La Hacienda Blanca Flor, edificada a finales del siglo XVI por Fray Pedro Peña Claros Maese, alarife de la orden de los Franciscanos, es un sitio de gran relevancia histórica en Campeche. Durante doscientos años, esta hacienda fue hogar de clérigos y soldados que contribuyeron a la conquista de la Península de Yucatán con la Fe y las armas. Su historia está marcada por eventos cruciales y la visita de importantes figuras históricas.
Historia y Características de la Hacienda Blanca Flor
La hacienda tiene una historia rica y, en ocasiones, turbulenta. En 1843, durante la «Guerra de Castas» entre mayas y mestizos, se convirtió en cementerio de sus moradores al ser cortado todo abastecimiento por los mayas. Años más tarde, en 1915, fue el escenario de la última batalla por la Independencia de Yucatán. Su imponente iglesia fue usada como refugio de los separacionistas, pero las fuerzas de Salvador Alvarado lograron la victoria al incendiarla. Sus paredes aún conservan la huella de los casquillos que fueron usados durante el ataque. Además, las paredes aún conservan las huellas de los murales sacros que la adornaron cuando aún estaba en funciones.
Destruida y reconstruida en diversas ocasiones, hoy muestra el clásico diseño de su edificación original de inspiración eminentemente castiza. Esta hacienda está localizada en el municipio de Hecelchakán y a 63 km de la ciudad de Campeche por la carretera 180. Actualmente, sólo una parte de ella se conserva y está habilitada como hotel, donde aún puede apreciarse los restos de la capilla.
La Visita de la Emperatriz Carlota en 1865
Uno de los momentos más significativos en la historia de la Hacienda Blanca Flor fue el alojamiento de la Emperatriz Carlota Amalia, esposa de Maximiliano de Habsburgo, en 1865 a su paso de la ciudad de Mérida a la de Campeche. La esposa de Maximiliano realizó una gira por Yucatán y Campeche a finales de 1865 con el fin de consolidar el imperio. Aunque en un principio el recorrido fue planeado para la “pareja imperial”, a última hora Maximiliano tuvo que permanecer en la capital, pues su endeble situación no le permitía ausentarse más de un mes.
Después de viajar por tierra de la Ciudad de México al puerto de Veracruz, Carlota se embarcó rumbo a la península el 20 de noviembre de 1865. Durante su viaje, a manera de diario, preparó un informe en alemán para su esposo, escrito con caligrafía antigua o “gótica”. El 20 de noviembre de 1865, el Periódico Oficial del Departamento de Campeche anunciaba la próxima visita de su majestad imperial la emperatriz Carlota, la cual permanecería allí varios días. De inmediato, la capital se volvió un caos, pues todos querían participar de las ceremonias en su honor. Las modistas y sastres empezaron a alistarse para la elaboración de vestidos y trajes, y los comercios de telas prácticamente agotaron sus mercancías.
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Llegada a Yucatán y Viaje a Campeche
Después de una agitada travesía, Carlota llegó a Sisal el 22 de ese mes y quedó deslumbrada: “Personajes blancos aparecían en los umbrales; aquí en Yucatán todo es blanco, hasta el suelo… Caminamos sobre un tapete de conchas blancas hasta la casa prevista para descansar. Allí la gente subió a las ventanas, agarrándose de las rejas, con grandes ojos, curiosos y amables…; el paisaje consistía en un bello matorral siempre vivo salpicado de muchas palmeras y grandes plantas en forma de abanico; en fin, era un bosque ininterrumpido”. El buen humor de Carlota, frecuente en sus escritos, lo apreciamos ante un avance tecnológico: “Al lado de este camino se extiende el telégrafo hasta Sisal, el primero en la península, que funciona desde hace una semana.”
La emperatriz arribó a Yucatán por barco al puerto de Sisal y de ahí se dirigió a Mérida, donde permaneció varios días cumpliendo una serie de compromisos oficiales. A su término, emprendió el camino hacia Campeche, acompañada por el ministro de Estado, José Fernando Ramírez, dos damas de honor, un primer secretario de ceremonias, un director del gran chambelanato, un médico de cámara, 30 soldados de infantería belga y 40 de a caballo para su escolta.
El Camino Real y las Celebraciones
Tomaron la ruta que hoy se conoce como el Camino Real, y que abarca los municipios de Calkiní, Hecelchakán y Tenabo, sitios donde se realizaron ceremonias en su honor. Fueron levantados arcos triunfales, se tocó música y los cielos se llenaron de cohetes, además de que se le dio un recibimiento afectuoso por parte de los habitantes, autoridades locales y caciques de los poblados.
En Hecelchakán fue agasajada en la iglesia, bajo palio y se cantó un tedeum en su honor; también visitó una escuela de primeras letras en la que los niños hicieron alarde de sus conocimientos. A la hora de pernoctar, lo hacía en haciendas, como la de Cholul de Pedro A. Manzanilla, rico propietario de tierras, o en las de otros prósperos hacendados como Juan Méndez y Pedro Ramos.
Su llegada a Tenabo estuvo llena de entusiasmo. Ahí la recibió una comisión presidida por Nicolás Dorantes y Ávila, presidente del Consejo Departamental, y por prominentes personajes como Federico Duque de Estrada, Antonio Lanz Pimentel, el presbítero Mariano Ruz y otros vecinos notables. Las crónicas señalan que desde las 10 de la mañana se había reunido allí una enorme cantidad de personas, incluyendo otras autoridades como el contralmirante Tomás Marín, prefecto del Departamento de Marina del Golfo y ayudante honorario de la emperatriz, oficiales del buque de guerra Dándalo, así como una comisión del clero, que la acompañaron hasta el barrio de San Francisco.
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A su llegada al barrio de San Francisco, cercano a la ciudad, fue objeto de discursos, flores y vítores por una concurrencia numerosa, en la que estaban representadas todas las clases sociales de Campeche. Muchos estaban por curiosidad, pero era tal la cantidad de vecinos que hacía más difícil el tránsito. El calor de la recepción en Campeche conmovió a la emperatriz: “Todo esto venía de gentes humildes, de marinos ignorantes procedentes de las clases pobres campechanas, y no de meridanos poéticos y cultos.”
Las Observaciones de Carlota en Yucatán
En sus escritos, Carlota describió detalladamente sus impresiones de la península. Los atuendos de la región admiraron a nuestra viajera: “Los trajes de los indios son verdaderamente algo excepcional… Por lo que se refiere al sexo femenino, el traje consiste en una falda de lino blanco (llamado fustán) con el borde primorosamente bordado en muchos colores. Por encima llevan una camisa con escote rectangular, bordada de igual manera alrededor del cuello, que cuelga en forma recta, y un velo blanco de la misma tela que usan las monjas.”
Una vez llegada a Mérida, Carlota visitó y describió los principales atractivos: “Fuimos a pie a la catedral, construida en piedra amarilla al estilo morisco, como las de Málaga y Ragusa. Por dentro tiene formas muy hermosas, pero el altar está construido en estilo totalmente diferente. La cimbra es mucho más ancha y en la nave tiene lámparas con vidrio mate de corte muy agradable.” De su primera velada en la Ciudad Blanca, la visitante comentó entusiasmada: “En la noche todo está iluminado, es una verdadera fiesta veneciana como no he visto nada parecido desde Venecia, y las linternas multicolores de papel lucen muchísimo entre las guirnaldas… Salta a la vista que todas las mujeres y las muchachas llevan vestidos de muselina de lo más sencillo, pero siempre están vestidas y peinadas muy cuidadosamente, y que todo está muy limpio.”
En otra ocasión, Carlota fue motivo de un agasajo diferente: “En la tarde hubo un paseo por la calle principal y un panorama encantador. Todos los hombres y las mujeres estaban sentados frente a sus casas o detrás de las ventanas enrejadas, con trajes y vestidos claros, algunos en silla de ruedas. Otros se desplazaban, por parejas, en ligeras carretelas como en La Habana. Estos carruajes tienen sólo dos asientos, están muy inclinados hacia atrás y carecen de ventanas de vidrio. Los tira un caballo con la cola firmemente enrollada, como los de los majos, y monta al caballo un jockey. Las damas llevan vestidos con grandes escotes, no llevan nada alrededor del cuello, pero sí en cambio flores frescas en los cabellos.”
Coincidió la visita de la emperatriz con la Exposición de Industria, Agricultura y Productos Elaborados, y valga esta crónica suya de primera mano: “Allí estaba el henequén en todas sus formas: en estado natural la hoja del áloe, aquí castaña, allá rubia, y finalmente firme y graciosamente hilada en sogas y hamacas… También se veían enormes cañas de azúcar y el gracioso ‘gusano de aceite’ que supuestamente produce un excelente aceite. La sala del medio estaba dedicada sobre todo a la industria.”
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La Hacienda Mucuyché y su Cenote
El 5 de diciembre, Carlota dejó la capital yucateca y partió rumbo a Campeche. Durante el trayecto visitó varias haciendas henequeneras, y entre ellas destaca la de Mucuyché, en aquellos tiempos “…propiedad de don Manuel José Peón, donde me rindieron los honores doña Loreto y el recién nombrado gentilhombre de cámara Arturo, su hijo. Acompañada por el sonido del ‘luntulo’ y nuevamente con antorchas, la familia Peón me enseñó el cenote, una pequeña laguna natural en medio de una bóveda de rocas, una rareza en este país donde escasea el agua.”
La voz maya de Mucuyché quiere decir “tórtola de madera”, y la hacienda de ese nombre se encuentra en el municipio de Abalá, 50 km al sur de Mérida, sobre una brecha que parte de la cabeza municipal. Aunque hoy se halla en ruinas, todavía es posible apreciar su hermosa construcción del siglo XIX que habla del auge del henequén. Originalmente la hacienda tuvo 5 000 ha de extensión, pero hoy sólo quedan 300 y el casco, que ocupa 12. La actual propietaria, la agradable y gentil doña Josefina Peón, es parienta de los dueños originales y permitió el acceso a este sitio excepcional.
El cuerpo principal de la hacienda es una gran construcción rectangular rodeada en sus cuatro lados por un amplio pórtico con arcos conopiales, lo que le da un cierto sabor mudéjar a su apariencia. En dos de las entradas a los terrenos de la hacienda hay una especie de arcos, formados a su vez por otros más pequeños superpuestos, que dan la idea de una espadaña.
Uno de los principales atractivos es su cenote, donde, de acuerdo con la siguiente cita que proviene de un raro libro, Carlota tomó un baño: “De retorno de su viaje a Yucatán, en 1865, la emperatriz Carlota Amelia se dirigió a Campeche por el camino carretero que pasaba por Ticul y Muná, con el objeto de visitar de paso las ruinas de Uxmal. La acompañaba una lucida escolta de lanceros a caballo, amén de sus damas de honor. Habiéndose detenido en la hacienda Mucuyché de doña Loreto Peón, al visitar el precioso cenote que hay allí Carlota manifestó deseo de bañarse en la cristalina linfa, lo cual hizo luciendo un atrevido traje de baño que no dejó de escandalizar un poco a las timoratas damas de honor.”
Hoy en día la espesa vegetación apenas permite vislumbrar la centenaria escalera que desciende al interior del cenote de Mucuyché, el cual está cubierto por una bóveda con estalactitas que lo convierten en verdadera gruta al aire libre, y sus aguas corrientes son de una perfecta transparencia. Relatar su belleza es bastante más fácil que experimentarla, pues en la región ha proliferado la abeja africana y hay un enorme panal en el techo de la alberca natural.
Fin de la Gira Imperial
El 16 de diciembre, Carlota se embarcó a Campeche rumbo a Ciudad del Carmen, donde llegó al día siguiente: “Este puerto está bien dotado de cónsules; aparte del ya mencionado [belga] hay un francés y un italiano, y todos bailaban las cuadrillas con mucho ánimo enfundados en sus fracs.”
El día 19, Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina abandona el puerto carmelita rumbo a Veracruz “…despidiéndome con el corazón conmovido.” Menos de un año después, caería víctima de la locura -esquizofrenia paranoide- y viviría enajenada durante más de seis décadas, pues murió en 1927, a los 87 años de edad.
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