Descubre las Restricciones Inherentes a la Libertad: Naturaleza, Cultura y Enajenación Reveladaspost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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El hombre es un ser que necesita de una sociedad para poder sobrevivir. En este contexto, la discusión sobre la libertad adquiere una relevancia fundamental. El objeto de este ensayo no es el llamado libre arbitrio, sino la libertad social o civil, es decir, la naturaleza y los límites del poder que puede ejercer legítimamente la sociedad sobre el individuo, cuestión que rara vez ha sido planteada y casi nunca ha sido discutida en términos generales, pero influye profundamente en las controversias prácticas del siglo por su presencia latente, y que, según todas las probabilidades, muy pronto se hará reconocer como la cuestión vital del porvenir. La lucha entre la libertad y la autoridad es el rasgo más saliente de esas partes de la Historia con las cuales llegamos antes a familiarizarnos, especialmente en las historias de Grecia, Roma e Inglaterra.

La Naturaleza Humana como Límite y Fundamento de la Libertad

Llamamos naturaleza aquí al modo constitutivo de ser de cada cosa. Y el ser humano posee una naturaleza -expresada en la conocida expresión aristotélica de “animal racional”- que fundamenta su dignidad. La racionalidad es lo específico del ser humano, que le distingue de todo otro ser vivo. El cuerpo humano, constitutivo y expresión de la persona, manifiesta además, y hace patente un decisivo modo de ser: es masculino y femenino. Se manifiesta en su constitución sexuada y sexual desde la raíz de su configuración cromosómica y genética. Pero al mismo tiempo sirve de cauce a una diferente modalización que, pasando por el dimorfismo morfológico -anatomía y fisiología propias y correlativas en el varón y en la mujer-, modula también el modo de sentir, querer y pensar. Y por eso la persona es masculina o femenina.

La dualidad varón-mujer afecta a la persona entera: cuerpo, afectividad, racionalidad, conducta; y por lo tanto también a la cultura y a la vida social, reflejo y objetivación en buena medida de la subjetividad personal. La persona humana es varón o mujer, en referencia recíproca y complementariedad radical. La persona en cuanto varón es para la mujer, y en cuanto mujer es para el varón. Intentar vivir sin contar con nuestra dimensión físico-biológica es intentar romper la unidad constitutiva del ser humano. La ruptura con lo biológico no libera de ataduras, antes bien conduce a lo patológico.

El ser humano se va "construyendo a sí mismo", en cierto modo, pero siempre a partir de su naturaleza, de su modo constitutivo de ser: tiene que contar con ella. No puede "crecer" como pájaro ni como encina... ni como "superhombre". No es esa su naturaleza. Aunque su naturaleza es libre y abierta, es la naturaleza de un ser humano, y este tiene que contar con ella, apoyarse en ella, desarrollarla. La naturaleza humana es un don originario, pero es también una tarea y una caja de sorpresas. Por eso para el ser humano vivir es siempre un riesgo, una aventura moral. Ya que por el uso que haga de su libertad es capaz de lo mejor y de lo peor.

La Cultura como Molde y Restricción Social

Con la cultura, la libertad va dependiendo mucho en el tipo de sociedad donde estés viviendo. Por ejemplo, según la cultura mexicana, es mal visto que una persona no profese ninguna religión, debido a las generaciones mayores. Asimismo, las personas no tienen la libertad de trabajar si no cumplen con ciertas medidas estéticas, por ejemplo cabello de colores, perforaciones, tatuajes o manera de vestir.

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Las singulares características y los valores que representan los bienes que integran el patrimonio cultural los hacen merecedores de una especial protección que la Constitución encomienda a los poderes públicos. Precisamente porque sirven a fines de interés general, la legislación estatal y la autonómica regulan limitaciones a la facultad de disposición de sus propietarios, cuya aplicación suscita algunos problemas de difícil solución. Es el caso de los derechos de tanteo y retracto de la Administración Pública, de las concretas restricciones impuestas a las instituciones eclesiásticas y de las medidas de control de la exportación.

En un mundo y en una sociedad multicultural y multirreligiosa, los campos de visión ética se han ampliado, proliferando las posibilidades interpretativas sobre la realidad, también sobre la dignidad humana. El principio práctico que guía las opiniones sobre la regulación de la conducta humana es la idea existente en el espíritu de cada uno, de que debería obligarse a los demás a obrar según el gusto suyo y de aquellos con quienes él simpatiza.

Para un hombre ordinario, su propia inclinación así sostenida no es sólo una razón perfectamente satisfactoria, sino la única que, en general, tiene para cualquiera de sus nociones de moralidad, gusto o conveniencias, que no estén expresamente inscritas en su credo religioso; y hasta su guía principal en la interpretación de éste. Por tanto, las opiniones de los hombres sobre lo que es digno de alabanza o merecedor de condena están afectadas por todas las diversas causas que influyen sobre sus deseos respecto a la conducta de los demás, causas tan numerosas como las que determinan sus deseos sobre cualquier otro asunto. Algunas veces su razón; en otros tiempos sus prejuicios o sus supersticiones; con frecuencia sus afecciones sociales; no pocas veces sus tendencias antisociales, su envidia o sus celos, su arrogancia o su desprecio; pero lo más frecuentemente sus propios deseos y temores, su legítimo o ilegítimo interés.

Un claro ejemplo de cómo la moralidad se moldea por los intereses de clase se observa en diversas estructuras históricas:

Clase Dominante Clase Subordinada
Espartanos Ilotas
Plantadores Negros
Príncipes Súbditos
Nobles Plebeyos
Hombres Mujeres

Otro gran principio determinante de las reglas de conducta impuestas por las leyes o por la opinión, tanto respecto a los actos como respecto a las opiniones, ha sido el servilismo de la especie humana hacia las supuestas preferencias o aversiones de sus señores temporales o de sus dioses. Este servilismo, aunque esencialmente egoísta, no es hipócrita, y ha hecho nacer genuinos sentimientos de horror; él ha llevado a los hombres a quemar nigromantes y herejes. Es tan natural, sin embargo, a la humanidad la intolerancia en aquello que realmente le interesa, que la libertad religiosa no ha tenido realización práctica en casi ningún sitio, excepto donde la indiferencia que no quiere ver turbada su paz por querellas teológicas ha echado su peso en la balanza.

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La Enajenación de la Libertad: De la Elección Personal a la Tiranía Social

Si buscamos el verbo “enajenar” en Google, podemos darnos cuenta que se refiere a ceder a algo. En este caso se cede a la libertad para que sea otro el que tome las decisiones. Por ejemplo, cuando te invitan a ver una película y te preguntan por tu decisión y tú respondes “la película que tú quieras”, eso es enajenación, estás cediendo tu libertad de elección a otra persona.

A nivel social y político, esta cesión puede tomar formas más complejas. La limitación del poder de gobierno sobre los individuos no pierde nada de su importancia aun cuando los titulares del Poder sean regularmente responsables hacia la comunidad, es decir, hacia el partido más fuerte de la comunidad. Además, la voluntad del pueblo significa, prácticamente, la voluntad de la porción más numerosa o más activa del pueblo; de la mayoría o de aquellos que logran hacerse aceptar como tal; el pueblo, por consiguiente, puede desear oprimir a una parte de sí mismo, y las precauciones son tan útiles contra esto como contra cualquier otro abuso del Poder.

Como las demás tiranías, esta de la mayoría fue al principio temida, y lo es todavía vulgarmente, cuando obra, sobre todo, por medio de actos de las autoridades públicas. Pero las personas reflexivas se dieron cuenta de que cuando es la sociedad misma el tirano -la sociedad colectivamente, respecto de los individuos aislados que la componen- sus medios de tiranizar no están limitados a los actos que puede realizar por medio de sus funcionarios políticos. La sociedad puede ejecutar, y ejecuta, sus propios decretos; y si dicta malos decretos, en vez de buenos, o si los dicta a propósito de cosas en las que no debería mezclarse, ejerce una tiranía social más formidable que muchas de las opresiones políticas, ya que si bien, de ordinario, no tiene a su servicio penas tan graves, deja menos medios de escapar a ella, pues penetra mucho más en los detalles de la vida y llega a encadenar el alma. Por esto no basta la protección contra la tiranía del magistrado.

En consecuencia, la vida humana y su dignidad quedan servilmente en manos de una clase dominante que acabaría decidiendo quién ostenta dignidad y quién no, quien debe vivir y quién no. El acuerdo social establecido por una mayoría, en nombre del “interés general”, otorgaría la potestad de decidir acerca de la vida y el reconocimiento de la dignidad de las personas. A este respecto Benedicto XVI ha prevenido acerca del uso del término “género” (gender): “Lo que a menudo se expresa y se entiende con el término gender se resume en definitiva en la emancipación del hombre respecto a la creación y al Creador. El hombre quiere hacerse por su cuenta y disponer siempre y por sí solo sobre lo que le afecta... Pero de este modo, vive contra la verdad, vive contra el Creador”.

La Evolución Histórica de la Libertad Social y sus Desafíos

En la antigüedad esta disputa tenía lugar entre los súbditos o algunas clases de súbditos y el Gobierno. Se entendía por libertad la protección contra la tiranía de los gobiernos políticos. Se consideraba que éstos (salvo en algunos gobiernos democráticos de Grecia), se encontraban necesariamente en una posición antagónica a la del pueblo que gobernaban. El poder de los gobernantes era visto como necesario, pero también como altamente peligroso; como un arma que intentarían emplear tanto contra sus súbditos como contra los enemigos exteriores.

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Para impedir que los miembros más débiles de la comunidad fuesen devorados por los buitres, era indispensable que un animal de presa, más fuerte que los demás, estuviera encargado de contener a estos voraces animales. Pero como el rey de los buitres no estaría menos dispuesto que cualquiera de las arpías menores a devorar el rebaño, hacía falta estar constantemente a la defensiva contra su pico y sus garras. Por esto, el fin de los patriotas era fijar los límites del poder que al gobernante le estaba consentido ejercer sobre la comunidad, y esta limitación era lo que entendían por libertad.

Se intentaba de dos maneras: primera, obteniendo el reconocimiento de ciertas inmunidades llamadas libertades o derechos políticos, que el Gobierno no podía infringir sin quebrantar sus deberes, y cuya infracción, de realizarse, llegaba a justificar una resistencia individual y hasta una rebelión general. Un segundo posterior expediente fue el establecimiento de frenos constitucionales, mediante los cuales el consentimiento de la comunidad o de un cierto cuerpo que se suponía el representante de sus intereses, era condición necesaria para algunos de los actos más importantes del poder gobernante.

Llegó un momento, sin embargo, en el progreso de los negocios humanos en el que los hombres cesaron de considerar como una necesidad natural el que sus gobernantes fuesen un poder independiente, con un interés opuesto al suyo. Les pareció mucho mejor que los diversos magistrados del Estado fuesen sus lugartenientes o delegados revocables a su gusto. Pensaron que sólo así podrían tener completa seguridad de que no se abusaría jamás en su perjuicio de los poderes de gobierno.

Gradualmente esta nueva necesidad de gobernantes electivos y temporales hizo el objeto principal de las reclamaciones del partido popular, en donde quiera que tal partido existió; y vino a reemplazar, en una considerable extensión, los esfuerzos precedentes para limitar el poder de los gobernantes. Como en esta lucha se trataba de hacer emanar el poder gobernante de la elección periódica de los gobernados, algunas personas comenzaron a pensar que se había atribuido una excesiva importancia a la idea de limitar el poder mismo. Esto (al parecer) fue un recurso contra los gobernantes cuyos intereses eran habitualmente opuestos a los del pueblo.

Lo que ahora se exigía era que los gobernantes estuviesen identificados con el pueblo, que su interés y su voluntad fueran el interés y la voluntad de la nación. La nación no tendría necesidad de ser protegida contra su propia voluntad. No habría temor de que se tiranizase a sí misma. Desde el momento en que los gobernantes de una nación eran eficazmente responsables ante ella y fácilmente revocables a su gusto, podía confiarles un poder cuyo uso a ella misma correspondía dictar. Su poder era el propio poder de la nación concentrado y bajo una forma cómoda para su ejercicio.

Esta manera de pensar, o acaso más bien de sentir, era corriente en la última generación del liberalismo europeo, y, al parecer, prevalece todavía en su rama continental. Pero en las teorías políticas y filosóficas, como en las personas, el éxito saca a la luz defectos y debilidades que el fracaso nunca hubiera mostrado a la observación. La idea de que los pueblos no tienen necesidad de limitar su poder sobre sí mismo podía parecer un axioma cuando el gobierno popular era una cosa acerca de la cual no se hacía más que soñar o cuya existencia se leía tan sólo en la historia de alguna época remota. Llegó, sin embargo, un momento en que una república democrática ocupó una gran parte de la superficie de la tierra y se mostró como uno de los miembros más poderosos de la comunidad de las naciones; y el gobierno electivo y responsable se hizo blanco de esas observaciones y críticas que se dirigen a todo gran hecho existente. Se vio entonces que frases como el “poder sobre sí mismo” y el “poder de los pueblos sobre sí mismos”, no expresaban la verdadera situación de las cosas; el pueblo que ejerce el poder no es siempre el mismo pueblo sobre el cual es ejercido; y el “gobierno de sí mismo” de que se habla, no es el gobierno de cada uno por sí, sino el gobierno de cada uno por todos los demás.

El Ideal de la Libertad Absoluta y sus Consecuencias en la Modernidad

En la Ilustración (siglo XVIII) irrumpió el ideal del hombre que se hace a sí mismo, que no se debe a nadie ni es para nadie, que es el ser supremo para el hombre; y con él la negación de la idea metafísica de que en el ser de las cosas se encierra una exigencia ética. Nos hallamos ante la exaltación de la libertad como valor absoluto. El nuevo paradigma social y ético proyectado en la modernidad pregonó la autodeterminación absoluta, desdibujando la condición del ser humano como creatura. El hombre moderno prefiere construirse un nuevo paraíso donde pueda vivir sin la coacción de árboles prohibidos.

No sólo pretende apoderarse del árbol del bien y del mal, sino que anhela superar la última de las fronteras: hacerse con el árbol de la vida para crearse a sí mismo, y recrear su naturaleza. Alude Ratzinger a las ideas descritas por Huxley en su obra Un Mundo feliz: “El ser humano se ha emancipado definitivamente de su naturaleza: ya no quiere ser un ser natural (...) Y las preguntas que surgen de la profundidad del ser del hombre han sido eliminadas”. Continúa señalando que “Detrás de ese deseo de libertad radical propio de la Edad Moderna se halla claramente la promesa: seréis como Dios... sin depender ni de nada ni de nadie”.

Las consecuencias derivadas de este proceso, en el que se priva de finalidad y sentido intrínsecos a la naturaleza humana, son el escepticismo ante el conocimiento de la verdad y el rechazo de absolutos morales que tutelen el comportamiento de las personas. En el rampante relativismo todo pasa a depender del azaroso juego de las consecuencias, los resultados y los beneficios procedentes de las acciones concretas. Pero “está a la vista de todos lo frágiles que son los consensos, y cómo los grupos partidistas, en un determinado grupo intelectual, pueden imponerse como los únicos representantes justificados del progreso y de la responsabilidad.”

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