Cuando Nadie los Acusaba: El Impactante Viaje de la Inmundicia al Triunfo Espiritual que Cambiará Tu Vidapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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En el corazón de la experiencia humana, la condena y la acusación han sido sombras persistentes. Sin embargo, las Escrituras revelan un contexto donde tales cargas son levantadas, sea por la compasión divina o por la victoria de un sacrificio redentor. Examinemos dos relatos poderosos que ilustran cómo, en situaciones límite, se disipa la acusación.

La Mujer con Flujo de Sangre: Una Acusación Silenciosa Bajo la Ley

La antigua ley mosaica definía estrictamente los estados de pureza e impureza, imponiendo una severa marginación social a aquellos considerados inmundos. La menstruación, por ejemplo, era un signo de inmundicia que trascendía a la propia mujer, contaminando todo aquello que tocaba.

Levítico 15:19-24 detalla esta realidad:

  • Cuando la mujer tuviere flujo de sangre, y su flujo fuere en su cuerpo, siete días estará apartada; y cualquiera que la tocare será inmundo hasta la noche.
  • Todo aquello sobre que ella se acostare mientras estuviere separada, será inmundo; también todo aquello sobre que se sentare será inmundo.
  • Y cualquiera que tocare su cama, lavará sus vestidos, y después de lavarse con agua, será inmundo hasta la noche.
  • También cualquiera que tocare cualquier mueble sobre que ella se hubiere sentado, lavará sus vestidos; se lavará luego a sí mismo con agua, y será inmundo hasta la noche.

En este contexto, encontramos a una mujer con flujo de sangre desde hacía doce años. Su condición no solo era una aflicción física, sino una condena social y religiosa que la mantenía en aislamiento. Ella no quería ser vista, no quería ser detectada, es más, no podía serlo; todo lo que tocara se haría inmundo. No obstante, la mujer había pergeñado un plan.

El Plan Oculto y la Intervención Divina

Su estrategia era seguir a Jesús sigilosamente, como una leona que espera entre la hierba el momento adecuado para su ataque, pasando inadvertida, a escondidas, haciéndose invisible, sin que nadie notara su presencia. Esperó el momento en que una multitud se agolpara sobre el maestro, o que algún hecho distractor surgiera imprevistamente.

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Milagrosamente para ella, aparece un tal Jairo, que es una autoridad reconocida. Él viene desesperado abriendo camino, quiere llegar a Jesús, quiere hablar con él. Todos los ojos de la multitud se posan en Jairo. Nunca había sucedido que semejante autoridad de una sinagoga se rebajara a buscar a Jesús e intentara hablarle públicamente. Es más, todos saben que en la sinagoga Jesús es alimento para las críticas y las condenas. Pero lo que dejó boquiabiertos a todos no fue esto, sino que Jairo, al llegar frente a Jesús, se arrodillara a sus pies y le rogara, le implorara desesperadamente que lo acompañara a su casa para sanar a su hija. Esto sí que era una locura directamente. Nadie lo podía creer. Era la noticia del momento.

La mujer supo que este era su momento, que el cielo había preparado una situación única beneficiosa para ella. Ahora sí que nadie la veía, se había transformado en nada. No existía en la historia, no existía en el relato. Fue una sensación única e indescriptible, pero a la vez inconfundible. Mateo 9:20 relata que ella se acercó por detrás y tocó el borde de su manto, porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto, seré salva. Su plan había sido consumado exitosamente. Estaba sana.

De repente la multitud se detiene. Los protagonistas de la procesión se han detenido. Jesús se ha detenido. Jairo se ha detenido. Todo el mundo se detiene. El tiempo se detiene. ¡Lo inesperado! ¡La gente realmente estaba sorprendida! Pero toda su vida había sido así, agachada, invisible, intocable. Ya no había nada que perder. Por eso, temiendo y temblando (Marcos 5.33), es ella ahora quien se abre paso ante la multitud, intentando, cual Moisés, el cruce de un mar rojo distinto: Rojo de ojos malditos, que miran llenos de juicio, de mentes que piensan mentiras, de lenguas que hablan calumnias, de manos que extienden su dedo asesino para señalar a la INMUNDA.

Ella se postra ante Jesús y le cuenta la verdad. Se entrega. Mateo 9:22 registra que Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Sorprendentemente para todos los allí presentes, Dios quiere demostrarle al mundo que no hay mar rojo que lo pueda desafiar. Que Jesús ya no trabajaba con los códigos del antiguo sistema.

Satanás: El Acusador de Nuestros Hermanos

El concepto de "acusador" no se limita solo a las normas sociales o religiosas. Las Escrituras revelan un acusador cósmico: Satanás. El diablo, cuyo nombre griego es “diaballo” (diaballw), significa difamar e injuriar. Uno de sus objetivos principales es difamar a Dios delante del creyente para separarlo de su confianza en el amor y la redención de Dios. El diablo ciertamente está ocupado difamando y dividiendo a la iglesia. Su propósito es provocar que el Dios del cielo le dé la espalda a sus hijos desobedientes. Y él puede hacer esto porque tiene razones como para acusarnos. Diariamente, nosotros le ofrecemos a Satanás más municiones para que use en contra nuestra.

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Apocalipsis 12:10 llama a Satanás el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche. Satanás y sus fuerzas invisibles gritan sus acusaciones acerca de nosotros en la presencia de Dios y susurran acusaciones acerca de Dios en nuestros oídos. Él "anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar" (1 Pedro 5:8).

La Batalla Celestial y la Victoria del Cordero

El contexto de Apocalipsis 12:10 describe una batalla cósmica entre un gran dragón rojo (identificado como Satanás en Apocalipsis 12:7) y las huestes angelicales del cielo. Juan revela que una batalla tomará lugar en el cielo en el contexto de la gran tribulación. En este pasaje, se nos dice en el versículo 7 que Miguel estaba peleando con el dragón. El nombre Miguel, viene del Hebreo Mi-cay-el y significa ¿quién es como Dios?

La primera vez que leemos acerca de Miguel es en el Antiguo Testamento, en el libro de Daniel. Se nos dice, en Daniel capítulo 10, que Daniel había estado orando para poder entender la revelación de Dios. Después de tres semanas de oración, el arcángel Gabriel lo visita. Por 21 días, un demonio conocido simplemente como el que estaba trabajando en el reino de Persia intercepta a Gabriel y empieza a pelear con él. Dios eventualmente envía a otro ángel - Miguel - para ayudar a Gabriel. Gracias a ello, ahora, Gabriel está delante de Daniel con la respuesta.

Es muy importante que consideremos esta realidad bíblica, y así mantener una visión equilibrada acerca del mundo de los demonios y el rol del creyente en la batalla espiritual. Dios no necesitaba que Daniel venciera al Príncipe de Persia. Y en Apocalipsis 12, Él no necesita que los creyentes que ya están en el cielo lo ayuden a sacar a Satanás del cielo. Aun Satanás, el gran dragón, será vencido y confinado temporalmente por solo un ángel anónimo - quien obviamente recibe su poder por la voluntad y orden de nuestro soberano Dios.

En el cielo se oye un grito mientras Satanás y sus demonios reciben una restricción permanente, y ya no pueden presentar ninguna acusación legal en contra de los redimidos. El acusador de todos los redimidos es exiliado a la tierra. Él es expulsado por siempre de la corte celestial.

A lo largo de los siglos, el gran dragón, Satanás, ha despreciado la misericordia, el amor, la gracia y el perdón que Dios derrama sobre los creyentes en Jesucristo. Con una determinación implacable y malvada, el diablo nos persigue, obsesionado con destruir nuestro caminar con Dios y hacernos volver a una prisión espiritual. El objetivo incansable de Satanás en la vida de cada cristiano es impedir, perturbar y cortar su relación con Dios. Pero el único poder real que el diablo tiene sobre los creyentes es echarnos en cara nuestros pecados y transgresiones. Él es el acusador.

La Sangre del Cordero: El Fin de la Acusación

Afortunadamente, el sacrificio de Cristo ha resuelto eficazmente el problema. Las Escrituras nos ofrecen imágenes vívidas de la obra redentora de Cristo en la cruz. Pedro explica que Dios pagó un rescate para salvarnos de nuestra antigua forma de vida vacía. No fue pagado con oro ni plata, los cuales pierden su valor, sino que fue con la preciosa sangre de Cristo, el Cordero de Dios, que no tiene pecado ni mancha (1 Pedro 1:18-19, NTV).

Cuando Jesucristo murió, Su preciosa sangre compró para Dios a gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación (Apocalipsis 5:9). Satanás intenta condenarnos, pero nosotros vencemos por la sangre del Cordero. Por tanto, ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha libertado de la ley del pecado y de la muerte (Romanos 8:1-2).

El apóstol Pablo pregunta: ¿Quién se atreve a acusarnos a nosotros, a quienes Dios ha elegido para sí? Nadie, porque Dios mismo nos puso en la relación correcta con él. Entonces, ¿quién nos condenará? Nadie, porque Cristo Jesús murió por nosotros y resucitó por nosotros, y está sentado en el lugar de honor, a la derecha de Dios, e intercede por nosotros (Romanos 8:33-34, NTV).

Pablo les dice a los colosenses: Pues ustedes fueron sepultados con Cristo cuando se bautizaron. Y con él también fueron resucitados para vivir una vida nueva, debido a que confiaron en el gran poder de Dios, quien levantó a Cristo de los muertos. Ustedes estaban muertos a causa de sus pecados y porque aún no les habían quitado la naturaleza pecaminosa. Entonces Dios les dio vida con Cristo al perdonar todos nuestros pecados. Él anuló el acta con los cargos que había contra nosotros y la eliminó clavándola en la cruz. De esta manera, desarmó a los gobernantes y a las autoridades espirituales. Los avergonzó públicamente con su victoria sobre ellos en la cruz.

No debemos permitir que el diablo nos engañe con mentiras y acusaciones. Todos los cargos que puede presentar contra nosotros han sido cancelados, clavados en la cruz y vencidos por la sangre del Cordero. Puede parecer extraño que, en Apocalipsis 12, un dragón furioso sea vencido por un cordero sacrificado. Los corderos no suelen considerarse cazadores de dragones. Pero tal es el poder y la eficacia de la muerte de Cristo. Gracias a la sangre derramada por Cristo en la cruz, el pecado ha perdido su poder sobre nosotros.

La Proclamación de la Victoria

El libro de Apocalipsis, en su capítulo 12 versículo 10, es una poderosa proclamación de la derrota del acusador. Diversas traducciones bíblicas resaltan esta verdad fundamental:

Versión Bíblica Fragmento Clave (Apocalipsis 12:10)
RVR1960 "...porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche."
NTV "...el acusador de nuestros hermanos -el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche- ha sido lanzado a la tierra."
Conferencia Episcopal Española "...ha sido expulsado el acusador de nuestros hermanos, el que día y noche los acusaba delante de nuestro Dios."
Dios Habla Hoy (DHH) "...Ha sido reducido a la impotencia el que día y noche acusaba a nuestros hermanos delante de nuestro Dios."

Nuestra verdadera batalla es espiritual. La comisión de parte de Jesucristo es clara. Él no dijo, id y atad demonios; sino id y haced discípulos. No se nos dice que debemos orar por más ángeles para la batalla, sino por más obreros para Su mies. El poder no está en nosotros - o nuestras palabras - sino en el evangelio, el cual es el poder de Dios para salvación (Romanos 1:16).

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