Descubre Cómo el Sistema Tributario Impulsó la Expansión de la Triple Alianza Mexicapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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La Triple Alianza fue una coalición de tres poderosas ciudades-Estado de la Cuenca de México: Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan. Cada una gobernó sus propias tierras y súbditos antes y después de la formación de la alianza en 1430. En el Altiplano, al final del Posclásico se dio el último capítulo de la historia política del mundo prehispánico, próximo a transformarse con motivo de la llegada de los españoles. Después de una larga peregrinación iniciada en Aztlán, los mexicas se asentaron en Tenochtitlan, en 1325.

Los tributos enviados a las capitales de la Triple Alianza contribuyeron sustancialmente a la expansión del imperio, al crecimiento y la estabilidad económica de esas capitales, y a la suntuosidad de palacios reales, eventos políticos y ceremonias religiosas. El poderío y expansión del imperio mexica, desde lo que hoy es San Luis Potosí hasta Guatemala, no se entendería sin la tributación que obligaba a los pueblos conquistados para sostener a la llamada Triple Alianza (Tenochtitlan, Texcoco y Tacuba).

La Naturaleza y Contexto del Tributo Mesoamericano

La imposición del tributo por un Estado dominante fue anterior a la hegemonía mexica. Los mismos mexicas pagaron tributos en forma de mercancías, trabajo y servicio militar a los tepanecas de Azcapotzalco durante un buen trecho del siglo xiv. El Valle de México y las zonas aledañas estaban dominados por los tecpanecas de Azcapotzalco, quienes exigían tributo a los pueblos asentados alrededor de los lagos. El señorío de Texcoco se resistió a ese dominio y se convirtió en su enemigo. Así, cuando las ciudades-Estado que encabezaba la Triple Alianza (1430-1521) impusieron tributos a sus vencidos súbditos, continuaban una costumbre bien establecida.

En las sociedades mesoamericanas la tributación consistía en la entrega obligatoria de bienes o servicios por una entidad política dominada a una entidad política dominante. Generalmente, se lograba esta imposición de pago de bienes o servicios a través del sometimiento militar o la alianza matrimonial. El sometimiento militar a la Triple Alianza implicaba, en primer lugar, una subordinación económica (más que política o religiosa). En casi todos los casos se obligaba a los pueblos sometidos a entregar de manera regular algún producto local, o el servicio en forma de mano de obra. El tributo podía variar desde materias primas, productos comunes o alimentos básicos como maíz, frijoles, chiles, calabazas, etc., hasta bienes lujosos que requerían de especialistas artesanales para ser trabajados, o bienes regionales o exóticos que solamente se obtenían en ciertas partes del territorio.

Los tributos intensificaron también la política imperial y el poder militar, y contribuyeron tanto material como simbólicamente a conquistas y alianzas futuras. Las fuerzas de la Triple Alianza (Tenochtitlan, Texcoco y Tacuba) extrajeron enormes riquezas de los pueblos conquistados. Los pagos del tributo impusieron una creciente producción económica al pueblo subyugado, y proporcionaron un extenso ingreso material al imperio. Ese ingreso acrecentó la riqueza del imperio al sostener los magníficos palacios, elevadas formas de vida y suntuosas exhibiciones de soberanos y nobles. En general, los pagos de tributo aumentaron la preeminencia y bienestar económico de las capitales de la Triple Alianza, de modo que beneficiaron tanto a plebeyos como a nobles en esas ciudades.

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Ejemplos de Tributos Regionales

Gracias a la que hoy llamaríamos ley fiscal del imperio mexica, sabemos que los pueblos chiapanecos tributaban ámbar, cacao, piedra verde (jade), plumas de aves, pieles de ocelote y jaguar; que los del Golfo pagaban con huipiles y mantas, chile, cacao, trajes de guerreros, turquesa y conchas marinas; que los pueblos de Oaxaca ofrecían oro, maíz y grana; que desde San Luis Potosí llegaban águilas vivas y mantas; y que del Estado de México y las costas de Guerrero enviaban frijol, chía, amaranto, algodón, conchas y sal.

A continuación, se presenta una tabla con algunos ejemplos de tributos provenientes de distintas regiones:

Región Tributos Incluidos
Pueblos chiapanecos Ámbar, cacao, piedra verde (jade), plumas de aves, pieles de ocelote y jaguar
Pueblos del Golfo Huipiles y mantas, chile, cacao, trajes de guerreros, turquesa y conchas marinas
Pueblos de Oaxaca Oro, maíz y grana
San Luis Potosí Águilas vivas y mantas
Estado de México y costas de Guerrero Frijol, chía, amaranto, algodón, conchas y sal
Coayxtlahuacan (inicialmente) Mantas de gran tamaño, chiles y algodón
Cuetlaxtlan (incrementado) Polvo de oro, piedras preciosas, joyas, pieles de animales, sartal de cuentas de jade, bezotes, cargas de cacao, atados de plumas verdes, ámbar, plumas

Administración, Registro y Redistribución del Tributo

El fraile dominico Diego Durán relató que bajo el reinado de Ahuítzotl enormes cantidades de tributos llegaron a Tenochtitlan desde cada rincón del imperio. Cada 80 días, apunta, un millón de indios transportaba a la ciudad una parte de sus tasas anuales de tributo, y tales entregas eran abrumadoras por su esplendor y variedad: desde elegantes ornamentos de oro y plumas hasta las más diminutas y extrañas criaturas. Durán insiste en que no estaba exagerando. En otra parte describe la profusión de mercancías que se pagaban: vastos montones de ropa, grandes cantidades de maíz y otros comestibles, animales salvajes enjaulados, frutos, conchas, tintes, leña y todo lo que proveían las tierras del imperio.

Conforme fue creciendo el poder de la Triple Alianza, todo el mecanismo de recolección, transporte y almacenamiento de tributos requirió de un grupo creciente de funcionarios, cobradores, administradores y custodios, para una mayor organización y eficacia. Para el registro de los bienes, se contaban con inventarios en donde se registraba, de manera detallada y dividida por “provincias”, la cantidad o el peso del bien, y el lugar de origen de su producción o recolección.

Algunos ejemplos de esta recaudación han sobrevivido hasta nuestros días, como el Códice Mendocino o la Matrícula de Tributos, se trata de documentos pictográficos de la época colonial temprana, pero elaboradas en la tradición de los escribanos (“tlacuilos”) indígenas. Para la cuantificación de los productos, se usaba el sistema vigesimal, representado por el signo de una bandera (“pantli”), el símbolo de 20. Veinte unidades de 20, o 400 piezas de algo, se simbolizaba con un trocito de pelo (“tzontli”), mientras su multiplicación por 20, es decir, 8000 unidades, era representado por una bolsita (“xiquipilli”). Esta manera de representar la mercancía tuvo cierta continuidad durante la época colonial, como atestiguan varias fuentes menos conocidas como la Nómina de tributos de los pueblos Otlazpan y Tepexic.

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Circula aún la edición especial 101 de la revista Arqueología Mexicana que presenta una reproducción facsimilar de La Matrícula de Tributos, o Códice Moctezuma, uno de los valiosos documentos que resguarda la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, que consigna en 32 láminas de papel amate la especie y cantidades de tributo que debían pagar 326 pueblos agrupados en 39 provincias, así como los periodos de entrega que debían cumplirse. Este documento de carácter económico-administrativo datado en el siglo XVI fue elaborado en la tradición de los tlacuilos, muy probablemente antes del contacto con los españoles, pertenece, según Miguel León-Portilla, a un género relacionado con la administración pública, el de los tequiámatl, “papeles o registros de tributos”, y “da cuenta precisa de los tributos que debían recibir los mexicas y sus aliados en los tiempos inmediatamente anteriores a la conquista”.

Los bienes recaudados eran redistribuidos en los altos niveles de la Triple Alianza; la mayor parte eran destinados a cubrir los gastos del aparato administrativo y las campañas militares. Además, parte del tributo era destinado a las casas reales de las tres capitales de la alianza: Tlacopan, Texcoco y Tenochtitlan. Sin embargo, en los palacios de los gobernantes se almacenaban, también, los productos para su repartición entre el pueblo. Una parte considerable de estos bienes se guardaba para ser distribuidos entre la población. Los alimentos básicos que se conservaban para su repartición en tiempos de hambruna o para abastecer las expediciones bélicas, ya que el tlatoani estaba moralmente obligado a alimentar al pueblo. Con el excedente económico, el tlatoani cubría los gastos públicos y los servicios administrativos. Otros productos -como plumas, escudos, armas y mantas- servían para recompensar a los más destacados en la guerra; por su parte, los banquetes en las fiestas y ceremonias se caracterizaban por un consumo ostensible como fuente de prestigio.

Expansión Imperial y Logística

Los mexicas se liberaron del control político y administrativo de Azcapotzalco en 1428, dando paso a un rápido crecimiento económico y a la conformación de un imperio. La organización política mexica cumple con todos estos preceptos poco después de su independencia, lo que permitió dar paso a un modelo agresivo de expansión. El imperio mexica ha sido categorizado de corte hegemónico en donde el control físico de los territorios es ejecutado de manera indirecta y se aplican bajos niveles de inversión en materia de infraestructura provincial. Sin embargo, cada caso era distinto, por lo que la administración imperial debía mantenerse flexible y abierta a la negociación. La imposición de una nueva administración a las provincias representaba más gasto y una mayor necesidad de fuerza para implementar la nueva organización.

Al dominar nuevos territorios, la estrategia imperial se centró en pocos objetivos: la expansión política sin el control directo del territorio y el mantenimiento de la seguridad en el interior del imperio para controlar un limitado grupo de actividades subordinadas al emporio. Así, los mexicas se colocaban por encima de las autoridades locales solamente en algunos temas, permitiendo que la dinámica interna de cada región no se viera totalmente trastocada. Cada anexión de territorios generaba nuevas capacidades de operación para el gobierno y los mercaderes mexicas que, al mismo tiempo, abría rutas comerciales favoreciendo el arribo de nuevos productos y materias primas a Tenochtitlan. Bienes manufacturados -ropa, trajes de guerreros, sartas y mosaicos de piedras preciosas, objetos de oro y vasijas- y materias primas -comestibles, materiales constructivos y algunos bienes suntuarios, como pieles, oro o plumas- eran enviadas desde todo el imperio.

La ruta de las regiones y provincias anexadas por medio del uso de la fuerza y la diplomacia parece haber estado ligada de manera estrecha con las principales actividades productivas de cada una de las provincias. Una de las formas en las que la Triple Alianza anexaba provincias era por medio de embajadas comerciales fallidas, ya que el comercio figuraba como una actividad estrictamente regulada por clase dirigente mexica, los atentados en contra de sus caravanas eran considerados motivo para la declaración de guerra formal. La provincia de Cuetlaxtlan cayó en manos de Moctezuma I en 1451. La anexión de este territorio -bajo influencia tlaxcalteca- fue beneficiosa ya que era rica en recursos tropicales y costeros, poco disponibles en la capital mexica. Después de un ataque a un grupo de pochtecas, el emperador lanzó la guerra contra esta región.

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En otros casos, el mismo emperador utilizaba diferentes estrategias de conquista. El mismo Moctezuma I conquistó Tepeacac en 1466, una región importante ya que se ubica en un lugar donde se conectan diversas rutas comerciales desde el altiplano hacia la costa del Golfo de México, Oaxaca y el Océano Pacífico. Su anexión fue el resultado de numerosas rencillas entre los mexicas y la gente de Chalco, quienes tenían gran influencia en la zona. Pocos años antes Tepeacac intentaba anexarse un par de regiones al oriente del lago de México: Cuauhtinchan y Totomihuacan; ambas, al verse amenazadas pidieron apoyo al emperador, quien tomó partido en contra de Tepeacac. La región fue anexada sin violencia, experimentando un gran crecimiento que motivó a Moctezuma I a crear un nuevo mercado.

La Logística Imperial y el Comercio

Hassig ya introducía el término de la logística en su estudio sobre la operatividad del Imperio mexica; consideraba que la continuidad espacial no era de gran importancia en la integración del imperio, sin embargo, las restricciones logísticas sí lo eran, al fomentar el fortalecimiento y la creación de arreglos espaciales más eficientes, así como la determinación de áreas de bajo interés, pero de utilidad para el movimiento hacia la capital imperial. En esta perspectiva, la logística y la cadena de suministros hacia la capital dependían de gran sincronización, lo que se presume implica el control sobre las rutas, los tiempos y los recursos necesarios para hacer llegar los productos.

La mercancía se transportaba, o por vía marítima, o por medio de cargadores o “tamemes”. Las nuevas actividades fomentaban la aparición de élites emergentes y el ascenso de grupos secundarios. Los grandes beneficiarios de este modelo eran, además de los guerreros que salvaguardaban el viaje, los propios mercaderes. Era de esperarse que, si bien buena parte de los materiales arribaban a la capital de la mano de los tributos, otra parte de los bienes llegaban para ser comerciados en los mercados de la ciudad.

Para el grueso de la población, el mercado era el centro del comercio mexica, donde los intercambios eran inmediatos, balanceados y basados en establecer los precios por medio de la negociación. Al reunir a grandes multitudes, se transforman en espacios ideales para transmitir mensajes de dominación y obediencia, algunos de ellos transformados en las propias reglas de operación dentro del propio mercado. La base más sólida para comprender el funcionamiento de un mercado corresponde con la información procedente de Tlatelolco, el centro comercial más grande del centro de México a inicios del siglo XVI. El propio Cortés parecía maravillado al describir al mercado y la gran variedad de productos y servicios que ahí era posible obtener. De acuerdo con los relatos históricos, el mercado era visitado por miles de personas diariamente ya que en él era posible encontrar cualquier producto. El mercado parece haber sido una institución que surge con potencia en cada región detrás de las conquistas militares y la imposición de tributos.

Los mercaderes, al contrario de los militares o los sacerdotes, eran una clase más cerrada, cuya membresía se adquiría básicamente con la pertenencia por nacimiento y/o por filiación étnica; los comerciantes organizaban banquetes y eventos asociados con el envío de embajadas comerciales, ganando prestigio y cercanía con la autoridad, al tener movimiento en el ámbito regional y encontrarse fuertemente aliados con las élites, los comerciantes pudieron ser los principales abastecedores de regalos exóticos, particularmente de aquellos que tienen un nulo valor económico, pero cuyo valor ritual hacía que fuera costeable la misión de traerlos a la capital. Algunos autores consideran que el comercio que llevaban a cabo los pochtecas era solamente un aspecto de la economía mesoamericana y que los comerciantes actuando entre regiones, imperios o localidades pequeñas, eran posiblemente los responsables del movimiento de un gran volumen de bienes que, de todas formas, debían ser transportados hacia los puntos de comercio.

Tributo y Ofrendas Rituales

López Luján considera que cada ofrenda debe ser conceptualizada como una compleja expresión material destinada específicamente al ritual que, además, se efectúa en un espacio sagrado. La deposición de materiales de forma ritual es comprendida como una serie de actos de naturaleza simbólica, codificados y cargados de elementos emotivos, cuya efectividad no puede ser vista como útil dentro de la sociedad al implicar el expendio de recursos valiosos. El contenido es de gran variabilidad; objetos de rica manufactura, materias primas, alimentos, animales y plantas eran depositados en complejas y significativas agrupaciones. Las ofrendas, además de pertenecer a un sistema de creencias muy estricto, al mismo tiempo forman parte fundamental del sistema económico. La ubicación, así como la disposición interna de los componentes de las ofrendas, son entendidas como parte del orden del universo y de la forma en la que los mexicas lo interpretaban; por lo tanto, la posición de cada objeto es resultado de una actividad ritual particular, ligada a la vida religiosa y a sus actores. Cada ofrenda cuenta con un patrón de distribución y contenido distinto, sin embargo, la deposición muestra la existencia de diversos estándares o patrones repetitivos.

Respecto de algunos de los objetos encontrados en las cajas de ofrenda del Templo Mayor, particularmente los organismos vivos -en especial aquellos provenientes de ambientes marinos-, existe la posibilidad de que éstos hayan llegado a la capital por medio de empresas específicamente organizadas y patrocinadas por el aparato político mexica, cuya ejecución debió recaer en grupos fuertemente ligados a las élites locales. Si bien muchos de los organismos marinos pueden ser recuperados sin mucho esfuerzo y a poca profundidad, algunas especies requieren ser recolectadas por personal especializado y capacitado en inmersiones a profundidades cercanas a los 20 m. Diversos especialistas resaltan que un buen número de individuos y especies marinas -conchas, corales, caracoles, estrellas de mar- fueron ofrendados poco tiempo después de haber sido recolectados. Elementos morfológicos como el color, los ligamentos en las almejas, el opérculo de los caracoles o la presencia de la linterna de Aristóteles en los erizos indican con claridad que los especímenes eran recolectados exprofeso.

La negociación siempre ha sido considerada una cualidad especial dentro de las formas de comunicación entre grupos sociales. Aunque usualmente éste es un proceso descrito como una acción de dominación, en muchos casos se trata de situaciones en donde la negociación conduce a un beneficio mutuo; de hecho, los banquetes, ceremonias religiosas y fiestas eran actividades comunicativas de alta efectividad para la negociación entre grupos y la transmisión de mensajes desde la élite mexica hacia el resto de la población. Si bien no dudamos de la existencia de regalos exóticos o especiales para las autoridades de la capital, las descripciones que conocemos sobre la entrega de regalos pareciesen indicar que esta actividad se encontraba fuertemente codificada, limitando la gama de productos que podían ser considerados un regalo. Su entrega buscaba solidificar las relaciones políticas, así como las condiciones de dependencia o vasallaje ante el imperio. Los presentes solían ser mantas, joyería y trajes de guerra y eran entregados por vasallos, amigos, enemigos y gobernadores independientes. Muchos de los regalos eran posteriormente redistribuidos entre la clase guerrera y la élite en forma de recompensas para los cooperantes y para aquellos que ayudaban al imperio a persuadir a las superioridades independientes de alianzas futuras. De esta forma, el reparto público de esos regalos se convertía en una actividad fundamental dentro de los rituales del gobierno mexica. En el ámbito regional, los regalos implicaban el permiso de usar insignias específicas del imperio. Los presentes buscaban anexar a las noblezas subordinadas, asegurando su cooperación con el nuevo orden imperial. La entrega de regalos pareciera ser una actividad mucho más cercana a la entrega de tributos, fuertemente regulada, que a una actividad libremente organizada.

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