El Valle de Toluca, la región más elevada del país, tiene como límites naturales la sierra de las Cruces al oriente y el volcán Xinantécatl o Nevado de Toluca al poniente. Solo conociendo sus propios orígenes un pueblo podrá conocerse a sí mismo.
Orígenes y Desarrollo en la Época Virreinal
El surgimiento de las haciendas no ocurrió en un momento preciso, sino que fue resultado de la articulación de circunstancias de diversa índole que se dieron en la época virreinal. Durante los primeros años de la colonia, la zona pasó a formar parte del Corregimiento de Coyoacán, una de las zonas preferidas por Hernán Cortés y que formaba parte del Marquesado de Oaxaca. Ya para el siglo XVII, la Compañía de Jesús empezó a adquirir terrenos para lo que más adelante se convertiría en la Hacienda de San Borja a partir del año 1683. Los jesuitas hicieron productiva dicha hacienda durante poco más de un siglo, hasta que en 1767 ellos fueron expulsados del Imperio Español. Esta fue la causa que originó que los terrenos fueran adquiridos paulatinamente por familias que nada tenían que ver con el clero.
Fue durante el gobierno del segundo conde de Revillagigedo (1789-1794) cuando se iniciaron las obras de tres caminos: el de Toluca, de Veracruz y el de Acapulco.
Las Haciendas del Valle de Toluca
Las Haciendas del Valle de Toluca o Matlazinco, tuvieron buenas casas para habitarlas, las eras, trojes y demás oficinas de las fincas son en lo general vastas y sólidamente edificadas y muy bien ventiladas. Las tierras suelen recibir abonos y tienen el riesgo que ministran (dar algo) las vertientes de los montes.
Además de las siembras y el cuidado de ellas, hay en las haciendas diversas ocupaciones de otra especie, entre ellas la de dar salitre al ganado, los rodeos en cuya época el ranchero siente agitar su existencia en medio de los peligros, ejercitándose en lazar, colear y manganear. Los arneses del caporal son de diversos colores y de uno solo el de los vaqueros, los convidados llevan sus caballos más o menos ataviados y sus criados visten casi siempre lujosas camisas. Concluido el apartadero y las manganas, queda listo todo para continuar al día siguiente, por la noche hay baile bajo alguna enramada o un gran jacalón y se tocan los sones del país, alegres y festivos, en medio del ruido y desorden producida por las bebidas. Los preparativos para el principal día de diversión, se hacen muy temprano, y se da principio a los herraderos a la hora en que lo dispone el amo o administrador.
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Concluido el herradero y separados los toros que se han de lidiar o colear, según la diversión que se elige, se hace un recuento del ganado y el caporal da el grito de puerta o campo. Después de esto sigue la diversión de torear y son llevados al redondel los aficionados, a los cuales los vaqueros tratan de convencer de que nada les sucederá, poniéndose a su lado y dispuestos a quitarles el toro; aunque las señoras excitan a los tímidos y casi siempre termina la escena con los gritos de quítenmelo, y al levantarse el estropeado nunca falta la voz de ¡otro! Los que huyen del peligro, son acogidos con la risa general y el estrépito (ruido fuerte) bullicio de los concurrentes; un buen jinete monta y después de haber lucido su habilidad desciende del tablado algún comprometido que no ha podido resistir a las manifestaciones de los demás; obsequioso y condescendiente, alentado tal vez con alguna mirada y movido por el que dirán, se allega a los vaqueros que le dan mil reglas para que no caiga, le animan con argumentos persuasivos que se desvanecen desde el momento en que, subiendo sobre todo el toro, conoce la distancia que hay entre la teoría y la práctica, y casi siempre adolorido, se da la enhorabuena de haber escapado de un peligro serio. El coleadero acaba de llenar lo que falta de la tarde, o el tiempo que queda cuando se emplean varios días en herrar.
En el siglo XIX (1810), aparecieron varios arribistas que adquirieron las haciendas que otros miembros de la élite más antiguos habían perdido en difíciles circunstancias.
Ejemplo de haciendas y dueños
| Hacienda | Dueño (Año) |
|---|---|
| San Diego | Br. Agustín Cuevas (albacea del Br. Juan Francisco Velázquez) 1790 |
| Buenavista (el chico) | José Antonio Ortiz 1790 |
| La Crespa (Encarnación) | Mariano Eloerroagua 1776 |
| Henostrosa y N.S de Guadalupe | José Ortigosa 1790 |
| San Nicolás (después Santín) | viuda de don Felipe Barbabosa 1790 |
| San Miguel Tecaxic (después Hacienda de Nova) | herederos del canónigo lectoral Cisneros 1790 |
La Llegada del Ferrocarril y su Impacto
En el año de 1882, se inaugura el tramo de ferrocarril que unía a la ciudad de México con Toluca lo que permitió incrementar las posibilidades de la comercialización de los productos de las haciendas. Resulta claro que no solo los hacendados sino también los comerciantes resultaron beneficiados con la llegada del ferrocarril, pues a partir de ese momento intensificaron la diversificación de sus productos y pudieron mover sus mercancías a grandes distancias, en menor tiempo y, por supuesto, en volúmenes mayores hasta entonces jamás imaginados.
Al respecto, Manuel Rivera Cambas comentaba: “El comercio de Toluca es de bastante importancia, pues surte a la mayor parte de los distritos inmediatos a ella y en el ramo de la tocinería y jabonería abastece también a la capital de la Republica; es enorme la cantidad de jabón que allí se fabrica y las diversas preparaciones que se hacen con la carne y sangre del cerdo, son excelentes, de consumo extraordinario y muy apreciadas con el nombre de chorizones, longaniza, jamones y morongas, también el chicharrón toluqueño es de muy buen gusto.
El domingo 12 de diciembre de 1897 fue inaugurado el ferrocarril Toluca-Tenango cuyas vías alcanzaban 24 kilómetros de longitud y atravesaban el territorio de Metepec, Mexicaltzingo y Calimaya. La construcción estuvo a cargo de la Compañía Henkel Hermanos, con la cooperación de los capitales de don Ramón Díaz, Joaquín Silva y Amado Muciño, dueños de las haciendas de Saltrillo, La Pila y La Y, respectivamente.
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Resulta anecdótica la reseña oficial de la inauguración de la vía, la cual muestra la importancia que tuvo para la población el transporte ferroviario. La máquina arrastró varios carros donde se acomodaron las autoridades, los invitados especiales, los visitantes de la ciudad de México y la banda de música del estado, que tocó la tradicional diana en los momentos en que partía el tren. Durante la travesía, el tren se detuvo en Mexicaltzingo y Calimaya en medio del gran entusiasmo de la población, y el estruendo de cohetes y el repique de las campanas. En la población de Tenango sucedió lo mismo, pero además hubo un desfile cívico y cabalgata que presenció el gobernador Villada desde el balcón de honor del Palacio municipal. Más tarde asistió a un banquete que incluyó diversos platillos de la cocina francesa acompañados de finos vinos de mesa.
La Vida en Toluca y las Haciendas a Finales del Siglo XIX
Por otro lado, el distrito de Toluca era el más importante por contener la capital del estado y contar con la mayoría de Haciendas y ranchos. Su territorio estaba integrado, como hasta ahora, por seis municipios: Toluca, Almoloya de Juárez, Metepec, Temoaya, Villa Victoria y Zinacantepec. En la ciudad de Toluca residían casi todos los comerciantes y hacendados con propiedades en la región. En 1893 había 28 haciendas y 23 ranchos en la municipalidad. En 1910, según la historiadora Margarita García Luna existían 66 haciendas y 120 ranchos en el distrito de Toluca, seguido con importancia por el número de propiedades el distrito de Ixtlahuaca con 38 haciendas y 78 ranchos.
Aunque para la época porfiriana la mayoría de las haciendas locales contaban con casa principal en condiciones de poder habitarla, sus dueños preferían vivir en Toluca porque advertían que el medio urbano brindaba seguridad, pero además les permitía relacionarse con las autoridades locales, funcionarios públicos y comerciantes. Desde las últimas décadas del siglo XIX varios hacendados empezaron a construir grandes mansiones en las principales calles de la zona céntrica (Centro Histórico) de la ciudad; por ejemplo, la casa de la familia Maena ocupaba el lado oriente de la Plaza de los Mártires, donde vivían los hermanos Francisco, José Luis y Luis, ya que otro hermano fue sacerdote. En este predio años después el licenciado Jesús María Barbabosa Arzate construyó su casa de estilo neoclásico, que a su muerte heredó su hijo don José Julio Barbabosa Saldaña. En el número 3 del callejón del Carmen, hoy calle de Riva Palacio, estaba la casa de los hermanos Herlinda, Rafael, Manuel y Juan Barbabosa; y en el número 10 vivía Francisco Pliego y Lugo.
Don Santos Pérez Cortina, como muchos hacendados de esta época, prefería vivir en Toluca y no en Santa Cruz de los Patos, a pesar de su relativa cercanía con la ciudad y de contar con cierta comodidad, como se desprende de la descripción elaborada hacia 1900 por Francisco Zárate Ruiz “La finca es, como todas las que ya hemos descrito de la propiedad de Don Santos Pérez Cortina, amplia, lujosa y bella. Don Santos visitaba con cierta frecuencia sus fincas con el propósito de vigilar su funcionamiento y tratar asuntos con los administradores. Más bien, en este caso, las visitas debieron ser raras porque no era nada sencillo recorrer 12 haciendas en corto tiempo. Un trabajador de Santa Cruz de los Patos que lo conoció afirmaba: cuando don Santos venía a la hacienda, de vez en cuando, todos suspendíamos los trabajos y lo esperábamos en la calzada, él no vivía aquí, era español, llegaba en un carruaje muy elegante, se bajaba en la calzada y nosotros lo seguíamos atrás como el patrón que era, doña Javiera venía menos a la hacienda que don Santos…La hacienda tenía muchos espacios; cuartos; huertas; boliche; caballerizas y capilla. Había preciosos caballos dispuestos siempre para cuando llegarán los patrones y se montarán en ellos para recorrer la hacienda.
La mayoría de los hacendados sostenían comunicación constante con sus administradores, quienes a través de cartas y reportes semanales mantenían informados a los dueños de todo lo relacionado de la finca. Por su parte los patrones aprovechaban la correspondencia para girar instrucciones y dar alguna orden sobre determinado asunto. “…voy a mandar para allá un maestro albañil de los que tenía yo aquí en la obra, pero necesita un carro para que se vaya, yo necesito con urgencia unas ocho o doce docenas de tabla de desecho de tres cuartos; sino ha llovido mucho, que sea con exceso, que se venga Macario el jueves con dos carretas de las más ligeras o el guayín chico.
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Calimaya: Un Ejemplo de Transformación Municipal
Lo cierto es que cuando los aztecas conquistaron a los matlatzincas del Valle de Toluca, en 1472, los pueblos calimayenses tenían mucho tiempo de existir. Aseguramos esto porque las fuentes históricas las citan entre las poblaciones matlatzincas que fueron sojuzgadas por Axayácatl y además porque aparecen en el Códice Mendocino entre los pueblos matlatzincas que pagaron el tributo a los aztecas a partir de 1472.
Calimaya y Tepemaxalco, como parte de un mismo territorio, tuvieron una población indígena mayoritariamente matlatzinca y coexistía con mexicanos, otomíes y mazahuas. Esta convivencia de grupos indígenas dentro del territorio municipal fue importante y se reflejó en las manifestaciones culturales como en la vida cotidiana en la diversidad lingüística, los sistemas de almacenamiento de granos y los sistemas de cultivo.
Gonzalo de Sandoval fue quien en 1521 logró pacificar y conquistar la región. En su lugar se impuso la autoridad española. En 1528 ordenó el rey de España que los indios de Calimaya y Tepemaxalco pagaran un tributo a Hernán Cortés en trabajo y en productos cultivados, es decir, bajo encomienda. Al poco tiempo, Hernán Cortés obsequió su derecho de ser encomendero de Calimaya y Tepemaxalco a don Juan Gutiérrez Altamirano, su primo hermano y compañero en la conquista de la Nueva España, a quien se le pagó tributo hasta 1530, fecha en la que cometió un delito ante los juzgados españoles. Por esta causa, Calimaya, Tepemaxalco y sus pueblos sujetos fueron encomendados a Cristóbal Cisneros y a Alonso de Ávila, pero el 14 de julio de 1531 Hernán Cortés recuperó su antiguo derecho y el 30 de mayo de 1536, la encomienda volvió a Juan Gutiérrez Altamirano, cuyos descendientes serían los famosos condes de Santiago Calimaya.
El encomendero estaba obligado a ver por la institución religiosa, pagaba una parte del tributo que se le entregaba a los frailes franciscanos, quienes desde 1524 vivían entre los calimayenses y tepemaxalquenses.
En 1549 se introdujo el sistema político de cabildos en los pueblos de indios. En Calimaya y Tepemaxalco el funcionamiento formal de los cabildos data de 1560, fecha en la que se congregaron los pueblos y en la que se empezó a llamar "República de Indios" a ese sistema político territorial de cabeceras, barrios y pueblos sujetos.
En 1560 al llevarse a cabo la congregación de Calimaya y Tepemaxalco, el virrey de la Nueva España ordenó que se organizaran las dos repúblicas de indios con cabildo y territorio cada una, pero conviviendo en el mismo pueblo. Como el territorio de Calimaya y Tepemaxalco era muy grande, los mejores terrenos de los pueblos quedaron vacíos. Por eso el virrey ordenó, también en 1560, que para salvaguardar las tierras de Calimaya y Tepemaxalco se fundaran cinco pueblos: Mexicaltzingo, Chapultepec, San Antonio la Isla, Santa María Nativitas y San Andrés Ocotlán. Cada uno de ellos tendría autoridades locales, subordinadas a las cabeceras, y estaría formado por 50 casas de indios comunes o macehuales. Por su importancia en la región a Calimaya se le asignó día para el tianguis semanal, que desde 1560 empezó a funcionar los jueves, oficialmente.
Cada barrio, pueblo y estancia tenían un santo que lo representaba ante el mundo externo, lo cohesionaba internamente y de manera particular a sus pobladores. Alrededor del santo patrón, las familias organizaban una gran cantidad de actividades: limpieza y atención de la imagen religiosa, festejos, procesiones, visitas a otras iglesias cercanas y santuarios.
Las fiestas del santo tenían un gran valor cultural, de allí el esmero porque fueran cada vez más lúcidas. Incluían danzas, vestimentas, música, representaciones en lengua indígena, platillos típicos en las comidas y todo aquello que no era de uso diario, pero que representaba la íntima forma de ser.
El nieto de Juan Gutiérrez Altamirano contrajo matrimonio con una nieta del virrey Luis de Velasco y en 1616, logró que las autoridades españolas lo convirtieran en noble. A partir de ese momento, el encomendero se convirtió en conde de Santiago Calimaya y por si fueran pocas las gracias obtenidas, también logró que la encomienda de Calimaya, Tepemaxalco y sus pueblos sujetos se convirtiera en perpetua.
En el siglo XVII ya funcionaban en el Valle de Toluca las haciendas de Atenco, Cuauhtenco y Almoloya, en los ranchos de Tepemaxalco o Las Trojes Zasacuala, San Agustín, San Nicolás y Santiaguito, todas propiedades del condado de Santiago Calimaya.
El periodo que transcurrió entre los años de 1640 a 1740, en principio fue un tiempo de expansión de los ranchos y haciendas de españoles y caciques. Se tiene noticia en el archivo parroquial de que al comenzar el siglo XVIII, había, sin contar las propiedades del condado de Santiago Calimaya, los siguientes ranchos y haciendas: en la parte norte del territorio, la hacienda de Zacango, perteneciente a la familia Martínez; al oriente, el rancho de la familia Rojas; el de don Bartolomé, en Chapultepec; al sur, los de las familias Gómez y López.
En 1809, el apellido Altamirano se perdió por falta de descendientes varones en el vínculo de Santiago-Calimaya; de aquí que los últimos condes se apellidaran Cervantes. El penúltimo de ellos llamado José María, se vio obligado a renunciar en favor de su primogénito, don José Juan de Cervantes Michaus, el título de Santiago Calimaya, al de adelantado perpetuo de las islas Filipinas y a los mayorazgos Altamirano, Legaspi y Arévalo.
Al consolidarse la Independencia de México, se suprimieron los mayorazgos, de tal manera que las propiedades y bienes económicos de José Juan se conservaron intactos hasta 1874, fecha en la que murió y en la que sus descendientes provocaron el fraccionamiento por derecho de herencia.
La Hacienda Durante la Independencia y el Porfiriato
Entre los años de 1810 a 1821 el poblado de Calimaya se vio alterado por los efectos de la guerra de Independencia. Cosechas arruinadas, alzas de precios impresionantes en los productos agrícolas, la epidemia de 1813 serias dificultades para conseguir trabajo en las haciendas, cuyos procesos productivos se veían interrumpidos por la situación de guerra; llegada constante de soldados y rebeldes que además de exigir ayuda y alimento cometían todo tipo de atropellos.
Un hecho interesante que debe registrar la historia local es que el entonces conde de Calimaya, José Cervantes, fue de los firmantes del Acta de la Independencia de nuestro país, aun cuando durante la guerra obtuvo los grados de "Patriota Distinguido de Fernando VII" y de "Coronel de Regimiento de Infantería Provisional de México". Posteriormente se unió a los ideales independentistas de Agustín de Iturbide, debido a que sus intereses también se veían afectados por las dificultades políticas que España estaba viviendo.
Desde el siglo XVI el pueblo contaba ya con un cabildo que gobernaba su república indígena y su población era numéricamente suficiente para alcanzar los requisitos que la ley del nuevo Estado de México imponía para que se erigiera en municipio. Por ello, no fue necesario esperar una concesión estatal en este sentido. Calimaya, al nacer el Estado de México, pasó de facto a la categoría de municipio. La "República Indígena" se convirtió en un viejo recuerdo. El germen de la comunidad mestiza que hoy es Calimaya había empezado a dar fruto en aquellos años y este es el hecho más relevante en la historia de Calimaya entre 1821 y 1856.
Calimaya, en alguna medida, determinada por el crecimiento económico del país tuvo durante el porfiriato un ascenso en el nivel de vida de su población y un cambio radical en la fisonomía de sus pueblos, especialmente en la cabecera municipal. El fenómeno que dio la característica a aquella etapa de nuestra historia fue el incremento de la actividad comercial, la arriería, y el desplazamiento temporal de la agricultura como actividad prioritaria de la economía local.
El cambio de la fisonomía de Calimaya y las magníficas relaciones de las élites locales con las autoridades de Toluca, llevaron a que la cabecera del municipio le fuera otorgada la categoría de Villa el 28 de septiembre de 1894; desde entonces adquirió el apellido "Díaz González", en honor de don Prisciliano María. Ese día, el pueblo fue visitado por ilustres personajes entre ellos destaca el señor Eduardo Villada, gobernador interino y el hijo del poeta Juan de Dios Peza, quien leyó un discurso, en nombre de su padre a la hora del banquete que se sirvió en la antigua casa cural.
En 1897 se inauguró el ferrocarril de Toluca a Tenango, que para 1899, recorría 24 kilómetros, pasando por Toluca, Metepec, Mexicaltzingo, Calimaya y Tenango. Ello significó que Calimaya estuviera entre los primeros municipios del Estado que contaron con teléfono, telégrafo y luz eléctrica. El paso del ferrocarril significó grandes cambios para la vida del municipio. La actividad comercial aumentó considerablemente en la última década del siglo XIX y en la primera del siglo pasado.
