Durante el periodo conocido como el Porfiriato, la modernización económica del país coexistió con un gobierno autoritario. Si bien las políticas económicas del General trajeron consigo la modernización y crecimiento de la economía mexicana, el porfiriato se caracterizó por ser un régimen represivo que recurría a la fuerza para imponerse, cuando no funcionaban las prácticas de conciliación.
El descontento y las promesas de apertura de Porfirio Díaz
Este estilo de gobierno generó un creciente malestar entre la población. En un intento por calmar las tensiones, o quizás sin prever las consecuencias, en una publicación Díaz declaró: "He esperado pacientemente que llegue el día en que el pueblo de la República Mexicana esté preparado para escoger y cambiar sus gobernantes en cada elección, sin peligro de revoluciones armadas, sin lesionar el crédito nacional y sin interferir con el progreso del país."
La emergencia de la oposición política: Francisco I. Madero
A raíz de estas declaraciones, se crearon partidos políticos de oposición para las elecciones que se llevarían a cabo en 1910, destacando el partido Anti-reeleccionista, encabezado por Francisco I. Madero. Este partido representó la esperanza de un cambio democrático y el fin de la reelección indefinida.
Los principios y objetivos de la Revolución
El movimiento revolucionario que emergió tenía claros objetivos para la nación. Restablecer la observancia genuina de la Constitución, fue el principal fin del movimiento revolucionario que ha traído el actual orden de cosas: conservarla intacta, ha sido el blanco de mis esfuerzos durante mi presidencia provisional: asegurar su triunfo y su imperio y satisfacer las exigencias moralizadoras de la revolución que acaba de consumarse, será el móvil de todos mis actos en lo futuro.
Los principios cardinales de este programa revolucionario incluían: reanudar y ensanchar nuestras relaciones con el extranjero, sin sacrificio del decoro de la República; respetar la soberanía de los Estados; conservar inviolables las garantías individuales; moralizar la administración; promover las mejoras materiales; garantizar todos los intereses legítimos, y asegurar, en fin, en mi esfera de acción, las conquistas que la revolución ha hecho. Además, se reconocía que el cumplimiento y desarrollo de gran parte de los preceptos constitucionales, no dependen exclusivamente del Ejecutivo, y que no era menos necesaria la cooperación de los ciudadanos en general, cooperación que ellos pueden prestar al gobierno, no sólo sin grande esfuerzo, sino aun por medios fáciles.
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Las aspiraciones de cambio también se reflejaban en la exigencia de una administración ética. La moralidad en la Administración es quizá vuestra mejor protesta. También se buscaba el respeto a la soberanía de los Estados, lo que haría práctico el bien inmenso del principio federativo. Existía una memoria de promesas incumplidas: el mismo compromiso han contraído otros hombres, la misma palabra han interpuesto, las mismas protestas han prestado, y por desgracia nada han cumplido.
El triunfo de los rebeldes y el ascenso de Madero
Las protestas y la lucha armada alcanzaron un punto culminante que marcó el fin del régimen. A finales de mayo de 1911, los generales Pascual Orozco y Francisco Villa tomaron Ciudad Juárez, Chihuahua, lo que representó el triunfo de los rebeldes; después de las elecciones de octubre de ese año, Francisco I. Madero fue nombrado presidente constitucional de México.
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