En el siglo XVI, Tenochtitlan era una gran ciudad que dominaba el Centro de México, sede del poder económico, político y religioso del pueblo mexica. La guerra y, consecuentemente, la imposición del pago de tributo a los pueblos dominados fue un elemento fundamental, en el siglo XVI, para lograr la expansión y el poderío. El tributo fue la expresión del poder político y económico que se expandió para controlar centros estratégicos de un extenso y variado territorio.
Requerían de una eficiente organización para la recaudación, el registro, envío y almacenamiento de los productos, así como la organización de los pueblos conquistados para mantenerlos bajo su dominio. Los primeros gobernantes inician el sometimiento de los pueblos cercanos a Tenochtitlan, tales como Acolhuacan, Xochimilco, Cuitlahuac, Chalco, Mixquic, Cuernavaca, e incursionan en Puebla, Hidalgo y norte de Guerrero. Una vez asegurados los alrededores, los que siguieron iniciaron campañas a lugares más alejados, como la costa del Golfo, Oaxaca, Guerrero y Chiapas.
Métodos de Sometimiento y Tributación
Del procedimiento que seguían los tenochcas para dominar alguna provincia es muy común que las fuentes mencionen como inicialmente el tlahtoani mandaba embajadores ante los señores locales, solicitando un presente. Se daba todo un protocolo de intercambio de regalos, y los embajadores hacían una serie de peticiones tales como que les tejiesen mantas o que les obsequiasen un árbol muy preciado, lo que significaba el sometimiento. Cuando la respuesta era negativa, Moctezuma enviaba a sus ejércitos y al someterlos los convertía en tributarios.
Cuando una provincia les era particularmente importante, mandaban a varios mensajeros-espías que recaudaban la información necesaria que permitiera su control sin mayor riesgo. Si una ciudad controlaba a un conjunto de pueblos y, por ello, aun gran número de tributarios, se convertía en un foco de atención del tlahtoani o gobernante mexica. La actitud de los tenochcas frente a las autoridades del lugar sometido no era siempre la misma. En ocasiones, el gobernador local era trasladado a Tenochtitlan para ser sacrificado, y se imponía a un noble mexica como la nueva autoridad.
Una vez que la población era dominada, se establecía el tributo correspondiente. Generalmente eran los propios vencidos quienes ofrecían lo que podían pagar, y no detenían la batalla hasta que el ofrecimiento cumplía con los deseos de los tenochcas. Parte del tributo se recogía en el momento y el resto se trasladaba a la ciudad, bajo la responsabilidad de los propios tributarios. En la mayoría de los casos se tomaba un gran número de cautivos que también eran trasladados. Era común que se instalaran en las regiones fronterizas guarniciones militares que debían ser mantenidas por la población local. Una manera de mostrar esta rebeldía era no cumplir con el pago del tributo fijado.
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Características del Tributo
En las sociedades mesoamericanas la tributación consistía en la entrega obligatoria de bienes o servicios por una entidad política dominada a una entidad política dominante. Generalmente, se lograba esta imposición de pago de bienes o servicios a través del sometimiento militar o la alianza matrimonial. De la Triple Alianza, se sabe que controlaba militar y económicamente una vasta región del territorio mexicano a través del sistema tributario. Esto era en beneficio de su élite gobernante que se diferenciaba de la gente común por medio de la acumulación de bienes de prestigio obtenidos por medio del tributo.
Sin embargo, en los palacios de los gobernantes se almacenaban, también, los productos para su repartición entre el pueblo. El sometimiento militar a la Triple Alianza implicaba, en primer lugar, una subordinación económica (más que política o religiosa). En casi todos los casos se obligaba a los pueblos sometidos a entregar de manera regular algún producto local, o el servicio en forma de mano de obra. El tributo podía variar desde materias primas, productos comunes o alimentos básicos como maíz, frijoles, chiles, calabazas, etc., hasta bienes lujosos que requerían de especialistas artesanales para ser trabajados, o bienes regionales o exóticos que solamente se obtenían en ciertas partes del territorio.
La mercancía se transportaba, o por vía marítima, o por medio de cargadores o “tamemes”. Conforme fue creciendo el poder de la Triple Alianza, todo el mecanismo de recolección, transporte y almacenamiento de tributos requirió de un grupo creciente de funcionarios, cobradores, administradores y custodios, para una mayor organización y eficacia. Para el registro de los bienes, se contaban con inventarios en donde se registraba, de manera detallada y dividida por “provincias”, la cantidad o el peso del bien, y el lugar de origen de su producción o recolección.
Algunos ejemplos de esta recaudación han sobrevivido hasta nuestros días, como el Códice Mendocino o la Matrícula de Tributos, se trata de documentos pictográficos de la época colonial temprana, pero elaboradas en la tradición de los escribanos (“tlacuilos”) indígenas. Para la cuantificación de los productos, se usaba el sistema vigésimal, representado por el signo de una bandera (“pantli”), el símbolo de 20. Veinte unidades de 20, o 400 piezas de algo, se simbolizaba con un trocito de pelo (“tzontli”), mientras su multiplicación por 20, es decir, 8000 unidades, era representado por una bolsita (“xiquipilli”). Esta manera de representar la mercancía tuvo cierta continuidad durante la época colonial, como atestiguan varias fuentes menos conocidas como la Nómina de tributos de los pueblos Otlazpan y Tepexic.
Una parte considerable de estos bienes se guardaba para ser distribuidos entre la población. Los alimentos básicos que se conservaban para su repartición en tiempos de hambruna o para abastecer las expediciones bélicas, ya que el tlatoani estaba moralmente obligado a alimentar al pueblo. Con el excedente económico, el tlatoani cubría los gastos públicos y los servicios administrativos. Otros productos -como plumas, escudos, armas y mantas- servían para recompensar a los más destacados en la guerra; por su parte, los banquetes en las fiestas y ceremonias se caracterizaban por un consumo ostensible como fuente de prestigio.
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Finalmente, vale la pena destacar que el sistema tributario, en combinación con el comercio, favoreció a la élite en la obtención de fuerzas anímicas a través de los objetos que tenían poderes mágicos. La exclusividad de muchos productos se manifestaba de tal manera en una diferenciación corporal y una carga anímica desigual.
Ejemplos Específicos de Tributación
Los mexicas imponían a sus tributarios cambios en el monto y tipo de productos. En el caso de la provincia de Coayxtlahuacan, inicialmente pagaba mantas de gran tamaño, chiles y algodón, entre otros productos.
El tributo entregado por la provincia de Cuetlaxtlan, que ya pagaba cacao, plumas y ámbar, se incrementó y tuvo que pagar polvo de oro, piedras preciosas, joyas, pieles de animales, un sartal de cuentas de jade, 40 ricos bezotes, 200 cargas de cacao y 400 atados de plumas verdes, entre otros objetos suntuarios.
Las fuerzas de la Triple Alianza (Tenochtitlan, Texcoco y Tacuba) extrajeron enormes riquezas de los pueblos conquistados. Los pagos del tributo impusieron una creciente producción económica al pueblo subyugado, y proporcionaron un extenso ingreso material al imperio. Ese ingreso acrecentó la riqueza del imperio al sostener los magníficos palacios, elevadas formas de vida y suntuosas exhibiciones de soberanos y nobles.
Los tributos intensificaron también la política imperial y el poder militar, y contribuyeron tanto material como simbólicamente a conquistas y alianzas futuras. En general, los pagos de tributo aumentaron la preeminencia y bienestar económico de las capitales de la Triple Alianza, de modo que beneficiaron tanto a plebeyos como a nobles en esas ciudades.
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