Descubre la Verdad Oculta del Impuesto Revolucionario de Eskorbuto y su Impacto en la Cultura Capitalistapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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La Industria Cultural Capitalista y el Populismo Estético

No debería de sorprendernos que la cultura de masas del capitalismo no pretende construir un monumento al intelecto humano ni mucho menos elevar la sensibilidad estética, sino que crea un producto para el denominado mínimo común denominador, es decir, algo producido desde la esterilidad creativa, degradado y simplón, aquello que puedas venderle a la mayoría. Esto no es ninguna posición elitista ni mucho menos clasista, es aceptar simplemente que el capitalismo no requiere un público culto, al contrario, requiere la popularidad del mal gusto para poder venderle productos cuya ambición artística comienza y termina con joyería, autotune y cocaína. Para que el capitalismo pueda cumplir sus objetivos mientras menos conozca la población a la que dirige sus productos es una mejora, ya que así evita el invertir tiempo en educar en la comprensión crítica o capacidad de análisis.

¿Qué ha creado esta industria cultural? El populismo estético es una característica de la posmodernidad cuyo objetivo es el sistemático borrado de la frontera entre la alta cultura y la cultura comercial mediante la aparición de nuevos textos impregnados en los contenidos, formas y categorías del capitalismo tardío. ¿Qué significa esto para el degradado público cautivo capitalista? Que no lee, escucha o ve lo que le gusta, al contrario: no sabe que alguna vez tuvo opciones y ahora solo consume lo que la industria cultural capitalista le impone. Su sensibilidad y expectativas han sido moldeadas desde su nacimiento, al punto que no solo no le gustan las expresiones culturales que salen del mainstream, sino que ni siquiera los comprende ¿acaso el capitalismo iría contra su propia ley fundamental de invertir lo mínimo y ganar lo máximo?

Musicalmente, ¿invertiría en algo más que tumbados o reggaetón cuando sabe que por una inversión reducida obtiene fantásticas ganancias? Mutatis mutandis ¿no pasa lo mismo con el cine, la televisión y la literatura? ¿Acaso esta industria premiaría algún autor o autora que busque evadir las coordenadas ideológicas de la burguesía y del impuesto gusto que tiene sobre su público cautivo? El capitalismo determina que voces habrán de ser escuchadas y cuales ignoradas ¿a quién proyectarían sino a quienes reproducen el sistema de creencias que sostienen el capitalismo?

Aníbal Malaparte y la Contracultura

Al contrario de la corriente anti-literaria en la literatura, es decir, la misma que procura una literatura kish (cursi, hortera y en general de mal gusto) que niega todas las corrientes y autores del pasado en La asamblea de los fantasmas, Aníbal Malaparte escribe, antes que todo, una elegía intertextual: el poemario es tanto un canto sucio, dolido y desafiante al amor vencido por la urgencia y a la revolución traicionada por el oportunismo ideológico. Este poemario funciona con la misma lógica de un cuadro de AM DeBrincat, si la artista neoyorkina mezcla óleo, fotografía y grabado el poeta de Xalapunk une el archivo lirico de un comunismo herido, pero no arrepentido con la vibrante contracultura que desde los márgenes desafía al marketing cultural burgués.

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Como director de coro, Aníbal armoniza diversas referencias culturales, políticas y afectivas que van desde Stalin y Lacan, hasta Eskorbuto y Assata Shakur, creando un canto caótico, pero profundamente intencional entre el arte, la experiencia militante, la teoría marxista y la experiencia intima. Esta intertextualidad no es ornamento ni simple guiño postmoderno: es parte constitutiva de su propuesta estética y política. Desde el título del libro insinúa no un comienzo sino el día después del amargo final.

Como rey de un palacio en ruinas Aníbal convoca a su corte de espectros: la de las ternuras perdidas, las lujuriosas obsesiones que se disfrazaron de amor, los combates callejeros contra los aparatos represivos, las traiciones de los antiguos aliados, las múltiples heridas mal curadas y los años de insultantes vacíos. Así, en Las actas de la asamblea de los fantasmas, uno de los ejes del poemario, se nos revela una especie de tribunal histórico-poético donde se juzga a geriátrica dirigencia que redujo la revolución a una farsa: “¡ellos que se conforman con liderar una secta de liturgias y tradiciones revolucionarias!”.

El tono elegíaco atraviesa todo el poemario como una constante. Se llora la derrota, pero se la convierte en documento de combate, en gesto estético contra el olvido. El sujeto poético carga la memoria como trinchera, y no hay momento en el texto donde el dolor no esté presente como elemento estructurante. La obra, sin embargo, se niega al patetismo. En su lugar, se alza una voz desgarrada que recurre al sarcasmo, al humor negro y a la poesía como barricada. La intertextualidad de Malaparte no es solo un recurso erudito, sino una forma de documentar el fracaso colectivo.

El poema Cuervo Alquimista VII, por ejemplo, plantea una tesis demoledora: “¿y si nuestras emociones, moldeadas por siglos de tragedia y ficción, no nos pertenecen del todo? La asamblea de los fantasmas no pretende cerrar nada. Al contrario: abre todas las grietas posibles. Su estructura fragmentaria, su ritmo zigzagueante y su mezcla de registros -del panfleto político al verso amoroso, de la consigna militante al soliloquio depresivo- componen un coro de espectros que se niegan a desaparecer.

Lo contracultural aquí no es pose: es praxis. La poesía deviene entonces el último bastión de lo insurrecto, y el poema se convierte en campo de batalla emocional. Las líneas no solo se leen: se sienten como ráfagas. La revolución -como el amor, como la poesía- aparece en la obra como una forma de destino inevitable, incluso si se sabe fallida. En definitiva, La asamblea de los fantasmas es un texto que se articula como acto de duelo y revuelta al mismo tiempo. Es una elegía coral donde los vivos y los muertos se citan, donde las derrotas se escriben para no ser olvidadas, y donde la memoria se transforma en munición poética.

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