Históricamente, la frontera agrícola de México ha sido rebasada en regiones aisladas, con escasa población y poco comunicadas, en las que impera una agricultura tradicional, por una explotación intensiva agrícola y/o ganadera especializada en el uso de los recursos naturales y humanos para satisfacer la demanda de alimentos o de insumos industriales de un mercado nacional e internacional en crecimiento.
En estas regiones se lleva a cabo una gran transformación debido a que se desarrolla una ganadería extensiva que lleva a talar bosques y selvas y a destruir ecosistemas que tenían una existencia milenaria; se implantan monocultivos comerciales que monopolizan los recursos productivos y humanos de la "nueva" área agrícola, a la par que limitan la producción de pequeña escala orientada a satisfacer la demanda doméstica, local y regional de alimentos; se desarrollan agroindustrias que acaparan la producción regional e implantan patrones de cultivo y sistemas de regulación a los agricultores que les abastecen de productos, los cuales pasan a depender de ellas para financiar parte del cultivo y comercializar la cosecha; modifican los sistemas de contratación y de organización del trabajo y alientan la inmigración temporal y permanente de trabajadores de otros lugares del país para hacer frente a un explosivo crecimiento y diversificación de la actividad económica regional; inciden y modifican en el sistema político local y regional -caracterizado por el poder personalizado de caciques locales y regionales ligados al gobierno estatal y federal- para contar con las condiciones necesarias para su desenvolvimiento.
Estas transformaciones son desencadenadas por cierto tipo de personajes que -por su conocimiento, trayectoria y relaciones comerciales y políticas- perciben oportunidades en estas áreas de frontera donde otros no las ven o no cuentan con los recursos, o bien, no están dispuestos a asumir el riesgo que conlleva aventurarse a producir en regiones "vírgenes".
En este trabajo presento tres narraciones de pioneros que participaron en las transformaciones del paisaje natural y de la producción agropecuaria del sur y de la costa de Jalisco. El primero describe la experiencia de un grupo de pequeños propietarios que, alentados por el gobierno estatal, se asentó en la abundante selva del sur de Jalisco para desarrollar la ganadería y la agricultura comercial. El segundo presenta la visión y las estrategias de un empleado de una empresa estadounidense que llegó al valle de Autlán-El Grullo con el propósito de desarrollar cultivos hortofrutícolas para el mercado de invierno en Estados Unidos. Finalmente, el tercer relato nos muestra a un paradigmático empresario mexicano, descendiente del grupo que "colonizó" la costa, quien, por una parte, evaluó el daño ambiental que causaron en el valle los monocultivos y las malas prácticas agrícolas de productores del valle de Autlán-El Grullo; y por otra, presentó su nuevo proyecto de conquista agrícola, su lectura del paisaje, su visión del mercado y de la política local y nacional.
Los testimonios aquí reunidos son producto de entrevistas grabadas y transcritas unos días después de que se realizaron. Para su presentación procuré ser fiel a la transcripción, pero edité el material para facilitar su lectura y presentación. Esta labor implicó seleccionar los párrafos de las entrevistas que estaban relacionados con el tema de la colonización y organizarlos en incisos para que, desde mi particular punto de vista, facilitaran su comparación y comprensión. Suprimí mis preguntas para presentar un relato de la percepción y de las experiencias de estos personajes, que en la literatura de las ciencias sociales son nombrados como pioneros, innovadores o empresarios (Fábregas, 1994; Schumpeter, 1997; Turner, 1962), y en el habla de los lugareños como fuereños, visionarios, locos e hijos de puta.
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TREINTA AÑOS EN LA COSTA SUR DE JALISCO: DEVASTACIÓN DE LA SELVA, EL BINOMIO DE GANADERÍA Y CEREALES Y, FINALMENTE, LAS PLANTACIONES PARA LOS MERCADOS NACIONAL E INTERNACIONAL
Narración de Roberto Vargas
Mi padre era originario de Tamazula, Jalisco; al igual que algunas otras familias de medianos y grandes propietarios, tenía dificultades para desarrollarse económicamente debido a la amenaza de ser afectado por los agraristas. Para fines de los años treinta del siglo pasado se había afectado a las haciendas y había demandas pendientes sobre otros propietarios. En estas circunstancias, el general García Barragán -gobernador del estado de Jalisco entre 1942 y 1946- le propuso a mi padre -que era líder cañero de los pequeños propietarios- y a otros propietarios del lugar que se organizaran para comprar un rancho de 10 mil hectáreas que se encontraba seriamente amenazado por un grupo de agraristas de la Costa de Jalisco.
Este rancho abarcaba parte del municipio de Casimiro Castillo [llamado así en memoria de un paladín de la reforma agraria y diputado asesinado por los terratenientes en 1925]. El general García Barragán buscaba que un grupo de inmigrantes con experiencia en la agricultura comercial y conocedores de nuevas tecnologías desarrollaran la región. Para que se asentaran y se dedicaran a trabajar les prometió certificados de inafectabilidad del gobierno estatal para que no vieran amenazadas sus propiedades por los agraristas de la región.
Mi padre, junto con otros agricultores de Tamazula, se fue en un camión a visitar la propiedad en venta. Llegaron por un camino de terracería y rentaron caballos para recorrerla. En total fueron doce propietarios jóvenes los que se entusiasmaron y se establecieron con sus familias en el casco de la hacienda llamada Corral de Piedra. Cada propietario, según sus recursos, compró una porción de la gran propiedad. Esta propiedad la escrituró entre sus hijos para disminuir el riesgo de ser afectado.
En aquel tiempo también se establecieron productores de la región de los Altos de Jalisco. La región de la Costa estaba gobernada por caciques, y mi padre, por su experiencia como líder cañero, se convirtió en la cabeza del grupo de agricultores y habitantes que se establecieron en Corral de Piedra. Había varios caciques en los centros de población de la región, como La Huerta y Cihuatlán. Mi padre trajo a una maestra para que diera clases a sus hijos y a los hijos de los demás propietarios y peones que vivían en Corral de Piedra. A esta escuela asistí y unos años después me fui a la primaria de Casimiro Castillo.
Corral de Piedra quedaba incomunicado durante el tiempo de aguas y sólo se podía entrar con bestias. El camino que comunicaba la región con otros lugares del estado se deterioraba durante las aguas y era difícil la comunicación. Mi padre, junto con propietarios de Tamazula y de otros lugares del estado, comenzó a producir maíz, frijol y calabaza en las tierras agrícolas que estaban desmontadas y a tumbar el monte para sembrar pasto y meter ganado. Las maderas más finas se habían ido vendiendo desde tiempos de las haciendas y se exportaban a otros países. Había algunos aserraderos en la región, pero la mayor parte de los árboles que se tumbaban se quemaban.
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Había en ese tiempo árboles inmensos que cuatro hacheros no lograban tumbar en todo un día. Los árboles tumbados durante las secas se dejaban secar hasta el mes de mayo, justo antes de que llegaran las lluvias, y se les prendía fuego. En ese entonces había grandes incendios en la región, que se veían desde lejos. Los horcones de madera que quedaban después de que se apagaba el fuego eran rociados con petróleo y se les prendía fuego para que terminaran de quemarse. Una vez que se desmontaba un predio, se sembraba o se dejaba crecer el pasto para alimentar al ganado. En menos de dos décadas, los cuarenta y cincuenta, se acabó la selva en las partes planas y semiplanas.
Corral de Piedra fue un fermento y una escuela para la agricultura y para la ganadería de la zona. Se introdujeron nuevas razas mejoradas que no se conocían en la región y se trajeron maquinaria y herramientas que antes no se utilizaban. Mi padre trajo el primer tractor. Un día que fue a la ciudad de México compró un caballo en el hipódromo al que se le había quebrado una pata, y se lo trajo para que sirviera de semental. Lo cruzó con las yeguas del rancho y de los ranchos circunvecinos y en las primeras crías pudo ver la diferencia que había con los caballos chicos y flacos de la región. Igual pasó con las vacas, los puercos, las gallinas, los chivos y los borregos que trajeron de fuera. Las nuevas razas se cotizaban mejor y la ganadería se convirtió en la actividad más rentable.
Los cultivos de plantación para los mercados interno y externo
En la región se introdujeron nuevos cultivos comerciales para el mercado nacional como el arroz y el tabaco, pero no pegaron. El maíz seguía siendo el principal cultivo, pero mi padre veía que no era una buena opción. Por ello, a principios de los sesenta, mi padre y Sebastián García Barragán, hermano del general [Marcelino], se fueron a la ciudad de México con la idea de conseguir que el gobierno pusiera un ingenio en la región para desarrollar el cultivo de la caña de azúcar. El general los conectó con el secretario de Agricultura y con otros funcionarios que conocía para que les explicaran su proyecto. Fue necesario hacer varios viajes y antesalas con los políticos, hasta que lograron que enviaran funcionarios a la región para ver si era posible que se cultivara la caña, y [que] había una superficie agrícola suficiente para abastecer un ingenio.
Los visitantes se hospedaron en mi casa y mi padre los atendió. Mi padre había sembrado un terreno con caña de azúcar para demostrar[ les] que ese cultivo se podía cultivar en la región y que los funcionarios visitantes pudieran comprobarlo. A principios de los sesenta [1962] comenzó a trabajar el ingenio azucarero [José María Morelos]. Los terrenos agrícolas y las mismas praderas ganaderas de los alrededores se sembraron con caña de azúcar. El maíz y el frijol siguieron produciéndose, pero las mejores tierras agrícolas fueron dedicadas a la caña, que era un cultivo más rentable. La región y las gentes cambiaron. Había mucho trabajo y fue necesario que en la zafra de la caña vinieran trabajadores de fuera de la región. Para que trabajara el ingenio fue necesario que vinieran trabajadores de fuera que tenían experiencia, pero también se contrató a trabajadores de la región.
A finales de los sesenta se presentó un nuevo cambio, al llegar representantes de compañías de Estados Unidos que animaron a algunos productores a sembrar sandía y melón. Ellos los asesoraron y les dieron la semilla con el compromiso de que les vendieran toda la producción para enviarla en camión a Estados Unidos. La sandía fue el cultivo que [les ] permitió más ganancias a los agricultores, pero también el que tenía más gastos y más riesgo. Durante los setenta, los grandes productores agrícolas de la región, y posteriormente también los pequeños productores y los ejidatarios, apartaron una parte de los terrenos agrícolas que tenían para sembrarlos con sandía. Este cultivo, junto con la caña, dio dinero a los productores para comprar tractores, implementos agrícolas, camionetas y los químicos para combatir las plagas.
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Un relevo generacional y un cambio político
Durante la época en que mi padre viajaba a México su rancho enfrentó fuertes problemas financieros. El dejar de supervisar la producción lo llevó a endeudarse y a tener dificultad para pagar sus deudas. Esta situación continuó durante los setenta. Mi padre era muy aventado y muy activo, pero no era buen administrador porque no llevaba contabilidad y, en ocasiones, por no atender los lienzos el ganado se metía a los terrenos y se comía el maíz.
Yo trabajaba en el rancho, pero además asistí a la secundaria y a la preparatoria en Autlán, Jalisco. Ahí conocí a gente de Autlán, y de entre ella a la que años después sería mi esposa. A mí me tocó comenzar con la siembra de sandía en el rancho, porque mi padre no estaba muy convencido y [quise ] demostrarle que era buen negocio. Posteriormente, por diferencias con mi padre, me fui de la casa a trabajar en un ingenio de San Luis Potosí. Ahí recibí una carta de mi padre invitándome a que regresara a trabajar en lo propio. Decidí regresar, pero también me inscribí a la Escuela de Veterinaria en la ciudad de Guadalajara, en donde cursé los primeros semestres. En unas vacaciones en las que me di cuenta de la situación del rancho y de lo mermada [que estaba la] salud de mi padre decidí abandonar la Universidad [de Guadalajara] y hacerme cargo del rancho.
Las actividades [que hacía] eran las [mismas] que a lo largo de los años había realizado mi padre. Producíamos maíz y frijol, con el que se alimentaban los medieros y trabajadores; criábamos ganado con la pastura del maíz y con las praderas que tenían pasto; producíamos caña de azúcar para el ingenio en los mejores terrenos agrícolas y sembrábamos sandía en los terrenos más planos y de mayor humedad. Mi padre le tenía mucha fe a la caña, pero mi idea fue aumentar la siembra de sandía porque era el cultivo que más dinero dejaba y con el que podía abonar a la hipoteca, comprar maquinaria, fertilizantes y [cubrir ] los gastos de mi casa y de la casa paterna.
Para cuando fui responsable, me casé y mi padre pasaba la mayor parte del tiempo en Guadalajara, en una casa que compró para que mis hermanos estudiaran. Con la responsabilidad productiva del rancho, pero también con la aprobación de mi padre, vendí los terrenos más alejados, seleccioné el mejor ganado y el resto lo vendí y me concentré en dos cultivos: la caña y la sandía. La caña permitía [tener] un ingreso seguro; en cambio, la sandía tenía variaciones en el precio porque en ese tiempo las compañías fijaban el precio a los productores. Para finales de los setenta comencé a tener dificultades con mis hermanos.
