Descubre Cómo la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 Transformó la Libertad para Siemprepost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
771 715 4434

En 1789, el pueblo de Francia causó la abolición de una monarquía absoluta y creó la plataforma para el establecimiento de la primera República Francesa. La Declaración de los Derechos del Hombre y de los Ciudadanos de 1789 marcó un punto de inflexión en la historia universal. Este año fue de suma importancia para Francia, no solo por la Revolución Francesa, sino también por otros acontecimientos que, con el paso del tiempo, sentarían las bases para la humanidad.

Gracias a los viajes de pensadores y otros personajes a países europeos, se evidenciaban las diferencias en el orden social y político. Una de las conclusiones obtenidas de estas observaciones fue que no era un mandato divino formar parte del gobierno de un país, una revelación para muchos pueblos, incluida Francia, que vivían bajo tales ideas. Esto delimitó las cuestiones religiosas, que desde entonces se vieron como parte de la convicción personal y la libertad de conciencia, de lo relacionado con el gobierno de las sociedades. Otras ideas generadas fueron el plan de reconstrucción de nuevos órdenes bajo la razón, la justicia y la libertad, así como el reconocimiento de todas las culturas existentes en el mundo, asegurando la libertad en todos los aspectos.

Estas ideas inspiraron la creación de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789. Este documento se creó en el contexto antes mencionado y fue rápidamente difundido por extranjeros participantes de la Revolución Francesa, quienes se encargaron de darlos a conocer en sus países de origen. La Declaración, aprobada por la Asamblea Nacional de Francia el 26 de agosto de hace 229 años, originalmente contenía 24 artículos, de los cuales solo se aprobaron 17. Años después, estos principios fueron retomados por las Naciones Unidas para promulgar la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Principios Fundamentales de la Declaración de 1789

La Declaración proclama que a todos los ciudadanos se les deben garantizar los derechos de “libertad de propiedad, seguridad y resistencia a la opresión”. Argumenta que la necesidad de la ley se deriva del hecho de que “…el ejercicio de los derechos naturales de cada hombre, tiene sólo aquellos límites que aseguran a los demás miembros de la misma sociedad el goce de estos mismos derechos”. Algunos temas que contienen los artículos son individuales y colectivos, ya que reconocían al hombre como un ente individual que también se desenvuelve dentro de las colectividades de la sociedad. Se debe respetar en todas las personas del mundo su derecho a nacer y permanecer libres, a un gobierno en beneficio de las sociedades y la autonomía de las naciones.

  1. I - Los hombres han nacido, y continúan siendo, libres e iguales en cuanto a sus derechos.
  2. IV - La libertad política consiste en poder hacer todo aquello que no cause perjuicio a los demás.
  3. V - La ley sólo debe prohibir las acciones perjudiciales a la sociedad. Lo que no está prohibido por la ley no debe ser estorbado. La ley sólo debe prohibir las acciones que son perjudiciales a la sociedad. Lo que no está prohibido por la ley no debe ser estorbado. Nadie está obligado a aquello que la ley no ordena.
  4. VI - La ley es expresión de la voluntad de la comunidad. Todos los ciudadanos tienen derecho a colaborar en su formación, sea personalmente, sea por medio de sus representantes. Todos los ciudadanos tienen derecho a colaborar en su formación, sea personalmente, sea por medio de sus representantes, sin ninguna otra distinción que la creada por sus virtudes y conocimientos.
  5. VII - Ningún hombre puede ser acusado, arrestado ni mantenido en confinamiento excepto en los casos determinados por la ley y de acuerdo con las formas por ésta prescritas. Ningún hombre puede ser acusado, arrestado ni mantenido en confinamiento excepto en los casos determinados por la ley y de acuerdo con las formas por ésta prescritas, y no para el provecho particular de las personas por quienes está constituida.
  6. IX - Todo hombre es considerado inocente hasta que ha sido convicto. Todo hombre es considerado inocente hasta que ha sido convicto.

Además, la Declaración habla sobre los límites de la libertad, estableciendo que la libertad de un hombre termina donde empieza la del otro. También aborda la igualdad de todos ante la ley, la libertad de expresión y de pensamiento, y el derecho a exigir cuentas a los gestores encargados de gobernar. Asimismo, se establecieron lineamientos sobre los deberes de los ciudadanos, como la contribución de impuestos en beneficio de la sociedad misma. Toda comunidad tiene derecho a pedir a todos sus agentes cuentas de su conducta. La seguridad de derechos necesita una Constitución que pueda tender siempre a mantener la Constitución y la felicidad general. Los hombres también tienen derechos a la seguridad y resistencia a la opresión. La ley garantiza la protección contra cualquier rigor mayor del indispensable para asegurar la persona y el orden público establecido por la ley. La distribución de contribuciones comunes debe hacerse entre los miembros de la comunidad, de acuerdo con sus facultades, su adjudicación y su cuantía, modo de amillaramiento y duración, y en condiciones de una indemnización previa y justa.

Lea también: Vialidad y el Registro Federal de Contribuyentes

La Tiranía Monárquica y el Llamado a la Libertad

La poca atención y el ningún respeto que los reyes, en todo tiempo, han merecido a los derechos sagrados e imprescriptibles, y la ignorancia que de ellos han tenido siempre los pueblos, son la causa de cuantos males se experimentan sobre la tierra. Innumerables delitos y execrables maldades han cometido siempre los reyes en todos los estados; pero con ningún pueblo se han excedido más que con el americano.

Aquí es donde mejor han puesto en ejecución las máximas de su depravada política y de su corazón perverso; aquí donde más han abusado de la ignorancia y bondad de los hombres; aquí donde más se han ensangrentado. No se puede leer la historia sin derramar lágrimas: cada página presenta un espectáculo horrendo, cada hecho un acto injusto, cruel e inhumano; no hay derecho alguno que no se halle atropellado, ni género de atentado, de violencia ni de atrocidad que no se haya cometido. Siendo lo más notable, que tan enormes crímenes, tan horrendos delitos, se hallan siempre ejecutados como actos de rigurosa justicia; se practican siempre bajo el pretexto de mayor bien de la religión o del público.

¿Habrá alguno que pueda negar unas verdades tan constantes y públicas? Además, ¿no se ha puesto el mayor cuidado en que permanezcamos en la más crasa ignorancia, y en llenarnos de las más perjudiciales preocupaciones? Lejos de fomentar la buena formación de nuestras costumbres, ¿no han procurado por todos los medios posibles la corrupción de ellas? Todos nuestros empleos, todas las piezas Eclesiásticas, ¿no se confieren a extraños? Los hijos de la Patria, ¿somos atendidos para cosa alguna? Nuestros fueros y privilegios, ¿se nos han guardado? ¿Podemos manifestar libremente nuestros pensamientos e ideas? ¿Nos es permitido reclamar nuestros derechos? ¿Nos es lícito decir la verdad? Nada de esto: nada nos es permitido, nada nos es lícito, sino el más profundo silencio, la obediencia más ciega, la ignorancia más estúpida. ¿Puede llegar a más el exceso de la tiranía y del despotismo? Confiésese que nuestra suerte es más desgraciada que la del esclavo más mísero: que somos, y hemos sido siempre tratados, bajo la dominación de los reyes, no como hombres, sino peor que bestias. Ello es cierto, que nos han envilecido de tal modo, que nos han hecho perder hasta la idea de la dignidad de nuestro ser.

El Camino hacia la República y la Soberanía Popular

Instruidos ahora en nuestros derechos y obligaciones, podremos desempeñar estas del modo debido, y defender aquellos con el tesón que es propio. Enterados de los injustos procedimientos del gobierno Español, y de los horrores de su despotismo, nos resolveremos sin duda alguna a proscribirle enteramente: a abolir sus bárbaras leyes, la desigualdad, la esclavitud, la miseria y envilecimiento general. Trataremos de sustituir la luz a las tinieblas, el orden a la confusión, el imperio de una ley razonable y justa a la fuerza arbitraria y desmedida, la dulce fraternidad que el Evangelio ordena al espíritu de división y de discordia que la detestable política de los reyes ha introducido entre nosotros. En una palabra, trataremos de buscar los medios más eficaces para restituir al Pueblo su soberanía, a la América entera los imponderables bienes de un gobierno paternal.

Muchos pueblos se ocupan en el día en recobrar su libertad: en todas partes los hombres ilustrados y de sano corazón trabajan en esta heroica empresa; los Americanos nos desacreditaríamos, sino pensásemos seriamente en efectuar esto mismo, y en aprovecharnos de las actuales circunstancias. En vista de esto, amados compatriotas, ¿qué partido debemos tomar? Conociendo evidentemente que nada bueno podemos esperar de los reyes; que su corazón cruel e inhumano es insensible a nuestros males, ¿qué resolución adoptaremos? Cerciorados de la inutilidad de los recursos suaves, ¿qué medio elegiremos para librarnos de tan insoportable esclavitud? No hay otro que el de la fuerza: este es el único medio que nos resta; este es el que nos vemos en la dura necesidad de abrazar al punto, en la hora, si queremos salvar la patria, si deseamos recobrar nuestros imprescriptibles derechos, que no se nos ha podido quitar sin una infracción de las leyes más sagradas de la naturaleza, y por un abuso feroz de la fuerza armada.

Lea también: Encuentra el RFC de una empresa por su nombre

El grande arte de hacer una revolución feliz consiste en manejarla con la mayor perspicacia, celo y justicia: en desembarazarla de todo lo que la pueda debilitar o malograr, y en conducirla directamente y con la más grande actividad a su fin. No es bastante en tales circunstancias concebir unas empresas sabias y vastas; no es bastante combinar un sistema cuya tendencia sea la reforma de los abusos; no es bastante declarar por réprobo a cualquiera que no tome un gran interés por la Patria; no es bastante descubrir los enemigos públicos y desterrarlos para siempre, desembarazando de este modo el estado de un manantial eterno de facciones y ruinas domésticas; en una palabra, no es bastante consagrar los derechos del ciudadano por leyes positivas. El solo plan que puede asegurar la duración indestructible de una república es el que ataca a un mismo tiempo los extravíos del espíritu y del corazón: esta es la gangrena política de la cual es necesario destruir hasta las más pequeñas ramificaciones para que la cura pueda con certidumbre restituir la salud: este es un movimiento fuerte y decisivo que debe inspirar a todos la firme resolución de franquear rápidamente el paso del abismo de la esclavitud a la cumbre excelsa de la libertad, y de sufrir todos los combates, todos los sacrificios que sean necesarios para romper los nudos que tienen sujeta el alma a tantas inclinaciones inveteradas, a tantas preocupaciones dominantes, a tantos errores seductores.

Esta es la crisis violenta y necesaria que conduce con rapidez a la mutación de un estado deplorable; pues si el envilecimiento y la corrupción son el apoyo de todo gobierno despótico, la virtud y la magnanimidad forman la esencia del republicanismo. En donde todo el poder reside en una sola mano privilegiada, solamente se asciende a fuerza de bajezas, adulando las pasiones de los grandes y ricos, y estudiando cada día nuevos modos de mejor oprimir al Pueblo. En una república nadie se distingue, sino desplegando todos los sentimientos que hacen honor a la humanidad; para mantenerse en la gracia bajo de un gobierno monárquico, es necesario ser el hombre más bajo, el adulador más vil, el político más falaz, el delator más pérfido, el malvado más enorme. Para conservar la confianza en una república, es necesario no apartarse un punto de la virtud, ser justo y sincero, humano y generoso, amar la libertad más que la vida, y reconocer que la igualdad, que es su basa, da al hombre un carácter que no le permite de modo alguno humillar a su semejante.

Una grandeza, una familia noble, una fortuna agigantada, se hacen notar por un orgullo insultante, por un egoísmo bárbaro, por una ignorancia estúpida; pero cubierta con el aparente brillo del fausto, y con un aire lúcido y soberbio, que influye mucho sobre la multitud envilecida. Las virtudes y los talentos solamente dan la consideración a un republicano: su simplicidad le hace más apreciable, y cuando llega a merecer la estimación pública, la debe únicamente a su conocido mérito. El ocioso en una democracia es despreciado del público, como un ser inútil, y castigado por la ley, como un ejemplo escandaloso. El honor en los estados despóticos consiste en ser un ciego instrumento de la voluntad caprichosa y opresiva del tirano; en las repúblicas, se funda en no reconocer otro poder que la justicia y la razón.

Últimamente, en una monarquía cada vasallo, reconcentrado en sí mismo, tiene su forma y su color particular; en las familias mismas, cada uno tiene sus pretensiones, sus errores, sus pasiones, sus bienes, su fortuna y su educación aparte: cada linaje tiene sus costumbres, sus privilegios, su espíritu, su moral y sus defectos que le distinguen. Una sola pasión es común a todos, esta es el extraordinario deseo de las riquezas, porque el oro lo puede todo en semejantes gobiernos; y esta pasión dominante, que excluye el mérito, el talento y las virtudes, no produce sino vicios y crímenes: el hombre vive aislado en medio de sus semejantes, y en nada procura el bienestar de ellos: cada individuo es un egoísta, contrario de su vecino, y enemigo de su próximo: así la sociedad está en un choque continuo, y los miembros que la componen no permanecen unidos sino por la cadena que los comprime y sujeta. En una verdadera República, es todo lo contrario, el cuerpo político es uno, todos los ciudadanos tienen el mismo espíritu, los mismos sentimientos, los mismos derechos, los mismos intereses, las mismas virtudes: la razón sola es la que manda, y no la violencia, el amor quien hace obedecer, y no el temor: la fraternidad quien constituye la unión, y de ningún modo los manejos del egoísmo y de la ambición.

La Ejecución Revolucionaria y sus Desafíos

Todo el arte para obrar una mutación tan feliz en las costumbres consiste en aprovecharse del verdadero momento, o por mejor decir, en saber escoger la mejor disposición de los espíritus: esta disposición, este momento precioso, se encuentra en el año del primer movimiento de toda revolución. Es sin duda la más grande falta que pueden cometer los reformadores de un estado, la de establecer los principios políticos sin pasar inmediatamente a ponerlos en ejecución.

Lea también: SAT: ¿Qué hace realmente?

Hecho el primer movimiento, nombrados los Representantes del Pueblo, reunidos en lugar determinado, y ejecutada la declaración solemne de los derechos sagrados del hombre, es de la mayor importancia publicar inmediatamente la nueva constitución. La menor omisión, la más mínima lentitud en esta parte, acarrea las más funestas consecuencias. En un principio de toda revolución, los partidarios de la tiranía se hallan aturdidos, llenos de sobresalto, y poseídos del más grande temor: el Pueblo al contrario, lleno de valor, de energía, y con todas las disposiciones necesarias para ejecutar las mayores empresas. Si no se aprovecha este tiempo, si la reforma no se ejecuta en este instante, la imaginación se enfría, las ofensas se olvidan, el entusiasmo se pierde, y la malignidad alentada, recobra su audacia, principia a maquinar, y no pocas veces consigue malograr la revolución: todos los vicios y pasiones perjudiciales se reproducen, y afectando patriotismo se reúnen para levantar el grito, y hacer mil reclamaciones contra el nuevo sistema, a fin de destruirlo y de persuadir al pueblo que los retardos de su ejecución demuestran que es impracticable. Entonces, el espíritu de discordia se introduce, inflama los corazones, y hace que se combatan, despedacen y destruyan mutuamente los partidos.

En esta confusión moral y política, los más débiles y los menos austeros, llevados de la inquietud y arrastrados por la seducción, abandonan la causa pública, y no pocas veces se unen a los malvados contra los verdaderos patriotas, que procuran sostenerla con el valor más heroico, tomando por guía y apoyo la virtud. En medio de este contraste, los mejores ciudadanos suelen ser víctimas de la perfidia: como su carácter enérgico se opone a toda transacción de los derechos, no es muy difícil al maquiavelismo pintarlos como los solos obstáculos para el restablecimiento de la tranquilidad general, y de este modo, hacerlos inmolar bajo el título de alborotadores y anarquistas.

El primer cuidado de los legisladores que trabajan en la regeneración de un país debe ser, pues, el de no exponer al pueblo a los furores de unas disensiones intestinas semejantes; y esto no se puede conseguir sino publicando inmediatamente su nueva forma de gobierno, y arrojando fuera del seno del cuerpo social a todas aquellas personas reconocidas por enemigos del nuevo sistema. Cuando la soberanía del Pueblo descansa particularmente en su unidad; cuando su felicidad depende de su concordia; cuando la prosperidad del estado no puede ser sino el producto del concurso general de sentimientos y de esfuerzos hacia un objeto único, es un absurdo conservar en la asociación civil hombres que alteran todos los principios, que aborrecen todas las leyes y que se oponen a todas las medidas. El destierro de unas gentes tan corrompidas e incorregibles asegura la libertad, y evita la pérdida y muerte de muchos millares de ciudadanos útiles y virtuosos.

Influencia Global de la Declaración

Diversos extranjeros como David Williams (de Inglaterra), Thomas Jefferson (de los Estados Unidos), o Francisco de Miranda (de Venezuela), estuvieron presentes en la Asamblea Nacional durante la Declaración de los Derechos del Hombre y Ciudadano y, además, cada uno llevó estas ideas a su región, para que de verdad fueran universales. Por ejemplo, Francisco de Miranda jugó un papel muy importante en la parte sur del continente americano como líder de los movimientos en pro de la liberación de los países de esta región.

Como esta Declaración no hablaba expresamente sobre las mujeres, años más tarde la escritora inglesa Mary Wollstoncraft haría público un texto titulado: La defensa de los derechos de la mujer, que sentó las bases para la lucha por la equidad. Sin duda, la aprobación de esta Declaración fue importante para sentar las bases de garantías individuales, derechos humanos y equidad de género que hoy se tienen en el mundo. Aunque en un principio fueron pensadas solo para Francia, no fueron pocos los que se dieron cuenta de que debían tener el carácter de universal, pues había algo que creaba lazos entre los franceses y el resto del mundo: que todos son humanos.

En 1864, dieciséis países europeos y varios países de América asistieron a una conferencia en Ginebra, por la invitación del Consejo Federal Suizo y por la iniciativa de la Comisión de Ginebra, mostrando la continua relevancia y evolución de los principios de derechos humanos.

tags: #1789 #nombre #de #la #declaración