Actualmente el debate sobre la importancia de introducir cambios radicales en la relación hombre-naturaleza gana espacios en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Cada año tienen lugar nuevas medidas para el cuidado de la casa común. Aún así, los esfuerzos científicos y las agendas de políticas ambientales, hasta ahora propuestos, no logran aportar cambios verdaderamente capaces de asegurar a nuestros hijos y nietos el goce de un medioambiente sano, dejando limitada la capacidad de nuestra generación y las próximas para construirse sobre la base de un desarrollo sostenible. El problema tiene muchas aristas. Una de ellas radica en la incomprensión de su origen a cabalidad y no saber cómo obrar frente al reto del cambio climático antropogénico.
La Ética Ambiental se originó como resultado de la revolución de pensamiento introducida por Raquel Carson en 1968, con la publicación de su libro “La primavera silenciosa”. Esta prestigiosa bióloga marina introduce en la palestra científica el debate sobre el daño causado por el poderío ilimitado del ser humano sobre el medioambiente. El actual modelo de ética ambiental en sus cuatro posturas fundamentales (antropocéntrica, biocéntrica, teoría de la liberación y derechos de los animales, ecocéntrica) carece de los recursos necesarios para articular la justa relación ética entre hombre-naturaleza, siendo incapaz de otorgar o reconocer valor intrínseco a la naturaleza. De las cuatro posturas, la más criticada y defendida es la antropocéntrica, la cual ha sido sin duda la protagonista durante el desarrollo científico-técnico de la humanidad.
Esta ética se califica de antropocéntrica porque la reflexión moral que realiza del medio ambiente gira en torno al hombre, el cual, desde su perspectiva, requiere de condiciones ambientales favorables para el logro de su supervivencia, bienestar y desarrollo. Para Margarita M. Valdés, estas corrientes del pensamiento medioambiental no logran estructurar una teoría ética nueva, porque parten de la teoría ética tradicional y sólo incorporan la problemática ambiental para derivar planteamientos y preceptos morales orientados a la conservación y preservación de la naturaleza como medida necesaria para asegurar la sobrevivencia del hombre. Es por ello que Tom Regan considera que la ética de corte antropocéntrica no es una ética del medio ambiente, sino una ética para la gestión y el uso del mismo.
Origen del Antropocentrismo
Lo que se conoce como antropocentrismo tiene su origen a principios de la Edad Moderna (s. XVI), época que marcó la finalización de la Edad Media y el inicio de un nuevo periodo. Este movimiento intelectual y la doctrina del antropocentrismo están fundamentados en una serie de premisas comunes, como por ejemplo, considerar al ser humano como el centro del universo, de manera que sus acciones le permiten dominar la naturaleza y construir su propio destino. El antropocentrismo tiene una manera distinta de ver la vida que el teocentrismo, prevaleciente en la Edad Media. Es vital conocer con certeza el origen de una corriente ética para comprender su propuesta o para introducir en ella cambios, si se estiman necesarios.
Lynn White Jr. desconoce la base teórica desarrollada por Francis Bacon y René Descartes con su carácter promulgador del ser humano como agente transformador del medio que lo rodea, cuyo único límite es el alcance de la ciencia de su momento. Para ambos pensadores no existe un atisbo de sacralidad en la vida humana ni en su entorno. Descartes entiende al ser humano como una máquina perfecta capaz de someter al resto de las criaturas y con el deber de velar por su propia superación. Posteriormente, la Ilustración prometió alcanzar la plenitud de nuestra especie con el dominio de la ciencia y el progreso científico, que a su vez se autorregularía enfocándose hacia el bien. En Descartes y Bacon, la filosofía racionalista moderna encuentra sus fundamentos. Desde Van R., el ansia de progreso científico perpetuo no se fundamenta en la comprensión lineal de la historia que introduce el cristianismo como destaca Lynn.
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A mi juicio, un problema importante en el debate sobre antropocentrismo en la relación hombre-naturaleza subyace en la incomprensión de sus alcances concretos y la repetición acrítica de definiciones de varios pensadores ecologistas, en algunos casos carentes de precisión. Desde los años 60, L. White culpa al monoteísmo judeocristiano de ser el primer factor de la crisis ambiental por su antropocentrismo hacia la naturaleza, centrando en la comprensión judaico-cristiana del mundo el origen del problema ecológico actual, como resultado de la enseñanza bíblica ubicada en el libro de Génesis donde Dios concede al hombre el poder y dominio sobre la tierra en su beneficio. Este historiador norteamericano da un paso más lejos, y explica cómo muchas de las religiones precristianas tenían un compromiso con el cuidado del medioambiente.
A este propósito, cabe notar lo que afirma la encíclica Laudato si’ (n. 64): “...las convicciones de fe ofrecen a los cristianos (...) grandes motivaciones para el cuidado de la naturaleza y de los hermanos y hermanas más frágiles”. Esto no significa negar que en determinadas circunstancias se hayan podido dar malas interpretaciones del cristianismo o de sus enseñanzas sobre la naturaleza creada y su relación con el hombre. Y recoge el Papa Francisco estas palabras de Juan Pablo II: “Los cristianos, en particular, descubren que su cometido dentro de la creación, así como sus deberes con la naturaleza y el Creador, forman parte de su fe”. A la vez, afirma la encíclica: “Por eso, es un bien para la humanidad y para el mundo que los creyentes reconozcamos mejor los compromisos ecológicos que brotan de nuestras convicciones”.
El Hombre en la Ética Antropocéntrica
El ser humano es el centro y el eje del universo por su capacidad de razonar y de actuar conforme a fines, lo cual le permite transformar a la naturaleza y crear una realidad para sí mismo. Esta visión del hombre se consolida gracias a los planteamientos del Iluminismo, el cual, apoyándose en los avances de la ciencia, pudo erigir a la razón instrumental como la cualidad que le permite al hombre comprender las causas y efectos de los hechos, así como utilizar a la naturaleza para su provecho a través de medios e instrumentos técnicos adecuados que posibilitan lograr el control y el dominio del mundo natural.
De esta forma se establece la superioridad del hombre sobre todo miembro de la biosfera, y se adopta a la ciencia y a la tecnología como los principales instrumentos para sujetar el mundo natural a los fines del hombre. De acuerdo con Aledo y colaboradores, en este paradigma que predominó en los siglos XVII y XVIII, la ciencia queda atrapada por la racionalidad instrumental (Zweckrationalität), un tipo de pensamiento que se guía conforme a fines que buscan la utilidad y el resultado provechoso por encima de cualquier otro objetivo, cancelando con ello a la racionalidad conforme a valores (Wertrationalität). No obstante, los avances de la misma ciencia contribuyen a fracturar este paradigma, puesto que señalan los límites de la racionalidad instrumental y proporcionan una visión integral de la realidad, la cual permite reconocer la interdependencia de todos los elementos que conforman la comunidad Tierra.
Desde otra perspectiva, Tom Regan señala que si bien la filosofía de Emmanuel Kant no es antropocéntrica, su planteamiento de la condición moral del hombre tiene implicaciones en esta ética. De acuerdo con este autor, Kant postula que sólo los seres humanos poseen valor intrínseco o valor en sí mismo, puesto que son sujetos con autonomía racional que buscan su realización y por ello merecen respeto, así como consideraciones y deberes morales. En el pensamiento de este filósofo, la capacidad del hombre de pensar y tener conciencia es la cualidad que, a la vez que lo distingue, permite considerarlo como un fin en sí mismo cancelando la posibilidad de visualizarlo como medio o instrumento.
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En estos postulados se basa la visión antropocéntrica de la ética ambiental para plantear que sólo los seres humanos pueden ser considerados sujetos morales, con derechos y deberes éticos en tanto que son agentes racionales capaces por ello de tomar decisiones y asumir responsabilidades. Desde su óptica, la ética sólo puede regir entre los seres humanos, ya que éstos pueden establecer relaciones simétricas al poseer las mismas capacidades racionales, posibilitando con ello el establecimiento de la justicia como principio regulativo que opere en las interrelaciones humanas. Esta línea considera que el hombre tiene el derecho intrínseco de buscar y lograr su realización, reduciendo al resto de los elementos y especies que conforman a la biosfera a simples medios para alcanzar este fin.
La Naturaleza según la Ética Antropocéntrica
La naturaleza es materia que puede ser sujeta a la transformación y explotación del hombre para el logro de su supervivencia y desarrollo. En esta visión, la naturaleza es un mero objeto cuyo sentido o razón de ser en tanto que materia es satisfacer las necesidades e intereses del hombre. Para Aledo y colaboradores, esta concepción utilitarista de la naturaleza tiene sus orígenes en el siglo XVII con René Descartes, quien rompe con la cosmovisión mítica y religiosa de la naturaleza. Con ello se sientan las bases de la concepción moderna de la naturaleza, ya que al concebirla como una máquina se cancelan las cualidades sustantivas que posee como fuerza o potencia generadora de vida y se le reduce a un objeto inerte posible de manipular y controlar.
En esta perspectiva, la naturaleza no posee valor intrínseco, es decir, no posee un valor propio, sólo el valor instrumental asignado y reconocido por el hombre que la valora, en la medida en que le proporciona las condiciones y los bienes materiales para el logro y desarrollo de la vida humana. Es importante señalar que de acuerdo con Aledo, esta visión mecanicista de la naturaleza predomina hasta principios del siglo XIX, periodo durante el cual se produjeron avances científicos, incluyendo la revolución de la física clásica, que desembocaron en una visión más compleja de la naturaleza, lo cual contribuyó a abrir otra perspectiva para comprender y relacionarse con el mundo natural. Otro aspecto de esta visión de la naturaleza es que la considera ilimitada, ya que la visualiza como la fuente inagotable de la que se pueden obtener los bienes y recursos que el hombre necesita y quiera.
Propuestas de la Ética Ambiental Antropocéntrica
Fundamentándose en este paradigma se ha desarrollado la ética ambiental antropocéntrica, que ante la crisis ecológica y ambiental que pone en riesgo la supervivencia del planeta, se ha abocado a realizar diversos planteamientos éticos para normar la relación del hombre con la naturaleza sin fracturar ni cuestionar el paradigma en el que se sustenta. El principal postulado de esta ética es que la relación del hombre con la naturaleza debe estar regulada por el deber ético de cuidar y preservar el entorno natural para asegurar el futuro desarrollo del hombre y de la sociedad. Este principio expresa que esta ética no reconoce el valor intrínseco ni los derechos morales que tiene la naturaleza para renovarse y desarrollarse, y sólo reivindica el derecho que tiene el hombre a sobrevivir y realizarse, por lo cual plantea que es indispensable que no acabe ni agote esta fuente de la que obtiene los recursos para satisfacer sus necesidades, así como las condiciones ambientales que le proporcionan bienestar.
Encontramos diferentes posturas dentro de esta ética. Aledo y colaboradores señalan que la corriente que denomina antropocentrismo fuerte se distingue por su apego al paradigma ético tradicional, el cual sigue considerando que la naturaleza es ilimitada. Reconoce que la crisis ambiental es resultado del proceso de modernización de las sociedades, pero lo considera un déficit que se puede solventar a través de soluciones técnicas. María José Guerra desarrolla la vertiente que centra su reflexión ética teniendo como eje la justicia intergeneracional, la cual se refiere al deber y responsabilidad que tiene el hombre actual de procurar la protección de la naturaleza considerando que los seres humanos por venir también son fines en sí mismos y, por lo tanto, también tienen el derecho intrínseco de lograr su realización plena en el planeta Tierra. En la línea de salvaguardar los derechos humanos de las generaciones actuales y futuras, esta corriente parte de considerar que para asegurar la protección y conservación de la naturaleza no es necesario asignarle derechos éticos o morales a nuestra morada, pues basta con que el hombre experimente el impacto de la devastación del entorno natural para tomar conciencia de que su desarrollo está vinculado con el cuidado y preservación del mismo.
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Podría decirse que esta ética pone de nuevo a la naturaleza al servicio del hombre, pero para satisfacer sus necesidades e intereses actuales. Esto es, mientras que en el pasado la naturaleza estuvo sujeta a las necesidades del desarrollo industrial bajo la ideología del progreso social generando con ello su devastación, en el momento actual las necesidades e intereses del hombre se han centrado en conservar un modelo de sociedad suntuario y garantizar el futuro de sus próximas generaciones. Por ello, más que replantear la relación hombre-naturaleza, proponen regular esta relación a través de preceptos morales que permitan tomar conciencia de la importancia de conservar el entorno natural.
Éticas Tradicionales y su Relación con la Perspectiva Antropocéntrica en el Ámbito Ambiental
Con frecuencia los autores contemporáneos se apoyan en las éticas tradicionales para responder preguntas como: ¿qué cosas tienen valor intrínseco (en ética ambiental diríamos "valor ecológico"), bueno o malo? ¿Qué hace que una acción sea correcta o equivocada? Otras cuestiones que se plantean son el valor de las zonas desérticas o despobladas, el valor de los “ambientes” reconstruidos por el hombre, los problemas causados por el acceso de la gente a las “reservas” ambientales…Todo ello requiere aún tanto de profundización como de investigación empírica.
| Corriente Ética Tradicional | Valor Intrínseco por Excelencia (desde una óptica humana o mixta) | Alcance en Ética Ambiental (inicialmente) |
|---|---|---|
| Consecuencialistas, utilitaristas y hedonistas | El bienestar de las personas y animales. | Solamente se tienen en cuenta las personas y los animales (pero no el resto de los seres, a los que se atribuye un “valor instrumental”). Actividades como pescar ballenas o cazar elefantes podrían permitirse por el placer que reportan al hombre (P. Singer, 1993). |
| Deontológicas (radicales o "puras") | Reglas o deberes (como no matar ni dañar a los inocentes, no mentir, guardar los compromisos, etc.). | No tienen en cuenta las consecuencias, sino que se basan solo en algunas reglas o deberes. En este marco, autores como T. P. Taylor extienden el valor intrínseco a todos los seres vivos, incluidos los microorganismos. |
| Ética de las virtudes | Virtudes compatibles con los deseos humanos (ej. generosidad). | Por estos motivos, ha podido parecer inevitablemente antropocéntrica y poco apta para fundamentar una ética ambiental. Pero ya Aristóteles observa que la vida virtuosa hace a las personas generosas. |
Para un deontologista (puro) la acción debe decidirse por un deber. Para un consecuencialista, la acción debe emprenderse teniendo en cuenta las consecuencias. Esta ética explora la relación entre moralidad y psicología, y propone que las virtudes sean compatibles con los deseos humanos.
Críticas y Debates Actuales sobre el Antropocentrismo
Los ambientalistas añaden otros tres factores ideológicos que, según ellos, junto con el antropocentrismo (sobre todo el antropocentrismo radical) serían los principales factores causantes de la crisis ambiental. Si el antropocentrismo se considera como el “gran mal”, entonces hay que conseguir el no al antropocentrismo. Según esto, lo que hace falta sería convertir a la gente a la fe en el valor intrínseco de la naturaleza no humana. En el trasfondo sigue latente la cuestión de cómo los seres humanos deben relacionarse con el ambiente natural en su búsqueda de felicidad y de bienestar. En ese sentido, los demás seres vivos quedan subordinados a las necesidades, beneficios y el bienestar del ser humano.
Mi principal preocupación con respecto a esta narrativa es su tendencia a enmarcar la destrucción ecológica como el resultado de un marco ético que privilegia los «intereses humanos» por encima de la naturaleza, cuando en realidad el daño ecológico tiene sus raíces en estructuras políticas y económicas desiguales que permiten que algunos seres humanos dominen, mientras que otros -y sus entornos- quedan vulnerables. Como han argumentado durante mucho tiempo Murray Bookchin y Ramachandra Guha, la dicotomía entre antropocentrismo y ecocentrismo no tiene en cuenta las desigualdades sociales, políticas y económicas dentro de las sociedades humanas que están en el origen de la crisis ecológica.
Detrás de cada caso de devastación medioambiental se esconde un patrón familiar: algunos actores consolidan el poder, se apropian de los beneficios económicos y descargan los costes sociales y ecológicos en las comunidades marginadas. La crítica del antropocentrismo se basa a menudo en la noción artificial de una humanidad monolítica e indiferenciada, cuya primacía se culpa de llevar al planeta al borde del colapso ecológico. Esta perspectiva tiende a despolitizar la crisis ecológica, pasando por alto las profundas fracturas entre clases, razas y geografías que dan forma tanto al daño medioambiental como a la vulnerabilidad. La humanidad no es un agente político unificado al que se pueda responsabilizar de las perturbaciones actuales.
En un mundo de marcadas desigualdades económicas y políticas, surge una pregunta fundamental: ¿quién es el «anthropos» condenado por las críticas al antropocentrismo? Este cambio de perspectiva alteraría fundamentalmente la forma en que los activistas medioambientales abordan y conceptualizan los derechos de la naturaleza. Ya no se trata simplemente de proteger la naturaleza de los apetitos humanos, sino de intervenir en las relaciones de poder desiguales que determinan quién define lo que se considera «naturaleza», cómo se puede utilizar, quién tiene la autoridad para decidir qué ocurre con un territorio determinado y sus recursos, y qué voces se escuchan o se silencian en ese proceso. Condenar el antropocentrismo no ofrece una brújula política clara para un movimiento ecológico. Lo que se necesita, en cambio, es un enfoque crítico sobre las relaciones de poder desiguales dentro de las sociedades humanas que dan forma a los resultados medioambientales.
En esta línea, también surgen corrientes como el anti-antropocentrismo, que defiende que el ser humano no es superior al resto de los seres vivos, sino que simplemente es distinto. El origen histórico de esta corriente se halla en religiones como el hinduismo y el budismo, por su creencia en la transmigración del alma entendida como sustancia espiritual. Ambas religiones son muy respetuosas con cualquier forma de vida y se oponen a la situación de primacía y de dominio del hombre sobre el medio y sobre los demás seres vivos. En Occidente, la ética de la Tierra, postura que surge en 1949 de la mano del ecólogo estadounidense Aldo Leopold, fue la primera postura ética anti-antropocéntrica desarrollada, proponiendo una “comunidad biótica” con un profundo equilibrio.
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