La parábola del fariseo y el recaudador de impuestos, narrada en el Evangelio de Lucas, es una de las enseñanzas más impactantes de Jesús. Esta historia confronta las actitudes de autojustificación y desprecio hacia los demás, invitando a la reflexión sobre la verdadera humildad y la necesidad de la misericordia divina.
Contexto y Propósito
Lucas presenta esta parábola con un propósito claro: prevenir a los cristianos de dos grandes males: sentirse superiores y despreciar a los demás. Jesús utiliza esta narración para ilustrar la importancia de la oración y la humildad, destacando cómo Dios responde a aquellos que se acercan a Él con un corazón contrito.
Jesús, al ver la actitud de los judíos que se sentían justos y santos, expone esta parábola para instruir a sus discípulos. Subrayando la necesidad de seguir orando, Lucas tiene objetivos precisos para el cristiano.
Los Personajes
El Fariseo
El fariseo, seguro de su rectitud, se presenta ante Dios con una actitud de autojustificación. Su oración se centra en enumerar sus logros y méritos, destacando su cumplimiento de la ley y su superioridad moral sobre los demás.
El fariseo ora de pie, seguro y sin temor alguno. Su conciencia no le acusa de nada, cumple fielmente la Ley, e incluso la sobrepasa. No se atribuye a sí mismo mérito alguno, sino que todo lo agradece a Dios: «¡Oh, Dios!, te doy gracias». Si este hombre no es santo, ¿quién lo va a ser? Seguro que puede contar con la bendición de Dios.
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El fariseo, de pie, oraba así en voz baja: -Oh Dios, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres, ladrones, injustos, adúlteros, o como ese recaudador de impuestos.
Su oración es una muestra de arrogancia, crítica, superioridad y una soberbia actitud. Para otros esas gracias a Dios verdaderamente mostraban la intención de un hombre que lucha por no pecar, por ser diferente a los pecadores que ofenden a Dios.
El fariseo está plenamente satisfecho de sí mismo, ante su conciencia y ante Dios; solo tiene ojos para sí mismo. El fariseo centrado en sí mismo no salió justificado, ya se había justificado a sí mismo y por sí mismo.
El Recaudador de Impuestos
El recaudador de impuestos, consciente de su pecado y su indignidad, se acerca a Dios con humildad y arrepentimiento. Reconoce su condición de pecador y suplica la misericordia divina.
El recaudador, por el contrario, se retira a un rincón. No se siente cómodo en aquel lugar santo. No es su sitio. Ni siquiera se atreve a levantar sus ojos del suelo. Se golpea el pecho y reconoce su pecado. No promete nada. No puede dejar su trabajo ni devolver lo que ha robado. No puede cambiar de vida. Solo le queda abandonarse a la misericordia de Dios: «¡Oh Dios!, ten compasión de mí, que soy pecador».
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El recaudador de impuestos, de pie y a distancia, ni siquiera alzaba los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: -Oh Dios, ten piedad de este pecador.
El publicano reconoce con honda sinceridad que es pecador; está en el camino de la verdad. Da el primer paso a la conversión.
La Enseñanza de Jesús
Jesús concluye la parábola con una afirmación sorprendente: el recaudador de impuestos regresa a casa justificado, mientras que el fariseo no. Esta declaración desafía las expectativas de los oyentes, quienes esperaban que Dios favoreciera al hombre religioso y cumplidor de la ley.
De pronto, Jesús concluye su parábola con una afirmación desconcertante: «Yo os digo que este recaudador bajó a su casa justificado, y aquel fariseo no». A los oyentes se les rompen todos sus esquemas.
Jesús destaca las actitudes de estos dos personajes: Les digo que éste volvió a casa absuelto y el otro no. Porque quien se alaba será humillado y quien se humilla será alabado.
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La enseñanza central de la parábola es que la verdadera justicia no se basa en los méritos propios, sino en la misericordia de Dios. La humildad y el arrepentimiento son las llaves para recibir el perdón divino y ser justificados ante sus ojos.
Si es verdad lo que dice Jesús, ante Dios no hay seguridad para nadie, por muy santo que se crea. Todos hemos de recurrir a su misericordia. Cuando uno se siente bien consigo mismo, apela a su propia vida y no siente necesidad de más. Cuando uno se ve acusado por su conciencia y sin capacidad para cambiar, solo siente necesidad de acogerse a la compasión de Dios, y solo a la compasión.
En la figura de Mateo, los Evangelios nos presentan una auténtica paradoja: quien se encuentra aparentemente más lejos de la santidad puede convertirse incluso en un modelo de acogida de la misericordia de Dios, permitiéndole mostrar sus maravillosos efectos en su existencia.
Lecciones para Hoy
La parábola del fariseo y el recaudador de impuestos sigue siendo relevante en la actualidad. Nos invita a examinar nuestras propias actitudes y a reconocer la necesidad de la humildad y la misericordia en nuestra relación con Dios y con los demás. La humildad, no juzgar a los demás, la sinceridad de reconocer sus faltas y la sincera contrición con factores que se elogian para los católicos que quieren dar un giro a la forma de hacer vida el catolicismo.
Nos preocupamos de muchas cosas hoy; hemos eliminado el espacio por el tiempo: no se tiene espacio para el amor de Dios ni para el amor a los demás.
Fue una de las parábolas más desconcertantes de Jesús. ¿Cómo reaccionará Dios ante dos personas de vida moral y religiosa tan diferente y opuesta?
Jesús, Dios diferente y desconcertante, nos ofrece el camino de la felicidad: amar como él, perdonar como él, actuar como él. Jesús es el Camino a seguir hasta la inmolación del Calvario; Jesús es la Verdad para ser proclamada, porque solo el ‘amor explica todo’: la Verdad es el amor. Jesús es la Vida a vivir; solo en él tiene sentido vivir la vida en plenitud.
Lejos pues de visiones imaginarias de Dios, porque Jesús, el Padre y el Espíritu Santo, son un solo Dios, diferente y desconcertante.
