En la época virreinal, desde que se establecen los tribunales novohispanos, se les pide a los indígenas que presenten pruebas escritas (sus “libros”, sus “pinturas”) para que se legalicen los pocos derechos que les dejaron los vencedores.
Creación y Evolución de los Manuscritos Pictóricos
Era imposible que poseyeran códices antiguos y, de acuerdo con las autoridades europeas, empiezan a producir manuscritos pictóricos, que elaboran fundados en los conocimientos de los sabios regionales, sobrevivientes casi siempre de los Consejos de Ancianos. Buscan a los tlacuilos, escritores-pintores, convertidos en decoradores de templos católicos, para que conciban y produzcan la nueva tradición. Del siglo XVI al XVII surgen en abundancia los códices llamados “coloniales”, que permiten conservar el antiguo sistema de “escribir pintando” y las convenciones plásticas tradicionales.
A ellas, los escritores-pintores empiezan a tratar de incorporar elementos de la convención europea y letras que combinan con sus “dibujos”, hasta llegar a los llamados Códices Mixtos y los del Grupo Techialoyan.
Uso en Litigios y Conservación Archivística
Un gran número de los códices “coloniales” se utilizaron en litigios, por lo que muchos de ellos se conservan todavía formando parte de los expedientes o legajos de archivos como el AGN (Archivo General de la Nación) y el de la Reforma Agraria.
Dispersión y Valoración Económica
Desde la llegada de los españoles, se empiezan a dispersar los manuscritos indígenas tradicionales. Los que se salvaron de las destrucciones se consideraron como presentes valiosos. Los regalos se mandan a Europa para agradar al emperador y a los nobles protectores de los conquistadores.
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En la época colonial adquieren valor lucrativo, ya que se empiezan a ver como objetos de curiosidad. Por el interés económico, son sustraídos de los repositorios originales y centrales y vendidos como si fueran propiedad privada. Los coleccionistas europeos fomentan e incrementan la búsqueda de las “pinturas” y “libros de caracteres” indígenas para comprarlos. En esa época desaparece el sentido de colectividad, para ser sustituido por el provecho económico individual. No se pensaba en el patrimonio y menos aún en la idea de nacionalidad.
En el siglo XX, por vía de dispersión y venta de bibliotecas y colecciones en el extranjero, los aficionados y curiosos de Estados Unidos de Norteamérica pudieron adquirir códices y formar nuevos fondos, que ahora se encuentran en instituciones académicas y oficiales en Chicago, Austin, Nueva York, etc., así como en colecciones privadas.
Principales Lugares de Resguardo de Códices
A continuación, se presenta una tabla con la información sobre la ubicación y uso de estos importantes documentos:
| Ubicación o Contexto | Descripción |
|---|---|
| AGN (Archivo General de la Nación) y Reforma Agraria | Albergan códices utilizados en litigios, formando parte de expedientes o legajos. |
| Antiguo Museo de Antropología e Historia | Reunió el Fondo de Códices con fines didácticos y de estudio, exhibido parcialmente en la Sala de Códices. |
| Actual Museo Nacional de Antropología | El acervo se conserva en la sección de Testimonios Pictográficos de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, enriquecido con documentos del Archivo Histórico del INAH. |
| Europa (época colonial) | Recibió códices como "regalos valiosos" para emperadores y nobles. |
| Colecciones privadas y museos (siglo XX) | En Estados Unidos de Norteamérica (Chicago, Austin, Nueva York, etc.), se formaron nuevos fondos por dispersión y venta. |
El fondo de códices se formó reuniendo antiguas colecciones y códices provenientes de los pueblos indígenas que los produjeron.
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Sobre el Autor de Referencia
Joaquín Galarza (1928-2004) fue Doctor en Letras por la UNAM, en Etnología por la Universidad de París y, por el Estado Francés, en Letras y Ciencias Sociales de la Escuela de Altos Estudios de París. Fue Consejero Científico del Museo del Hombre de París, Sección América, Profesor de la ENAH e investigador del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM.
Tomado de Joaquín Galarza, “¿Los códices mexicanos. Escribir pintando”, Arqueología Mexicana, núm. 23, pp.
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