Descubre Cómo la Autoridad Moral Personal Transforma Tu Vida Ética Diariapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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En nuestra vida diaria, muy frecuentemente escuchamos que la gente habla de que hay "aspectos éticos y morales" en torno a algún asunto, con lo cual implican que hay una diferencia entre los dos. Por ejemplo, se suele decir que alguien no puede ocupar un cargo público "por razones éticas y morales", o que alguien se opone a hacer tal o cual cosa porque se contrapone "a sus principios éticos y morales". La ética se presenta como una realidad que de forma constante consideramos y nos guía cuando realizamos un acto o cuando omitimos algo en la interacción con los demás. La presencia cotidiana de la ética se ratifica por el significado de origen de esta disciplina como “doctrina de las costumbres”.

Definiendo la Autoridad Moral

La sociedad se rige por una serie de normas y reglas que permiten que la mayoría de las personas puedan vivir en paz. En nuestra vida diaria a menudo seguimos las indicaciones de otras personas u organismos, a la vez que otros siguen las nuestras. La autoridad es el poder que se tiene sobre otra persona, independientemente de si es merecido o no. Al hablar de este punto, resulta necesario presentar una definición de autoridad moral.

La autoridad moral puede entenderse como el respeto o reconocimiento que recibe una persona cuando actúa de acuerdo con sus principios, mantiene una conducta coherente y demuestra una gran ética. No se basa en el carisma, sino en el respeto por lo que representa la persona. Surge del reconocimiento y no de la imposición. Este tipo de respeto se suele ganar cuando alguien se desempeña de acuerdo con lo que defiende y con lo que se espera de esa persona. Para que alguien pueda decir «tengo autoridad», se considera que debe dar ejemplo. Es decir, no se le puede pedir al resto de las personas que hagan algo que uno mismo no hace. Este es uno de los puntos más importantes de la autoridad moral.

Un punto importante de este tipo de individuos es que buscan no juzgar al otro. La autoridad moral no solo aparece en grandes figuras históricas o líderes reconocidos. También puede verse en la vida cotidiana, cuando una persona tiene legitimidad para opinar, aconsejar o defender una postura porque actúa con coherencia y respeto. Existen diferentes figuras que, a lo largo del tiempo, se han establecido como autoridades morales gracias a sus valores claros y a la determinación sobre sus creencias. Un claro representante de esto es Mahatma Gandhi, quien tenía ideas muy claras sobre cómo se debía vivir y pregonaba una filosofía basada en la paz.

Orígenes y Conceptos de Ética y Moral

En su raíz etimológica la palabra ética tiene su origen en el griego ethos, que significa “costumbre”, “hábito”. Una primera etimología nos dice que proviene de ἕθοσ (εοσ, τό, ἕθω) que significa "hábito", "costumbre", "estar acostumbrado", como cuando Aristóteles afirma en la Ética nicomaquea: "Algunos creen que los hombres llegan a ser buenos por naturaleza, otros por el hábito" (γίνεσθαι δ' άγαθούζ οἴονται οἴ μὲν φὺσει οἴ δ' ἔθει οἴ δ διδαχῆ) (1179b21). Una segunda etimología del término "ética" lo haría provenir de ἦθος (éthos) que significa "carácter", y que Aristóteles vincula con ἕθοσ hábito o costumbre. La vinculación de estos dos términos es clara dentro de la ética aristotélica: el carácter se forma a través del hábito o la costumbre.

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Por otro lado, la palabra "moral" proviene del latín mos, mōris, que se refiere a los modales, la "costumbre", "modo", "uso" o "práctica". Fue Cicerón quien introdujo la palabra "moral" en el latín, para referirse a la disciplina filosófica que estudia las costumbres, lo que los griegos llamaban "ética". En resumen, etimológicamente, "ética" querría decir, conjuntando sus dos posibles etimologías, "carácter", "morada" o "costumbre". Por otro lado, "moral" significaría "costumbre", pero habría también un sentido en el que significaría "carácter". En otras palabras, etimológicamente los dos términos no difieren mucho uno del otro, tienen significados muy semejantes.

La ética es una realidad que se encuentra presente en nuestra vida y por ello acudimos a ella de manera permanente hasta en el lenguaje coloquial. La ética o filosofía moral es la ciencia que, a la luz de la razón, reflexiona sobre el sentido, la licitud y validez, bondad o maldad de los actos humanos. Se requiere, sostiene Víctor Manuel Pérez Valera (2001) “de una justificación racional del modo de proceder que oriente al hombre a que se rija por principios éticos de manera coherente y armónica con su naturaleza racional y libre”. La ética, por tanto, tiene como finalidad establecer una plataforma valoral que supere lo arbitrario y caprichoso en las actuaciones humanas.

Esta ciencia proporciona los principios o criterios que permiten decidir, juzgar o evaluar para determinar el comportamiento moral. Es el área de la filosofía que proporciona los principios válidos para orientar correctamente la conducta humana de los valores éticos como bondad, justicia, felicidad y amor, entre otros. La ética es una guía para la conducta humana que proporciona un criterio para orientar nuestros actos en una línea valiosa. La ética es axiológica, porque todos los problemas que aborda giran en torno de un valor: la bondad moral. El objeto de estudio de la ética lo constituye un tipo de actos humanos: los actos conscientes y voluntarios de los individuos que afectan a otros, a determinados grupos sociales o a la sociedad en su conjunto.

Autoridad Moral, Autonomía y Obediencia

La noción de ‘obediencia’ se encuentra estrechamente unida al concepto de ‘autoridad’, en cuanto ambos términos dependen de una finalidad ínsita en la naturaleza humana y alcanzable por el hombre, desde la cual adquieren su pleno sentido. La relación autoridad-obediencia se da en un contexto de intereses compartidos, en el que cada una de las partes del binomio ejerce el papel más adecuado a su propia condición. Obedecer al que tiene autoridad sólo tiene sentido si hay un fin al que se ordena dicha relación, una obra común que tiene que ser realizada bajo la dirección de la autoridad, de tal manera que el grupo realice su bien común y permita, a la vez, a cada uno de sus miembros alcanzar su propio fin.

Sin embargo, hay que distinguir en las personas constituidas en autoridad lo que es propiamente su autoridad moral, si la poseen, y lo que es su poder de gobierno. Autoridad moral y poder de gobernar tendrían que ir siempre juntos, pero debido a la debilidad de la naturaleza humana, no es siempre así, por lo que puede haber personas con poder de gobierno y sin autoridad moral.

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Ahora bien, el bien común y el fin moral individual no serían tales si no fuesen alcanzados en virtud del ejercicio de la autonomía moral de la persona, ya que, según Tomás de Aquino, la obediencia es una virtud, no un defecto, y se ejercita mediante la razón y la voluntad. La obediencia no se opone a la autonomía moral, como se llegó a pensar en la Ilustración, sino que, al contrario, la potencia. Esta autodeterminación puede ser sostenida por la autoridad moral, en el ámbito que sea, el de la familia, el de la escuela, el de la comunidad política, etc.

Para llegar a ser un razonador práctico-moral autónomo, se necesita de un aprendizaje dependiente de las relaciones sociales, las cuales tienen lugar en el interior de la familia y del hogar, de la escuela u otra actividad, de la comunidad más próxima y de la sociedad en general. En el seno de esas distintas comunidades hay personas que se constituyen en autoridad moral por su situación jerárquica y, sobre todo, por haber alcanzado cierto grado de sabiduría moral reconocida por quienes les obedecen. La autoridad es reconocida y manda cuando es el resultado de la encarnación de un ideal o télos al que se somete quien desea alcanzar el mismo. Por ser un ideal encarnado, la autoridad moral es la consecuencia natural de un trabajo previo sobre el propio carácter moral por parte del que la ejerce.

El Rol del Ejemplo y el Carácter en la Autoridad Moral

Para que esa tutela sea realmente efectiva, la persona constituida en autoridad debe ser ella misma virtuosa. En diversas ocasiones MacIntyre se detiene a considerar la necesaria cualificación moral del educador para que su labor sea certera. Afirma que el educador debe poseer, en alguna medida, las virtudes que pretende enseñar. El ejemplo activa la razón natural del otro, para que comprenda la máxima moral que se encierra en la conducta observada. Así, la autoridad adquiere un prestigio ejemplar, que proviene de la experiencia y la sabiduría, el cual facilita la obediencia al mandato tácito o expreso.

Si poseer una virtud es la mejor forma de conocer verdaderamente esa virtud, este conocimiento, que en el caso de las virtudes morales va unido a la práctica virtuosa, se convierte en un modo excelente de educación moral. Es exigible, por ejemplo, al que quiere enseñar a otro la virtud de la sinceridad, que sea sincero en sus actos. El ejemplo personal o el ejemplo transmitido a través de narraciones son referencias concretas de formas buenas de conducta. Guiar a otro en el camino de la virtud, cuando se hace desde el ejercicio de la virtud, supone tener autoridad moral, requisito indispensable para ejercer la labor de educador.

La autoridad moral, sin embargo, no vale sólo para la educación de los niños, sino también para la orientación moral de los jóvenes y adultos, en cualquier ámbito social, ya sea el de la familia, o el de cualquier trabajo u oficio, o el universitario, o el de la empresa o el político. Precisamente por la conexión determinante que existe entre el carácter moral y el razonamiento práctico, en la medida en que un joven o un adulto no ha alcanzado la virtud necesaria para juzgar rectamente y con facilidad en unas circunstancias determinadas, necesita ser orientado por la autoridad, practicando la virtud de la obediencia como reconocimiento de la verdad.

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El virtuoso obedece a la autoridad moral comprendiendo racionalmente lo que se le manda hacer, con libertad, y con cierta facilidad. Tiene una recta estimación del principio de lo operable, que es el fin, y sus disposiciones morales se conforman con esa estimación. De ahí que en el virtuoso encontremos, a la vez, obediencia a la autoridad moral y plena autonomía moral.

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