Descubre la Fascinante Historia y el Papel de Hacienda de Guaracha en la Revolución Constitucionalistapost-template-default single single-post postid-46 single-format-standard et_pb_button_helper_class et_fixed_nav et_show_nav et_secondary_nav_enabled et_primary_nav_dropdown_animation_fade et_secondary_nav_dropdown_animation_fade et_header_style_left et_pb_footer_columns4 et_cover_background et_pb_gutter et_pb_gutters3 et_right_sidebar et_divi_theme et-db
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La idea principal de este trabajo es rescatar una imagen “microhistórica” del inicio de la Revolución constitucionalista en una región de Michoacán, como lo es la Tierra Caliente de Huetamo, y el desarrollo que este movimiento tuvo en la entidad hasta su triunfo, siguiendo la actuación histórica de tres personajes nativos del lugar que muy poco han sido considerados en la historiografía sobre la Revolución mexicana producida tanto en el ámbito estatal como nacional.

Si alguna virtud tiene es tratar de reivindicar la historia regional y de personajes locales, esos que por su condición de figuras menores no se registran en la “gran historia”, así como de poblaciones que poco se consignan en los estudios tradicionales, pero que por su repercusión local son parte de un movimiento nacional.

Es absolutamente imprescindible voltear la mirada y dejar de hacer tan sólo historia desde el “centro”. Una verdadera historia nacional que busque dar cuenta de la diversidad existente en el territorio mexicano tiene, pues, que construirse a partir de una amplia colección de historias locales o regionales. En este sentido, el estudio es un intento de abordar desde esta perspectiva distinta, un tema tan estudiado como la Revolución mexicana escudriñando en una historia local y tratando de insertarla en un panorama más amplio.

La consideración metodológica que nos guía es el asumir que las “microhistorias”, o historias construidas con un enfoque local, a la manera del reconocido historiador michoacano Luis González, nos posibilitan comprender cómo las personas interpretaron su momento histórico y cómo, a través de esa interpretación, respondieron a los problemas que se les plantearon.

Por lo demás, el objetivo principal de este artículo no es reconocer la figura de estos tres personajes como un simple afán descriptivo y recreativo, sino intentar una caracterización de quienes encabezaron el momento constitucionalista dentro del marco histórico al que pertenecieron.

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La intención es, como señalara Álvaro Matute [ 2010: 102], “lejos de tratar de exaltar figuras, o de héroes, regresar la historia a su materia prima: los hombres que la hicieron”.

El Porfiriato y la Hacienda de Guaracha

Porfirio Díaz ascendió al gobierno de la República constitucionalmente, en abril de 1877, inaugurando en México un largo período de ejercicio dictatorial del poder. Logró afirmar su autoridad con el apoyo de las élites regionales y los militares imponiendo el dominio del Estado central, disminuyendo así las constantes revueltas. Con la dictadura de Díaz se consolidó un tipo de Estado liberal oligárquico, que impulsó un proceso interno de acumulación primitiva capitalista, que pretendía insertar a México en la órbita capitalista internacional.

Con todo, México continuó siendo un país predominantemente rural. Las actividades agrícolas ocupaban a la mayoría de la población. Ni el comercio, ni las demás ramas de la economía lograron menguar la importancia de la agricultura, a pesar de su atraso técnico. Los mayores problemas del país seguían siendo los agrarios e incluso con el notable progreso de la industrialización, ésta se hallaba enredada en los problemas y deficiencias del agro que le encarecían y dificultaban la obtención de las materias primas que requería y que le marcaban límites al mercado doméstico.

Lo anterior no significó que no avanzara la urbanización, pero sí que todavía hubiera extensas regiones del país y pueblos donde los ferrocarriles no alcanzaban a cubrir sus caminos, por lo que la industrialización sólo era una palabra rara y un fenómeno desconocido en estos lugares, donde la arriería era el único medio de transporte de las mercancías y los grandes propietarios rurales eran los amos y señores, indiscutibles. Uno de tantos, de esos pueblos, era la flamante Villa de Huetamo en Michoacán.

Pueblo que para 1895 contabilizaba 4,144 habitantes y con una sola calle llamada “de San Juan” que se formaba con los principales edificios, quedando los demás diseminados y sin orden [Sánchez Amaro 2001: 134]. Con todo y su pequeñez representaba el asentamiento urbano más importante de la región de Tierra Caliente del Balsas. En el orden político, la Villa de Huetamo de Núñez, seguía siendo cabecera del Distrito, mismo que estaba dividido en tres municipalidades: Huetamo, Zirándaro y Pungarabato. Desde 1878 la autoridad política en el Distrito la representaba el prefecto.

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Hacia el final del Porfiriato, en Huetamo, el capital comercial, la usura, la especulación en bienes y raíces, la diversificación de las inversiones en minería, extracción del aceite de ajonjolí, comercio del ganado en gran escala, producción de algodón, y otras materias primas, con vistas a acceder al mercado nacional, se convirtieron en la fuente de las grandes ganancias, y tanto los nuevos inmigrantes extranjeros, como algunos de los negociantes locales, amasaron fortunas rápidamente, adquiriendo preponderancia económica y política en la región. Mediante la usura, el capital comercial se afirmó como el elemento base de la economía regional.

Un número limitado de comerciantes, agentes locales de empresas del altiplano, desempeñaron un papel crucial en este sistema de crédito y financiamiento de las propiedades privadas. Estos comerciantes locales, convertidos en sociedades mercantiles, que ya representaban una importante forma moderna del comercio, entre las cuales se contaban las más famosas, que fueron, Yrigoyen Hermanos, N. González y Cía., o la de Florencio Jaimes, sociedades que comenzaron casi desde 1880 a despojar a muchos propietarios del control de las tierras y a impugnar el poder de la oligarquía terrateniente tradicional.

En 1891, Yrigoyen Hermanos operaba en toda la región de Tierra Caliente hasta las estribaciones de la sierra de Guerrero y había multiplicado por nueve su capital financiero en ocho años. En 1907 fundaron en Huetamo una fábrica de extracción de aceite de ajonjolí, la más importante del Valle del Balsas. A principios de siglo los establecimientos de la familia Yrigoyen ocupaban una manzana entera en el centro del pueblo de Huetamo y declaraban un volumen de negocios de 129,500 pesos, el cuarto de importancia en el estado y el segundo fuera de Morelia.

Descontento Social y Rebeliones Indígenas

El desarrollo en la vida de la población en Huetamo durante el Porfiriato, se mantuvo en una relativa calma y tranquilidad, salvo los intentos de rebelión indígena de 1895. Este evento se originó debido a la aplicación de las Leyes de Reforma y otras legislaciones que en Michoacán ya se habían dictado sobre el reparto de tierras comunales y que provocaron el despojo y usurpación de las tierras de los indios, tanto por los hacendados terratenientes como por algunas de las autoridades políticas.

Los pueblos indígenas, habían resistido las migraciones mestizas del siglo xviii a la Tierra Caliente y para 1870 disfrutaban todavía de extensiones considerables, pero para 1872 los pueblos indígenas se vieron forzados por las autoridades administrativas del Distrito de Huetamo a proceder a la desamortización y al reparto de tierras entre los diferentes miembros de cada comunidad. En la mayoría de los casos se trataba de una mera formalidad administrativa que avalaba un proceso ya muy avanzado de individualización de la propiedad de la tierra.

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En cuanto a la relación del control político y social éste logró establecerse por los grupos dominantes sin mayor problema hasta el advenimiento del movimiento maderista. Ya para 1910, la contradicción social se hizo más evidente y comenzó a provocar descontento, puesto que, al interior de la sociedad huetamense se distinguían dos grupos claramente diferenciados: por un lado, una mayoría que pertenecía a la población humilde y que vivía del peonaje en las haciendas, sobrellevaba su existencia pobremente, sin participar de la educación, de la política, ni de la cultura. El otro grupo, lo integraba una minoría de administradores públicos, ricos comerciantes, ganaderos, mineros y algunos profesionistas.

Éstos gozaban del poder político, económico y social; vivían cómodamente, sin privaciones y sus integrantes habitaban en amplias casas de adobe o de ladrillo. Administraban la educación y realizaban actividades culturales, actos sociales, festejos y paseos, que tenían lugar en el pueblo, con motivo de cualquier fecha conmemorativa o acontecimiento importante. En números, las estadísticas reportaban, allá por el año de 1900, de la existencia en la municipalidad de Huetamo de 28 ganaderos y agricultores propietarios, contra 7,365 peones, que vivían en chozas o jacales y que conformaban la base de la economía extensiva de la hacienda [Sánchez Amaro 2001: 143].

Una economía “traga hombres”, donde la idea básica del trabajo era que la hacienda produjera ganancias, no que el trabajador tuviese cierto bienestar. Con toda esta desigualdad acumulada en el campo y en el pueblo, no fue extraño que desde el inicio de la lucha maderista en 1910, hubiera simpatía hacia esta causa por la gente del pueblo y algunos de sus líderes más connotados como José Rentería Luviano.

Tres Protagonistas de la Revolución Constitucionalista

El primero de ellos fue José Rentería Luviano un joven ranchero acaudalado nacido el 24 de mayo de 1885, de carácter impetuoso, pero desprendido y afable, descendiente de una familia de prosapia y abolengo político en la región y que en ese momento era comandante del 41º. El padre, Alberto Rentería, murió cuando él era apenas un adolescente quedando junto con su única hermana de nombre María del Carmen, al cuidado de su madre María de Jesús Luviano y de su tío Celerino Luviano [Tavera 1968: 143]. Estudió las primeras letras en la escuela oficial de la Villa de Huetamo y se dedicó al cuidado de sus propiedades recibiendo alguna instrucción militar cuando se integró a la segunda reserva creada por el general Bernardo Reyes [Alcaraz 1992: 551]. Había participado en el movimiento reyista y antirreeleccionista donde trabó amistad con el joven intelectual Francisco J. Múgica al que trataba de hermano [Mondragón 1967: 204]. A resultas del movimiento maderista se le nombró jefe de las fuerzas maderistas en la región y luego comandante del 41 Cuerpo de Rurales con sede en Huetamo.

El segundo personaje es Cecilio García Alcaraz, hombre maduro de 50 años y de recia personalidad fraguada en las duras faenas del campo. Nació el 22 de noviembre de 1863, en la Villa de Huetamo, habiendo sido hijo legítimo de don Andrés García y de la señora Romualda Alcaraz. Fue en la Hacienda de Santa Rosalía, propiedad del señor general Nicolás Régules, de la cual era modesto empleado el Sr. Andrés García, en donde Cecilio recibió una educación precaria, y en donde adquirió los rudimentos de una instrucción apenas lo suficiente para conocer de cerca la vida campestre a la que debía dedicarse, pues al cabo de un brevísimo tiempo de escuela, el joven Cecilio García, fue destinado por sus padres a toda clase de trabajos de campo y muy especialmente a los relacionados con la agricultura.

Sin embargo, al estallar el movimiento libertario de 1910 no tuvo tiempo de afiliarse debido a la impactante rapidez con que éste llegó al triunfo. Mas cuando Madero ascendió a la Presidencia de la República Cecilio ofreció sus servicios y los de sus cuatro hijos mayores, Gregorio, Antonio, Gordiano y Sabino, para combatir en las diferentes partidas rebeldes que merodeaban la región como jefe de voluntarios, poniéndose a las inmediatas órdenes del entonces Comandante del 41 Cuerpo Rural, J. Rentería Luviano. En febrero de 1913, cuando sonó la hora de la traición y fue sacrificado Madero, Cecilio García se encontraba comisionado bajo el mando del Coronel Gertrudis G. Sánchez en Pungarabato, Guerrero. No conforme entonces, con seguir sirviendo a un gobierno tan ilegal en su origen, como inmoral en sus procedimientos, solicitó su baja ante el señor coronel Sánchez. Éste lo interrogó para saber cuáles eran las verdaderas causas que tenía para separarse del servicio militar; y como el Capitán García confiaba en la caballerosidad de aquel jefe, le habló con franqueza y le hizo saber sus motivos.

Nuestro tercer personaje era un joven idealista, culto, trabajador y honrado: de nombre Salvador Alcaraz Romero, nacido en Huetamo el 8 de febrero de 1886, quien era hijo de Eleno Alcaraz y Buenaventura Romero, pequeños propietarios de tierras en la región, y quienes preocupados por la educación de su hijo lo enviaron al Colegio de San Nicolás, con el objetivo de que siguiera estudios de ingeniería, pero, al no haber escuela de ingeniería en Michoacán tuvo que continuar sus estudios en Guadalajara donde se graduó con las más altas notas el 6 de junio de 1912.

Los tres personajes eran caudillos rurales de extracción pequeño burguesa, es decir, pequeños propietarios rurales, ya que tanto la familia de Rentería como de Alcaraz eran dueños de tierras en la región; Cecilio, por su parte, había sido administrador de varias haciendas y con el tiempo había adquirido su propio rancho en el cual se dedicaba a la labranza y ganadería logrando tener un regular patrimonio. En cuanto a su educación, Alcaraz era el más preparado de los tres, pues había conseguido ya su título de ingeniero civil, le seguía Rentería Luviano que tenía la instrucción primaria y gustaba de leer por lo que poseía una regular cultura general. Cecilio apenas alcanzaba la instrucción elemental, su fuerte más bien consistía en ser un hombre avezado en las labores prácticas del campo y su amplio conocimiento de la región, que había adquirido gracias a haberla recorrido de forma profunda.

En términos ideológicos y políticos Alcaraz y Rentería eran liberales y masones. De Cecilio, no se cuenta con información acerca de su postura. Sin embargo, los tres gozaban de un fuerte arraigo y simpatías en la región, tanto en el pueblo como entre el campesinado por su carácter afable, posición social un tanto desahogada y sus ideas progresistas.

Políticamente, José Rentería y Salvador Alcaraz mantenían una relación estrecha con Francisco J. Múgica, joven intelectual michoacano que empezaba a despuntar con su activa participación en el movimiento maderista. En 1911, por ejemplo, Múgica les hizo llegar clandestinamente para su conocimiento y difusión en la región el Plan Político Social, proclamado por los estados de Guerrero, Michoacán, Tlaxcala, Campeche, Puebla y el Distrito Federal que suscribieron los complotistas de Tacubaya en contra de la dictadura de Díaz y que finalmente fracasó, pero que desencadenó el éxodo de varios de sus participantes para unirse a la Revolución tanto en el norte como en el sur [Ochoa 1995: 17]. La afinidad de Múgica con Rentería y Alcaraz obedecía también a que los tres habían crecido en el medio rural, donde llegaron a tener una conciencia clara de las injusticias ...

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