A lo largo de 3.000 años de existencia como pueblo, los egipcios apenas cambiaron su manera de vestir, peinarse o adornar su cuerpo. Los peculiares rasgos de la civilización egipcia son debidos a su singular geografía, ya que cada civilización refleja, hasta cierto punto, la influencia de su ambiente. Será difícil residir en Egipto y permanecer sencillo por las fuerzas naturales y sus ciclos.
El Culto a la Belleza y el Cuerpo Idealizado
Los antiguos egipcios rendían culto a la belleza. En las pinturas y los relieves que nos han dejado no hay lugar para la fealdad, la decadencia o la vejez. Los cuerpos del arte egipcio son flexibles, firmes y estilizados. Las reinas, especialmente la reina consorte, o Gran Esposa Real, debían ser hermosas por decreto.
La representación del cuerpo en el arte egipcio es del todo convencional. Se sigue un canon aceptado, a través del cual las estatuas de reyes y dioses superan las vicisitudes del tiempo y, estando por encima de él, alcanzan una atemporalidad ideal que los proyecta a la eternidad. No se trataba tanto de hacer un retrato de una persona, sino de idealizarlo para que su imagen se conservara en la gracia juvenil. Cualquier representación artística buscaba la prolongación de la existencia de los individuos, es decir, cualquier aspecto, público o privado, estaba relacionado con la religión, y el arte no era la excepción.
Vestimenta y Adornos Personales
Vestirse no era imprescindible para los antiguos egipcios. Vivían en un clima cálido y bastante húmedo, que raramente les obligaba a abrigarse durante el día. Además, carecían por completo de sentido del pudor. Los niños no necesitaban ropa. Campesinos, albañiles, pescadores y artesanos de baja categoría ejercían su oficio en cueros o cubiertos con un simple taparrabos.
La ropa era un extra, un signo de distinción. No se vestía igual un día laborable que uno festivo. La prenda masculina por excelencia era el shanti, una falda confeccionada a partir de una tela corta, cuyos extremos cruzados se meten en el cinturón y se atan con un nudo delantero. El vestuario se complicaba a medida que se ascendía en la escala social, añadiéndole una pieza que sobresalía por delante o se redondeaba el borde. A finales del Reino Antiguo y principios del Reino Medio, el shanti se alargaba hasta las pantorrillas, y a veces se le añadía un delantal decorado con franjas horizontales o verticales. En el Reino Medio se añade un fino faldellín largo sobre la falda y se populariza un manto corto plisado. En el Reino Nuevo, el faldellín se acorta por delante y se alarga por detrás, existiendo incluso modelos abullonados. Ni siquiera el faraón se libraba de estas nuevas sofisticaciones. Como personaje sagrado, el rey solía vestir únicamente la falda clásica, adornada con un rabo de toro que recalcaba su poderío, y un nemes (pañuelo rayado) sobre la cabeza.
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Las telas no se utilizaban únicamente para cubrirse, sino también como moneda de cambio, y su valor dependía de la calidad del lino con que se tejían. Aunque se han hallado prendas confeccionadas con pelo de cabra, lana de oveja y fibras de palmera, el lino era el tejido estrella. Solían vestir prendas blancas o escasamente decoradas porque el lino resultaba muy difícil de teñir. Por eso la mayoría de prendas eran completamente blancas o contaban, como mucho, con algún detalle o cenefa de color.
La inmensa mayoría de los egipcios iban descalzos, pero los nobles podían calzarse con sandalias, elaboradas con cuero trenzado o fibras de papiro. El calzado se consideraba más necesario en la otra vida que en esta: quienes no podían permitirse unas sandalias auténticas para su viaje al otro mundo, se hacían enterrar con reproducciones en madera o estuco, o incluso con simples dibujos.
El vestuario de las mujeres no era menos sobrio que el de los hombres, ni tampoco mucho más recatado. El modelo más común y repetido a lo largo de tres milenios es una túnica tubular, sin costuras, ceñida al cuerpo como un guante, que realza cada curva del cuerpo femenino desde las costillas hasta los tobillos. En época de Ramsés II hacían furor las transparencias, los flecos, los plisados y los drapeados. Excepto en los modelos con tirantes anchos, este diseño dejaba los pechos al aire. A finales del Reino Antiguo aparecen las túnicas fruncidas con mangas y un tipo de camisa ajustada que deja el hombro derecho al descubierto. A veces, estas prendas llevaban bordados en los bajos. Los senos podían ocultarse o asomar con picardía; el juego entre enseñar y sugerir era constante en la moda egipcia.
Las clases populares tampoco renunciaban al placer de adornarse con joyas. Los colores brillantes y los estilizados diseños de la joyería egipcia inspirarían a los joyeros modernistas.
Higiene y Cosméticos
Lavarse, purificarse y depilarse eran actos cotidianos con un profundo significado religioso. El alcanfor servía para ahuyentar a los insectos; los ungüentos, para devolver la elasticidad a una piel quemada por el sol; y el kohol, que tenía un efecto antiséptico, para proteger los ojos de posibles conjuntivitis. Había fórmulas para casi todo, desde prevenir las arrugas hasta curar la calvicie.
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Todos estos potingues podían guardarse en exquisitos frascos de alabastro, basalto o terracota y en cajas de madera labrada, y se aplicaban con ayuda de bastoncillos, espátulas y cucharillas. El maquillaje no entendía de sexos. Los varones también se perfilaban los ojos con kohol para resaltar su mirada, y enrojecían sus labios y mejillas con ocre rojo, un tinte abundante en el desierto.
Los ingredientes de los perfumes eran mucho más corrientes: canela, flor de loto, iris, rosa, menta, incienso. Se les extraían aceites esenciales o se empapaban en grasa para fabricar ungüentos, una técnica común en otras culturas de la Antigüedad. Además de aplicarse estas esencias en la piel, los egipcios elaboraban con ellas unos curiosos conos de grasa que los más elegantes se colocaban en la cabeza, encima de la peluca. Seguramente el calor iba disolviendo la grasa de estos preparados y diseminando así su aroma en el aire.
El Estilismo Capilar: Pelucas y Peinados
La peluca era el complemento por excelencia del estilismo egipcio, pero no todo el mundo podía permitírsela. No obstante, para los más coquetos existían soluciones intermedias; hay pruebas de que las extensiones de cabello se usaban ya hacia 3400 a. C. Estos sofisticados aderezos capilares estaban reservados a los adultos. Los niños llevaban el pelo corto o rapado, salvo un largo mechón que les caía a un lado de la cara, en forma de trenza o coleta. Las jovencitas lucían un peinado similar.
Las pelucas se fabricaban con cabello humano sobre una base de fibras vegetales, por ejemplo papiro trenzado, que también servía para darles volumen. Ocasionalmente podían completarse con pelo de origen animal. En Egipto, la historia del peinado femenino es una larga competición entre mujeres ricas y pobres. El estilismo se completaba rizando el cabello con tenacillas calientes o trenzándolo en multitud de mechones. No siempre era necesario raparse para usar peluca; en algunos dibujos asoman puntas de cabello natural bajo el postizo. En el Reino Antiguo, los hombres usaban rizos cortos, con flequillo o raya en medio.
El peinado egipcio por antonomasia, la peluca tripartita (dividida en tres partes) tan frecuente en estatuas de divinidades, estaba reservada inicialmente a las diosas. Peinetas, horquillas, pasadores y diademas completaban el conjunto. En el Reino Nuevo, el peinado tripartito se hizo tan popular que hasta las sirvientas empezaron a lucirlo.
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La Representación Artística y la Evolución del Canon
En consecuencia, la representación de la figura humana se hace según las tradiciones formales: “Normalmente, se representaba a los hombres apoyando el paso sobre el pie izquierdo y con las manos en los costados, mientras que las mujeres aparecen con los pies juntos o ligeramente separados”. Los egipcios supieron representar la integridad y totalidad del rostro humano en un perfil. Aunque estemos acostumbrados a verlo en las pinturas y relieves, se trata de una visión completa, desarticulada y vuelta a articular en una composición informativa y explicativa. El perfil del rostro nos brinda detalles de la forma de la nariz, de la frente, el mentón, el filtrum nasolabial, la mandíbula, cuello, oreja y nuca, aspectos difíciles de representar o describir adecuadamente en una imagen frontal. Ellos no querían que sus representaciones descriptivas escaparan a la comprensión de un tercero.
El ojo era pintado de frente en un rostro visto de perfil porque frontalmente es la manera en que todos dibujaríamos un ojo para que sea percibido como tal, para que sea funcional y apto para ver. Con su interpretación e intención naturalista/mágica/simbólica, nos ofrecían distintos puntos de vista y diversos planos de una cara para que fuera captada en su completa integridad vital, fisiológica y religiosa, y para que “cumpliera” la función de rostro.
El arte egipcio está fuertemente determinado por la religión y, para el caso que nos ocupa, el Imperio Nuevo planteó una nueva concepción de la realidad que determinaría diferentes aspectos de la vida de los egipcios. La imagen de un cuerpo más natural, más humano y menos ideal, se convirtió en una revolución. El autor de esta gesta cultural es Amenofis IV, quien no se detendría hasta imponer una nueva concepción de arte en Egipto. Estas ideas entrarían en pugna con las reglas de representación tradicional imperantes. Las estatuas sedentes tenían que tener las manos apoyadas sobre las rodillas; los hombres tenían que ser pintados más morenos que las mujeres. La representación de cada divinidad tenía que ser estrictamente respetada.
En el mandato de Amenofis IV se da una trasformación revolucionaria que da origen a un estilo diferente, jamás visto: El arte amarniano. Esta ruptura de la tradición va en contra de la representación tradicional y sacralizada. Amenofis IV se hizo retratar sin la dignidad rígida de los primeros faraones. Algunos de sus retratos le muestran como un hombre feo, con facciones bruscas, el rostro golpeado por la vida. Las innovaciones de Akhenatón se dieron en dos ámbitos: arte y religión. Él exigía que el artista representara fielmente lo que veía: no quería embellecer su persona, ni glorificar su majestad; quería ser representado en el arte tal cual era en realidad. En consecuencia, los artistas tuvieron la libertad de componer escenas de la vida cotidiana. Muchas de las estatuas del reinado de Akhenatón muestran, de manera natural, la figura humana. Pero esta naturalidad a veces deja ver un manierismo tal que la exageración se superpone a lo real y lo caricaturesco a lo natural. La distorsión era el resultado del deseo del rey. Los artistas realizaban obras en las que el faraón aparecía con imperfecciones anatómicas. Estas deformaciones del cuerpo buscaban capturar la totalidad de su naturaleza y recrear el objeto para hacer aparecer su esencia misma.
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