Descubre Hacienda Cuernavaca en Pacho: Historia Fascinante y Poder Regional que Cambió Cundinamarcapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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Pacho es un municipio del departamento de Cundinamarca, Colombia, ubicado a una hora y veinte minutos de Bogotá. Un lugar templado, de gente atenta y desconfiada. En Pacho, capital de la provincia de Rionegro, se presenció el conflicto armado interno que tuvo, como una de sus diversas causas, el control y poder territorial, asociado a la presencia diferenciada del Estado.

En la periferia del país, es decir, en los lugares alejados en términos estatales e institucionales, se ha dado una apropiación particular del dominio territorial por parte de distintos poderes regionales y élites emergentes. Estos se consolidaron en las regiones colombianas, cuyos límites han servido para amparar poderes políticos, tradicionales no estáticos, que atienden a “conveniencias personales e institucionales”.

Consolidación de los Poderes Regionales

Por un lado, la consolidación de los poderes regionales responde al fenómeno de la Violencia, referida como el periodo histórico entre 1930-1957, cuando acaeció la disputa bipartidista entre los grupos de conservadores y liberales, “distinguida por la multiplicidad de los grupos involucrados que perseguían finalidades genuinamente políticas”. Este fenómeno representó un reordenamiento territorial en Colombia, dado que fue un proceso social que le permitió a las élites conservadoras y liberales consolidar su poder en las regiones colombianas, mediante el despojo y desplazamiento de los pequeños campesinos, fortaleciendo el modelo latifundista.

Por otro lado, las élites emergentes provenientes de los sectores esmeralderos y del narcotráfico surgieron de contextos campesinos, los cuales, por medio de estas actividades económicas, lograron amasar grandes cantidades de dinero y tener un lugar en el plano político nacional. Entre las montañas que rodean el municipio, se encuentra la historia de un personaje que nació y creció en este lugar, quien después de amasar una gran fortuna albergó varias propiedades y costosos caballos. Se trata del conocido narcotraficante José Gonzalo Rodríguez Gacha -Alias El Mexicano- (1947-1989), propietario del caballo que, según cuentan, paseaba por las calles del municipio y bailaba en las tabernas.

El Caballo como Símbolo de Poder

Los poderes regionales y las élites emergentes tienen en común una procedencia rural, que marca la disposición social que tienen estos actores por el caballo y les permite identificar el valor simbólico que representa. Este valor se comprende desde la construcción del capital simbólico al que se refiere Bourdieu (1990), como un capital de cualquier especie que “es percibido por un agente dotado de categorías de percepción que provienen de la incorporación de la estructura de su distribución, es decir, cuando es conocido y reconocido como natural”. Estos capitales -simbólico, cultural y económico- llevaron a que el caballo se resignificara, por su papel en el desarrollo del campo colombiano, como una herramienta de trabajo -carga y transporte- y que se convirtiera, luego, en un símbolo de poder y lujo de estas élites rurales.

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Alrededor de dicha figura se crearon escenas populares como ferias equinas, cabalgatas y criaderos, que resaltaban las características del caballo, su fenotipo y sus andares. Estos escenarios conllevaron el desarrollo de prácticas y técnicas para el mejoramiento de la raza del caballo, que requería un riguroso proceso de gestación, adiestramiento y mantenimiento. El caballo representó un símbolo de poder legitimado por los poderes regionales y las élites emergentes, en tanto representaba un gusto compartido que hizo de las escenas equinas una manifestación de las élites rurales, al ser su lugar de recreación, donde se permite el derroche, la ostentación y el folklor de su vida campesina.

Estas escenas equinas se conciben como un fenómeno micro social en el cual se condensan panoramas más globales y, por tanto, a través de su estudio y comprensión se puede establecer un diálogo con fenómenos macro de la sociedad. El gusto por los caballos de paso fino se comprende como una disposición social adquirida, definida por su origen social, en este caso, por su procedencia rural que los distingue de la élite política tradicional. El gusto se comprende como un elemento de distinción, la cual “es la diferencia inscrita en la propia estructura del espacio social cuando se le percibe conforme a categorías acordadas a esta estructura”.

En este sentido, esta investigación se concentró en el análisis de las escenas equinas durante la década de 1980 en Pacho, con el fin de estudiar en estos escenarios el encuentro de los poderes regionales y de las élites emergentes que se gestaron a partir de las economías agropecuarias, mineras y del narcotráfico.

Metodología de Investigación

El juego de escalas se trata de una perspectiva metodológica en la que se valora la dialéctica entre lo micro, lo mezzo y lo macro; que permite observar y estudiar fenómenos locales a través del lente de observación de variación de las escalas. Según Jacques Revel (2011), existen diferentes niveles de observación definidos por la participación de los actores históricos en procesos de diversas dimensiones y niveles, más locales o más globales. En esta investigación se contemplaron diferentes escalas de observación territoriales -lo nacional, regional y local- e históricas; en tanto el objeto micro, que en este caso es el caballo y la escena equina, tienen una conexión diacrónica con la historia.

El análisis de fuentes consistió en la revisión y el análisis de objetos, registros orales, audiovisuales o escritos, oficiales o no oficiales, producidos en el periodo histórico estudiado, que aportaron información relevante sobre el contexto particular y las redes formadas entre los poderes regionales y las escenas de paso fino de la década de 1980.

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Poderes Regionales y la Violencia

Los poderes regionales son entendidos como aquellas figuras que por medio de la acumulación de tierras y de capital, representaron un orden jerárquico local dentro de la estructura rural en Colombia, de la cual hacen parte las escenas del paso fino. Estas figuras resaltaron históricamente, tanto en las esferas políticas, sociales y en los espacios culturales, como en las escenas equinas donde figuraban como los propietarios de caballos de renombre nacional. Sus poderes se consolidaron a mediados del siglo XX, en el marco de la Violencia (determinante en la construcción social del poder en las regiones colombianas). Fue un proceso social justificado como un conflicto de índole política que permeó todas las esferas públicas -en términos religiosos, económicos y culturales- y generó un reordenamiento del territorio y de la sociedad.

Se desarrolló como un proceso de “sectarismo político”, que encubrió la expulsión del campesinado, impulsó la colonización y la expansión de la frontera agrícola y finalizó con un acuerdo entre las élites nacionales, denominado Frente Nacional, que excluyó a las alternativas políticas del momento. La Violencia se vivió como una disputa violenta en las regiones colombianas que generó el despojo masivo de los campesinos y llevó a la caída de la renta de la tierra. Esto permitió el ingreso de una élite rural que consolidó una imagen excluyente del modelo agrícola, relegó a la agricultura campesina -estancada y pobre- y alentó una vez más la violencia rural, denominada conflicto armado interno.

Este enfrentamiento bipartidista se presenció a lo largo del territorio nacional. Sin embargo, las modalidades de la Violencia tenían lugar en las regiones a partir de la construcción diferenciada -regionalizada- del Estado, el cual se articula de diferentes maneras con las formas locales de regulación social. Según Bolívar (2003), estas son dependientes del “poblamiento, la cohesión social, la articulación partidista y la participación en el mercado interno”.

En Pacho, al igual que en otros municipios de Cundinamarca, Boyacá, Santander y Antioquia, se desató un enfrentamiento entre los grupos locales por el control de las estructuras del poder local y de la tenencia de la tierra. Allí los partidos políticos contaban con la capacidad de definir las sociedades y los conflictos locales, los cuales reforzaban y eran reforzados por los tipos vigentes de jerarquización social en la escala local, dentro de un sistema político basado en el gamonalismo. El gamonalismo entendido como una estructura rural de poder local sustentada en la subordinación campesina, por el predominio de sistemas agrarios en los que impera la gran propiedad.

Con la expectativa de las elecciones nacionales de 1949 en Pacho, las autoridades civiles locales -representantes de los sectores agropecuarios y comercial- y la Iglesia Católica -en representación de Monseñor Gómez- se adhirieron a las fuerzas armadas nacionales para emprender la “conversión” de esta comunidad al conservatismo. Estas figuras se unirían con fuerzas externas para reforzar este proceso, como ocurrió con “los pájaros” originados en el Valle del Cauca, quienes eran reconocidos como “los conservadores armados que se encargaban de amedrentar y a veces de asesinar a los liberales”.

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El proceso de “conservatización” generó una movilización de nuevos actores que adquirieron poder y desataron tensiones entre la población de Pacho por su filiación política (liberal y conservadora). Una reestructuración en el territorio y en la población, en el aspecto físico, como la pintura de las casas -rojas y azules- y aspectos sociales como la ruptura familiar y la migración de la población campesina, principalmente, de pequeños campesinos, llevó a la consolidación de poderes regionales representados por los actores que iban robusteciendo su poder bajo el conservatismo y establecieron el control de la violencia.

La reconfiguración del territorio determinada por las conveniencias personales e institucionales es evidente en lo que Efraín manifiesta como “una cosa de negocios”, la cual llevó a que el ordenamiento territorial, en algunos lugares en Colombia, estuviera supeditado a la presencia de actores armados. Estos han construido un ordenamiento ad hoc a partir del dominio violento, la imposición de intereses, el despojo y el destierro. Un proceso de apropiación de tierras campesinas y de minifundios, antiguamente estructurados en economías familiares de pancoger, que les permitió a esos actores establecer sus propios latifundios.

En este sentido, la focalización de la representación política de liberales y conservadores producto de la Violencia, permitió el desarrollo y fortalecimiento de estructuras de poder local y regional, sustentadas en los terratenientes, quienes ejercieron un fuerte gamonalismo sobre la mayoría de la población rural. Como afirma Ocampo (2014), el poder político en las regiones se produce y reproduce en la intersección de dos planos: el horizontal de las redes de poder construidas por las élites -relaciones de alianza y competencia-, cuyos principios organizadores son el parentesco y la localidad, y el plano vertical del clientelismo y los intercambios desiguales -relaciones de dependencia y negociación entre las élites políticas y el resto de la población, basado en el modelo hacendatario-.

En este sentido, la centralización, la focalización y la parcialización del Estado, articulados con las estructuras jerárquicas tradicionales como el modelo hacendatario, figuraron como ejes principales para la consolidación de nuevos poderes en las regiones de Colombia. Además, el fenómeno de la Violencia, como medio de enriquecimiento, generó formas específicas de poder que tuvieron lugar en algunos territorios, como ocurrió en Pacho, principalmente, el gamonalismo y las nuevas élites rurales.

Élites Emergentes y el Narcotráfico

El enriquecimiento de sectores particulares, el despojo y la disputa territorial como producto de la Violencia en Pacho, llevaron a la migración de la población a territorios cercanos en búsqueda de nuevas oportunidades. Entre la población que migró de Pacho y de otros territorios a causa de la Violencia, se encontraban los hijos de pequeños campesinos, nacidos en las regiones que fueron amedrentados y violentados por la disputa del territorio. Estos niños que nacieron durante ese periodo histórico, entre las décadas de 1930 y 1940, fueron testigos del desafuero que se vivió en el país.

Los hijos de la Violencia, descendientes rurales de esa saga que perfiló sus experiencias personales, encaminaron una búsqueda para conseguir los medios y emerger de ese contexto campesino y precario, y, años después, por medio del capital obtenido por las esmeraldas o el narcotráfico lograron consolidarse dentro de sus lugares de origen como figuras representativas de poder.

Esa procedencia rural a la que se refiere con “la gente del campo” fijó la disposición adquirida de sus gustos, entre ellos, el caballo criollo colombiano y las escenas del paso fino; las cuales tienen una figuración simbólica y económica puesto que el sentido que tiene es en virtud del contexto en donde se produce y se recibe y, por esto, se valora económicamente.

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