La palabra "señora" proviene del latín senior, -ōris, que significa 'más viejo'. Este término ha evolucionado para adquirir múltiples significados y connotaciones a lo largo del tiempo, reflejando tanto respeto como, en ocasiones, incomodidad en la sociedad contemporánea.
Diversas acepciones de la palabra "señora"
El diccionario nos ofrece una amplia gama de definiciones para "señora", algunas de las cuales son:
- Persona que gobierna en un ámbito determinado. Un ejemplo clásico es: "La señora de la casa."
- Persona a la que sirve un criado.
- Persona respetable y de cierta categoría social.
- Persona que muestra dignidad en su comportamiento o aspecto.
- Persona de cierta edad. Por ejemplo: "Una señora y dos jóvenes."
- Se utiliza como término de respeto con el que dirigirse a una persona superior en edad, dignidad o cargo. Como en: "A la orden, señor. Sí, mi señora."
- También se usa como término de cortesía con el que dirigirse a una persona cuyo nombre se desconoce o no se quiere mencionar. Por ejemplo: "Usted perdone, señora."
- En un contexto más formal, se usa como término de cortesía para dirigirse a una persona o mencionarla anteponiéndolo a su apellido, o bien al nombre y apellido precedidos de "don" o de "doña", o al cargo que desempeña. Algunos ejemplos son: "Señor González," "Señora doña Luisa Pérez," "Señora presidenta."
- En América, es común como término de cortesía con que dirigirse a una persona o mencionarla anteponiéndolo a su nombre propio. Por ejemplo: "Señor Juan. Señora María."
- Antiguamente, también designaba a la persona que poseía estados y lugares con dominio y jurisdicción, o con solo prestaciones territoriales, que se convirtieron en mero título nobiliario.
Además, "señora" puede tener usos coloquiales como adjetivo para describir algo distinguido o de buen tono, por ejemplo: "Su madre fue siempre muy señora." O para encarecer la entidad de algo: "Se hizo una señora herida. Se compró una señora casa."
El peso de un apelativo: "señora" y la identidad femenina
A pesar de sus múltiples significados, la palabra "señora" no siempre es bien recibida. No era en absoluto consciente de lo mucho que indignaba a las mujeres esta palabra hasta que empezaron a decírmela cuando llegué a la mitad de mis 20. Como la primera vez que no te piden tarjeta en el bar, recuerdo que un mesero me llamó “señora” y me di cuenta: “Sí, me está hablando a mí”. Como alguien oriunda de Seattle, este término me sonaba extraño y fuera de lugar. Es un cambio de identidad cuando te das cuenta que la gente te mira y ya no ve a una persona joven. Ya no soy parte de los niños inocentes que juegan al fútbol, disfrutan del verano libre y a los que se les dice “el mundo está a tus pies”. Todo esto te va tomando por sorpresa. “Me sorprendió la primera vez que me llamaron señora”, cuenta una joven de 23 años en Reddit.
Orígenes y percepciones generacionales
La palabra “Ma’am” proviene de la palabra francesa “ma dame” (mi señora), que en inglés se convirtió en “madam” y luego en “ma’am” en el siglo XVII, según Merriam-Webster. “Madam” (o “madame” en francés) se utiliza tradicionalmente para referirse a una mujer casada y a las solteras se las llamaba “mademoiselle”, que significa “señorita”, el equivalente a “miss” en inglés. El gobierno francés prohibió el uso oficial de la palabra “mademoiselles” en 2012. Pero las palabras inglesas “miss” (señorita) y “ma’am” (señora) se han mantenido.
“No puedes controlar cómo te ve la gente, pero tienes derecho a afirmar cómo te gustaría que te vieran”, afirma Wright, que señala que intenta utilizar menos esa palabra tras descubrir que muchos la consideran ofensiva y poco inclusiva. Históricamente, se relaciona a la juventud femenina con todo tipo de atributos sociales privilegiados: belleza, fertilidad y capacidad para contraer matrimonio. El primer “señora” de Richards coincide también con su cumpleaños 30, lo que vincula aún más el término al espectro del envejecimiento. Se siente avergonzada por haber alcanzado ese hito sin un marido a su lado y tiene una cita con un cuarentón. Según Wright, “señora” es un término más común entre las generaciones mayores. “Los estudiantes me han dicho que, cuando la oyen, sienten que la gente está siendo manipuladora, que están intentando venderles algo”, dice Wright sobre la percepción de “señora” que tiene la generación más joven.
Las mujeres no son las únicas que rechazan ciertos términos que originalmente pretendían ser respetuosos. “Para mí, es demasiado formal y siento que me hace sentir viejo cuando alguien me dice eso. Prefiero que alguien me diga ‘hola, amigo’ o ‘qué tal, hermano’ a que me llamen ‘señor’”, dijo un hombre de 25 años en Reddit.
Es difícil manejar términos de respeto ligados a la edad, el sexo y el estado civil con desconocidos. Por desgracia, el inglés nos deja pocas alternativas. ¿Qué se supone que debemos decir? Por supuesto, no todo el mundo tiene una relación tan complicada con el término. Con los distintos significados y usos regionales de “señora”, es importante recordar que el lenguaje dice más del hablante que del receptor. “Presta atención al contexto, porque el contexto importa”, dice Cramer. “Puede que alguien que use ‘señora’ no esté eligiendo ‘señora’ de una forma que se supone que es despectiva. Puede ser.”
La urgencia de resignificar la madurez femenina
No suelen llamarme señora muy seguido. La verdad es que el apelativo aún me resulta chocante. A pesar de que he meditado bastante el asunto sobre como el patriarcado nos quiere eternamente doncellas, aún me resisto. A sabiendas, ponerlo en la carne y llevarlo a la experiencia nunca es tan sencillo como teorizar y hacer discursos. Molli Reyese, camarera en un restaurante mexicano de Nueva York, dijo que usa “señor” todo el tiempo y nunca oye una queja, pero se niega a usar “señora”.
Cuando era adolescente mi abuelo me lo quiso enseñar. Intentaba explicarme por qué una señora era señora y una mujer de sesenta años podía seguir siendo señorita. Yo debatía - como es mi costumbre - porque me parecía absurdo que el mote para calificar a las mujeres pudiera ser tan ilógico. ¿Entonces si una mujer tiene hijos a los quince años, es una señora? - Sí, insistía mi abuelo. Pero yo no me quedaba conforme.
Empecé a notarlo incómodo, tal vez por no poder explicarme que todo recaía en lo sexual, o que todo reside en la capacidad de poseer a una mujer. Las mujeres que tienen hijos quedan grandes, anchas, están usadas, son de alguien. Las mujeres sin hijos, en cambio, las señoritas, siguen disponibles, son tierra fértil para la conquista, para la exploración, para poner la bandera. Pero esa inconformidad que me generaba la llana explicación de un adulto venía por otra razón. Yo, todavía ajena a los encuentros sexuales y muy lejos de ser madre y experimentar en carne propia el destierro del mundo de las doncellas casaderas, intuía que las señoras tenían que tener algo más que hijos. Presentía que para ser señora, había que haber pasado por muchas cosas. Haber recorrido un camino largo. Haber colectado experiencias, saberes, visiones. No me atrevía a decirle señora a una muchacha de mi edad solo porque tuviera un hijo, y me parecía totalmente inapropiado decirle señorita a una anciana que “nunca se casó”.
La "Señoritud": Un estado del ser femenino
Entonces ¿dónde está la señoritud? En primer lugar no en el diccionario. La palabra señoritud no existe. No hay una palabra que designe el estado de ser señora. Lo que sucede cuando una googlea la palabra buscando su significado es interesantísimo. El diccionario define a una persona que gobierna en un ámbito determinado. "La señora de la casa." Persona que gobierna es una cosa fuerte, con poderío; sin embargo el ejemplo que sigue lo empaña todo de comicidad. Por supuesto, las señoras pueden gobernar pomposa y soberanamente… su casa.
La mayoría de las mujeres que conozco, si no es que todas, comienzan a renegar de la señoritud desde que alguien despistado se refiere a ellas como señoras en la calle. El señora duele cuando nos lo sueltan “por error”. Y conforme una mujer va creciendo duele más y más. “Me dijo señorita”, dicen las mujeres maduras con la cara iluminada cuando alguien desconocido las llama así, y a veces hasta creo que se enamoran. A mí me empezaron a decir señora mucho antes de que me convirtiera en una. Rabiaba. Sobre todo cuando las personas que me decían así eran otras mujeres visiblemente cercanas a mi edad o incluso mayores que yo. Me parecía tan molesto que se tomaran la libertad de decidir aquello a un simple vistazo, ¿o era que se me notaban muchos años?.
Sin embargo, lo inminente sucedió. Me convertí en una señora y de pronto el sustantivo ya no podía ser motivo de desquicio. Ahora sí había - durmiendo entre mis brazos o alojado en mi dedo anular - pruebas contundentes de mi señoritud. Fue hasta que no tuve escapatoria que empecé a entender el ser señora desde otro sitio. Un lugar que me gusta habitar y con el que poco a poco me estoy reconciliando.
En mi propio reconocimiento descubrí que el miedo infundado a convertirme en señora se relacionaba con la pérdida de la juventud y la belleza; así también estaba el temor a parecer demasiado rígida o seria, incapacitada para el gozo y el placer. Es común que creamos que al madurar y convertirnos en madres, las puertas del paraíso se nos cerrarán. La misma definición de señora que hay en el diccionario apela a que dicha mujer puede ser lo que quiera, solo tras las puertas de su casa. Ser señora entonces, intuimos, nos encierra en lo doméstico imposibilitándonos a salir de allí.
El miedo está agazapado tras la idea de que la señoritud es vejez, fealdad, esclavitud. Pero más allá, en las profundidades de todos esos horrores, se esconde un monstruo más terrible: el miedo a dejar de ser “elegidas” por los hombres. Cuando me embaracé conocí el destierro del mundo de la persecución masculina. Los hombres que antes llenaban mi bandeja de mensajes, mis fotos de corazones y mi cuerpo de avistamientos, de pronto dejaron de existir. Luego de eso, después del nacimiento de mi hija, regresaron las miradas callejeras pero me quedé sin “amigos” de un momento a otro. Entendí rápidamente que esos nunca habían sido mis amigos, sino que estaban esperando el momento ideal para ocuparme y como yo ya estaba ocupada, se habían esfumado. Más allá de algunas baladas llenas de clichés y un par de romances idílicos entre hombres jóvenes y mujeres maduras que vemos en las películas, las señoras no son los blancos preferidos de los hombres y eso lo sabemos tan bien que nos aterra envejecer.
Además de asumir que estaba en las lindes de un precipicio mortal, en el sentido de dejar de ser el objeto de deseo, descubrí que al sistema patriarcal le venía pésimo que las mujeres conectáramos de forma placentera con nuestra madurez y nos reconociéramos “gobernantes de nuestra propia vida”, puesto que es mucho más sencillo controlar y dominar a una mujer inmadura y maleable que a una firme y arraigada a sus ideales.
La Emperatriz: Un arquetipo de la Señora
En el Tarot el Arcano III es la Emperatriz, digamos que en toda la extensión de la palabra una SEÑORA. Este arquetipo encarna la energía creadora, maternal, abundante. Es la Madre Tierra, la mujer embarazada, la lactancia, la cornucopia. Si vemos el camino de los Arcanos Mayores como un viaje lineal que se recorre de principio a fin, antes de La Emperatriz está la Sacerdotisa, una mujer sabia, misteriosa y con gran poder espiritual. Antes de ser madre, la mujer del tarot pasa por una fase de ingenuidad carnal, iniciación y ensoñación (El Loco), luego es ensayista de sus propios poderes, creativa, mental (El Mago), y en seguida accede a una inteligencia espiritual e intuitiva (La Sacerdotisa). En todo este viaje de maduración, finalmente se convierte en la prosperidad y el amor incondicional representado por La Emperatriz. En el tablero siguen muchos más arquetipos que encarnar, La Emperatriz es apenas la cuarta posición en el juego, la vida recién empieza. Y sin embargo parece que la señoritud es la antesala del descenso al mundo de los muertos para muchas mujeres que así deciden creerlo.
No me equivocaba cuando sentía que llamar señorita a una mujer madura con conocimientos profundos y dominio de sí misma, era restarle valor. Tal vez nunca había gestado y parido una persona como sí lo hizo el Arcano III, pero considero que las mujeres podemos ser Madres de muchas cosas, empezando por nosotras mismas y nuestros proyectos. Así tampoco estaba lejos de este entendimiento cuando me negaba a ver como señora a una niña orillada a parir una criatura a los quince años.
Gobernanza de una misma: El verdadero significado de "señora"
Más allá de atribuirle el don de Señora a las mujeres que se convierten en madres - como quería hacerme ver mi abuelo - creo que la señoritud es un estado integral del ser femenino. Un estado que se determina por la gobernanza de una misma; de las emociones, los pensamientos, la corporalidad. Desde esta mirada, el ser señora para mí significa ser dueña de una misma, o sea, dejar de estar supeditada a los dictados sociales, las modas y las expectativas de género.
Las exigencias del sistema actual a menudo son tan incongruentes que es imposible adecuarse a ellas, y por eso el resultado es siempre una vida de insatisfacción y lucha constante por encajar en un molde sencillamente inhóspito. Por un lado, el patriarcado privilegia a la mujer lozana y virgen como objeto de deseo; por otro lado castiga el estado de permanente virginidad. Cuando le conviene idolatra a la madre y a la mujer madura, pero al mismo tiempo la relega a un estado indeseable, cosificándola y exigiéndole no envejecer ni ponerse “fea”. Este mismo sistema es el que ha hecho creer a las mujeres más jóvenes que gozar de su “libertad” y “autonomía” significa chapotear en los placeres inmediatos del capitalismo; empujándolas a vivir una vida superficial e infantil y reforzando la idea de que la señoritud es algo terrible.
No puedo mentir diciendo que me alegro de ver como mi cuerpo se transforma con los años, ni que cuando me dicen señora en la calle me siento realizada y feliz. Me asumo loba, colmilluda y experta en mí misma, sin embargo a veces envidio los cuerpos firmes de las muchachas y sus mentes más ligeras. Además, me cuesta reconocer que me estoy volviendo menos deseable desde cierta mirada masculina, y que mientras más pasa el tiempo me alejo más de esa zona de constante asedio donde por tantos años aprendí a vivir. No es fácil dejar los lugares conocidos, aunque estos no fueran precisamente los mejores sitios para estar.
No obstante, cuando me descubro temerosa de mi madurez y de mi señoritud, me digo una y otra vez que estar aquí es un privilegio y un buen logro que cada día me acerca a una autenticidad más plena. Deseo poder nombrarme señora y sentir que lo que sostiene a la palabra es una fortaleza sagrada de sabiduría e iluminación femenina. Deseo que mi hija me vea como una mujer bien sólida de amor y de satisfacciones; y no como a una niña que necesita la aprobación y la guía de los demás. Soy señora, no porque le presté el cuerpo a la vida para nacer, sino porque elegí ser el canal consciente de amor y generosidad que soy desde que encarno madre. Porque pondero mi bienestar y el de mi familia.
