La transfusión de sangre es la transferencia de la sangre o un componente sanguíneo de una persona (donante) a otra (receptor). La sangre se ha considerado el líquido vital por excelencia desde el principio de la historia, por lo que su introducción al cuerpo humano, con el objeto de restaurar su salud, ha sido motivo de múltiples ensayos desde hace centurias.
Los Primeros Pasos y la Era Experimental del Siglo XVII
El primer intento de transfusión sanguínea registrado ocurrió en el siglo XV relatado por Stefano Infessura. En 1492 el Papa Inocencio VIII cayó en coma, por lo que se requirió de la sangre de tres niños para administrársela a través de la boca, ya que en ese entonces no se conocía la circulación sanguínea, a sugerencia del médico.
Con los descubrimientos realizados acerca de la circulación de la sangre por Miguel Servet y William Harvey, se inició una investigación más sofisticada para las transfusiones de sangre en el siglo XVII, con experimentos acertados de transfusiones en animales. Durante este siglo, el desarrollo del método experimental significó el surgimiento de centros que comenzaron a realizar investigaciones en diferentes áreas de la ciencia. Uno de estos fue el club de Filosofía Experimental de Oxford, que incluía a científicos como Harvey, descubridor de la circulación mayor; Boyle, uno de los fundadores de la química moderna e inventor de la primera jeringuilla intravenosa; y Richard Lower, quien realizó experimentos de transfusión de un perro a otro. En febrero de 1665 Richard Lower y Edmund King practicaron la transfusión entre perros. Samuel Pepys escribió en su Diario el 14 de noviembre de 1666 sobre el “interesante experimento de sangrar a muerte a un perro y pasar toda su sangre a otro perro, al que a su vez le dejaron salir su sangre. El primero murió inmediatamente, pero al otro no le pasó nada y probablemente no le pasará. Esto dio pábulo a muchos buenos deseos, como el de pasar la sangre de un cuáquero a un arzobispo y otras cosas por el estilo.”
Los Primeros Intentos en Humanos y su Polémica
Tales experimentos incentivaron a Jean Baptiste Denis, médico de Luis XIV, a realizar transfusiones en perros, llegando a completar un número de diecinueve. La primera transfusión de sangre humana documentada fue administrada por el doctor Jean-Baptiste Denys, quien el 15 de junio de 1667 describió el caso de un enfermo de sífilis que murió después de haber recibido tres transfusiones de sangre de cordero. Denis relató los síntomas: «Estaba en el proceso exitoso de recibir la transfusión..., pero algunos minutos después... su brazo se calentó, su pulso aceleró, el sudor brotó sobre su frente, se quejaba de fuertes dolores en los riñones y en el estómago, su orina era oscura, negra de hecho...»
En el invierno de 1667, un lunático agresivo, llamado Antoine Mauroy, fue llevado ante Jean-Baptiste Denis, insigne médico del rey Luis XIV de Francia. El facultativo disponía del “remedio” ideal para la locura: una transfusión de sangre de ternero, con la que esperaba calmar al paciente. Afortunadamente, Mauroy logró sobrevivir en esta ocasión, y la transfusión pareció hacer maravillas, pues: “…Mauroy recobró su buen sentido, dejó de injuriar y de pegar a su esposa e hizo cuatro veces el amor con ella. Era la Nochebuena de 1667, había luna llena y Mauroy no intentó golpear a su mujer -siempre lo hacía en estos días- y se confesó con extraordinaria lucidez, según testimonio escrito de su sacerdote…”. Pero cuando pasó la Navidad de 1667, Mauroy volvió a sus desequilibrios, otra vez a los cafés, a los burdeles, injurias y faltas al trabajo, por lo que la señora de Mauroy rogó a Denis que le fuese efectuada a su marido una tercera transfusión.
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Pese a descubrirse más tarde que Antoine Mauroy había fallecido por envenenamiento con arsénico, los experimentos del doctor Denis con sangre de animales suscitaron vivas discusiones en Francia. Finalmente se vedaron dichas prácticas en 1670, prohibición que fue secundada posteriormente por el Parlamento inglés e incluso el papado. Así, las transfusiones sanguíneas fueron declaradas ilegales en varios países, marcando un periodo de cautela y estancamiento. Sin embargo, las investigaciones sucesivas de transfusión entre animales y seres humanos no fueron tan exitosas (como cualquier técnica médica experimental que emerge) hasta que estas técnicas se refinaron y hoy en día salvan cientos de miles de vidas diariamente.
El Renacimiento y los Descubrimientos Fundamentales
Transcurrió siglo y medio antes de intentar nuevas transfusiones empleando sangre de otras personas. En 1818, James Blundell, médico, fisiólogo y ginecólogo, después de experimentar con animales, realizó transfusiones en pacientes en malas condiciones con choque hemorrágico, sobreviviendo cinco de un total de once. Alfred Higginson, cirujano de los dispensarios de Liverpool, practicó la transfusión en siete pacientes entre 1847 y 1856, cinco de los cuales fallecieron.
Pero en 1873, el médico polaco F. Gesellius frenó el reavivamiento de las transfusiones al publicar un inquietante descubrimiento: habían ocasionado la muerte a más de la mitad de sus receptores. En 1878, un doctor francés, Georges Hayem, perfeccionó una solución salina que en su opinión podría utilizarse como sucedáneo de la sangre y que, a diferencia de esta, no acarreaba efectos secundarios, no se coagulaba y era fácil de transportar. Como es lógico, la solución salina de Hayem llegó a utilizarse extensamente. Pero, por sorprendente que parezca, la opinión volvió a decantarse por la sangre.
Un avance crucial ocurrió en 1900, cuando el patólogo austriaco Karl Landsteiner descubrió la existencia de los tipos de sangre, y constató que estos no son siempre compatibles entre sí. No era de extrañar que tantas transfusiones hubieran acabado en tragedia. Landsteiner observó que al mezclar diferentes muestras de sangre se producía aglutinación del glóbulo rojo y describió tres grupos diferentes de sangre: grupo “A” cuyo plasma producía la aglutinación de glóbulos rojos del grupo “B”, Grupo “B” que aglutina los glóbulos rojos del grupo “A” y un tercer grupo “C” que más tarde se denominó Grupo “O” quien no reacciona con ningún plasma. Por sus resultados dedujo que debían existir diferentes variedades de sangre humana, lo que explicaba las complicaciones que se presentaban en muchas transfusiones. A partir de aquel momento era posible evitarlo con solo asegurarse de que los tipos del donante y el receptor fuesen compatibles.
Doce años después que Landsteiner describió los grupos sanguíneos, Ruben Ottemberg fue el primero en probar la compatibilidad para determinar los tipos sanguíneos de donantes y receptores, lo que significó el inicio de la era moderna de las transfusiones sanguíneas, aplicando la técnica en 125 pacientes en el Hospital Mount Sinai, con una reducción a cero de la tasa de accidentes transfusionales. Para realizar transfusiones, deben tomarse medidas para asegurar la compatibilidad de los grupos sanguíneos del donante y el receptor, para evitar reacciones hemolíticas potencialmente fatales. Sin embargo, no son el AB0 y el Rh los únicos tipos de grupos sanguíneos existentes. Existen otros tipos de grupos sanguíneos menos conocidos por ser menos antigénicos que los anteriores y, por lo tanto, menos susceptibles de provocar reacciones de incompatibilidad. Antiguamente, este análisis se hacía observando la reacción al microscopio y valorando con el mismo la aparición o no de aglutinación (incompatibilidad).
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Las Guerras Mundiales y la Conservación de la Sangre
Antes de las guerras mundiales, había sido imposible llevar el fluido vital a los campos de batalla, pues se coagulaba con rapidez. Pero a comienzos del siglo XX el doctor Richard Lewisohn, del hospital neoyorquino Mount Sinai, probó con éxito un anticoagulante: el citrato de sodio. Para muchos médicos, aquella emocionante innovación constituyó todo un milagro. Varios científicos consiguen conservar la sangre utilizando citrato sódico para evitar la coagulación.
Durante la I Guerra Mundial se practicaron muchas transfusiones a los soldados heridos. La II Guerra Mundial registró un aumento en la demanda de sangre. El público se vio sometido a un bombardeo de carteles con lemas tales como “Dona sangre ahora”, “Tu sangre puede salvarlo” y “Él dio su sangre. ¿La darás tú?”. Tales peticiones tuvieron gran acogida. Según cálculos, durante la II Guerra Mundial se donaron en Estados Unidos unos trece millones de unidades, al tiempo que solo en Londres se recogieron y distribuyeron más de 260.000 litros.
A fines de la década de 1930 e inicios de la de 1940, la investigación del médico estadounidense Charles Drew llevó al descubrimiento de que la sangre podía ser separada en plasma sanguíneo y células rojas, y de que el plasma podía ser congelado separadamente. Esto fue fundamental para la creación de bancos de sangre modernos. Para solventar los problemas de abastecimiento la Cruz Roja de Londres creó la primera entidad municipal de donantes de sangre del mundo.
Riesgos, Ética y la Medicina Transfusional Moderna
Tras la II Guerra Mundial se produjeron grandes avances médicos que posibilitaron intervenciones quirúrgicas hasta entonces inconcebibles. Sin embargo, no tardó en manifestarse inquietud ante las enfermedades ligadas a este procedimiento. Por ejemplo, durante la guerra de Corea contrajo hepatitis casi un veintidós por ciento de los receptores de plasma, proporción que casi triplica la registrada en la II Guerra Mundial. Al mejorar los procesos de detección del virus y la selección de donantes, disminuyó el número de casos de hepatitis B. Pero luego vino la hepatitis C, una nueva forma del virus que a veces es mortal, y que se cobró buen número de víctimas. Se cree que resultaron infectados cuatro millones de estadounidenses, en centenares de miles de casos a través de las transfusiones.
En los años ochenta se descubrió que la sangre podía contaminarse con el VIH, el virus que desencadena el sida. En un principio, los administradores de los bancos de sangre se resistieron a admitir la posibilidad de que sus reservas estuvieran contaminadas. Muchos de ellos analizaron inicialmente con escepticismo el peligro del VIH. En palabras del doctor Bruce Evatt, “era como si alguien que hubiese estado vagando por el desierto hubiera salido diciendo: ‘He visto un extraterrestre’”. No obstante, en país tras país se han declarado escándalos que denuncian el empleo de sangre contaminada con el VIH. Por ejemplo, se calcula que en Francia resultaron infectados con este virus de 6.000 a 8.000 ciudadanos a consecuencia de transfusiones administradas entre 1982 y 1985. Las transfusiones dan cuenta del 10% de las infecciones del VIH en África y del 40% de los casos de sida en Paquistán.
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Como respuesta a estos riesgos, los países desarrollados someten cada unidad de sangre donada a pruebas de laboratorio para detectar la presencia de múltiples tipos de virus y bacterias como el VIH/sida, las hepatitis B y C o la sífilis. Es comprensible, por tanto, que en los últimos años haya aumentado el interés en las técnicas médicas y quirúrgicas sin sangre. La cirugía sin sangre es recomendada por departamentos específicos de esta especialidad de la medicina moderna. La razón es un mejor resultado durante las operaciones de todo tipo de enfermedades, incluso de las más complejas como de cáncer y corazón, y un mejor postoperatorio. Sin embargo, esto no aplica en hemorragias o pérdida de sangre, en la incapacidad de producir suficiente sangre o en trastornos sanguíneos existentes donde una transfusión de sangre es necesaria para la vida del paciente. Mientras la ciencia no logre desarrollar una fuente de sangre artificial, no existe ninguna alternativa aceptable a una transfusión de sangre en muchas situaciones. Medicamentos conocidos como factores de crecimiento para incrementar la capacidad del organismo de fabricar sangre estimulan la producción de glóbulos rojos y de plaquetas.
Dilemas Éticos y Consentimiento Informado
En Estados Unidos se transfunden cada año más de once millones de unidades de glóbulos rojos a tres millones de pacientes. Considerando tan elevadas cifras, cabría suponer que los médicos se rigen por una norma rigurosa a la hora de administrar sangre. Sin embargo, la revista The New England Journal of Medicine señala que existen muy pocos datos “que orienten en la toma de decisiones relativas a las transfusiones”. En efecto, la práctica varía considerablemente, no solo respecto a qué y cuánto se transfunde, sino también tocante a si se realiza o no una transfusión. “La transfusión depende del facultativo, no del paciente”, afirma la revista médica Acta Anæsthesiologica Belgica.
Se reflexiona acerca de la implicación ética, legal y jurisprudencial en pacientes quienes por razones personales o religiosas no aceptan las transfusiones sanguíneas, en situaciones cuando la posibilidad de muerte es elevada si el paciente no es transfundido. En las situaciones límites, es decir cuando la frontera entre la vida y la muerte es estrecha, la transfusión puede significar la diferencia entre sobrevivir o morir.
Al hablar de las transfusiones en Testigos de Jehová, es importante destacar que una decisión de carácter médico es influida por consideraciones no médicas y un aspecto importante es que muchos médicos se encuentran imposibilitados de tomar una decisión en estas complejas circunstancias y por lo general, la asumen de una manera intuitiva. El médico considera a la transfusión como el tratamiento de elección en una variedad de situaciones que tienen como finalidad preservar la vida y la salud; sin embargo, los Testigos de Jehová fundamentan su decisión de negarse a las transfusiones sanguíneas según una interpretación de un pasaje bíblico que prohíbe el aceptar sangre y lo interpretan literalmente. En el Levítico 11. 14 se considera que la sangre contiene la vida de todo ser viviente: “Porque la sangre de todo ser viviente contiene su vida. Por eso mandé a los hijos de Israel. No comerás la sangre de ningún animal. El que la coma será eliminado”. En el Deuteronomio 12. 23 - 25 se afirma: “Cuida tan solo de no comer la sangre porque la sangre es la vida y no debes comer la vida con la sangre. No la comerás, sino que la verterás como agua sobre la tierra para que te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti, al hacer lo que es grato a los ojos de Yavé”.
Los Testigos de Jehová suelen rehusar las transfusiones de productos sanguíneos y sangre autóloga. No existen restricciones para la utilización de hierro dextrán, eritropoyetina, sustitutos sintéticos de la sangre y la epoetina alfa que contiene una pequeña cantidad de albúmina. La atención médica de pacientes Testigos de Jehová en situaciones que lo ameriten, suele generar conflictos entre los valores del paciente y los principios del médico responsable de su atención. Es importante enfatizar que el rechazo a la transfusión se fundamenta en la autonomía para aceptar o rechazar un tratamiento médico, y el deber y obligación del médico, previsto en la Ley de Ejercicio de la Medicina y el Código de Deontología Médica de salvaguardar la vida del paciente.
El consentimiento implica la facultad que tiene un paciente para decidir o no la atención médica que se le ofrezca y para ser otorgado, se requiere: una adecuada información relativa a su enfermedad, una explicación acerca de los procedimientos diagnósticos y terapéuticos requeridos y la libertad del paciente para otorgar su autorización. El consentimiento informado implicaría un acto de decisión libre y voluntario que es realizado por una persona competente, por el cual acepta los procedimientos diagnósticos y terapéuticos sugeridos por el médico, y que estaría sustentado en el principio de autonomía del paciente que considera tres requisitos básicos y fundamentales que son: libertad de decisión, explicación suficiente y competencia para decidir.
Cronología de la Transfusión Sanguínea
| Año | Evento |
|---|---|
| 1492 | Primer intento de transfusión a Papa Inocencio VIII (oralmente). |
| 1665 | Richard Lower y Edmund King realizan transfusiones exitosas entre perros. |
| 1667 | Jean-Baptiste Denys realiza las primeras transfusiones de sangre animal a humanos. |
| 1670 | Prohibición de las transfusiones en Francia, secundada por Inglaterra y el Papado. |
| 1818 | James Blundell realiza las primeras transfusiones de humano a humano. |
| 1873 | F. Gesellius publica altas tasas de mortalidad en transfusiones, frenando su reavivamiento. |
| 1878 | Georges Hayem perfecciona una solución salina como sucedáneo de la sangre. |
| 1900 | Karl Landsteiner descubre los grupos sanguíneos (A, B, O). |
| Principios s. XX | Richard Lewisohn utiliza citrato de sodio como anticoagulante. |
| 1930s-1940s | Charles Drew descubre la separación de plasma y células rojas para congelación. |
| 1980s | Descubrimiento de la contaminación de la sangre con el VIH, llevando a mayores medidas de seguridad. |
Desarrollo de la Transfusión en México
La historia de la transfusión sanguínea es apasionante. En México, esta práctica se inició en el siglo XIX y a partir de entonces los avances y contribuciones de investigadores y clínicos fueron decisivos para su desarrollo e implementación en la práctica clínica. Nuestro país no ha sido la excepción, y la preocupación por este concepto se vio reflejada en las publicaciones de la Academia Nacional de Medicina de México.
Se sabe que la primera transfusión sanguínea hecha en México fue realizada en 1845 por Matías Genaro Béistegui García, auxiliado por Francisco Vértiz, en una paciente con fiebre puerperal. En la segunda mitad del siglo XIX el doctor Manuel M. Carmona anotaba que de qué servía el haber contenido una hemorragia puerperal, haber ligado una arteria o haber estancado la sangre que escurría de un tumor canceroso, si el paciente había perdido tal cantidad de sangre que no bastaba para estimular a los órganos esenciales para la vida. Hasta ese momento, lo que se conocía era el adaptar una cánula metálica en la abertura central de una de las venas del paciente, en sangrar a otra persona recibiendo su sangre, o bien en una jeringa de doble pared, entre las cuales hubiera agua a la temperatura de 26 a 32 grados de Réaumur, o bien en una jeringa simple, pero que no estuviera sumergida en el agua a la temperatura dicha. Agregaba el autor que la circunstancia de que se debía inyectar precisamente sangre humana estaba fundada en la opinión de los señores Prevost y Dumas, que pensaban que la sangre de un animal era venenosa cuando se infiltraba a otro animal de especie diferente. La temperatura deseada en la jeringa era para evitar la coagulación de la sangre y el no introducir al sistema circulatorio ningún cuerpo sólido que al obstruir los vasos produjera asfixia u otro accidente grave.
Ya en pleno siglo XX, el médico mexicano Gabriel M. Malda daba a conocer su experiencia a la Academia Nacional de Medicina, mostrando un equipo ideado por el Dr. Koster, de Nueva York, que consistía en un tubo horizontal hueco, con un sistema de válvulas de bala y resorte que automáticamente mientras una se cerraba la otra se abría, siendo completa la oclusión. Se montaba este tubo horizontal a uno vertical que con él comunicaba, al que se adaptaba una jeringa de 2 cm3 de capacidad, que automáticamente volvía a aspirar el émbolo en el momento que había terminado el período de expulsión. Todo estaba montado en un árbol vertical que a su vez se fijaba en un soporte con un tornillo adaptable a cualquier mesa. Las extremidades del tubo horizontal se conectaban con tubos de caucho, cuyas puntas iban unidas a agujas trócares, correspondientes al donador y al receptor. En el equipo se señalaban los nombres «donador» y «receptor» para evitar confusiones. El aparato era impregnado previamente con solución fisiológica, para eliminar el aire e impedir la coagulación. Malda le hizo algunas modificaciones a este aparato, aumentando el diámetro de los tubos tanto del donador como del receptor, poniendo en el primero una llave de tabuladoras para que una de ellas siempre estuviera en conexión con el aparato, y las otras a voluntad según el movimiento del pequeño manubrio, se conectaran o con el donador o con un recipiente con suero.
En 1925, en el Hospital General de México, Rodolfo Ayala González y Abelardo López Monges iniciaron las transfusiones sanguíneas, y Clemente Robles Castillo, en el Hospital Juárez, sentó las bases del control fisiológico del choque en el manejo transfusional del trauma en México. En esa época se manejaban las pruebas de Jeanbrau, donde se dejaban desecar durante dos horas 4 cm3 de sangre del donante para obtener el suero, para después tomar la muestra del receptor; se combinaban y si tomaban un aspecto de barniz podía donarse, pero si se formaban grumos era incompatible. Aunque en la primera mitad del siglo XX la práctica de la medicina estaba centralizada en gran medida en la capital del país, se sabe que en la ciudad de Aguascalientes el Dr. Salvador Martínez Morones hizo la primera transfusión de sangre en 1933, al Sr. Presbítero don Rutilo Alonso.
