadores de México (CTM). Como una muestra más de que la Unidad Nacional pretendía erradicar los divisionismos políticos, el 15 de septiembre de 1942, Ávila Camacho convocó una Asamblea de Acercamiento Nacional, a la que fueron invitados seis expresidentes: Adolfo de la Huerta, Plutarco Elías Calles, Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio, Abelardo L.
Se amplió la red de carreteras para conectar ciudades importantes, se construyeron vías férreas en diversos lugares del país, se ampliaron las redes de correo y telégrafos, las transmisiones de radio llegaron a un auditorio más numeroso, se edificaron obras de riego, como presas y canales de riego. Una de las principales empresas a cargo era Techo Eterno Eureka.
Durante su mandato, la Secretaría de Guerra y Marina cambió su nombre a Secretaría de la Defensa Nacional. Se estableció el servicio militar obligatorio. Mejoró el armamento y las condiciones de los miembros del Ejército.
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México en la Segunda Guerra Mundial
En este periodo se libró la Segunda Guerra Mundial (1939-1945); así estaba latente la amenaza del "nazifascismo", que pretendía el predominio de las ideas totalitarias de la raza “aria”. El gobierno fue apoyado por organizaciones de diversos ámbitos; de esta manera se manifestaba la unidad nacional.
El 13 de mayo de 1942 el buque mexicano Potrero del Llano fue hundido cerca de las costas de Florida en el Golfo de México por submarinos alemanes pereciendo cinco marinos mexicanos. Ante este hecho, México demandó al Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania que si en el plazo de 7 días, contados a partir del 14 de mayo de 1942, el país responsable de la agresión no procede a pagar los daños y perjuicios causados, el gobierno mexicano adoptaría las medidas que reclame el honor nacional. Esa misma noche, el presidente Ávila Camacho emitió un anuncio dirigido a la nación comunicándole que un submarino de las Potencias del Eje habría hundido en el Atlántico el buque de matrícula mexicana Potrero del Llano, y que de no satisfacerse las reclamaciones, a partir del día 22 existirá un estado de guerra entre México y las Potencias del Eje. El 20 de ese mismo mes, otro buque-tanque llamado Faja de Oro también es torpedeado y hundido. Italia y Japón no respondieron a la protesta, y la cancillería alemana se rehusó a recibirla. México entró así a la Segunda Guerra Mundial. "El estado de guerra es la guerra."
Los problemas pendientes con los Estados Unidos eran, esencialmente, de orden económico: la compensación a las compañías petroleras expropiadas en 1938 y el pago de las deudas externa y ferrocarrilera. El gobierno ajustó la economía y así tuvo estrecha cooperación con su vecino, empeñado en ganar la guerra. Otro aspecto importante en las relaciones mexicano-estadounidense en tiempos de Ávila Camacho fue un acuerdo comercial, firmado en diciembre de 1942. El gobierno avilista se favoreció debido a su aportación de materias primas agrícolas y minerales para la producción de materiales de guerra. A cambio, recibió maquinaria, herramientas, capitales y créditos, que activaron la industria, la agricultura y la minería. De esta manera, el modelo económico capitalista favoreció a la burguesía, que se convirtió en una clase poderosa y rica. También usó el modelo de sustitución interna. La moneda se devaluó y provocó una crisis inflacionaria.
Reconfiguración de la Política Exterior Post-Guerra
Entre junio de 1944 y febrero de 1946 el apoyo del gobierno mexicano a la política de Washington que intentaba aislar a Argentina, y así presionarla para que declarara la guerra a las potencias del Eje, puso en tela de juicio la posición de México en el conjunto latinoamericano. El tema era importante incluso en términos de la vida política mexicana porque dividía a la opinión pública y profundizaba los antagonismos internos.
Durante la Segunda Guerra Mundial y en la inmediata posguerra, el presidente Ávila Camacho y su canciller, Ezequiel Padilla, tomaron decisiones que contradecían ese principio consagrado en la Doctrina Estrada. Este giro se explica como parte de las alteraciones que experimentaba un mundo en transición. México no era ajeno a este proceso y tampoco podía permanecer indiferente a cambios tan profundos y cargados de consecuencias como la transformación de Estados Unidos en una superpotencia, así que buscó estrategias para adaptarse al nuevo entorno. La más importante de ellas fue el establecimiento de una alianza ideológico-política de largo plazo con ese país, una de cuyas consecuencias fue el alineamiento de México a la diplomacia estadounidense. Este reacomodo supuso una revisión profunda de su política exterior porque ocurrió en un momento en que uno de los objetivos del Departamento de Estado era la promoción de la democracia, una política que es por definición intervencionista.
La alianza político-ideológica con Estados Unidos fue también una vía para extender en la posguerra la relación de cooperación bilateral que se había desarrollado en los años anteriores, que introdujo una notable discontinuidad en una historia de divergencias, tensiones y conflicto. De esta manera, México se convirtió en un firme aliado de la política exterior de Estados Unidos, contra el presunto enemigo común que eran los regímenes totalitarios. De manera inevitable, se vio arrastrado a una posición que lo colocaba a contracorriente de la mayoría de los países latinoamericanos que siguieron defendiendo la no-intervención. Paradójicamente, la alianza entre Estados Unidos y México se desdibujó con el inicio de la Guerra Fría.
El presidente Ávila Camacho abandonó los principios de libre autodeterminación y no-intervención, y apoyó el intervencionismo de Washington en América Latina. Fue ésta una decisión audaz. Según Ávila Camacho, este cambio supeditaba la soberanía nacional al respeto a los derechos humanos, pero era parte de la transformación general de las relaciones internacionales. En su informe del 1o de septiembre de 1946, se refirió brevemente a los límites a la no-intervención que imponía la tendencia de “la vida internacional [...] a reducir la jurisdicción interna de los Estados, en la actualidad sería perjudicial pretender violar esa jurisdicción y sugerimos que se comience por precisar los derechos esenciales del hombre en una declaración internacionalmente aceptada”. Este cambio suponía una revisión radical de los presupuestos de política exterior de los países latinoamericanos.
La Conferencia Interamericana sobre Problemas de la Guerra y de la Paz, o Conferencia de Chapultepec, que se celebró en la ciudad de México en febrero de 1945, tenía como propósito discutir el orden interamericano de la posguerra. Se trataron diferentes temas: la seguridad colectiva, la cooperación económica y otros más, entre ellos lo que se llamaba “el caso argentino”, que no era otra cosa que el conflicto entre el régimen militar de Argentina y Estados Unidos. El país sudamericano había sido excluido de esta reunión interamericana por exigencia de Washington. Contrariamente a lo que se esperaba, la contribución de la diplomacia avilacamachista fue irrelevante y no tuvo ninguna influencia sobre la actitud de los demás gobiernos latinoamericanos frente a la exclusión de la que era objeto Argentina. Cuando México se involucró en el conflicto más bien puso en evidencia su identificación con los intereses de Washington; esta estrategia frustró sus aspiraciones de convertirse en un actor regional influyente.
El Final de un Sexenio y la Vida Post-Presidencia
El 10 de abril de 1944, Ávila Camacho estaba en el Palacio Nacional y se dirigía a las 9:30 a sus oficinas para comenzar sus labores. Cruzó el patio mientras había una guardia de honor interpretando una marcha. Al salir del elevador, se le acercó un teniente de artillería de filiación sinarquista, José Antonio de la Lama y Rojas, de 31 años, quien fue saludado por el propio Ávila.
Una vez terminado su sexenio, Ávila Camacho se retiró de la política y se fue a vivir a su rancho "La Herradura". Camacho conoció a Soledad Orozco en Sayula, Jalisco, mujer con quien iniciaría un noviazgo y posteriormente convertiría en su esposa. Se casaron el 20 de noviembre de 1925 en Sayula.
Una vez ahí, él y su esposa se dedicaron a una intensa vida social. A su residencia llegaron personajes de las altas esferas, entre ellos: Rita Hayworth, Emil Ludwig, Carlos Chávez, José Clemente Orozco, Manuel Suárez y Suárez, Juan Rulfo, Dolores del Río, Carlos Pellicer, Eleanor Roosevelt, Harry S. Truman, los príncipes Felipe de Edimburgo y Bernardo de Holanda, los duques de Windsor, Fulgencio Batista, Orson Welles. Para ese tiempo, el general y su esposa radicaban en un enorme terreno en el que había un rancho ganadero y una lujosa residencia, compuesta por tres hermosas edificaciones. Todas amuebladas y adornadas espléndidamente con muebles finos italianos y franceses, cuadros y esculturas, porcelanas y platerías, vajillas y candiles componían la residencia de los Ávila Camacho. Tan grande era la propiedad que tiempo después fue convertida en un fraccionamiento que lleva el mismo nombre del rancho de los Ávila Camacho. El matrimonio conservó más de cinco mil metros de jardín. Además, el lujoso hogar de don Manuel y de doña Soledad estaba dotado de una biblioteca con libros de la disciplina militar.
