El concepto de Antiguo Régimen (en francés: Ancien Régime) fue acuñado por los revolucionarios franceses para designar al sistema de gobierno anterior a la Revolución francesa de 1789-1799, que era la monarquía absoluta de Luis XVI. Por extensión, este término se aplicó también al resto de las monarquías europeas cuyo régimen era similar. La Bastilla, fortaleza del rey en París usada como cárcel, era considerada como símbolo del Antiguo Régimen por sus enemigos, y su toma se vio como el inicio de la Revolución que llevó al Nuevo Régimen (1789-1799).
Desde el punto de vista de los reaccionarios enemigos de la revolución, el término Antiguo Régimen fue reivindicado con un punto de nostalgia, siguiendo el tópico literario del «paraíso perdido». La aplicación del término a las estructuras económicas y sociales se atribuye a Ernest Labrousse, y fue difundido por la contemporánea escuela de Annales, con gran aceptación en España a través de hispanistas como Pierre Vilar o Bartolomé Bennassar. Su utilización con este sentido se hizo habitual por autores del tercer cuarto del siglo XX, como Antonio Domínguez Ortiz, Gonzalo Anes o Miguel Artola, que terminaron por fijar el concepto en la historiografía española. La duración temporal del Antiguo Régimen coincidiría con lo que llamamos Edad Moderna: del siglo XV al XVIII.
Características del Antiguo Régimen
El Antiguo Régimen es el sistema político, económico y social predominante en Europa durante la Edad Moderna, caracterizado por la monarquía absoluta, la sociedad estamental, el estancamiento demográfico y la economía agraria de subsistencia.
Sistema Político: La Monarquía Absoluta
El sistema político del Antiguo Régimen era la monarquía absoluta o, como poco, la monarquía autoritaria. Durante la Edad Media, el poder se hallaba atomizado en los distintos señores feudales, y los monarcas europeos tenían más o menos poder en función de sus territorios feudales propios. Durante el siglo XV, los monarcas fueron sometiendo a los señores feudales y acumulando todo el poder político en sus manos, justificando la medida en el origen divino de su poder.
A pesar de este proceso, el poder efectivo del rey quedaba en realidad limitado por distintas circunstancias, como la resistencia de los poderes locales, la falta de medios de control e información efectivos por el retraso de las comunicaciones y la existencia de asambleas estamentales. Estas asambleas recibían distintas denominaciones según el reino (Cortes en España, Parlamento en Inglaterra, Estados Generales en Francia) y estaban integradas por representantes de los tres estamentos sociales (nobleza, clero y estado llano, en este último caso la burguesía rica de las ciudades), que se reunían de manera separada y votaban por estamento, lo que hacía que las votaciones siempre fueran ganadas por los estamentos privilegiados. Durante la Edad Media, estas asambleas tenían poderes como jurar al príncipe heredero, aprobar ciertas leyes y dar el consentimiento a la aprobación de nuevos impuestos por parte del rey. Sin embargo, durante la Edad Moderna, las monarquías absolutas fueron quitándoles estos poderes e incluso dejaron de reunirlas periódicamente.
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La Sociedad Estamental
La sociedad del Antiguo Régimen tenía su origen en la Edad Media y se estructuraba en estamentos, es decir, grupos cerrados a los que se pertenecía por nacimiento y que se diferenciaban por sus privilegios, ya que era una sociedad en la que primaba el principio de desigualdad.
- Los estamentos privilegiados constituían una minoría social y tenían privilegios como la exención fiscal (no pagaban impuestos), justicia propia (se les juzgaba por leyes específicas para ellos y por tribunales compuestos por sus iguales), el monopolio de cargos públicos (sobre todo en sus puestos superiores eran copados por ellos) y la posesión de señoríos feudales (no toda la nobleza y el clero las tenía, pero sólo nobleza y clero podían tenerlos). A estos estamentos se pertenecía por nacimiento, ya que para ser noble se debía ser hijo de nobles o recibir la concesión del rey. En el caso del clero, dado el celibato, no se heredaba, pero los puestos del alto clero eran copados por los nobles, mientras que los del bajo clero eran ocupados por miembros del Estado Llano.
- El Tercer Estado o Estado Llano se caracterizaba por su ausencia de privilegios, siendo muy heterogéneo en sus miembros.
A pesar de individuos e instituciones caritativas que veían en el pobre una imagen de Jesucristo, el Antiguo Régimen asociaba la pobreza extrema y públicamente exhibida a todo género de vicios, tal como muestran la literatura picaresca genuinamente española y los arbitristas.
La Economía Agraria de Subsistencia
En cuanto a la economía, se caracterizaba por el predominio del sector primario (agricultura y ganadería) y su baja productividad, lo que provocaba que fuera de subsistencia, es decir, su objetivo principal era asegurar el autoconsumo del productor. Por ello, el cultivo principal eran los cereales, base de la alimentación de la época, y predominaba el policultivo.
La baja productividad estaba provocada por la concentración de la propiedad en manos de los estamentos privilegiados, ideológicamente contrarios a las ideas de progreso y cambio y que además no cultivaban sus tierras de manera directa, sino a través de arrendamientos, censos o utilizando a vasallos feudales o jornaleros. A ello se debe unir la limitación a la propiedad privada por los usos comunales, lo que explica la prohibición del cercado de fincas, predominando así los “openfields” o campos abiertos. Como consecuencia, apenas había inversiones en las tierras y predominaba un acusado atraso tecnológico. La propiedad de la tierra, principal factor de la producción, estaba sometida a vinculaciones que incluían los mayorazgos en poder de la nobleza, las manos muertas en poder del clero y las tierras comunales de los ayuntamientos.
En cuanto al sector secundario (artesanía), su desarrollo estaba limitado fundamentalmente por dos factores. Por un lado, el hecho de que la mayor parte de la población dependiera de la agricultura de subsistencia provocó que la demanda de productos artesanales fuera muy limitada. Por otra parte, la existencia de los gremios, asociaciones de artesanos que regulaban bajo régimen de monopolio una determinada actividad artesanal en cada localidad o zona, limitaba la oferta y la fragmentaba en pequeños talleres artesanales. Por último, el comercio estaba igualmente limitado por la limitada oferta (subdesarrollo agrario y artesanal, dificultades de transporte) y demanda (predominio de población agraria de subsistencia). Por ello, el comercio interior estaba poco desarrollado, desarrollándose en mercados, ferias y lonjas.
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Demografía
Durante el Antiguo Régimen predominaba el denominado régimen demográfico antiguo, caracterizado por altas tasas de natalidad y mortalidad, por lo que el crecimiento vegetativo era muy bajo y además desaparecía periódicamente debido a crisis de sobremortalidad provocadas por hambrunas y epidemias. Por tanto, la población tendía al estancamiento. Sin embargo, a partir del siglo XVIII en los países de Europa Occidental se inicia la Transición Demográfica. Durante esta fase, la tasa de natalidad se sigue manteniendo alta, pero la mortalidad inicia un paulatino descenso debido al carácter menos mortífero de las guerras y a las mejoras higiénico-sanitarias y alimentarias.
El crecimiento del tamaño de las ciudades, a pesar de funcionar como sumideros demográficos y de recursos de todo tipo, contribuyó decisivamente a la transición del feudalismo al capitalismo. No obstante, no hacía olvidar que seguía la época preindustrial, y la ocupación de la inmensa mayoría de la población, la de las omnipresentes zonas rurales, seguían siendo actividades agropecuarias de productividad y rendimientos bajísimos, cuyas técnicas evolucionaban muy lentamente, condenando a la dependencia de los ciclos naturales y las periódicas crisis de subsistencia repetidas cíclicamente, coincidiendo con los meses mayores previos a las cosechas.
Los Agentes de Cambio: Ilustración y Burguesía
El Antiguo Régimen, caracterizado por la monarquía absoluta, la sociedad estamental y el estancamiento demográfico y económico por el predominio de una agricultura de subsistencia, se hubo de enfrentar a la creciente presión de la burguesía, fortalecida por el crecimiento del siglo XVIII y que se concretó en el surgimiento de un movimiento cultural: la Ilustración.
El Surgimiento de la Ilustración
A finales del siglo XVIII, el fortalecimiento de la burguesía provocó su definitivo asalto al poder. El primer paso fue el surgimiento de un movimiento ideológico, la Ilustración, que puso en duda los principios ideológicos del Antiguo Régimen, basados en la religión y la tradición, sustituidos por la razón y el espíritu crítico.
La Ilustración es un movimiento ideológico cuyos precedentes se localizan en Inglaterra y Holanda en el siglo XVII, pero que se consolida en Francia en el XVIII y de allí se extendió por Europa y América. Su base social era la burguesía, aunque también hubo nobles y clérigos, y sus principios básicos eran la defensa de la libertad individual, el racionalismo, la mentalidad crítica, la autonomía del poder civil frente al eclesiástico, la tolerancia religiosa, la defensa del progreso material, de la educación y de las ciencias experimentales, el antropocentrismo y la búsqueda de la felicidad. La “Enciclopedia”, publicada a partir de 1751, pretendía ser un compendio del saber de su época y en sus distintas entradas sirvió de difusor de las ideas de la Ilustración. El crecimiento demográfico y económico en el siglo XVIII fortalecieron a la burguesía, un grupo social perteneciente al Estado Llano que, teniendo riqueza, buscaba poder político.
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El Despotismo Ilustrado
Las monarquías absolutas reaccionaron ante la Ilustración con el Despotismo Ilustrado, que no solucionó el problema político y fortaleció aún más a la burguesía. El Despotismo Ilustrado consiste en la adopción por parte de las monarquías absolutas europeas de parte de las ideas de la Ilustración, especialmente en el terreno económico, ya que se consideraba que las reformas basadas en ellas podían producir un crecimiento que beneficiaría a sus súbditos y fortalecería a las mismas monarquías.
Sin embargo, no se adoptaron sus principios políticos y sociales, ya que estos ponían en duda a la propia monarquía absoluta y a la sociedad estamental que la sostenía. Las reformas económicas del Despotismo Ilustrado favorecieron la tendencia general al crecimiento económico del siglo XVIII, pero provocaron el descontento de los estamentos privilegiados, contrarios a las reformas, y la insatisfacción de la burguesía, que deseaba también reformas políticas y sociales.
El Antiguo Régimen en Diferentes Contextos Europeos
El concepto de Antiguo Régimen puede aplicarse con propiedad a los reinos de Europa Occidental que tienden a definirse desde finales de la Edad Media como monarquías autoritarias y, más tarde, como monarquías absolutas. El primer ejemplo fue, sin duda, Portugal. Para finales del siglo XVI, solo Francia, Inglaterra y la Monarquía Hispánica se podían añadir a la lista. Sin embargo, para la mayor parte de la Edad Moderna en Inglaterra u Holanda, el término Antiguo Régimen no es aplicable, dado que desde el siglo XVI o XVII están en un proceso de transformación económica, social y política, que la historiografía anglosajona llama Modern History al periodo desde la Edad Media hasta la actualidad.
El Modelo Francés
El Antiguo Régimen tomado como modelo se desarrolló en Francia, al emerger la monarquía francesa de la dinastía Valois de su enfrentamiento con Inglaterra en la guerra de los Cien Años, marginando a la rival Borgoña y sometiendo a la mayor parte de los estados nobiliarios más o menos levantiscos. La vuelta de la sede pontificia de Aviñón a Roma tras la resolución del Cisma de Occidente supuso una disminución del control que había llegado a alcanzar la monarquía francesa sobre la Iglesia, e Italia pasará a ser el principal tablero de juego en la disputa de la hegemonía europea.
En ese contexto, Luis XI sería un buen ejemplo de rey autoritario para el siglo XV. Francisco I, en la mitad inicial del siglo XVI, no consiguió prevalecer sobre su enemigo Carlos V, ni en las guerras europeas ni en la expansión colonial, pero consiguió asentar un poder interior indiscutible. El turbulento periodo que llevará a sus sucesores a las guerras de religión de la segunda mitad del siglo XVI terminará con el breve pero decisivo reinado de Enrique IV, que inaugura la dinastía de Borbón. En el reinado de Luis XIII y la minoría de edad de Luis XIV, validos como Richelieu y Mazzarino irán hábilmente concentrando el poder real en medio de una complicada coyuntura europea e interior.
El Caso Español
El modelo español se diferenció del francés en lo que Ignacio Vicent López llamó «una cuestión de estilo». El reinado de los Reyes Católicos fue decisivo en la elaboración de este estilo, que se fundamentaba en la conciencia de la monarquía católica. El éxito es indudable y aventajó al de la monarquía francesa durante el siglo XVI: se consigue un conjunto territorial sin parangón que, aunque poco cohesionado, puede ser eficazmente gobernado desde un centro localizable en Castilla tras la guerra de las Comunidades (1521) y la elección de Madrid como capital política (1561).
De Castilla se drenan una fabulosa cantidad de recursos impositivos que se gastan en la política europea que identifica los intereses de la Monarquía Católica con los de la causa del catolicismo. El control interior queda garantizado por una creciente burocracia, el régimen polisinodial de los Consejos, que se implanta territorialmente a través de los virreyes en los reinos y los corregidores en las ciudades. El control de los estamentos privilegiados se logra por la sumisión del clero y la nobleza, acostumbrada a poner y quitar reyes en las guerras civiles castellanas de la Baja Edad Media. El rey se convierte en gran maestre de las órdenes militares desde Fernando el Católico, implica a la aristocracia en su política de nombramientos y deja claro que, a cambio de ejercer sin injerencias el poder político, les garantiza el poder social y económico. Los desmochamientos de torreones son un claro mensaje simbólico, y los puestos burocráticos son un buen banderín de enganche para la baja nobleza y la burguesía.
El brillo cultural del Siglo de Oro no ocultaba que la economía, estimulada por la revolución de los precios del siglo XVI, entró en declive en el XVII, siglo de crisis general que empujará a la despoblación en particular a la Europa del Sur, mucho más a España, y más aún al hasta entonces decisivo centro castellano. El cambio de dinastía de 1700 (Felipe V de Borbón) produjo el encauzamiento del sistema hacia un absolutismo con características similares al francés, que produce intentos bienintencionados, como la racionalización fiscal como el Catastro de Ensenada, y también otras reformas ilustradas que no llegan a aplicarse completamente. El Antiguo Régimen perdura brevemente en el siglo XIX hasta la guerra de la Independencia española, cuando, al promulgarse la Constitución de 1812 en Cádiz, se abrió el proceso de constitucionalismo. El término Antiguo Régimen tuvo el mismo significado que en Francia, a pesar de que el final de dicho régimen no fue tan drástico como el francés. Tras los años de ocupación francesa y la final derrota de Napoleón en 1814, se produjo la Restauración absolutista, lo que provocó la involución de la política española al Antiguo Régimen durante la mayor parte del reinado de Fernando VII. Su sombra continuó presente durante el segundo tercio del siglo XIX con las guerras carlistas.
Otros Países Europeos
Para el resto de Europa, el concepto de Antiguo Régimen es de uso problemático. La situación espacial del continente era de una extraordinaria complejidad, que no eliminaron ni los tratados de Westfalia (1648), ni los posteriores de Utrecht y Rastatt (1714). Lo que sí produjeron fue una clara modernización de las relaciones internacionales, en un sentido pragmático que olvidaba las fantasías medievales y el fundamentalismo religioso aún vigentes en el siglo XVI. En 1648, los Habsburgo de Madrid se resignan a la independencia de las Provincias Unidas y reconocerán poco después la de Portugal, pero siguen controlando débilmente Italia y Flandes, además de un inmenso imperio americano cuya gestión es cada vez más problemática. La amenazadora cercanía del Imperio turco continuaría hasta el sitio de Viena de 1683. Las monarquías escandinavas seguían dominando el Báltico, aunque abandonarían los asuntos centroeuropeos a los destrozados principados alemanes, principales víctimas de la crisis del siglo XVII, entre cuyas ruinas destaca el naciente Reino de Prusia.
En la dividida Italia se puede identificar con el dominio de los Habsburgo (desde la batalla de Pavía hasta la Unificación). En Centroeuropa, la descomposición del Sacro Imperio, el ascenso de los Habsburgo, la Reforma protestante, la guerra de los Treinta Años y el surgimiento de Prusia fueron dibujando y desdibujando un panorama que no se aclaró hasta la unificación alemana. Los países escandinavos desarrollaron monarquías nacionales desde la Edad Media, interviniendo en los procesos intelectuales clave (Renacimiento, Reforma, Ilustración) e implicándose en los conflictos europeos. Polonia no presenciará la formación de la monarquía fuerte que intentó la dinastía Jagellón, sino una república nobiliaria que jugó incluso a la política de Europa Occidental con la elección de un rey Valois.
La Transición al Nuevo Régimen en América Hispánica
Para el resto del mundo, únicamente América, durante el periodo que fue colonizada por las potencias europeas, podría (forzando mucho el concepto) considerarse en algo semejante al modelo vigente en sus metrópolis. La independencia americana coincide con el final del Antiguo Régimen; de hecho, contribuye decisivamente a él. Los otros continentes son colonizados posteriormente, ya en época industrial o Nuevo Régimen.
La Independencia y el Cuestionamiento Historiográfico
Actualmente nos encontramos en un momento oportuno para considerar el camino recorrido recientemente por los historiadores interesados en Hispanoamérica que estudian el Estado en el siglo XIX. Durante los últimos quince años, se ha asistido a la publicación de numerosas obras sobre lo que se llamaba anteriormente el "siglo olvidado" de la historiografía latinoamericanista. Este nuevo interés llevó a los historiadores a cuestionar la antigua interpretación, según la cual la Independencia y sus ideales políticos habían sido traicionados por los caudillos. Esta interpretación nacida a finales del siglo XIX para legitimar el nuevo orden político terminó por engendrar la idea de un fracaso histórico del liberalismo en la América hispánica, evidenciado en el predominio del personalismo político y de las formas de violencia. Al contrario, las investigaciones recientes han puesto en evidencia el peso de la legalidad liberal en el interior de los nuevos espacios políticos.
Los nuevos cuestionamientos relativos a la historia política del siglo XIX están ligados a los recientes resultados obtenidos por los historiadores de la época absolutista y de la Independencia. Esta nueva cronología y este nuevo modelo historiográfico fueron adoptados en el marco de las investigaciones tanto en historia económica como en historia política y social. La mayoría de estas obras se remontan, en los primeros capítulos, hasta las reformas de la época borbónica. Esta periodización, propuesta por primera vez por Tulio Halperín Donghi en 1985, cambió de manera radical el acercamiento a la Independencia. Más que como una pausa, se la considera como el resultado de las políticas llevadas a cabo por la Corona española y las consecuencias provocadas por la crisis de la Monarquía.
Este cambio de perspectiva se debe no solo a la caída definitiva del modelo patriótico criollo, forjado a finales del siglo XIX con el fin de legitimar el Estado oligárquico-liberal, sino, además, a la crisis de la teoría de la dependencia y al discurso anticolonialista de origen marxista de los años ochenta. El declive de este modelo historiográfico, ligado a la caída del sistema comunista y a la evolución de las investigaciones históricas, llevó a los historiadores a establecer una relación más estrecha entre independencia y reformismo absolutista.
Las reformas borbónicas difundieron en los territorios americanos una nueva concepción del Estado, que tendió a dinamizar la sociedad al contribuir a reformar las estructuras económicas, sociales y políticas y a introducir nuevos modelos culturales. Sin embargo, numerosos estudios sobre la crisis de la monarquía demuestran, al contrario, la sobrevivencia y el renacimiento de una cultura y de comportamientos políticos tradicionales. La cuestión consiste en saber cómo la apertura a las ideas provenientes de medios ilustrados de Europa y de América del Norte y el nacimiento de una nueva sociabilidad política procedente de las sociedades científicas, periódicos, debates públicos, asociaciones y salones se articulan con el fracaso del Estado absolutista en su intento de desmantelamiento de la sociedad corporativa, que precedió su propia disolución. Las investigaciones recientes sobre la época absolutista tuvieron el gran mérito de evidenciar la complejidad del período, que no puede ser reducida a los intentos de la Corona por aumentar su control sobre las colonias y sus recetas fiscales, puesto que terminaba también por favorecer ciertos sectores de la sociedad americana.
Desafíos del Siglo XIX
Los aportes de estas nuevas tendencias historiográficas juegan un papel fundamental en el "redescubrimiento" de la historia de lo político para la América hispánica del siglo XIX. Se constata el resultado de toda una serie de investigaciones que tienden a relativizar la tesis de la anarquía consecutiva a la Independencia y que, a la inversa, subrayan la fuerza y la continuidad de ciertas instituciones resultantes de la revolución en los regímenes liberales. Esta nueva interpretación permitió cuestionar otra visión del siglo XIX latinoamericano según la cual los regímenes liberales de la segunda mitad del siglo habrían construido un nuevo orden de la nada. En realidad, serían más bien el resultado de varios decenios de esfuerzos y de tentativas encaminadas a edificar regímenes políticos viables.
Es en el contexto de la "jurisdiccionalización" de los Estados contemporáneos que tanto en Europa como en América, se produjo en los últimos quince años una reinterpretación de las experiencias absolutistas y liberales de los siglos XVIII y XIX. Se ha asistido a una revisión fundamental del antiguo paradigma estatal, la cual demostró brillantemente que el Estado moderno no resulta de una marginalización progresiva y de una expropiación por la monarquía de los poderes políticos locales, sino, en cambio, de fenómenos de articulación y de interdependencia entre las dos esferas. Esta nueva corriente de interpretación se aplica al periodo del absolutismo así como al periodo posterior a las revoluciones euroatlánticas de finales del siglo XVIII, siendo en este último en el que se arraiga la experiencia del Estado de derecho. Los estudios sobre el siglo XIX europeo han demostrado claramente que este modelo histórico no se impuso de manera inmediata y absoluta después de la Revolución francesa, pero sí que lo hizo progresivamente, de manera parcial y diversificada. Una de las utopías mayores del siglo XIX ha sido creer posible la destrucción integral de las comunidades en provecho de la creación de sociedades de individuos, correspondientes a los grupos humanos que constituyen los Estados. Pero debido a las resistencias culturales, sociales y nacionales, este proceso quedó inacabado.
