Pablo de Tarso, una figura histórica esencial, es un personaje decisivo en los inicios del cristianismo, durante la época apostólica, por ser el primer teólogo que sintetiza la doctrina cristiana, difundiéndola desde Jerusalén y Asia Menor hasta Roma. Ciudadano romano, judío fariseo oriundo de la ciudad de Tarso en Cilicia, debió nacer entre los años 5 y 10 d.C. Antes de su conversión, su nombre hebreo era Saulo, y pertenecía a la tribu de Benjamín. Sus padres eran hebreos como él, y además de la rama fariseica del judaísmo. Pero también poseía la ciudadanía romana, ya que es probable que le fuera concedida a su padre por haber servido al Imperio.
De Perseguidor a Perseguido: Los Primeros Conflictos
San Lucas en los Hechos de los Apóstoles lo presenta como perseguidor de los cristianos de Jerusalén, siendo testigo de la lapidación de Esteban (Hch 7, 57) hacia el año 33. Saulo aprobaba su muerte. Aquel día se desató una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén. El capítulo 8 de los Hechos de los Apóstoles muestra en los primeros versículos un cuadro panorámico de la primera persecución cristiana en Jerusalén, en el que Saulo Pablo se presenta como el alma de esa persecución. Orgulloso sostenedor de la tradición judía, Saulo “trataba de destruir la Iglesia: entraba en las casas, tomaba hombres y mujeres y los metía a la cárcel” (Hech 8,3). En Hechos 9,1 se indica que las intenciones y propósitos de Saulo eran amedrentar de muerte a los fieles.
Lejos de conformarse con prender a los que vivían y predicaban en la región de Jerusalén, extendió esa caza a territorios más alejados como Damasco. Pablo, en sus cartas, afirmó haber visto a Jesús resucitado, pero apenas dio detalles sobre su visión. Presentó esta experiencia como una «visión» (1 Corintios 9, 1), como una «aparición» de Jesucristo resucitado (1 Corintios 15, 8) o como una «revelación» de Jesucristo y su Evangelio (Gálatas 1, 12-16; 1Corintios 2, 10). Como resultado de esa «experiencia» vivida en el camino a Damasco, Saulo de Tarso, hasta entonces dedicado a «perseguir encarnizadamente» y «asolar» con «celo» a la «Iglesia de Dios» según sus propias palabras, transformó su pensamiento y su comportamiento. Después del suceso vivido por Pablo en el camino de Damasco, Ananías lo curó de su ceguera imponiéndole las manos. Una vez convertido, su vida estuvo marcada por la persecución a causa de su nueva fe.
Arrestos y Acusaciones Durante Sus Viajes Misioneros
Pablo estuvo en prisión varias veces durante su ministerio y, casi en todas partes a donde iba, había personas que querían que él estuviera en prisión. El primer arresto registrado de Pablo tuvo lugar en Filipos, en Macedonia, durante su segundo viaje misionero, alrededor del año 51 d.C. Los dueños de la muchacha estaban furiosos de que su fuente de ingresos a través de la adivinación se había ido, así que arrastraron a Pablo y a Silas ante las autoridades y los acusaron de causar disturbios públicos.
El esfuerzo realizado por Pablo de Tarso en sus viajes es digno de mención. Cumplir su llamado significaría padecer mucho sufrimiento, incluyendo:
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- Cinco veces recibió de los judíos cuarenta azotes menos uno.
- Tres veces fue azotado con varas.
- Una vez fue apedreado.
- Tres veces padeció naufragio; un día y una noche pasó en el abismo.
- Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en la ciudad; peligros en despoblado; peligros en el mar; peligros entre falsos hermanos.
- Trabajos y fatigas; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez.
El Proceso Judicial en Jerusalén y Cesarea
El proceso judicial de Jesús de Nazareth ocupa un lugar privilegiado en las investigaciones y los estudios jurídico-históricos por la relevancia de la figura. Sin embargo, de los juicios contra Pablo de Tarso (antes Saulo) tenemos mucha más información. La narración del caso contra San Pablo la encontramos en el capítulo 25 de Los hechos de los apóstoles, libro contenido en el Nuevo Testamento. El segundo arresto registrado de Pablo, que tuvo lugar en Jerusalén, fue profetizado de antemano (Hechos 21:11). Algunos judíos no creyentes de Asia reconocieron a Pablo en el templo y agitaron a la multitud contra él, gritando: "¡Varones israelitas, ayudad! Este es el hombre que por todas partes enseña a todos contra el pueblo, la ley y este lugar; y además de esto, ha metido a griegos en el templo, y ha profanado este santo lugar" (Hechos 21:28).
Fue acusado en Jerusalén de violar la ley y haber profanado la santidad del Templo introduciendo en él a gentiles. El pueblo se amotinó e intentó matar a Pablo. Pablo fue arrestado rápidamente por los romanos y encarcelado. Conducido ante el Sanedrín, Pablo se defendió. Los fariseos sostenían la doctrina de la resurrección, pero los saduceos no; por tanto, Pablo aprovechó los desacuerdos dentro del Sanedrín para defender su creencia en el evangelio (Hechos 23:6-8). Algunos de los fariseos salieron en defensa de Pablo, y la disputa que siguió dentro del Sanedrín se volvió tan violenta que el comandante romano ordenó que Pablo fuera llevado de vuelta a los cuarteles por su propia seguridad.
Pablo, que era judío pero ciudadano romano, no aceptó ser juzgado por los judíos. El único motivo por el cual eludió el castigo de la flagelación fue por ser ciudadano romano. Como ciudadano romano solicitó ser juzgado por los jueces romanos. Pablo, quien había nacido como ciudadano romano, no podía ser juzgado por otra autoridad que no proviniera de Roma y debía tener un proceso en toda regla como cualquier habitante de la Ciudad Eterna. Fue enviado por el tribuno al procurador de la provincia de Judea, Marco Antonio Félix, que residía en Cesarea Marítima, ante quien tuvo lugar una audiencia.
Mientras Pablo estaba en prisión en Jerusalén, algunos judíos conspiraron para asesinarlo, pero el complot fue descubierto por el sobrino de Pablo, que avisó al comandante romano. Pablo fue conducido de noche a Cesarea bajo una fuerte vigilancia, donde continuó su encarcelamiento. Pronto fue juzgado por el gobernador Félix. El procurador postergó el juicio y dejó a Pablo en prisión preventiva durante dos años. Félix mantuvo a Pablo en prisión durante dos años más, esperando que Pablo ofreciera un soborno (Hechos 24:26). Como favor a los judíos, Félix dejó a Pablo en prisión cuando fue reemplazado por Porcio Festo hacia el año 59 d.C.
En Jerusalén, los jefes de los sacerdotes y los líderes judíos, que seguían odiando a Pablo, presentaron su caso contra él ante Festo y pidieron que Pablo fuera trasladado a Jerusalén. Los miembros del Sanedrín viajaron hasta la ciudad para exponer su acusación ante el gobernador romano, Félix. Acusaban a Pablo de ser un traidor y de haber profanado la santidad del gran templo dejando entrar a no practicantes. Siguió otro juicio, pero no se pudo probar ninguno de los cargos. Festo quería conceder un favor a los judíos, así que preguntó si Pablo iría a Jerusalén para ser juzgado allí. Pablo se negó y apeló al César.
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Apelación al César y Prisión en Roma
Acusado por los sumos sacerdotes y por los principales judíos de Jerusalén de violar la ley, Pablo de Tarso, ya siendo seguidor de Jesucristo, acometió su propia defensa ante Festo, procurador de Judea del año 59 al 62 d.C., apelando a ser juzgado por el tribunal que -aun siendo judío- como ciudadano romano le correspondía. Dada su calidad de ciudadano, Pablo requirió a Festo estar ante la presencia del primero entre los romanos, el César, para ser juzgado, a pesar de la intención del gobernante de congraciarse con las masas. Pablo solicitó formalmente a Agripa y Berenice ser juzgado directamente por el emperador en Roma. En ese momento el augusto era Nerón.
Como Pablo había apelado al César, fue enviado a Roma alrededor del año 60 d.C. El viaje por mar no fue plácido, y la nave en la que viajaban naufragó. Estuvo un año en la isla de Malta hasta que se pudo reemprender el camino. En Roma, donde se encuentra también Pedro, entra en contacto con la comunidad cristiana. En Roma fue encerrado en prisión. Permaneció dos años en la cárcel. A Pablo se le permitió vivir en una casa y recibir cuidados y provisiones de amigos y familiares (Hechos 28:30-31). Estuvo bajo arresto domiciliario durante dos años. Pablo "recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento" (Hechos 28:30-31).
Fue durante este arresto domiciliario cuando Pablo escribió los libros de Efesios, Filemón, Colosenses y Filipenses. Los Hechos de los Apóstoles explican que Pablo fue detenido en Jerusalén y, después de diversas peripecias, llegó como prisionero a Roma, donde vivía en un régimen de libertad condicional esperando a ser juzgado por el emperador. Liberado por la falta de pruebas, luego, prosigue con su misión. Sin embargo, fue arrestado una vez más bajo Nerón; condenado a muerte por el tribunal romano, es decapitado en la Via Ostiense.
El último arresto de Pablo, que no se detalla en los Hechos, ocurrió alrededor del año 66 d.C. Una vez más, fue detenido bajo guardia romana, pero esta vez fue confinado a una celda de la cárcel. Desde allí, Pablo escribió su segunda carta a Timoteo (2 Timoteo 2:8-9). En la última de las "epístolas carcelarias" de Pablo, su tono es de cansancio y se da cuenta de que pronto llegará el final de su ministerio terrenal (2 Timoteo 4:6-8). Al final de su tercer encarcelamiento, Pablo fue martirizado por el Imperio Romano. Los acusadores de Pablo no querían oír el mensaje de salvación, así que encarcelaron y finalmente mataron al mensajero.
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