La Revolución Francesa representó el fin del Antiguo Régimen y el inicio de la modernidad. En este contexto de profundas transformaciones, Luis XVI encarnó la contradicción entre dos épocas contrapuestas, enfrentándose a una situación que nunca llegó a comprender. Las causas de la Revolución francesa tuvieron su origen en la falta de libertades individuales, la pobreza extrema y la desigualdad que existía en Francia durante su reinado y el de María Antonieta, donde el clero y la aristocracia gobernaban con un poder despótico y sin límites. A todo ello se añadían los privilegios sociales y económicos de que disfrutaban la aristocracia y los estamentos religiosos a costa de una ciudadanía que apenas podía mantenerse.
Antecedentes y Tensiones Crecientes que Condujeron a la Guerra
Desde la toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789, la monarquía de los Borbones había entrado en un proceso revolucionario. Esta deriva fue observada con creciente preocupación por las monarquías absolutistas del continente europeo, con el fundado temor de que se acabara extendiendo a sus países y amenazara su poder. La familia real y los privilegiados no aceptaron las imposiciones de la Asamblea Nacional, y en secreto negociaban con los partidarios del absolutismo y las monarquías extranjeras. En un intento desesperado, Luis XVI, opuesto al curso que iba tomando la Revolución, huyó junto con su familia de las Tullerías el 20 de junio de 1791. Sin embargo, fueron descubiertos y detenidos en la localidad de Varennes, siendo devueltos a París. Este episodio, conocido como la Huida de Varennes, provocó una nueva oleada revolucionaria y un aumento drástico de la tensión política y social en Francia, así como la amenaza militar de las potencias europeas. La tensión con Austria, reforzada con la Declaración de Pillnitz, llevó a que Francia declarase la guerra el 20 de abril de 1792.
Motivaciones de la Declaración de Guerra
La Manifestación del 20 de junio de 1792 fue el último intento pacífico de las clases bajas parisinas de convertir a Luis XVI en un soberano más atento que escuchara los deseos de su pueblo. Esta manifestación tiene sus orígenes en la declaración de guerra de Francia a Austria, que ocurrió exactamente dos meses antes. El propio Luis XVI había leído la declaración ante la Asamblea Legislativa en medio de los aplausos delirantes de los diputados allí reunidos.
La Asamblea Legislativa estaba dividida en cuanto a la estrategia a seguir:
- La creciente facción girondina quería asegurar su propio dominio y diseminar los principios de la Revolución francesa a todos los pueblos de Europa; una “cruzada universal” en las palabras de su líder Jacques-Pierre Brissot. Creían que la guerra iba a servir para desenmascarar a los traidores y, a la vez, el propio Luis XVI se vería obligado a definirse.
- Del lado opuesto del espectro político, los feuillants, la facción monárquica constitucional, querían la guerra para recobrar su influencia mediante la victoria en el campo de batalla, lo que les permitiría arrebatarles el poder a los girondinos y jacobinos radicales.
No obstante, el rey parecía albergar dudas. Su esposa, María Antonieta, fue más proactiva, escribiendo cartas en código a sus contactos en Austria en las que reveló secretos militares y los movimientos de las tropas francesas. Una minoría, dirigida por Robespierre y apoyada por Danton, se oponía a la guerra, aunque esta oposición se vería pronto superada. En Europa, en las cortes de Austria y Prusia, había una predisposición hacia la guerra, llegando a concluir una alianza militar.
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Las Primeras Batallas y Reveses Franceses
La Asamblea Legislativa declaró la guerra a Austria el 20 de abril de 1792. Esta decisión llevó rápidamente a los primeros enfrentamientos con la toma de Porrentruy el 28 de abril de 1792 por iniciativa francesa contra territorio de Austria, siguiendo la batalla de Marquain al día siguiente. Sin embargo, en las primeras semanas de guerra, las fuerzas francesas estaban divididas en tres ejércitos separados y contaban con 150.000 hombres en total, al mando de tres generales que habían obtenido su reputación luchando las guerras del Antiguo Régimen. Dirigían masas desorganizadas e indisciplinadas de hombres corrompidos por la influencia de los jacobinos antiaristocráticos. En consecuencia, durante las primeras semanas de guerra, la resolución de los ejércitos de ciudadanos franceses se desmoronaba bajo la más leve presión.
Casi de inmediato, varios regimientos franceses, incluido el regimiento alemán real, desertaron y se pasaron al lado austríaco. El 29 de abril, una escaramuza causó la derrota aplastante de una fuerza francesa al mando del general irlandés Théobald Dillon. Los franceses se retiraron a Lille, donde asesinaron a Dillon luego de culpar su derrota al hecho de que era un espía. Naturalmente, el asesinato de Dillon puso nerviosos a los otros generales franceses, y algunos, notablemente Rochambeau, rápidamente renunciaron a sus mandos. Los generales, reunidos en Valenciennes en mayo, declararon imposible de ejecutar la ofensiva y aconsejaron al Rey que pidiese la paz. Esta actitud fue interpretada como una traición y dio lugar a un nuevo impulso revolucionario entre el pueblo, que dirigió sus iras contra el Rey, la aristocracia y el clero refractario.
La Reacción Popular y el Manifiesto de Brunswick
La presión popular obligó a la Asamblea a endurecer su postura, impulsando medidas como la creación de una guardia revolucionaria y la disolución de la guardia del Rey, así como la deportación de sacerdotes refractarios. Las cosas se complicaron aún más para el Rey cuando, a principios de julio, el Duque de Brunswick cruzó la frontera y lanzó un manifiesto el 25 de julio de 1792. En este documento, los Ejércitos Imperiales y de Prusia amenazaron con la ejecución o represión de todo aquel que se resistiera al restablecimiento de la monarquía y a las tropas de coalición, prometiendo destruir París si se ejercía violencia sobre la persona del Rey. Este manifiesto ocasionó que Luis XVI fuera visto como conspirador con los enemigos de Francia, lo que encendió aún más la furia del pueblo.
La Manifestación del 20 de junio de 1792, provocada por los vetos del rey a los decretos de la Asamblea Legislativa (deportación de sacerdotes refractarios y establecimiento de un campamento de voluntarios), mostró el creciente poder de los sans-culottes. En esta jornada, 10.000 personas se reunieron y demandaron entrar en la Asamblea y el Palacio de las Tullerías, donde acosaron al rey. Aunque Luis XVI mantuvo una compostura inusual, este evento marcó el principio del fin de la monarquía, demostrando su fragilidad y el poder de las masas parisinas. El día 30 de julio, 600 Federados Marselleses entraron en París, entonando un himno compuesto pocos meses antes para el ejército del Rin, ahora bautizado como la Marsellesa.
El Derrocamiento de la Monarquía y el Nacimiento de la República
El 10 de agosto de 1792 tuvo lugar una insurrección que puso fin a la monarquía absolutista de Luis XVI. La multitud, compuesta por insurgentes, miembros de las secciones parisinas y los llamados sans-culottes, asaltó el Palacio de las Tullerías. Ante estos acontecimientos, la Asamblea Legislativa suspendió las funciones constitucionales del rey. La Asamblea acabó convocando elecciones con el objetivo de configurar, por sufragio universal, un nuevo parlamento que recibiría el nombre de Convención.
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El mismo día en el que se reunió la nueva Convención francesa, el 20 de septiembre de 1792, tropas francesas -formadas por tenderos, artesanos y campesinos de toda Francia- derrotaron por primera vez a un ejército prusiano en la decisiva Batalla de Valmy. Este evento señaló el inicio de las llamadas guerras revolucionarias francesas y, para más inri, después de esta derrota los prusianos dieron por finalizada su campaña y se retiraron de Francia. Mientras tanto, los franceses comenzaron a obtener éxitos con la ocupación de Saboya y Niza en el frente italiano. A su vez, el general Custine invadía Alemania y capturaba numerosas ciudades a lo largo del río Rin, llegando incluso hasta Fráncfort.
Finalmente, el 21 de septiembre de 1792, la Convención se reunió para declarar abolida la Monarquía y proclamar la República, sepultando el Absolutismo. Así, con el surgimiento del nuevo orden político y social hijo de la Revolución, empezó a cambiar la economía y el poder dentro de Francia. Tras la ejecución de sus monarcas el 21 de enero de 1793, el país tuvo que enfrentarse con sus vecinos europeos, constituidos en lo que se conoce como Primera Coalición (1792-1797), que declararon la guerra a la Francia revolucionaria con la intención de restituir de nuevo la monarquía.
La Primera Coalición
La Guerra de la Primera Coalición (1792-1797) fue el primer esfuerzo coordinado de las monarquías europeas para contener la Revolución francesa. La coalición se inicia como respuesta a la Declaración de Guerra por parte de Francia a Austria y Prusia el 20 de abril de 1792, y la ofensiva de Francia en Porrentuy y Países Bajos Austriacos pertenecientes a la Monarquía Habsburgo de Austria.
A esta coalición se unirían poco después los siguientes países:
- Reino de Prusia
- Gran Bretaña
- España
- Reino de Nápoles
- Reino de Cerdeña
- Provincias Unidas
A pesar de las derrotas iniciales de los ejércitos franceses, a partir de 1794 estos lograron imponerse en el campo militar y derrotar sucesivamente uno por uno a todos los países que habían entrado en la coalición antifrancesa. En 1795, Prusia y España firmaron la paz con el país galo y se retiraron de la coalición, al tiempo que se creaba la República Bátava como un Estado satélite francés en Holanda. A partir de ese año, el Directorio Francés preparó diversas operaciones para lanzar ofensivas en Alemania y el norte de Italia, culminando con la firma del Tratado de Campo Formio en 1797 entre Francia y Austria, poniendo fin a la primera coalición.
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