El Alarma Creciente: ¿Está Estados Unidos Caminando Hacia el Posfascismo y la Autocracia?post-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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En este ensayo se consideran algunos de los problemas que deben enfrentar la democracia en las sociedades modernas.

La Democracia en el Contexto de la Modernización y el Desarrollo

El desarrollo económico y social y la modernización han sido considerados frecuentemente como relacionados de varios modos, con la democracia, el liberalismo, el pluralismo, la extensión progresiva de los derechos políticos, civiles y sociales, el individualismo y el igualitarismo, ya sea como precondiciones o como consecuencias o simplemente como procesos correlacionados. En general se reconoce que cierto grado de modernización en las esferas sociales y económicas representa una condición básica para el surgimiento y el mantenimiento de la democracia y el pluralismo. Sin embargo, la tesis central es que si bien la democracia moderna halla su base teórica y práctica en la modernización y el desarrollo económico, estos mismos procesos encierran contradicciones intrínsecas que pueden en algunos casos impedir el surgimiento de regímenes democráticos, y en otros llevar a su destrucción.

La sociedad moderna es única entre todos los tipos conocidos de sociedad por el hecho de que atenúa y, dentro de su propia lógica, tiende a eliminar completamente todo carácter “sagrado” o intangible en sus principios básicos, su sistema de valores, sus instituciones, sus normas, sus actitudes y sus modelos de conducta. La noción de secularización abarca tres rasgos principales: acción electiva basada en la decisión individual, la institucionalización o legitimación de cambio, la creciente diferenciación y especialización de roles, status e instituciones. Estos principios proveen una base apropiada para subrayar las tensiones estructurales implícitas en la sociedad moderna, lo que podría crear propensiones para soluciones autoritarias bajo ciertas condiciones críticas.

Otra manera de relacionar negativamente democracia y modernización, o desarrollo económico social, es la de considerar lo contrario de la democracia, a saber, el autoritarismo, acompañado de formas totales y casi totales de negación del pluralismo, como uno de los caminos o de los medios para promover la transformación de una sociedad pre-industrial en una sociedad industrial de desarrollo económico autosostenido. Pero la mayoría de las teorías tienden a subrayar los rasgos surgidos durante el proceso, y en una etapa relativamente avanzada del capitalismo más bien que en sus principios, como por ejemplo, la crisis de la clase media, la movilización de las clases bajas, la marginalización de grandes estratos de la población debida a cambios en las estructuras sociales inducidas por procesos externos o internos. Por fin, muchos eruditos negaron la hipótesis del autoritarismo moderno como modo intencionado de acelerar la modernización.

El Ascenso del Autoritarismo Global y la Mutación de la Derecha Radical

Enzo Traverso actualiza su análisis sobre el posfascismo a la luz de los acontecimientos de los últimos años. A partir de los acontecimientos más recientes, como el segundo mandato de Trump en Estados Unidos, el avance de la extrema derecha en Europa y el giro a la derecha en América Latina, se presenta un diagnóstico crítico de la crisis global de la izquierda y de los peligros que enfrenta un orden mundial cada vez más fragmentado. El concepto de posfascismo, delineado hace casi diez años, sigue resultando útil para definir este fenómeno, aunque no se considera cerrado. La mutación más notable no es solo el fortalecimiento de la derecha radical, sino su nueva legitimidad, convirtiéndose en un interlocutor legítimo y en muchos casos privilegiado de las élites dominantes a nivel global, algo que no era así hace una década.

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Esto no significa que estemos frente a un nuevo fascismo con un perfil bien definido y rasgos nítidos. Se trata de una constelación muy heterogénea que está buscando formas de convergencia. Y aunque hoy esa nueva alianza entre el posfascismo y las élites globales es innegable, sigue estando marcada por tensiones y contradicciones. Un rasgo central de las nuevas derechas radicales, señalado hace diez años, es que a diferencia del fascismo clásico que establecía una dicotomía radical entre fascismo y democracia y se definía explícitamente como antidemocrático, hoy todos los movimientos y líderes posfascistas adoptan una retórica democrática y reivindican su pertenencia al marco de la democracia liberal.

Esta es una transformación fundamental: la relación de la nueva derecha radical con la democracia es completamente distinta a la del fascismo histórico. Hoy la frontera entre democracia y fascismo ya no es clara. El fascismo del siglo XXI no busca abolir las formas democráticas, sino intervenir desde dentro, erosionarlas, transformarlas desde su interior. En gran parte del mundo occidental, la democracia se percibe como un cascarón formal, profundamente erosionado por los procesos de reificación mercantil del espacio público, por el vaciamiento de las instituciones, por una transformación estructural de la relación entre economía y política. Nadie piensa ya en la democracia como una promesa emancipadora.

El informe Libertad en el Mundo 2022 señala que la autocracia está logrando avances contra la democracia, animando a más líderes a abandonar el camino democrático de seguridad y prosperidad, con países que sufrieron declives democráticos durante el último año superando en más de dos a uno el número de aquellos que mejoraron. A día de hoy, alrededor del 38% de la población mundial vive en países calificados como No Libres, la proporción más alta desde 1997. Los controles sobre el abuso de poder y las violaciones de los derechos humanos se han erosionado tanto en las naciones como en las organizaciones internacionales, lo que ha supuesto un duro golpe para los cimientos y la reputación de la democracia. “La democracia está en peligro real en todo el mundo”, dijo Michael J. Abramowitz, presidente de Freedom House. “Los autoritarios se están volviendo más audaces, mientras que las democracias han ido perdiendo terreno."

La conciencia de una crisis constitucional global se evidencia cada vez más dentro de la gran mayoría de naciones. La desconstitucionalización de los órdenes jurídicos, la pérdida de eficacia de las normas constitucionales, la indiferencia ante los valores de la convivencia, entre otros factores, inducen un corrosivo escepticismo ciudadano que suele manifestarse en una crisis de la democracia. El escepticismo normativo que subyace a nuestra problemática es simultáneo con las tendencias autocráticas que azotan el mundo. En Europa y los Estados Unidos, la tendencia autocrática se ha enlazado con un populismo de ultraderecha que no ha vacilado en corroer las bases de la democracia constitucional-aun cuando, como es acostumbrado, los gobernantes con tales inclinaciones se hayan aprovechado de procedimientos democráticos para alcanzar el poder. El rechazo a la democracia ha tenido efectos lamentables, y el daño a la institucionalidad de muchos países ha sido significativo.

Estados Unidos: La Erosión Democrática y el Proyecto Autoritario de Trump

El constitucionalista norteamericano J. M. Balkin menciona que en el caso de los Estados Unidos el arribo de Donald Trump al poder “precipitó una crisis constitucional”. Donald Trump está llevando a Estados Unidos al autoritarismo a marchas forzadas. Tras su vuelta a la Casa Blanca el pasado enero, la ristra de órdenes ejecutivas, el despido masivo de funcionarios, los ataques a los medios y las presiones a sus críticos están sacudiendo el país. Este giro bebe de los fallos y carencias estructurales del país, desde el poder desmesurado de las élites empresariales y políticas hasta la creciente desigualdad entre rentas altas y bajas. Con los poderes legislativo y judicial cooptados, los focos de resistencia al trumpismo se concentran en los estados, esa democracia de base a la que todavía llevará tiempo controlar. Estados Unidos avanza hacia una democracia cada vez más frágil, un país más injusto y asfixiante para sus habitantes, incluso muchos de quienes le eligieron.

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En 2016, Trump había ganado las elecciones por sorpresa. Si comparamos 2016 con 2025, en aquel entonces Trump firmó un solo decreto el día de su asunción. Hoy firmó decenas. En 2016 no tenía del todo claro qué hacer como presidente; hoy tiene ideas muy definidas sobre cómo actuar. Y, por supuesto, ya no es más un outsider: es el presidente de Estados Unidos y cuenta con un aparato consolidado detrás que lo respalda. En el caso de Trump, su creciente respaldo entre las élites parece especialmente marcado: ahora tiene un control del Partido Republicano mucho más sólido que en 2016, cuenta con el respaldo de ambas cámaras, la Corte Suprema está alineada con su proyecto y buena parte de la clase dominante parece hoy mucho más afín a su figura. Detrás de Trump hay una constelación bastante contradictoria de fascistas clásicos como Steve Bannon y neoliberales radicales como Elon Musk, los cuales se odian entre sí.

Con Trump, los mensajes que emite son muchas veces contradictorios, y cuesta mucho distinguir entre la pura demagogia y lo que podría entenderse como una orientación estratégica real. Opera un proyecto geopolítico orientado a consolidar la influencia continental de Estados Unidos, en el marco de una redefinición de sus vínculos con China y un repliegue relativo en otros escenarios. Incluso cuando Trump habla en términos más clásicos -como cuando dice Make America Great Again- el contenido de esa grandeza es ambiguo. Lo que vemos, entonces, es un conjunto de tendencias pero sin una coherencia programática fuerte, lo cual forma parte del contexto internacional actual.

Mecanismos de Erosión Institucional y Derechos

En el manual del buen autoritario existen una serie de normas no escritas. La principal es hacerse con el control de las instituciones, ya sea transformándolas o eliminándolas. Una de las medidas más sonadas de la nueva Administración Trump ha sido la creación del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), que capitanea el magnate Elon Musk. Con el objetivo de reducir el gasto del Estado, miles de funcionarios han sido despedidos de forma directa o mediante incentivos para dejar su trabajo. Además, el DOGE actúa por libre, saltándose los mecanismos burocráticos y sin que nadie lo audite, y está compuesto en gran parte por antiguos trabajadores de Musk, jóvenes ingenieros alineados con sus ideas y sin experiencia en el sector público. El peligro de esto es doble: un Estado escuálido es incapaz de cumplir sus funciones de forma eficiente, y el segundo gran riesgo es que esos puestos sean ocupados por cuadros afines. Uno de los think tanks más conservadores de Estados Unidos, Heritage Foundation, ya abogaba por ello en su Proyecto 2025: llenar el Estado de perfiles politizados que trabajen por una agenda de transformación reaccionaria desde las instituciones. A estos cambios se suma el favor del Congreso y del Tribunal Supremo, que el trumpismo ha conseguido siguiendo los mecanismos democráticos, facilitando imponer su agenda.

La democracia supone una distribución y equilibrio de poderes a nivel institucional. La idea del control y distribución del poder funciona en el entendido que nadie debe concentrar el poder y que las decisiones deben ser transparentes, de acuerdo a ley. El caso de Trump muestra distintas medidas políticas aplicadas que incurren justamente en un comportamiento que no va en la dirección de fortalecer la democracia, sino de debilitarla al ir contra sus bases, a pesar de que la defienda. Claramente la política de Trump no respeta a las instituciones ni la ley y afecta derechos ciudadanos, se muestra como una política de parte, con objetivos propios, que no se auto restringe y menos se comporta con tolerancia a las diferencias. Esto no es otra cosa que un comportamiento autoritario, que viene siendo disputado en varias instancias del estado, frente a lo cual la respuesta de Trump ha sido endurecer los términos, generando un desgaste en las instituciones públicas y alimentando un clima de desconfianza que desgasta la democracia.

En Estados Unidos, la paradoja llega al extremo: el asalto al Capitolio en enero de 2021 se hizo en nombre de la democracia. Los manifestantes decían defender una democracia que les había sido «robada» por los demócratas. Trump se está tomando al pie de la letra aquello de que la historia la escriben los vencedores: quiere reescribir el asalto al Capitolio de 2021, un acontecimiento que dejó claras sus intenciones autoritarias. Ha indultado a todos los asaltantes condenados, incluidos aquellos que habían cometido actos violentos, y los está encumbrando como héroes patriotas. En paralelo, Trump ha iniciado una caza de brujas contra los fiscales y agentes del FBI que investigaron los hechos.

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Los medios de comunicación también están en la mira del trumpismo. Agencias como Associated Press o Reuters han sido vetadas de las ruedas de prensa de la Casa Blanca o del Pentágono. El efecto inmediato de estas políticas es la autocensura. Políticos, organizaciones y medios críticos, sean demócratas o republicanos, van a medir mucho más sus palabras o acciones para evitar represalias. En cuanto al poder judicial, aunque ciertos tribunales han puesto trabas a las políticas de Trump, el Supremo, con seis jueces conservadores de nueve, le facilitará imponer su agenda. Además, se ha legislado impidiendo que los jueces federales puedan oponerse a las enmiendas legales de Trump. Estas pugnas se han visto en forma creciente y aguda respecto de la política de deportaciones y de negación de la nacionalización en el caso de los estatus especiales otorgados a cubanos, venezolanos y varios otros países, así como a los hijos de ilegales nacidos en USA.

La calidad de una democracia no se mide sólo por cómo se celebran sus elecciones, sino también por su protección de los derechos y libertades. Desde el primer mandato de Donald Trump, Estados Unidos ha sido calificado como una democracia imperfecta en el índice de The Economist. Las restricciones de derechos como el aborto, el racismo y los abusos policiales, la violencia y la desigualdad en el acceso a servicios básicos como la salud hacen del país una democracia con defectos evidentes.

La punta de lanza de este deterioro es la política antiinmigratoria. Desde la vuelta de Trump al poder, muchos inmigrantes han sido detenidos e incluso sacados a la fuerza de sus hogares en redadas oficiales. Tanto Trump como Elon Musk han compartido orgullosos vídeos de migrantes deportados encadenados, sufriendo un trato vejatorio y deshumanizante. Cerca de 4.000 personas han sido devueltas a sus países de origen o a terceros, pero más de 170 han sido llevadas a la base militar de Guantánamo, con un amplio historial de violaciones de derechos humanos. Esta deshumanización también atañe a las personas LGTB, en especial las personas trans. Varias órdenes ejecutivas firmadas por Trump son un ataque directo a este colectivo.

Otro aspecto de la intromisión gubernamental se observa en las medidas recientes que buscan regular la política institucional de las universidades privadas de primer nivel, cortándoles los fondos federales si no aplican una política de control del estudiantado y profesorado, para que se alineen en la “defensa de Israel.” En este caso no solo se entromete en la vida universitaria, al condicionar los fondos federales de apoyo, sino que las chantajean con el dinero público y con medidas de limitación del ingreso de estudiantes extranjeros mediante la revisión de todas las visas de estudiantes, argumentando que se favorecen del dinero del tesoro público. Algo que además de desbordar a la institucionalidad democrática, trae un efecto negativo, al crear inseguridad y pánico en los estudiantes extranjeros actuales y en los potenciales ingresantes.

Contrapesos y Fragmentación en la Democracia Estadounidense

Estados Unidos ha iniciado el camino hacia el autoritarismo: la pregunta es si lo va a completar. ¿Qué contrapesos existen contra las políticas autoritarias de Donald Trump? El Congreso y el Tribunal Supremo tienen restricciones claras, ancladas en sus mayorías trumpistas y conservadoras. Uno de los retos es la debilidad de los demócratas, que explica en gran medida el triunfo de Trump. Así, la democracia de calle es el principal foco de resistencia: los estados. Aquellos estados que conserven Gobiernos demócratas o más moderados, como los feudos demócratas de la costa este, podrán mantener ciertos derechos para su población y hacer frente a las políticas trumpistas, mientras que los más conservadores se alinearán con Trump o podrán ir más allá. Por lo tanto, Estados Unidos va camino de ser un país más fragmentado y polarizado.

Estados Unidos está abrazando un iliberalismo que, sin embargo, no matará sus estructuras democráticas, al menos no de inmediato. Las comparaciones con países como Hungría son evidentes, especialmente vista la buena sintonía entre Trump y el primer ministro Viktor Orbán, pero también la admiración del republicano hacia autócratas como Vladímir Putin. Este camino también llevará a más tensiones, polarización e, incluso, problemas de ingobernabilidad y crisis económica en Estados Unidos. Medidas como las amenazas de aranceles a otros países generan una incertidumbre que ya ha provocado caídas en las bolsas estadounidenses, mientras que las políticas antiinmigratorias expulsan a una mano de obra necesaria para el potencial productivo del país. Desde un punto de vista más pragmático, puede que Donald Trump termine revirtiendo muchas de sus políticas. Pero ese giro hacia dentro hará de Estados Unidos un país más ensimismado, más pendiente de su situación interna y menos de la global.

La Vulnerabilidad de la Democracia y el Fenómeno de los Regímenes Híbridos

A lo largo del siglo XXI en la disciplina de la Política se han desarrollado varias aproximaciones para entender los “autoritarismos modernos”, que contradictoriamente residen dentro de los regímenes democráticos, logrando como resultado la formulación de los regímenes híbridos, basados en una mixtura de rasgos democráticos y autoritarios. El concepto régimen democrático se refiere a las relaciones entre el Estado y la sociedad, que ocurren bajo formas democráticas, es decir, manteniendo el respeto a las competencias propias de las instituciones públicas y del marco legal, que incluye a los derechos ciudadanos y mostrando transparencia en la toma de decisiones. Sin embargo, las relaciones democráticas entre el Estado y la sociedad cambian por la influencia de factores que tienen peso propio como las empresas o cambios tecnológicos que influyen en el manejo de las políticas y agencia del ciudadano, así como la inteligencia artificial.

Los regímenes híbridos mezclan rasgos autoritarios dentro de sistemas democráticos y no es tan difícil adoptar rasgos autoritarios estando en democracia, algo que en el pasado se veía más como dos estadios muy diferenciados. Hay que preguntarse: ¿qué cambian? ¿cómo ocurre el proceso de estos cambios? Las democracias pueden decaer, incluso devenir en otro tipo de régimen, dejando de ser democráticas. Por eso resulta tan importante profundizar en la historicidad que adquieren los regímenes políticos que, manteniendo ciertas prácticas democráticas, transitan a otras antidemocráticas con relativa facilidad sin que aparezcan como grandes rupturas. Por ello, tanto políticos como estudiosos y ciudadanos no pueden desatender las prácticas y consensos de las democracias en las que viven.

En el estudio de Levitsky y Ziblatt (2018), ¿Cómo mueren las democracias?, se señalan elementos que apuntan a entender este proceso. Sus recomendaciones incluyen evitar la elección de candidatos sin vocación democrática, considerar que las reglas legales no siempre son fuertes ante los cambios tecnológicos como las redes sociales y la inteligencia artificial, y reconocer que las culturas políticas ciudadanas cambian, normalizando situaciones de desigualdad que deberían ser motivo de escándalo. Estos elementos nos hacen ver que, la democracia aún en países con una larga trayectoria como en Europa o Estados Unidos también llegan a estar amenazadas, sea por sus gobernantes actuales que no siguen las reglas o respetan a las instituciones o por grandes poderes corporativos que apoyan y condicionan las políticas públicas de los gobiernos, así como por los estilos de gobernantes nacionalistas o populistas. E igualmente las presiones que vienen de los grupos de poder económico con gran peso sobre los gobiernos democráticos, que terminan influyendo en ciertas políticas o decisiones públicas en desmedro de grupos ciudadanos con menos poder y estatus social. Las falencias de este sistema subordinado al poder y al dinero también afectan a países desarrollados como lo prueba el caso de los Estados Unidos.

Podría decirse que fue visible en los Estados Unidos, donde los alborotadores irrumpieron en el Capitolio el 6 de enero como parte de un intento organizado de anular los resultados de las elecciones presidenciales. Aunque el puntaje total de los Estados Unidos no cambió para los eventos en 2021, con dos descensos equilibrados por dos mejoras, el puntaje de libertad del país ha disminuido en 10 puntos durante la última década. Los líderes elegidos libremente desde Brasil y la India han amenazado con una variedad de acciones antidemocráticas, y la ruptura resultante de los valores compartidos entre las democracias ha llevado a un debilitamiento de estos valores en el escenario internacional.

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