La intervención militar en Panamá marcó un hito en la historia contemporánea de América Latina. Todo comenzó en la madrugada del 20 de diciembre de 1989. En medio de la noche, tropas de EE.UU. invaden Panamá con el objetivo de sacar del poder al entonces gobernante de facto, el general Manuel Noriega.
Para entender la magnitud del despliegue y los hechos ocurridos dentro del refugio diplomático, existen testimonios de personas que vivieron el proceso a escasa distancia del mandatario. Enrique Jelenszky no sólo estuvo en Ciudad de Panamá para el asalto, sino que sirvió de traductor entre Noriega y las autoridades estadounidenses en la negociación para su rendición.
El inicio de la invasión y el ambiente en Ciudad de Panamá
Las primeras horas del conflicto armado estuvieron llenas de incertidumbre para los habitantes de la capital panameña. El relato de Jelenszky describe la confusión inicial ante el ataque: "Escuchamos un ruido, despertamos y mi hermano gemelo me grita que EE.UU. estaba invadiendo Panamá". La cercanía de los combates hacía que cada estallido se percibiera con total claridad desde los hogares civiles: "Ciudad de Panamá es pequeña. Así que fuimos al segundo piso de la casa de mi madre y desde allí vimos el fuego en la noche."
El refugio en la nunciatura: Testimonio a pocos metros de Noriega
Tras el avance de las tropas extranjeras por la capital, la nunciatura apostólica se convirtió en el epicentro de la tensión política y diplomática. Aquel recinto estaba totalmente sitiado. Nadie podía entrar o salir de la nunciatura sin un pase especial. Fuera de Noriega había muchos otros de su gobierno allí.
La convivencia dentro de este espacio de resguardo permitió registrar de primera mano el estado físico y mental del general en sus horas más difíciles. Jelenszky recuerda la proximidad de los dormitorios en el edificio: "Mi habitación estaba junto a la suya. Él nunca dormía con la puerta cerrada, así que podía verlo cada vez que iba hacia mi pieza." A través de esta observación diaria, se hizo evidente el deterioro anímico del líder militar: "Vi a un ser humano muy asustado. Veía televisión todos los días. Mostraban gente patinando en el Rockefeller Center y disfrutando de la época de Navidad. Se veía realmente triste y con temor. Justo fuera de su ventana había un soldado estadounidense armado las 24 horas del día apuntándolo con una ametralladora."
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Tensión militar y la negociación ante el riesgo de rehenes
El temor a que la situación escalara hacia la violencia directa dentro de la sede diplomática era una preocupación constante. Los estadounidenses nos dieron una señal, por si algo iba mal y Noriega decidía tomarnos como rehenes. Sin embargo, los protocolos iniciales parecían insuficientes para garantizar la seguridad de los civiles que se encontraban en el lugar.
Jelenszky detalla cómo se negociaron medidas de seguridad adicionales para evitar tragedias: "Nos dijeron que cerráramos la cortina de la habitación del nuncio si algo pasaba. Yo les dije que no, que una señal no era suficiente. Porque, si algo pasaba, ellos entrarían y terminaríamos todos muertos." Ante esta inquietud, se definieron pautas de comunicación más estrictas y coordinadas: "Así que hubo dos señales: la de cerrar la cortina en una habitación específica y la de bajar una bandera que estaba ubicada cerca de otra ventana. Esas dos señales realizadas al mismo tiempo significaban que nos había tomado de rehenes."
Una conversación existencial en medio del conflicto
En el aislamiento de la nunciatura, el contacto directo entre el traductor y el general Noriega finalmente ocurrió de manera fortuita debido a los ruidos de la maquinaria militar en el exterior. Pedirme que bajara a averiguar qué estaba pasando fue el primer contacto de Noriega conmigo. Así que el día siguiente me acerqué a él y le pregunté cómo estaba de ánimo, cómo se sentía y qué había aprendido de esta experiencia.
La respuesta del gobernante de facto reflejó la pérdida absoluta de su poder político y su vulnerabilidad del momento: Noriega me dijo que se sentía como un átomo en el universo, o sea, como si fuera nada. Ante esta revelación, Jelenszky compartió una profunda reflexión con el militar: "Yo le respondí: 'Efectivamente, esa es la tragedia humana. Nacemos pensando que descendemos de este universo y nos toma muchos años darnos cuenta de que el mundo sigue girando sin nosotros'."
Presión psicológica y el fin del régimen
Las últimas jornadas del general dentro de la nunciatura estuvieron marcadas por el desgaste psicológico y el temor al destino que sufrieron otros dictadores en la historia reciente. Había una presión psicológica sobre él. Los acontecimientos internacionales servían como advertencia constante sobre lo que podría ocurrir si decidía no entregarse de manera pactada.
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Finalmente, tras días de asedio y negociaciones en las que el cerco militar y la presión del entorno jugaron un papel decisivo, se llegó al desenlace definitivo de la operación. El 3 de enero de 1990 Noriega se rindió y se entregó a las fuerzas de EE.UU.
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