Este estudio aborda de manera exhaustiva la complejidad de la ética del consumo responsable y su impacto multifacético en el medio ambiente. En este sentido, destaca la importancia crucial de la educación continua para los consumidores, así como el desarrollo de una conciencia más profunda sobre las interconexiones entre nuestros hábitos de consumo y los sistemas naturales del planeta. Asimismo, enfatiza la necesidad de una acción proactiva y comprometida por parte de individuos, comunidades e instituciones para enfrentar los desafíos ambientales actuales y futuros. Con base en esta perspectiva, el objetivo principal es promover un consumo ético y responsable, tanto a través de la educación como mediante acciones sociales orientadas a la protección del medio ambiente. Para ello, se realizó una revisión sistemática siguiendo el método PRISMA, utilizando como fuente principal la base de datos Scopus, de la cual se identificaron un total de 34 estudios relevantes. Los resultados evidencian que el consumo ético y responsable genera un impacto positivo no solo en el medio ambiente, sino también en la sociedad en general. Este enfoque fomenta acciones proactivas, responsabilidad social y prácticas de consumo ético, contribuyendo así a la protección ambiental.
La Problemática del Consumo Desmedido y sus Consecuencias
La Agenda para el Desarrollo Sostenible nos alerta: nuestro planeta se está quedando sin recursos, pero el índice de población sigue creciendo. El desperdicio de alimentos es otro indicio del consumo excesivo. Abordar la pérdida de alimentos es urgente y requiere políticas específicas basadas en datos, así como inversiones en tecnologías, infraestructuras, enseñanza y supervisión. La adopción de una economía circular implica diseñar productos duraderos, reparables y reciclables. A las empresas les conviene encontrar nuevas soluciones que permitan modelos de consumo y producción sostenibles.
Hace tiempo que Susan George (2003) advirtió que la sociedad se hallaba enclavada en un sistema que no consigue dar respuestas a las necesidades reales, puesto que se trata de un proceso de pseudolibertad caracterizado por transacciones transfronterizas de capitales y de bienes y servicios, donde se obedece únicamente a la ley de la oferta y la demanda y en el que todo se compra y se vende. El neoliberalismo ha desarrollado unas lógicas mercantiles sustentadas en la acumulación de bienes y en el capital. En este consumo acelerado, la globalización neoliberal ha ejercido una poderosa influencia en muchas de las políticas educativas noroccidentales, lo que ha provocado un cambio hacia una economía del conocimiento, una transformación capitalista del conocimiento en el que se compra y se vende la creación, la adquisición, la innovación y la transmisión del conocimiento (OLSSEN; PETERS, 2005), rápido, calculado, eficiente y rentable (BESLEY; PETERS, 2005).
La sociedad occidental presenta y ensalza un sujeto caracterizado por el individualismo y el materialismo, donde la globalización y el capitalismo han colocado al mercado y los intereses económicos por encima de las personas. Los medios de comunicación transmiten una pedagogía consumista basada en un modo de vida sensorial, hedonista y egoísta sustentado en sueños de progreso que fomentan formas superficiales de vivir sostenidas en la exaltación de las formas frívolas del consumo. A todo ello se sumó la instauración de la publicidad y el marketing como instrumentos de información y persuasión, convirtiendo los productos y bienes en auténticos objetos de deseo, invitando e incluso incitando a la población a consumir necesidades externamente construidas. La publicidad, la televisión, los medios de comunicación no son inocentes e inocuos, sino que se convierten en agentes educativos informales que “promote and reinforce the hegemonic belief that the consumption of goods and services is the primary means of fulfilment and happiness” (WRIGHT; SANDLIN, 2017). Se consume para ser feliz, o al menos esa es la idea que el capitalismo propaga. El ser humano ha llegado a transformarse en un bien de consumo, enajenado, una nueva especie, denominada
Alvin Toffler (1970) vaticinó que estaba llegando la civilización de usar y tirar. Los productos, las necesidades, las vivencias se crean actualmente para ser usados una sola vez o durante un breve periodo de tiempo. El mercado de consumo, además de generar exceso y despilfarro, fomenta el desarrollo de emociones positivas vinculadas a la compra compulsiva y conduce al desprendimiento de aquellas adquisiciones que dejan de ser atractivas, para poder adquirir otras nuevas y más estimulantes (BAUMAN, 2007).
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El consumo, sobre todo en los grandes almacenes, se ha ido instaurando como una actividad de ocio y tiempo libre para muchos niños, dedicándole un mayor porcentaje de tiempo que a leer, jugar al aire libre, o asistir a reuniones infantiles (SCHOR, 2005).
Impacto Ambiental y Desigualdad Global
Según la Declaración oficial de las Naciones Unidas en la cumbre de Tierra de 2002, una de “las principales causas de que continúe deteriorándose el medio ambiente son las modalidades insostenibles de consumo y producción, particularmente en los países industrializados”. Hablar de consumo responsable es plantear el problema del hiperconsumo de las sociedades “desarrolladas” y de los grupos poderosos de cualquier sociedad, que sigue creciendo como si las capacidades de la Tierra fueran infinitas (Daly, 1997; Brown y Mitchell, 1998; Folch, 1998; García, 1999). Baste señalar que los 20 países más ricos del mundo han consumido en este siglo más naturaleza, es decir, más materia prima y recursos energéticos no renovables, que toda la humanidad a lo largo de su historia y prehistoria (Vilches y Gil, 2003).
Como se señaló en la Cumbre de Johannesburgo, en 2002: “El 15% de la población mundial que vive en los países de altos ingresos es responsable del 56% del consumo total del mundo, mientras que el 40% más pobre, en los países de bajos ingresos, es responsable solamente del 11% del consumo”. En estos países, con una cuarta parte de la población mundial, consumimos entre el 50 y el 90% de los recursos de la Tierra y generamos las dos terceras partes de las emisiones de dióxido de carbono. Un habitante de estos países consume, por término medio, tres veces más cantidad de agua, diez veces más de energía, por ejemplo, que uno de un país pobre. Y este elevado consumo se traduce en consecuencias gravísimas para el medio ambiente de todos, incluido el de los países más pobres, que apenas consumen.
Particular incidencia tiene en este elevado consumo y sus consecuencias ambientales el modelo alimentario que se ha generalizado en los países desarrollados (Bovet et al., 2008). La inversión de la relación vegetal/animal en las fuentes de proteínas, con fuerte caída del consumo de cereales y leguminosas y correspondiente aumento del consumo de carnes, productos lácteos, grasas y azúcares. Se trata de una opción de muy baja eficiencia porque, como ha señalado Jeremy Rifkin, hay que producir 900 kilos de comida para obtener 1 kilo de carne, a lo que hay que añadir que se necesitan 16 000 litros de agua. En definitiva, el consumo de energía es muy elevado, de modo la industria de la carne es responsable de más emisiones de CO2 que la totalidad del transporte. Estamos, además, con estas prácticas, sobreexplotando y agotando recursos tan esenciales como el agua que van a repercutir sobre la vida de las generaciones futuras. Las aguas subterráneas, cuya renovación puede necesitar miles de años, están siendo literalmente tomadas por asalto y esta sobreexplotación se traduce en un descenso acelerado de la capa freática, lo que provoca filtraciones del agua del mar y hundimientos del terreno (Bovet, 2008, pp. 26-27 y 52-53).
Como afirma la Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo (1988), “estamos tomando prestado capital del medio ambiente de las futuras generaciones sin intención ni perspectiva de reembolso”. El informe de la Royal Society, del año 2000, “Hacia un consumo sostenible” señaló, entre otras cosas, que las actuales tendencias del consumo son insostenibles y que existe la necesidad de contener y reducir dicho consumo, empezando por los países ricos, por lo que se requiere introducir profundos cambios en los estilos de vida de la mayor parte de los países de mayor desarrollo (Sen, 2007, p. 58).
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La Educación como Pilar Fundamental del Consumo Responsable
Solo gracias a la educación puede el ser humano ser libre y responsable como consumidor, ya que la publicidad, los grupos de referencia, los medios de comunicación... ejercen tal influencia que, sin la suficiente base formativa, dejan escaso margen a la decisión libre y responsable del individuo. Los consumidores necesitan información, pero también formación y educación adecuada en materia de consumo. Es la educación la que nos proporciona los conocimientos y las herramientas necesarias para descubrir que nuestro consumo tiene un impacto directo en el medio ambiente, en otras personas, en nuestras propias vidas y en la sociedad en su conjunto, y así poder actuar desde una visión crítica. El acto de consumir no es solo un derecho y una decisión individual, es también un acto de responsabilidad social.
Frente al dominio del discurso, las prácticas y las políticas educativas por parte de las élites de poder, que colocan al mercado y al beneficio por encima de otras consideraciones y que entienden el aprendizaje en términos de crecimiento económico, salimos en defensa de una pedagogía crítica que proteja, defienda y forme a la ciudadanía, para tomar decisiones libres, fundamentadas en información veraz y acompañada de racionalidad. La pedagogía crítica está en condiciones de activar la posibilidad de armar una estrategia coherente de formación ciudadana con orientación a una equitativa y estable forma de ver el consumo. En una sociedad donde se presenta la necesidad de consumir para vivir, cuando no hay educación en valores de consumismo racional sino compulsivo, donde los niveles de consumo se convierten en algo patológico, se evidencia que las ansias de consumir tratan de ocultar un sentimiento de vacío generado por la constante presión de la sociedad por consumir (FROMM, 1986), justificando, una vez más, la necesidad de una Educación para el Consumo. Existe la necesidad de educar para el consumo y así lo han indicado también varios organismos internacionales, especialmente aquellos con alcance supranacional (AGUADED, 2011, 2013) como la UNESCO, ONU, o el Parlamento Europeo.
No dejaremos de justificar la necesidad de formar al alumnado como futuros ciudadanos activos, críticos y responsables, con capacidad para adaptarse al devenir social. La educación para el consumo desde una perspectiva crítica es un tema serio que necesita ser estudiado y trabajado por todos los miembros de la sociedad educativa. El sistema educativo público tiene potencial para, desde posturas críticas con la modalidad de sociedad de consumo actual, convertirse en elemento fundamental para la definición y dinámica de modelos de desarrollo que eleven el nivel y desarrollo económico de un país, pero salvaguardando el establecimiento de niveles de equidad y justicia social.
Proponemos una pedagogía crítica que potencie la alfabetización cívica, mediática y económica. La primera, como pilar que soporta la democracia y desde donde se pueden establecer las correctas prácticas de consumo. La segunda, la alfabetización mediática para capacitar al alumnado con herramientas que le ayuden a gestionar las grandes dosis de información que le sobrevienen hoy día. Esta completará el elenco de soportes para lograr una ciudadanía vital, construida desde los centros educativos. Finalmente, la alfabetización económica, que desde una pedagogía crítica propone la capacitación para participar activamente en la vida económica y mejorar el bienestar de los individuos.
Definición y Características del Consumo Responsable
La persona consumidora y usuaria responsable es aquella que, además de conocer sus derechos, se guía por criterios sociales y medioambientales con el objeto de contribuir a un entorno favorable para todos, y garantizar un consumo con el menor impacto posible del medio ambiente, con el objeto de contribuir a mejorar la calidad de vida de las personas que habitan este planeta y de las generaciones futuras. El consumo responsable se basa en dos máximas, que son consumir menos y que lo que consumamos sea lo más sostenible y solidario posible.
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Comprar implica satisfacer una necesidad o un deseo pero también activar toda una serie de procesos económicos, sociales y medioambientales. En este sentido, hacerlo de una manera responsable significa cuestionarse a la hora de comprar qué es prescindible y qué no; cuáles son nuestras disponibilidades económicas reales y, después, elegir los productos, no sólo por su precio o su calidad, sino también porque son respetuosos con el medio ambiente y porque las empresas que los elaboran cumplen con los derechos humanos y los principios de justicia social. Además, el consumo responsable es una actitud que también se puede ejercer en el hogar y en los hábitos de vida. La ciudadanía debe interiorizar su parte de responsabilidad como personas individuales a la hora de cuidar y mejorar el entorno. Gestos sencillos como ahorrar electricidad, calefacción, agua o combustible, hacen que mejore la calidad de vida de la colectividad.
Las características del consumo responsable son:
- Es un hecho consciente, ya que es premeditado y antepone la libre elección a la presión de la publicidad y a las modas impuestas.
- Es crítico ya que se pregunta por las condiciones sociales y ecológicas en las que ha sido elaborado un producto o producido un servicio.
- Es ético, se basa en valores como la responsabilidad, la austeridad como alternativa al despilfarro y al consumismo, o el respeto de los derechos de los productores y del entorno.
- Es ecológico al prevenir el derroche de los recursos naturales, ya que una producción masiva degrada el medioambiente.
- Es saludable porque fomenta un estilo de vida basado en hábitos alimenticios sanos y equilibrados y en la compra de productos de calidad y respetuosos con el entorno.
- Es sostenible ya que reducir el consumo innecesario puede mejorar la calidad de vida del planeta y el equilibrio medioambiental y se generarían menos residuos.
- Es solidario con otros pueblos y con las generaciones futuras, puesto que se respetan los derechos de aquéllos y se aseguran los de éstos.
- Es socialmente justo ya que se basa en los principios de no discriminación y no explotación.
- Tiene poder de transformación social. Las personas consumidoras tienen el poder de transformar un mero acto de consumo en un verdadero acto de la ciudadanía. De esta manera, a través de gestos cotidianos, se puede contribuir a un cambio significativo en las reglas y patrones de producción y consumo de la sociedad.
Fomentando Hábitos de Consumo Responsable Desde la Infancia
En un mundo lleno de opciones y estímulos para consumir, el consumo responsable para niños es importante. Ayudarles a valorar lo que tienen y a ser responsables con lo que usan y compran se vuelve esencial. Por eso, educar en el consumo responsable a los niños desde la infancia es una herramienta poderosa para construir un futuro más sostenible y consciente. Una manera de trasladar esto a los niños es jugando al semáforo. Cada vez que tengan que tomar una decisión de consumo, deberán clasificar el producto acorde a tres colores: verde (necesario), amarillo (lo quiero, pero puede esperar) y rojo (no lo necesito). Así como hay personas que consumen sin pensar, también existen quienes reflexionan antes de actuar. Para que los niños se conviertan en consumidores responsables, lo ideal es ayudarles a hacerlo de forma cercana y práctica.
Por ejemplo, pueden escoger juguetes duraderos y compartirlos antes de comprar otros nuevos, cuidar los materiales escolares y proteger los recursos cotidianos como el agua o la electricidad. Por eso, planificar compras, elegir con criterio y conocer el origen de los productos son hábitos que ayudan a formar consumidores conscientes y de los que es importante hablar en familia. Pero, del mismo modo que existen ejemplos de consumo responsable, existen también multitud de casos opuestos. A veces, sin darnos cuenta, realizamos pequeñas acciones que dañan el planeta: dejar las luces encendidas o el grifo abierto, pedir juguetes nuevos aunque los antiguos aún funcionen, imprimir y gastar papel, desperdiciar comida o descuidar el material escolar. Estas costumbres, que parecen insignificantes, se pueden corregir con solo un poco de atención y ganas.
Para reforzar estos hábitos, es importante enseñar a los más pequeños a tomar decisiones responsables de manera práctica. Por ejemplo, se pueden organizar juegos y dinámicas en las que los niños elijan entre diferentes productos y analicen cuál es más sostenible. O hacer comparaciones entre lo que ocurre cuando se reutiliza algo frente a cuando se compra nuevo. Estas enseñanzas también se pueden inculcar en la escuela mediante la realización de diferentes actividades. Otra opción es crear un mercadillo de intercambio, donde los niños lleven juguetes, libros o ropa que ya no usen y los cambien por otros. En una tercera actividad, los alumnos se convierten en detectives del desperdicio durante una semana. Su misión es observar en casa o en la escuela qué cosas se tiran sin necesidad: alimentos, papel, materiales escolares, envases… Luego, en clase, comparten sus hallazgos y proponen soluciones creativas: ¿cómo se podría reutilizar ese papel? ¿Qué hacer con la comida sobrante? A edades tempranas, los niños son como esponjas, por eso es importante que, más allá de la teoría, los padres prediquen con el ejemplo.
En definitiva, educar a los niños en consumo responsable implica combinar hábitos cotidianos con reflexión y actividades educativas. Esta es la única manera en la que verdaderamente aprenderán a valorar lo que tienen y a tomar decisiones conscientes y respetuosas con el medio ambiente.
Acciones para un Consumo Consciente
El consumo irresponsable aumenta la desigualdad entre quienes tienen en exceso y quienes carecen de lo básico y genera gastos innecesarios y endeudamiento familiar. El consumo responsable es tarea de todos, y cada uno de nosotros puede aportar a él, incluso los más pequeños. Una forma eficaz de empezar es incorporando pequeños cambios en nuestro día a día que, con el tiempo, se convertirán en hábitos sostenibles. Estas pequeñas decisiones, repetidas cada día, enseñan que ser responsable no tiene por qué ser complicado.
Acciones concretas para promover un consumo consciente incluyen:
- Pensar si realmente necesitamos lo que vamos a comprar.
- En la medida de lo posible seguir la regla de las tres “R”: reducir el consumo, reutilizar lo que tenemos y reciclar.
- Tratar de disminuir el uso del plástico en nuestras compras, utilizar electrodomésticos eficientes, evitar tirar comida, cuidar nuestro consumo de luz y de agua.
El paradigma del confort es el producto desechable que lanzamos despreocupadamente… ignorando las posibilidades de las 3R. Los poderes públicos tienen la responsabilidad de dictar normas para que la economía sea sostenible, solidaria y respetuosa con los derechos humanos, pero son las personas consumidoras a título individual las que optan o no por un modo responsable de consumir.
Consumo, Crecimiento Económico y Sostenibilidad Global
La escritora sudafricana Nadine Gordmier, Premio Nobel de literatura, puntualiza: “El consumo es necesario para el desarrollo humano cuando amplia la capacidad de la gente y mejora su vida, sin menoscabo de la vida de los demás”. Y añade: “Mientras para nosotros, los consumidores descontrolados, es necesario consumir menos, para más de 1000 millones de las personas más pobres del mundo aumentar su consumo es cuestión de vida o muerte y un derecho básico” (Gordmier, 1999). Hay que reconocer que para gran parte de la humanidad -y, en particular, para la cuarta parte que pasa literalmente hambre- el verdadero problema consiste en aumentar el consumo. Incluso si sólo pensamos en las necesidades más básicas, hace falta consumir más a escala planetaria. Por eso la CMMAD hablaba de la necesidad de «avivar el crecimiento» en amplias zonas del planeta. Tropezamos ahí con una tremenda contradicción: el aumento de la esperanza de vida de los seres humanos y la posibilidad de que esa vida sea rica en satisfacciones supone consumo, supone crecimiento económico… y nuestro planeta no da más de sí (Worldwatch Institute, 2004).
Pero la suposición de que los problemas de la humanidad se resolverían únicamente con menos consumo de ese 20% que viven en los países desarrollados (o que forma parte de las minorías ricas que hay en cualquier país) es demasiado simplista. Naturalmente que ciertos consumos, como ya hemos señalado, deben reducirse, pero son más las cosas a las que no podemos ni debemos renunciar y que deben universalizarse: educación, vivienda y nutrición adecuada, cultura. La solución al crecimiento insostenible no puede consistir en que todos vivamos en una renuncia absoluta: comida muy frugal, viviendas muy modestas, ausencia de desplazamientos, de prensa, etc., etc. Es preciso, pues, comprender que el milagro del actual consumo en nuestro «Norte» responde a comportamientos depredadores, con la utilización por parte de muy pocas generaciones, en muy pocos países, de tantos recursos como los usados por el resto de la humanidad presente y pasada a lo largo de toda la historia y prehistoria… y que eso no puede continuar.
En conclusión, es preciso evitar el consumo de productos que dañan al medio ambiente por su alto impacto ambiental, es preciso ejercer un consumo más responsable, alejado de la publicidad agresiva que nos empuja a adquirir productos inútiles… Es preciso, además, ajustar ese consumo a las reglas del comercio justo, que implica producir y comprar productos con garantía de que han sido obtenidos con procedimientos sostenibles, respetuosos con el medio y con las personas… Pero aunque todo esto es necesario, no es suficiente para sentar las bases de un futuro sostenible.
