Los bosques, montes y pastizales, con los muy diversos recursos que comprenden, fueron fundamentales en la vida de los pueblos, haciendas y fábricas desde tempranas épocas de la era colonial.
Orígenes y Evolución de la Propiedad Forestal
El asentamiento de esta zona tiene su origen en la localidad de Santiago Tlatelolco, la cual fue despojada de sus pobladores naturales con la llegada de los españoles para ser dada en retribución a Blas López de Aragón, por prestar sus servicios militares a la Corona Española. Éste fundó la Hacienda de Santa Ana, dedicándose a la producción de maíz, trigo y arvejón, además de la práctica de la ganadería por lo que se construyeron presas, puentes, caballerías y se delimitó el paso del Río de Guadalupe por dicha hacienda, de las aguas del Río de Tlalnepantla - zona conocida hoy como el Acueducto de Guadalupe -. Don Blas López de Aragón cobró por años tributo a los indios naturales de la parcialidad para mantenerse dentro del territorio, lo que muchas veces lo llevó a tener conflictos de arrendamientos con los pobladores y reparto de tierras con otros hacendados como se pude observar en diversos documentos de los fondos documentales Tierras e Indios que el Archivo General de la Nación (AGN) resguarda.
En cuanto a las fincas privadas, a principios de la era novohispana, algunas eran de españoles y otras de caciques indígenas. El primer dominio privado perteneció originalmente al cacique indígena de Coyoacán. Se le llamó Mipulco o Eslava -en ocasiones anteponiéndoles el nombre de San Nicolás-, y sería la principal hacienda de la región a lo largo de siglos. Al inicio medía cuatro caballerías de tierra (172 ha) y desde la era colonial tuvo como vocación la explotación maderera. Experimentó numerosos cambios de dueño y de nombre.
Nicole Percheron, en su estudio detallado sobre la serranía del Ajusco, señaló cómo, desde el siglo XVI, las propiedades privadas invadieron recursos comunales, tendencia que sería la base de los conflictos -y sus posibles arreglos- desde la era independiente y hasta la revolucionaria. En 1529 toda esta serranía había pasado a formar parte del marquesado de Cortés en la jurisdicción de Coyoacán. Las disputas no tardaron en aparecer y algunas comunidades rechazaron la pretensión del conquistador y de sus herederos de considerar sus recursos comunales como parte de su marquesado. Las grandes haciendas -San Nicolás Mipulco (o Eslava), La Cañada, Xoco y El Arenal- buscaron monopolizar recursos forestales.
Regulación y Derechos sobre los Recursos Naturales
A lo largo de siglos, cuantiosas leyes, así como normas consuetudinarias, trataron de ir reglando los variados derechos de acceso, uso, posesión y propiedad, lo que frecuentemente derivó en contradicciones y vacíos legales. Aun cuando hubo conflictos numerosos y diversos, las siguientes páginas únicamente explorarán las tensiones entre haciendas y pueblos, no solo porque fueron decisivas para conformar los territorios forestales, sino también porque permiten asomarnos a la historia social y económica de los habitantes humildes, principalmente de aquellas comunidades que poseían recursos forestales.
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Doy vuelta a la página a fin de mencionar algunas disposiciones novohispanas para regular los derechos de los pueblos de indios puesto que, con frecuencia, en el México independiente se mantuvieron vivas y se adaptaron por autoridades, pueblos y hacendados. Como se comprobará, trozos de ellas quedaron en la memoria popular, cuando así convenía, convirtiéndolas en costumbres y fuentes de legitimidad. Reproduzco por ello algunas disposiciones tendientes a asegurar que los bosques, montes y otros recursos, como el agua, fuesen “comunales” y que los indios accediesen a ellos de manera libre y sin trabas. Desde que se dictaron estos derechos respecto de aguas, tierras, pastos y leña, y como sucedía en otros espacios iberoamericanos, muchos pueblos se ampararon en ellos utilizándolos en los siglos por venir.
Al mismo tiempo, la corona española marcó límites al usufructo que los indios podían hacer para que no lastimasen ni los bienes naturales ni el equilibrio con otros actores sociales. En el siglo XVIII se ratificó su capacidad de entrar en estancias y montes para el “corte de todas aquellas especies de leña y maderas que necesitasen para sus propios usos y el de sus familias, fábricas y reparo de su casa y jacales, como también en el de sus iglesias; bien entendidos de que no por este beneficio había de talar, destruir o destrozar los árboles ni causar ningún perjuicio”. Es significativo que esta potestad comprendiera solo “lo necesario y preciso a sus propios usos y menesteres” y castigara a quienes “intentasen vender, o utilizarse en otra forma”, pues se buscaba un equilibrio entre pueblos y hacendados y, por mucho tiempo, en ello se ampararon ciertos propietarios para limitar los derechos de las comunidades sobre el bosque.
En esta cuenca del río Magdalena la corona otorgó a los pueblos títulos sobre varios territorios, en especial, en tanto bienes comunales de los que tomaron posesión y que incluían amplias superficies boscosas. Desde temprano, estos actores colectivos buscaron asegurar sus derechos mediante títulos, mapas y lienzos que hasta hoy continúan como los documentos fundamentales con que las comunidades “originarias” -término que ahora se utiliza- han defendido sus tierras, aguas y bosques.
Conflictos y Tensiones
En muchos rincones novohispanos, entre ellos estas cuencas, surgieron querellas por el haz de derechos sobre bosques y montes. Los hubo entre y dentro de los pueblos, al igual que entre estos y los particulares.
Cuando México comenzó a forjarse a sí mismo, y hasta entrado el siglo XX, la explotación forestal siguió siendo vital para las comunidades del Ajusco, de la sierra de Las Cruces y de la cañada de Contreras. De ahí sus habitantes obtenían un amplio rango de productos: de comida, medicinales, energéticos, de producción económica, y otros. Estos pueblos, al igual que otras zonas de montaña, como las del Nevado de Toluca, explotaban diversos tipos de madera para construcción y combustible, producían carbón -la principal fuente de energía en el campo y la ciudad, para su autoconsumo o para vender en mercados locales y en la ciudad de México- y contaban con territorios para pastar, cazar, sembrar, recoger frutos, verduras, tés y hongos, raíz de zacatón que se vendía como materia prima industrial para la fabricación de cepillo, ocochal o paja de monte para la crianza de aves domésticas y utilizada en la fabricación de adobes de barro; tierra de monte para abono; piedras, tezontle, carrizo y hierbas medicinales, “piñas” de ocote para combustible y adornos, así como para “sangrar los árboles”, es decir, extraer su resina.
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Durante las primeras décadas después del corte de amarras con España, en estos territorios arbolados se mantuvieron derechos sobre bienes comunales y particulares, bienes notariados como propiedad privada y otros en posesión, así como derechos de acceso y de usufructo que volverían enredado el devenir de los recursos naturales.
Es posible que la historiografía mexicanista no le haya concedido la trascendencia debida a un personaje cuya importancia queda en manifiesta mediante esta investigación: el administrador de hacienda, nexo fundamental entre pueblos y fincas, que regía buena parte del trato diario con los del pueblo, así como las mil aristas de los derechos al bosque. Tal y como sucedía desde hacía siglos, el roce de leñadores, pastores, carboneros y otros se escenificaba, no tanto con los dueños, sino con los diversos encargados del mando social.
Un ejemplo típico de estas tensiones, que se expondrá con detalle, tuvo lugar en 1872, cuando el pueblo de San Nicolás Totolapan acusó al administrador de la hacienda San Nicolás Eslava de malos tratos y exigió que respetase sus “propiedades y posesión”; que permitiese a sus habitantes sacar madera y leña de los montes; que ya no los detuviese arbitrariamente, y que dejase de obstaculizar el nombramiento de representante del pueblo que habían decidido.
La Revolución Mexicana y el Fraccionamiento de la Tierra
Con la consumación de La Revolución Mexicana, el territorio fue fraccionado en ejidos como parte de la distribución de tierras a los campesinos, varios terrenos quedaron baldíos debido a que el tipo de suelo salitroso desfavorecía el crecimiento de abundante vegetación e impidió que fuera una zona de cultivo intenso. El propósito principal de crear una población forestal fue para evitar que se crearan remolinos de polvo que afectaran la parte que se tenía planeada urbanizar con el asentamiento de unidades habitacionales. Este trabajo fue comisionado al ingeniero Loreto Fabela, quien después de una serie de dificultades para acondicionar el terreno, sentaría las bases de lo que hoy conocemos como el Bosque de San Juan de Aragón.
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