Definiendo al Ciudadano y al Súbdito
El diccionario de la Real Academia Española define al ciudadano del Estado moderno como un “sujeto de derechos políticos y que interviene, ejercitándolos, en el gobierno del país”, agregando a sus definiciones “hombre bueno”. A su vez, identifica al súbdito como aquél “sujeto a la autoridad de un superior con obligación de obedecerle”, término que proviene del latín subdĭtus, participio pasivo de subdĕre, es decir, someter. Existe una diferencia muy clara entre un concepto y otro. El primero es un sujeto de derecho, y el segundo, un sujeto a la autoridad. Podría leerse “sin derecho”, ya que está sometido a la autoridad de un superior con obligación de obedecerle.
Para la ciencia política, la condición de ciudadano no se predica del mero hecho de ser natural de un país determinado. Súbdito proviene del latín súbditus, participio pasado de subdĕre, someter. Así el súbdito de un Estado sería aquella persona que forma parte de una comunidad nacional determinada y que mantiene una posición pasiva, sometida en las relaciones con el poder al titular del mismo.
Frente a la condición de ciudadano, el súbdito estará alejado de cualquier decisión de los centros de poder, careciendo de instrumentos legales eficaces para participar o influir efectivamente en las decisiones que le afectarán. La conducta del súbdito viene regida por dos principios que se corresponden y hasta solapan, el de sumisión y el de lealtad. A su vez, los principios de autonomía y responsabilidad caracterizan el comportamiento del ciudadano.
Un ciudadano, sin embargo, eleva su posición en las relaciones con el poder, conquistando primero la libertad política y obligándose a establecer relaciones activas con el soberano y sus propios representantes, a todos los cuales en un primer momento elegirán, en todo momento controlarán y, si se dieran las circunstancias oportunas, los depondrán, sin limitaciones temporales. El ciudadano adquiere su condición de tal en la Ciudad, en la Nación o en el Estado, y habita en un pueblo.
La Transformación Histórica de Súbditos a Ciudadanos
Nuestra Constitución Nacional, como todas las constituciones, a partir de la Carta Magna de 1215, con un extraordinario impulso a partir de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, dictada por la Asamblea General Constituyente francesa de 1789, y sus reválidas por la Declaración de Derechos Humanos de la ONU, son consecuencia de una evolución social y de conciencia política del hombre -retomando el concepto aristotélico- que comprendió la importancia, para el desarrollo natural de las personas, de limitar el poder de quien ejerce la autoridad. Es decir, evitando el autoritarismo, que no es otra cosa que el sistema de sumisión incondicional a la autoridad.
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Para ello creó una serie de reglas prohibiendo situaciones que permitan el ejercicio del poder en detrimento de los derechos inalienables de los habitantes. Este sistema “constitucional” transformó a los antiguos súbditos -sujetos a la autoridad incondicional de quien detentara el poder- en ciudadanos. El fundamento filosófico para esta limitación al poder podemos encontrarlo en varios autores de los siglos XVII y XVIII, pero principalmente en Thomas Hobbes y John Locke. Sintéticamente, entendían que él debía limitarse al poder del Estado.
Pese a que andemos disfrazados de europeos, la carencia del espíritu ilustrado señala el punto crucial que nos diferencia de Europa. Ausencia que conlleva otras muchas, desde la ciencia, el capitalismo industrial y mercantil, y no el meramente especulador, hasta la falta del ciudadano consciente de sus derechos y sujeto ejerciente de sus libertades, que asume la responsabilidad que le corresponde en la cosa pública. Cierto que al cabo de los siglos hemos importado lo que no pudo brotar en nuestro medio, ciencia, tecnología, industria, democracia, pero, ausente el espíritu ilustrado que los creó, se mueven como zombies.
La Problemática de la Representación y los Partidos Políticos en la Actualidad
En pocos años hemos vuelto a cavar la vieja sima que separa la España oficial de la real. La fragilidad de la democracia española, que se muestra en esa mezcla de ficción y producto adulterado en que la hemos convertido, en muy buena medida proviene de que los españoles no se comportan, y en consecuencia, tampoco son tratados, como ciudadanos libres, sino más bien como súbditos de poderes harto personificados.
A nadie se le oculta que el estado calamitoso en que se encuentran los partidos ha convertido al sistema político en especialmente quebradizo. Nada ha desacreditado tanto a la democracia como el afán de las cúpulas de los partidos de impedir cualquier forma de contestación dentro de sus filas. El hecho es que la eliminación sistemática del juego democrático de la vida de los partidos constituye hoy por hoy el mayor factor de desestabilización, así como la amenaza más seria que sufre nuestro sistema político, cada vez más ineficaz y corrupto.
La democracia parlamentaria y pluralista depende de la vitalidad y prestigio de los partidos. Hay una forma de degradación que proviene de que los partidos los integren súbditos y no ciudadanos. En España, las virtudes que se piden al afiliado de un partido son las del súbdito. Como en el antiguo régimen, nada se encarece tanto ni se recompensa mejor que la lealtad al jefe.
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La sociedad no se deja engañar sobre las razones por las que se actúa en política. En este punto parece que están las cosas claras: el que se mete en política acepta de antemano la servidumbre voluntaria del súbdito leal que espera recompensa. Para poder integrar al ciudadano en nuestros partidos es preciso previamente reducirlo a la condición de súbdito. Ahora bien, si los partidos en vez de ampliar las libertades públicas las cercenasen, habría que cuestionar la democracia representativa.
La estructura jerárquica, caciquil, de los partidos, ajenos a toda forma de convivencia democrática, es además fuente de corrupción. Todo partido que ha sustituido al ciudadano por el súbdito es un partido corrupto. "Un poder hipotecado por la corrupción convierte en inútil la democracia". Existe una estricta incompatibilidad entre corrupción y democracia: allí donde hay democracia no surge corrupción, así como donde hay corrupción falla la democracia; de modo que no cabe otro antídoto contra la corrupción que una mayor ventilación democrática. La reducción de la democracia interna de los partidos a sus mínimos es la fuente de la corrupción que lamentamos. Hemos mirado desde lejos esta deficiencia como si fuese una cuestión que no nos concierne; hoy nos tropezamos atónitos con la corrupción que ha facilitado nuestra pose de espectador.
Por cuanto no tenemos quien nos represente en realidad, y carecemos de capacidad de elección a nuestros gobernantes, pues se eligen entre ellos mismos gracias al régimen de la Transición, sólo estamos sujetos a la autoridad -más bien potestad- del superior, con obligación de obedecer. Sin perjuicio del hecho cierto de que, cada cuatro años, varios millones de personas vayan a depositar una papeleta con unas listas de individuos, la mayoría de las veces desconocidos, en unos procedimientos administrativos electorales, la condición actual de los habitantes de España es, sin duda alguna, la de súbditos. ¿Quién representa hoy a los ciudadanos españoles en España?
Ejemplos de la mentalidad de súbdito
Hace unos días quedé sorprendido al leer que si en el caso Naseiro el Tribunal Supremo le requiere, acudirá "como un súbdito más del Estado". Con perdón de don Manuel, yo, modestamente, me tengo por ciudadano español, y no por súbdito de ningún Estado, pero estoy dispuesto admitir que puedo andar muy confundido, a juzgar por la forma como se comportan los españoles, demasiado temerosos de lo que les pueda sobrevenir si se desmandan y expresan una opinión libremente. La debilidad de la sociedad civil, la falta de coraje cívico, el señoritismo y caciquismo siempre a flor de piel tienen una fuente común en la ausencia de un siglo XVIII que de verdad hubiera calado. Nada se echa tanto de menos en España como el espíritu revolucionario de la Ilustración.
El Llamado a la Ciudadanía Activa
Debemos decidir si queremos ser súbditos o ciudadanos. De ahí que resulte imprescindible que todos nos movilicemos. Debemos fomentar pues la organización ciudadana y los proyectos sociales, culturales, económicos y políticos de mayor alcance. Los problemas también dependen de nosotros. Implicación en la vida colectiva. Para que no haya súbditos, sino ciudadanos.
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Mi alma es, aunque no exclusivamente, mi “ciudadanía” activa, que me impide rebajarme a la condición de súbdito. Y a ese noble concepto de ciudadanía no puedo renunciar, porque glosando a don Manuel Azaña: “La libertad no hace felices a los hombres; los hace, sencillamente, hombres”.
Para que puedan surgir los partidos por su propio ímpetu, la sociedad civil tiene que ser fuerte, con un buen número de ciudadanos dispuestos a participar en la cosa pública. Se necesita que haya habido ciudadanos para que pueda haber partidos políticos de verdad; con súbditos no cuajan más que las malconformaciones que hemos producido en estos últimos años en España. Si no queremos ahogamos en una corrupción cada día más generalizada, no nos va a quedar otro remedio que empezar a practicar los deberes cívicos más elementales. Como moraleja, debemos exigir a las distintas agrupaciones políticas, y a sus candidatos, que expongan públicamente sus proyectos y pedirles cuenta de ello.
Con súbditos, el poder se detenta; con ciudadanos, se ostenta.
