Resulta innegable que una buena parte de las supersticiones y creencias en misteriosos seres místicos actuales proceden del oscurantismo medieval. Diablos, brujas y hechiceros eran los que atentaban contra la fe y la ley divina que enarbolaba el cristianismo. Para combatirlos no sólo había que dar por sentada su existencia, sino también explicar su nefasta influencia en la vida diaria, que llegaba hasta provocar la misma muerte. La magia, la brujería y en general la invocación de fuerzas y seres sobrenaturales para obtener determinados resultados, está presente en la cultura humana desde sus mismos inicios y aún sigue presente en prácticamente todas las culturas actuales.
Desde muy antiguo las diversas culturas establecieron castigos para las personas a las que se atribuía causar daños mediante la invocación de fuerzas y seres sobrenaturales, como sucedía con la llamada magia negra. Tanto en el Código de Hammurabi de Babilonia, como en el Antiguo Egipto se castigaba a los magos malignos. La Biblia, sobre todo el Antiguo Testamento, prohíbe la magia y la adivinación: «No realizaréis adivinación ni magia» (Levítico 19:26) y establece la pena de muerte para los magos: «Los magos no los dejarás vivir» (Éxodo 22:18). El Código Teodosiano promulga, por primera vez, una ley en contra del ejercicio de la magia, en 429. En 534, el segundo Código de Justiniano prohíbe consultar a los astrólogos y adivinos por ser una «profesión depravada».
La Bruja Medieval y el Malleus Maleficarum
Durante las últimas décadas del siglo XX los historiadores han cambiado nuestra visión de la caza de brujas europea en grado considerable. La brujería no era un invento de la Iglesia, sino una creencia ancestral, hasta el siglo XV considerada como superstición pagana tanto por la Iglesia Católica como por la Ortodoxa. Sin embargo, la caza inquisitorial de brujas no empezó antes de principios del siglo XV, cuando la creencia popular había sido reinterpretada y las brujas definidas como una nueva secta diabólica. La caza de brujas ya no se puede considerar como algo perteneciente a la Edad Media, porque fue insignificante en comparación con la brujomanía de la Edad Moderna.
A finales de la Edad Media empezó a configurarse una nueva imagen de la bruja, que tiene su principal origen en la asociación de la brujería con el culto al Diablo (demonolatría) y, por lo tanto, con la idolatría y la herejía. El estereotipo de la bruja como una mujer mayor, que vuela en una escoba acompañada por un gato, que participa en aquelarres nocturnos adorando al diablo, que forma parte de un grupo clandestino que realiza sacrificios humanos y ritos sacrílegos y que conoce todo tipo de pociones mágicas y maleficios se remonta a la antigüedad. Los cristianos fueron acusados de realizar este tipo de actos en la época del Imperio Romano: durante el siglo II fueron acusados de celebrar reuniones clandestinas en las cuales degollaban niños y mantenían relaciones sexuales no convencionales y adoraban animales. En otras épocas fueron los judíos los acusados de practicar este tipo de aquelarres.
El libro medieval "Malleus maleficarum" o "Martillo de los brujos", de Sprenger y Kramer, Manual de la Inquisición aparecido entre 1485 y 1486 habla de la crueldad y peligrosidad de las brujas y explica: "Las brujas de la clase superior engullen y devoran a los niños de la propia especie... causan a sus semejantes daños inconmensurables... conjuran y suscitan el granizo, las tormentas y las tempestades; provocan la esterilidad en las personas... pueden emprender vuelos, bien corporalmente, bien en contrafigura, y trasladarse así por los aires de un lugar a otro; son capaces de embrujar a los jueces y presidentes de los tribunales... inspirar odio y amor desatinados... pueden matar a personas y animales por otros varios procedimientos; saben concitar los poderes infernales para provocar la impotencia en los matrimonios o tornarlos infecundos, causar abortos o quitarle la vida al niño en el vientre de la madre con sólo un tocamiento exterior; llegan a herir o matar con una simple mirada, sin contacto siquiera, y extreman su criminal aberración ofrendándole los propios hijos a Satanás... En una palabra: pueden estas brujas, como antes decimos, originar un cúmulo de daños y perdición que sólo parcialmente estaría al alcance de las demás. Bien entendido que todo esto lo pueden con permisión de la justicia divina..."
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Se puede argumentar que este manual, de cruenta predicación y peores consecuencias para buena parte de la humanidad, fue oportunamente desautorizado por la misma Iglesia que en su momento lo impulsó. El Malleus maleficarum, que determinaba las actitudes de los inquisidores hacia el cuerpo de la mujer, era un archivo de supersticiones, arrogancia sagrada y estúpida crueldad que condensaba la cultura medieval contra la mujer. Este libro se convirtió en la guía más influyente de estos tiempos para perseguir a los herejes y a las brujas. El Malleus maleficarum llegaría a ser el manual más utilizado en la caza de brujas en los Estados católicos del Sacro Imperio Romano Germánico. El libro no solo afirmaba la realidad de la existencia de brujos y brujas, sino que afirmaba que no creer en brujas era un delito equivalente a la herejía: «Hairesis maxima est opera maleficarum non credere» (La mayor herejía es no creer en la obra de las brujas).
Procedimientos Inquisitoriales y Castigos
La Inquisición, con origen en una bula promulgada por el Papa Lucio III, “Ad abolendam”, alrededor del año 1181, pretendía velar por la pureza de los principios religiosos e impedir el avance del protestantismo. En el caso de España, la Inquisición fue instituida por el Papa Sixto IV, respondiendo a la solicitud expresa de los Reyes Católicos. El inicio de su “incalificable” labor tuvo lugar en el año 1480 con fray Tomas de Torquemada al frente. El Santo Oficio, que desató el pánico y el terror entre sus opositores, se prolongó por más de tres siglos, sobreviviendo a dinastías, guerras y críticas.
En los procesos inquisitoriales debía haber dos jueces, uno eclesiástico y otro civil. El primero se encargaba de la confesión (si es que la había), mientras que el segundo aplicaba el castigo correspondiente. Tres eran las formas en que procedía una denuncia: la primera se daba cuando un denunciante acudía ante un eclesiástico y, con pruebas, señalaba a un hereje o protector de ellos; la segunda sucedía cuando no había pruebas por la acusación, pero la duda quedaba expuesta; y la tercera se iniciaba con una especie de rumor, una denuncia anónima.
Respecto a los castigos aplicados a las mujeres culpables de brujería, estaban las torturas durante los interrogatorios, los cuales causaron mucho escándalo en su momento, ya que los inquisidores intimidaban previamente a las acusadas mostrándoles los instrumentos de tortura de los que podían disponer. Las brujas debían ser eliminadas de la tierra a través de la purificación del fuego. Se les condena preferentemente a la hoguera porque así el castigo no es solo físico, sino también espiritual, ya que el condenado privado de sepultura no podrá participar en el juicio final.
El principal elemento de la caza de brujas es la delación, pues se trata de actuar contra un grupo clandestino. Los curas y los predicadores, además de advertir del peligro de la brujería, alientan a los habitantes de cada localidad a que delaten al vecino del que crean que es responsable por sus hechizos de algún mal que les haya afectado. El proceso podía durar desde varios días a varios meses, durante los cuales el acusado permanecía en prisión. Al considerarse la brujería un crimen de lesa majestad, los condenados eran quemados en la hoguera, siendo ejecutada la sentencia por las autoridades civiles porque los hombres de la Iglesia lo tienen prohibido.
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Estadísticas de las Persecuciones
Oficialmente, hubo medio millón de ejecuciones idénticas a la relatada solamente entre los siglos XV y XVII. De manera no oficial se calcula otro tanto. Ese millón de brujas condenadas a lo largo de dos siglos arroja un promedio de una persona cada dos horas muerta en la hoguera durante ese lapso. No eran sólo mujeres. Los hombres también eran encontrados culpables de brujería y seguían el mismo camino, pero el porcentaje de damas de la escoba fue siempre muy superior.
Después de décadas de trabajo sistemático en los archivos judiciales estamos también en condiciones de reemplazar los cálculos astronómicos con millones de víctimas con cifras sólidas: a saber, un total de 100.000 causas, de las cuales unas 50.000 terminaron con pena de muerte. En la Edad Moderna miles de supuestas brujas y brujos fueros procesados por los tribunales inquisitoriales del Sur de Europa, pero extremadamente pocos fueron quemados.
| Región / Contexto | Descripción | Cantidad |
|---|---|---|
| Ejecuciones generales (siglos XV-XVII) | Oficialmente, solo en Europa | Medio millón |
| Estimación general (dos siglos) | Total de brujas condenadas | Un millón |
| Promedio (dos siglos) | Personas muertas en hoguera | Una cada dos horas |
| Casos procesados (Edad Moderna) | Causas totales | 100.000 |
| Condenas a muerte (Edad Moderna) | Aproximadamente | 50.000 |
| Ejecuciones en España (tribunales inquisitoriales) | Edad Moderna | 59 |
| Ejecuciones en Italia (tribunales inquisitoriales) | Edad Moderna | 36 |
| Ejecuciones en Portugal (tribunales inquisitoriales) | Edad Moderna | 4 |
La Mujer como Chivo Expiatorio y los Aquelarres
Para el imaginario religioso la mujer tenía varios aspectos negativos, desde su género hasta sus pasiones y formas de comportarse, entre otros. La primera causa era por su propio género, pues se les consideraba débiles de alma y por eso su fe era pequeña; en segundo lugar, porque podía sentirse más atraída por las practicas mágicas debido a sus deseos carnales. Además, estaba el caso especial de las parteras, “cuya malicia supera a todas las demás”, según señala el manual. La ociosidad de las mujeres se consideró como un peligro de alto precio. Ellas debían mantenerse ocupadas con tareas impuestas por sus esposos o sus padres. Para desventaja de aquellas señoras ancianas, su situación de pobreza les traía aún más señalamientos. La imagen de la mujer como bruja quedó concretada con la descripción estereotipada que se le dio: “es la de una mujer vieja, seca, de ojos rojizos, con una verruga en la nariz, acompañada de un gato negro o un cuervo.”
Cuando la mujer empezó a romper su rol tradicional y a despertar recelos en el hombre que veía en peligro su dominio, se le acuñó el apelativo de bruja, con la intención no sólo de hacerla aparecer como aliada del demonio para desprestigiar su imagen, sino también para marginarla del sistema social establecido por la clase dominante y el clero. La imagen clásica que hoy seguimos teniendo de las brujas nos ha llegado desde un tiempo lejano. Si bien ahora es un personaje con interpretaciones diferentes, es claro que, en el imaginario actual, la bruja sigue estando presente y es utilizada en caricaturas, series, películas, libros e ilustraciones.
Se creía que una bruja contaba con la ayuda de los poderes malos y buenos, que practicaba tanto la magia blanca como la negra, y representaba las pasiones y los instintos reprimidos por el mundo masculino. Se consideraba que la bruja encarnaba, asimismo, un cierto espíritu de revuelta, una forma diabólica de subversión general contra el orden establecido por el Estado y la Iglesia. El hombre como género masculino ha utilizado a la mujer a través del tiempo como “chivo expiatorio”, para poder cubrir sus debilidades, morales y sexuales. Pues ellos, siempre las hicieron y han hecho parecer como seres moral, intelectual y físicamente inferiores.
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Esos seres malignos, eran en gran parte mujeres y la llamaban brujas, y en estado de éxtasis, salían por la noche para reunirse con otras en un lugar apartado, con el fin de abjurar de la fe cristiana y adorar a un espíritu o al mismo diablo. Se dice que en estas reuniones nocturnas había orgías sexuales, se adoraba al demonio, se tomaba pócimas mágicas y drogas y que las mujeres se transforman en animales. Estos informes son corroborados ante los tribunales por muchas mujeres, y se cree en ellos como hoy se cree a quien afirma que en un viaje nocturno se ha encontrado con alienígenas que lo han subido a su ovni para mantener relaciones sexuales sobrenaturales con él. Los aquelarres (reuniones de brujas y brujos) fueron descriptos por primera vez durante el siglo X. Este estereotipo aparece ya completamente elaborado hacia 1430.
El Caso de Zugarramurdi y la Inquisición Española
En Europa, las cazas de brujas ocurrieron sobre todo en países del centro del continente, especialmente en Alemania, Francia y Suiza. Sin embargo, al contrario de lo que mucha gente cree, la Inquisición Española fue muy indulgente con las brujas y se resistió a perseguirlas y a aplicar sentencias de muerte contra ellas. Los inquisidores nunca llegaron a tomar muy en serio este asunto. Pensaban que todo eso de las brujas, los hechizos y los encantamientos no eran más que pura fantasía. La Inquisición interpretaba que las brujas no eran exactamente personas malvadas, sino más bien gente ignorante que había sido engañada por el diablo. Además, la Inquisición estaba demasiado ocupada persiguiendo a los fieles de otras religiones.
A principios del 1.600 comenzó en Francia una terrible caza de brujas por orden del rey Enrique IV. Esta persecución fue especialmente dura en el sur del país, en la región de Lapurdi, muy cerca de la frontera con España. Muchas mujeres se vieron obligadas a cruzar la frontera por miedo y se instalaron en los pueblos de Navarra. Una de estas mujeres se instaló en Zugarramurdi y pronto empezó a hacer amistad con los vecinos. Tanto es así, que no tardó mucho en revelar a los lugareños un oscuro secreto: ella había sido bruja durante un tiempo. Además, confesó que en uno de los rituales había visto a una vecina de Zugarramurdi, una tal María.
Esa confesión hizo cundir el pánico entre los habitantes del pueblo. Al principio, María declaró que todo era mentira, que eran invenciones de “la francesa”. Sin embargo, días más tarde, María confesó que era cierto, que había participado en rituales de brujería, pero que ahora se arrepentía mucho. Esta historia llegó a oídos del tribunal local de la Inquisición, situado en la ciudad de Logroño. Los inquisidores decidieron enviar a un comisario a la zona para comprobar si los rumores eran ciertos. Cuando este hombre regresó a Logroño y relató los hechos, los inquisidores no tuvieron ninguna duda: lo que estaba pasando en Zugarramurdi era muy grave y ordenaron la detención de 4 vecinas del pueblo por practicar brujería. Poco más tarde fueron encarceladas y, después de un duro interrogatorio, confesaron que, efectivamente, eran brujas.
Los inquisidores enviaron una carta al Tribunal Supremo de la Inquisición en Madrid, pidiendo instrucciones sobre cómo proceder con las brujas. Pero la respuesta no fue la que los inquisidores locales esperaban. El Tribunal Supremo insistió en que había que comprobar meticulosamente si el testimonio de las acusadas era cierto. El carcelero de las supuestas brujas comentó a los inquisidores que las mujeres solo habían confesado su culpabilidad porque pensaban que así serían liberadas y volverían antes a sus casas. Todo se complicó aún más cuando un grupo de vecinos de Zugarramurdi viajó con un guía hasta Logroño y llamó a las puertas del tribunal de la Inquisición para pedir la liberación de las 4 mujeres. Los inquisidores escucharon atentamente sus testimonios, pero desgraciadamente, fueron traicionados por el guía. Según él, aquel grupo de aldeanos había practicado la brujería durante el viaje. Los inquisidores tomaron por ciertas las palabras del guía y decidieron encarcelar también a este grupo de vecinos.
Varios meses después, se celebró el juicio contra todos los implicados. A los dos inquisidores locales se les unió un tercero llamado Alonso de Salazar, que no estaba convencido de la culpabilidad de los acusados. Sin embargo, de poco sirvió su escepticismo, ya que los otros jueces lo tenían muy claro y sentenciaron a morir en la hoguera a 29 de los acusados. Al año siguiente, tuvo lugar el llamado auto de fe. En este auto de fe, 18 de los acusados fueron perdonados ya que confesaron su culpabilidad, pero otros 6 fueron quemados en la hoguera por declararse inocentes. Otros 5 de los acusados ya habían muerto unos meses antes, pero igualmente, sus cuerpos fueron incinerados ante el público.
Salazar, el inquisidor escéptico del juicio, seguía convencido de que todo el proceso había sido un gravísimo error y solicitó al Tribunal Supremo de la Inquisición investigarlo más a fondo para llegar a la verdad. El Tribunal de Madrid aceptó su petición y Salazar pasó varios meses en aquella zona para hacer una investigación exhaustiva. El inquisidor recopiló testimonios, llevó a cabo varios experimentos y analizó los supuestos objetos mágicos de las brujas. Sus conclusiones fueron demoledoras: todo el proceso había sido una estupidez. No había encontrado ni una sola prueba de que la brujería fuera cierta y, además, señaló que la inmensa mayoría de las acusaciones entre los vecinos fueron totalmente falsas. El trabajo de Salazar marcó un antes y un después en la historia de la Inquisición. A partir de ese momento, las denuncias sobre brujería ya no tendrían credibilidad y serían rechazadas por la Inquisición, o, al menos, serían investigadas con mucho escepticismo.
Los Gatos y la Brujería
Es curioso, pero hace más de cuatro mil años, los egipcios consideraban a los gatos animales decididamente benéficos. Se los cuidaba en calidad de sagrados hasta el punto de ejecutar a todo aquel que matara a un gato. La historia registra que un hecho semejante ocurrió con un romano al que le quitaron la vida violentamente después de que el hombre hubiera asesinado a uno de estos peculiares felinos alegando que lo molestaba con los maullidos. También en religiones posteriores el gato fue culto de adoración especial. Y tal vez fue ese hecho el que lo condenó históricamente ya que en la época medieval, al luchar contra las sectas de herejes que pululaban por entonces, se señaló a este animalito como el compañero ineludible de brujos y brujas.
En rigor de verdad, eran por entonces muchos los ritos diabólicos que se llevaban a cabo con un gato como representación demoníaca. En el año 1566 una mujer llamada Elizabeth Francis fue acusada de brujería. Se la llevó a juicio y, con ella, a su gato manchado que -para hacer las cosas aún más difíciles- respondía al nombre de Satán. Se acusó al animal de haberle encontrado varios novios a la tal Elizabeth, de colmar mágicamente sus campos de buena siembra y de haberle procurado una cantidad envidiable de ovejas. Si uno se guía por estas acusaciones parece ser que lo ideal en aquella época era que a uno le fuera mal. La cosa se complicó en aquel juicio inglés cuando alguien testimonió que un joven que empezaba a llevarse mal con Elizabeth fue eliminado por el minino. Y se puso peor cuando otro aseguró que la mujer premiaba a Satán por su ayuda no con un pescadito sino con gotas de su propia sangre. Final del cuento: fueron a la hoguera los dos, ella y el gato. Y desde entonces ocurrió con todos los felinos de brujas. La historia, la tradición, las costumbres o la tontería humana llevaron esa funesta imagen hasta nuestros días. Muchos miran a los gatos con desconfianza y ellos, los gatos, nos miran igual.
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